Ciencia, superstición, incultura

La mitad de los españoles cree que la homeopatía y la acupuntura funcionan

Creencias pseudocientíficas de los españoles. Fuente: Fecyt.

Uno de cada dos españoles cree que la homeopatía y la acupuntura funcionan, según la Octava encuesta de percepción social de la ciencia y la tecnología en España, realizada por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (Fecyt). El estudio, presentado hoy en Madrid, revela que el 59,8 % de los encuestados “confía mucho bastante o algo” en la acupuntura, porcentaje que desciende al 52,7% para la homeopatía. Los autores destacan que “las personas con mayor nivel de estudios confían más que la media en estas prácticas cuya eficacia no tiene evidencia científica”, algo que encaja con la sospecha que tenemos algunos de que ciertas posturas anticientíficas están más arraigadas entre la gente con mayor formación.

Los datos confirman lo apuntado por la edición de esta encuesta de 2014, cuando uno de cada cuatro españoles (24,6%) estaba convencido de que la homeopatía es una disciplina científica y uno de cada cinco (18,6%), de que lo es la acupuntura. Hace tres años, más de la mitad de la población (50,4%) creía que la homeopatía tiene algo o mucho de ciencia, y casi la mitad (49,2%) opinaba lo mismo de la acupuntura. Entonces no se detectaban diferencias significativas ni por sexos ni por edades en cuanto a otorgar validez científica a estas dos pseudomedicinas, y no había datos segregados por formación académica. La Octava encuesta de percepción social de la ciencia y la tecnología en España corrige ésta y otras carencias.

Creencia en la homeopatía y la acupuntura según el nivel de estudios. Fuente: Fecyt.

El informe demuestra que “hay una mayor percepción de que la acupuntura funciona y de que los productos homeopáticos funcionan entre las mujeres de 25 a 64 años, entre las personas con estudios medios de segundo ciclo, incluso entre quienes tienen estudios superiores en relación con el funcionamiento de la acupuntura, entre los residentes en poblaciones de más 500.000 habitantes, y en Canarias, Cataluña y la Comunidad Valenciana”. Además, “consideran que la acupuntura funciona y que los productos homeopáticos son efectivos en mayor medida las personas que se sitúan en el centro izquierda del espectro político, los que trabajan como representantes comerciales y administrativos. Lo hacen en menor medida quienes residen en hogares con ingresos mensuales superiores a los 3.000 euros, quienes se autoposicionan como de derechas”.

Los resultados del nuevo estudio demuestran que la creencia en la efectividad de la homeopatía y la acupuntura aumenta con el nivel académico, si bien la primera práctica tiene menos creyentes entre los universitarios que entre los bachilleres. Sólo el 16,9% de la población sin estudios o que no ha completado los básicos confía mucho o bastante en la homeopatía, pero ese porcentaje asciende hasta el 30,9% entre quienes han acabado la Secundaria para descender al 26% en los universitarios. La acupuntura tiene todavía mayor éxito entre el colectivo con estudios superiores. Un 40,1% de los universitarios confía mucho o bastante en ella, porcentaje que desciende al 32,9% en el primer ciclo de Secundaria, al 25,3% en Primaria y al 13,9% entre los encuestados sin estudios o que no han terminado los básicos.

Saber por qué se da este contrasentido -a mayor formación, más credulidad en pseudoterapias- me parece básico si lo que queremos es un sistema educativo que fomente la capacidad crítica para la ciudadanía pueda tomar decisiones basadas en pruebas y no en prejuicios, como ha sucedido en Reino Unido y Estados Unidos con el Brexit y con Trump. La mitad de los consultados (51,6%) reclama una mayor participación en las decisiones políticas sobre ciencia y tecnología, pero la mitad también cree en la efectividad de pseudoterapias: ¿se imaginan que se someta a consulta la inclusión de la homeopatía en la Sanidad pública o que un partido abogue por ello a la pesca de votos?

Las preguntas sobre la acupuntura y la homeopatía forman parte de un nuevo apartado de la encuesta de la Fecyt centrado en prácticas paranormales y pseudocientíficas. Además de la inclinación por ciertas pseudoterapias, las respuestas de esa sección revelan que la mayoría de los españoles no cree en el horóscopo (83,9%), los fenómenos paranormales (76,7%), los curanderos (76,3%), y los amuletos y números de la suerte (71,3%).

Para la Octava encuesta de percepción social de la ciencia y la tecnología en España, se hicieron 6.357 entrevistas personales entre el 20 de octubre y el 10 de diciembre pasados, con un mínimo de 350 individuos mayores de 15 años por cada comunidad autónoma. Los resultados tienen un margen de error de ±1,25% para un nivel de confianza del 95,5%.

Si conoce a alguien que crea en la homepatía -lo que es bastante probable-, anímele a que vea el episodio correspondiente de la serie Escépticos de ETB.

Engañarnos es muy fácil

Carl Sagan temía que sus nietos vivieran en un Estados Unidos cuyos ciudadanos carecieran de “la capacidad de establecer sus prioridades o de cuestionar con conocimiento a los que ejercen la autoridad”. “Con las facultades críticas en declive, incapaces de discernir entre lo que nos hace sentir bien y lo que es cierto, nos iremos deslizando, casi sin darnos cuenta, en la superstición y la oscuridad”, auguraba el astrofísico en El mundo y sus demonios (1995). Evitarlo pasaba, en su opinión, por enseñar en la escuela “hábitos de pensamiento escéptico”, aunque eso supondría que las nuevas generaciones acabarían cuestionando más que los ovnis y a los videntes. “Quizá desafiarán las opiniones de los que están en el poder. ¿Dónde estaremos entonces?”, se preguntaba al final del libro.

El Centro de Investigación Pew, un grupo de reflexión con sede en Washington, revelaba al día siguiente de las elecciones presidenciales estadounidenses que a Donald Trump le habían votado bastantes menos graduados universitarios que a Hillary Clinton (43% frente a 52%), pero muchas más personas sin formación superior (52% frente a 44%). ¿Tienen las sociedades desarrolladas que plantearse cambios en la educación para fomentar el pensamiento crítico y que los ciudadanos no caigan rendidos ante los cantos de sirena del populismo?; con una población mejor educada, ¿Trump estaría en el Despacho Oval y Reino Unido fuera de la UE?

Sesgo ideológico

El filósofo de la ciencia Jesús Zamora Bonilla. Foto: José Ramón Ladra.“Nunca se sabe. Cuando Hitler salió elegido en los años 30, Alemania era el país con mejor educación de Europa. Aunque, cuanto más pensamiento crítico, más difícil es que cuajen cierto tipo de engaños, también hay ideas erróneas que arraigan en colectivos educados. Por ejemplo, la oposición a las vacunas está presente en gente con un alto nivel educativo”, advierte Jesús Zamora Bonilla, catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia de la UNED. El problema ahora, añade, es que se ha extendido la idea de que “uno tiene derecho a que sea verdad lo que cree. No es así. Tienes derecho a creer tonterías, pero no dejan de serlo porque las creas”.

A la hora de protegernos frente a tonterías -algunas de ellas peligrosas, como la antivacunación-, Zamora Bonilla considera fundamental que “las instituciones funcionen bien” y que “la gente sepa que la última palabra en muchas cuestiones la tiene la ciencia, que no se basa en opiniones, sino en el análisis objetivo de los datos”. Si la población fuera consciente de eso, daría la espalda a los políticos que pescan votos en el miedo a los transgénicos y las ondas de telefonía, por ejemplo. “En el colegio tiene que haber asignaturas, que son a las que ha quitado peso la ley Wert, que fomenten el pensamiento crítico, en las que se enseñe a pensar, que no todas las opiniones son igual de válidas…”, apostilla.

El biólogo Juan Ignacio Pérez, en el Bizkaia Aretoa. Foto: Fernando Gómez.“Sería muy recomendable que en la escuela y el instituto se pusiera más énfasis en que no hay que dar por buena toda la información que recibimos. Por norma, deberíamos exigir pruebas de las afirmaciones que se hacen en todos los ámbitos. Deberíamos preguntar siempre el porqué de las cosas, incluso a nosotros mismos”, afirma Juan Ignacio Pérez Iglesias, biólogo y titular de la Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco. Lo que realmente preocupa hoy a muchos científicos estadounidenses, explica, “es el convencimiento de que con Donald Trump va a acabarse la toma de decisiones políticas basada en pruebas. Creen que lo que son hábitos de pensamiento y actuación beneficiosos que no se van a seguir aplicando”.

Pérez Iglesias es, no obstante, “escéptico sobre el potencial del sistema educativo a la hora de fomentar el pensamiento crítico porque en los seres humanos la componente irracional es beportantísima a la hora de tomar decisiones. Debemos ser conscientes de los sesgos, esos atajos mentales que forman parte de nuestro bagaje evolutivo y nos ayudan a resolver problemas sin pensar demasiado, y, sobre todo, del peso de lo emocional e ideológico. Hay mucha gente que vota a un partido porque las tripas se lo piden. Solo así se explica la insensibilidad ante la corrupción”. De ahí que él crea que el pensamiento crítico, “aunque hay que cultivarlo y promoverlo”, va a tener siempre “un alcance limitado”. “Es muy fácil engañarnos. Cuando entran en juego la política y la ideología, es igual de fácil engañar a cien catedráticos universitarios que a cien conductores de autobús”, coincide Zamora Bonilla.

Sentido común

El filósofo y pedagogo Gregorio luri.“Todos tenemos una parte un poco imbécil y no conocerla es la peor de las imbecilidades”, alerta el filósofo y pedagogo Gregorio Luri. Él prefiere hablar de “pensamiento riguroso en vez de pensamiento crítico”, porque, argumenta, solemos usar esta última acepción para aquel que coincide con el nuestro. “La clave está en pensar con rigor, algo que no es fácil, y tener claro que hay trampas en el pensamiento en las que no deberíamos caer, como las falacias. Pero someterte a una disciplina intelectual así resulta agotador, suele hacer daño y nunca sabes si la conclusión a la que has llegado es un fundamento firme o marca solo el límite de tus fuerzas”.

Por eso, en su opinión, más importante que el pensamiento crítico es “vivir en una comunidad con sentido común, que, como decía Aristóteles, básicamente se educa mostrando ejemplos de gente con sentido común. Hoy, sin embargo, predominan los de éxito fácil, de famoseo… Ahí hay un riesgo”. Para Luri, “la victoria de Trump se debe a que la alternativa era mucho peor. La gente no es tonta, no es estúpida. Lo que debería plantearse la socialdemocracia es por qué hay personas inteligentes, con buen criterio y una formación elevada, que se sienten perjudicadas por sus políticas. Trump me parece una persona bastante repulsiva, pero a los estadounidenses les ha parecido más repulsiva Hillary Clinton”. En el caso de Reino Unido, cree que la UE no ha sabido cautivar no solo a los británicos, sino tampoco a muchos otros nacionales. Pérez Iglesias tampoco achaca el Brexit a un voto no educado, sino a “la antigua querencia de Reino Unido por no estar en la UE”.

El economista José Luis Ferreira.“Si miras a los votantes de Trump, Le Pen y otros populismos, hay mucha gente con buena educación, que ha pasado por la Universidad. No sé cuál es el mejor antídoto para evitar que salgan los demonios que llevamos dentro: el racismo, el machismo… La mejor educación nunca sobra, pero no sé si es el antídoto. Estados Unidos, Francia y Holanda son países muy civilizados, muy educados”, advierte el economista José Luis Ferreira, profesor de la Universidad Carlos III. Frente a quienes sostienen que “los gobernantes nos quieren tontos”, él considera que esa visión conspiranoica carece de sentido. “No hace falta. Está visto que podemos ser educados y votarles de todas maneras. Lo puedo entender en otras épocas y en regímenes autoritarios, donde una élite expulsa de la educación a las mujeres y a las minorías, pero no creo que ningún dirigente quiera algo así en las sociedades democráticas. Ni Rajoy, ni Iglesias, ni Trump, ni Le Pen”.

Para Ferreira, en la escuela el pensamiento crítico tendría que impregnarlo todo. “Cualquier asignatura debería incluir no solo los datos y las teorías, sino también ver críticamente cómo se ha llegado a entender que eso es así y no de otra manera. Falta esta segunda parte, seguramente debido a unos programas siempre apretados. Igual hay que dar menos contenidos, pero con más profundidad”. Él no cree que ningún dirigente político rechazara esa posibilidad. “Los políticos de cualquier ideología están convencidos de que, si la gente pensara críticamente, les votaría a ellos porque su ideología es la buena”.

Berdeago de Durango, una feria ecológica con zahorís y geometría sagrada financiada con dinero público

Intervenciones pseudocientíficas en el marco de Berdeago.Berdeago, una feria ecológica que se celebra en Durango (Vizcaya), llega a su quinta edición plagada de charlatanería. No sé como habrá sido otros años, pero éste la muestra verde apuesta por la radiestesia -el zahorismo de toda la vida-, la holosíntesis, la geometría sagrada, las terapias alternativas y otras paparruchas, según me ha alertado el escéptico Alejandro campos y pueden comprobar en su programa. “Teníamos bastante demanda del sector vinculado al consumo ecológico y a las terapias alternativas, y también hemos querido hacerles un hueco”, explicaba hace unos días Juan Zubiaurre, uno de los promotores de la muestra, en Durangon.

En el programa de Berdeago -que se celebra este fin de semana y el próximo- se mezclan la eficiencia energética, el coche eléctrico y la gestión de residuos con el uso de la radiestesia para tener una casa sana, la geometría sagrada, las imágenes que activan la salud, la amenaza de la cosmética y la histeria electromagnética. Todo esto, patrocinado por el Ayuntamiento de Durango y el Gobierno vasco, y copn el apoyo  de la Diputación de Vizcaya y Euskotren; es decir, financiado con dinero público

Que el denominado movimiento ecologista tiene querencia por la anticiencia es algo público y notorio. No hay feria natural que se precie de tal sin tonterías como las citadas y otras por el estilo. Es algo que parece que no tiene remedio. Lo que sí lo tiene es que las instituciones apoyen con dinero de todos estas celebraciones de la irracionalidad. Como contribuyente, estoy harto de que la Diputación de Vizcaya y el Gobierno vasco destinen mi dinero, aunque sea en un mínima parte, a la promoción de la estupidez. Si ustedes también lo están, les animo a que se lo hagan saber a esas instituciones. Están en su derecho.

El futuro es transgénico

Arroz dorado y arroz blanco. Foto: Insituto Internacional para la Investigación del Arroz.Cinco estudiantes del colegio La Salle de Beasain se pusieron el año pasado a investigar sobre los transgénicos. “Una de las cosas que tienen que hacer nuestros alumnos es identificar un problema que quieran corregir como servicio a la sociedad. Y ellos habían visto que hay mucho desconocimiento cuando se habla de transgénicos”, explica Miren Peláez, profesora de Ciencias del centro. Los chicos, de 4º de la ESO (15 y 16 años), hablaron con científicos e hicieron un experimento en la Zientzia Azoka organizada por Elhuyar el 24 de abril en la plaza Nueva de Bilbao. Instalaron un puesto de talo con chorizo, con truco: había talo hecho a partir de harina de maíz transgénico y convencional. ¿Sería la gente capaz de diferenciarlos?

“Yo no lo fui; pero es que no como habitualmente talo con chorizo”, dice Mertxe de Renobales, catedrática jubilada de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad del País Vasco. Como el resto de los participantes, ella no puso ningún pero gustativo al talo transgénico. Normal, porque con la transgénesis no se busca por ahora cambiar el sabor del alimento. Al mejorar genéticamente una planta se puede pretender que sea resistente a plagas o a herbicidas, que consuma menos agua, que se adapte mejor a un suelo determinado, que genere alguna sustancia que supla una carencia nutricional… La tecnología que se utiliza en los organismos genéticamente modificados (OGM) es un avance más en lo que el ser humano lleva haciendo desde que domesticó hace unos 10.000 años las primeras plantas y animales: alterar sus genes para adecuarlos a sus necesidades. “Nada de lo que hay en el supermercado es natural”, advierte la bioquímica vasca. Ni nada de lo que se vende en las tiendas ecológicas.

Un mundo modificado

Durante miles de años el ser humano ha modificado especies mediante cruces sin saber muy bien lo que hacía. No conocía la ingeniería genética porque no sabía de la existencia de los genes. Aún hoy hay muchas personas que desconocen que todos los organismos tienen genes, que son los transmisores de la herencia, los que hacen que el vástago se parezca a sus progenitores o que sea propenso a las mismas enfermedades que ellos. Un estudio de la Fundación BBVA revelaba en 2012 que el 65% de los españoles cree que los tomates que come no tienen genes, frente a los producidos por ingeniería genética, que sí los tienen. El trabajo no ahondaba en las causas del error, pero bien podría deberse a las intensas campañas antitransgénicos de ciertos colectivos.

Cirula transgénica. Foto: Departamento de Agricultura de Estados Unidos.Todos los transgénicos son OGM, pero no todos los OGM son transgénicos. Un OGM es un organismo al que se ha alterado algún gen mediantes unas técnicas determinadas -por ejemplo, para retrasar la maduración-, mientras que un transgénico es un organismo en el que se han insertado genes de otra especie con esas mismas técnicas. Ahora eso se consigue mediante ingeniería genética, pero hay transgénicos anteriores a ella. La naranja nació al hibridarse accidentalmente un pomelo y un mandarino hace unos 3.000 años en China y un agricultor perpetuar la estirpe. Y el boniato, que empezó a cultivarse en Perú hace unos 8.000 años, es un transgénico natural que contiene ADN procedente de “Agrobacterium”, una bacteria que produce tumores en las plantas.

Cuando comemos pasta, comemos transgénicos. “El trigo duro, la variedad que se usa para la pasta, tiene cuatro genomas diferentes que le han llegado de cruces espontáneos de dos variedades diferentes, cada una con sus dos genomas. El trigo con el que se hace el pan de todos los días tiene seis genomas de tres especies diferentes”, explica De Renobales. Vivimos en un mundo transgénico. Mire su cartera: los billetes de euro están hechos de algodón transgénico, como los pantalones vaqueros que puede que lleve puestos. Y millones de personas viven gracias a un fármaco transgénico. Desde los años 80, los diabéticos se inyectan insulina humana producida por variedades transgénicas de la bacteria Escherichia coli. La vida de esos enfermos dependía hasta entonces de insulina de vacas y cerdos -y antes con insulina extraída de páncreas de cadáveres- que podía provocarles reacciones adversas y enfermedades.

No hay en la naturaleza nada parecido al fresón, el plátano, el tomate o la patata que usted compra en el súper o la tienda ecológica. Son creaciones humanas a partir de especies silvestres pequeñas (fresa y tomate), venenosas (patata) o no comestibles por estar llenas de molestas semillas (plátano). Mediante la hibridación nuestros antepasados aprendieron hace miles de años a modificar especies a su gusto y no sólo vegetales, ahí está el perro, un lobo que hemos cambiado hasta extremos increíbles. Más recientemente, desde los años 50 del siglo pasado, la FAO tiene un programa, en colaboración con la Agencia Internacional de Energía Atómica, para mejorar los cultivos por irradiación.

Transgénesis y ecología

“Coges semillas, las sometes a radiaciones ionizantes artificiales que provocan muchas mutaciones, las siembras y te quedas con la planta con las características que estás buscando. A partir de ahí desarrollas la planta y pasa a formar parte de las variedades cultivables. También la agricultura ecológica usa ese tipo de plantas”, indica De Renobales. Pero rechaza los transgénicos, algo que la mayoría de los científicos no se explica.

Platano silvestre. Foto: Warut Roonguthai.“No hay ninguna razón científica para que la agricultura ecológica no use los transgénicos resistentes a insectos, a virus y enfermedades, los tolerantes a la sequía y los que aportan mejoras nutricionales para aumentar su productividad por el sencillo procedimiento de reducir las pérdidas a la vez que mejora la calidad nutricional de estos productos”, dice la bioquímica. El maíz Bt, por ejemplo, es un transgénico que produce una proteína de origen bacteriano que hace que, cuando lo muerde el taladro -una plaga en Estados Unidos, Argentina y comunidades autónomas como Aragón, Cataluña Extremadura y Navarra-, el insecto muera. El Bt del nombre se refiere a Bacillus thuringiensis, la bacteria que produce un veneno natural para ciertos insectos. Pues, bien, los ecologistas se oponen al uso este maíz por ser transgénico, pero la denominada agricultura ecológica fumiga sus plantaciones de maíz con Bacillus thuringiensis que al emplearse así es mucho menos efectiva.

La ingeniería genética permite a los científicos mejoradores de plantas saber en todo momento lo que hacen: qué gen han modificado o cambiado y revertir el proceso si fuera preciso. En casi 20 años de investigación y uso de transgénicos no se ha registrado en todo el mundo ningún problema sanitario ni ecológico, y eso que son objeto de férreos controles. “Pasan montones de pruebas antes de salir al mercado. Son tan seguros o más que un cultivo convencional o ecológico”. De hecho, muchas intoxicaciones alimentarias registradas en Europa en los últimos años ha tenido su origen en la agricultura ecológica, incluida la mal llamada crisis del pepino español de 2011, que se saldó con la muerte de 34 personas -32 de ellas en Alemania- y más de 850 afectados, además de generar cientos de millones de pérdidas al campo español. Los causantes habían sido, en realidad, productos ecológicos alemanes.

Cuando hace unos meses acabaron su investigación sobre los transgénicos, los alumnos del colegio La Salle de Beasain llegaron a la conclusión de que los peligros que se asocian a ellos carecen de fundamento. “Y, además, ahora son más críticos no sólo con la información sobre transgénicos, sino en general. Han aprendido a leer las etiquetas de los productos y también, gracias a Mertxe (de Renobales), a que no se debe hablar sin saber”, dice Miren Peláez.

 

El control de las grandes empresas

Ante la falta de argumentos científicos contra los transgénicos, la oposición suele hacer hincapié en que su uso dejaría la alimentación mundial en manos de las grandes corporaciones de la biotecnología. Nadie lo niega, pero es que la alimentación mundial ya está en manos de las multinaciones. Y no sólo la alimentación. “¿De qué marca es tu móvil?, ¿y tu coche?, ¿y tu televisor?”, pregunta Mertxe de Renobales cuando sale a colación el tema.

La oposición popular a los transgénicos en Europa, cuyo éxito se debe a campañas que fomentan el miedo, ha hecho que la UE ponga tantas trabas a este campo de investigación que grandes compañías como BASF han trasladado su actividad en esta área a EE UU. Si nada cambia, en un mundo con más de 7.400 millones de habitantes y creciendo, en el que los transgénicos son claves para garantizar la alimentación sin ampliar la superficie cultivable y dañar más el medio ambiente, los agricultores y consumidores europeos serán los grandes perdedores.

 

109 premios Nobel contra Greenpeace

“Greenpeace ha encabezado la oposición al arroz dorado, que tiene el potencial de reducir o eliminar gran parte de las muertes y las enfermedades causadas por la deficiencia de vitamina A que se ceban con las personas más pobres de África y el sudeste asiático”, lamentaban 109 premios Nobel en junio en una carta abierta. Y añadían: “¿Cuántas personas pobres deben morir en el mundo antes de que consideremos esto un crimen contra la Humanidad?”.

Según la OMS, 250 millones de niños sufren de falta de vitamina A y cada año pierden por ello la vista entre 250.000 y 500.000 de 5 años, de los que la mitad fallece durante el año siguiente. La dieta de esos niños se basa fundamentalmente en el arroz, que carece de beta-caroteno, precursor de esa vitamina que está presente, por ejemplo, en la zanahoria. El arroz dorado produce beta-caroteno. Es un transgénico desarrollado en 1999 por Ingo Potrykus y Peter Beyer, que renunciaron a la patente para su uso humanitario. “Puede salvar a todos esos niños”, dice Mertxe de Renobales. Sin embargo, nunca ha llegado al Sudeste asiático por la oposición de Greenpeace, porque según ellos es es un caballo de Troya para introducir más cultivos transgénicos y su eficacia no está probada, lo contrario de lo que sostiene la comunidad científica.

Richard Dawkins y el populismo, en M80 Radio

Juan Luis CanoMaría Gómez y yo hablamos el lunes sobre Richard Dawkins y el populismo, en la decimoséptima entrega de la temporada de mi colaboración semanal en ¡Arriba España!, en M80 Radio. Si quiere, puede escuchar el programa completo.