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La cadena ESPN suspende en Twitter a un comentarista de béisbol por defender la teoría de la evolución

“Eppur si muove”, escribió Keith Law, columnista de béisbol de la cadena ESPN, ayer en Twitter después de cinco días de inexplicable silencio. No dijo más y siguió con sus comentarios habituales. Su uso de la famosa frase que Galileo habría dicho después de abjurar de su visión heliocéntrica del Cosmos ante el tribunal Inquisición -”Y, sin embargo, se mueve”, en referencia a la Tierra- da verosimilitud a lo que reveló hace unos días Deadspin: que ESPN suspendió el miércoles de la semana pasada la actividad de Law en Twitter por defender en esa red la teoría de la evolución, y la ciencia en general, frente a su compañero de cadena Curtis Schilling, exjugador de béisbol.

Fragmento de la discusión entre Curtis Schilling y Keith Law.“No es una coincidencia. ESPN le ha dado [a Law] un tiempo de descanso en Twitter y nos han dicho que es por defender en voz alta y en repetidas ocasiones a Charles Darwin del fósil de transición Curt Schilling, su colega de Bristol”, escribió Barry Petchesky en Deadspin el viernes. Schilling es un furibundo creacionista y el 13 de noviembre los dos se enzarzaron en una discusión, con Law como defensor de la teoría de la evolución y de la razón. Todo empezó con Schilling diciendo cosas como: “¿Que todos los seres vivos provienen de una única célula? Enseñadme los fósiles de los seres que se convirtieron en humanos antes de que fueran humanos…”; “¿Dónde están los fósiles perdidos en vuestra teoría de la evolución? Los elefantes tienen elefantes y lo harán durante otros mil años, ¿no?”; “Pon [dirigiéndose a un crítico] un enlace a cualquier fósil entre los anfibios y una mosca, un mosquito, un elefante, un rinoceronte, un humano, una serpiente o cualquier otro”… Law le respondió: “Hay cientos de fósiles de transición en el registro, Curt”. Y le dio un enlace a la página correspondiente de la Wikipedia.

“En serio, si alguien dice que la teoría de la evolución es errónea porque no hay fósiles entre los monos y los humanos, coge un mono y dale con él”, escribió poco después Law. Cuando un tuitero le dijo que se dejara de meter en asuntos científicos y se limitara al béisbol, respondió: “No, no lo haré. La ciencia es infinitamente más importante”. Schilling le preguntó si había dado en serio el enlace a la Wikipedia, y le respondió que sí: “Es un artículo sólido, bien fundamentado. Eres libre de mandar refutaciones a esos fósiles transicionales”. Y, cuando otro interlocutor le comentó que ciencia y fe pueden ir de la mano, Law replicó que no se había metido con la fe de nadie. “Me opongo a la anticiencia. Eso es todo”, sentenció.

Poco después de que Deadspin publicara la noticia en la que vinculaba el silencio tuitero de Law a una medida disciplinaria de ESPN que duraría hasta el lunes, como así ha sido, por su defensa de la teoría de la evolución, la cadena aseguró que “no había tenido nada que ver con sus opiniones sobre ese asunto”. ¿De verdad? Las tres palabras con las que reapareció ayer Law en Twitter apuntan en otro sentido. Además, si lo que no les gusta es que dos de sus profesionales muestren públicamente sus discrepancias sobre un asunto que levanta ampollas en Estados Unidos, donde la sinrazón fundamentalista es en muchos sitios ley, ¿por qué no suspendieron también a Schilling?

Banachek, un mago entre parapsicólogos

Banachek, con dos cubiertos doblados delante del fotógrafo durante su reciente visita a Bilbao. Foto: Borja Agudo.

“No hay nada paranormal en lo que hago”, dice Banachek. En la mesa, una cuchara retorcida, un tenedor doblado y otro con un diente separado del resto unos 40 grados. Inutilizados por arte de magia. Estaban como nuevos cuando los ha cogido de una mesa del NH Deusto, el hotel donde se aloja durante su fugaz visita a Bilbao dentro de una gira por clubes de ilusionistas españoles. Es martes. Ayer estuvo en Oviedo; mañana viaja a Valladolid. Esta noche actúa a puerta cerrada para sus colegas vascos, a los que asombrará y enseñará trucos en el cuartel general del Mago Oliver.

Steve Shaw -su nombre real- nació en Middlesex (Reino Unido) en noviembre de 1960, se crió entre Sudáfrica y Australia, y en 1976 se estableció en Estados Unidos. Es mentalista. Simula habilidades fantásticas como la adivinación, la telepatía, la telequinesis y la mediumnidad. Considerado uno de los mejores en su especialidad, diseña ilusiones para Penn & Teller, Criss Angel y David Blaine, entre otros. Además, es el director del reto paranormal de la Fundación Educativa James Randi, que ofrece desde 1996 un millón de dólares a quien demuestre poderes sobrenaturales en condiciones controladas, sin trampas ni trucos de magia.

“Recibimos muchas solicitudes, pero muy pocas pasan los filtros preliminares”, admite. Hay personas que creen tener poderes extraordinarios y no entienden que les pongamos condiciones para que la demostración sea científicamente admisible; otros proponen auténticas locuras. “Un tipo me aseguró una vez: «Puedo impedir un terremoto antes de que ocurra». Le respondí: «Vale. ¿Cómo podemos probarlo?». Me dijo: «Predeciré cuándo va a haber un terremoto. Tú consultas con un auténtico adivino que valide mi predicción y, seis meses antes de la fecha, me concentro e impido el terremoto». Le expliqué que, si existiera algún auténtico adivino, ya se habría llevado el millón”.

Shaw vivía en Sudáfrica cuando entró en contacto con la magia. Su madre se había divorciado de su padre, un ingeniero eléctrico que trabajaba para el Ejército estadounidense, antes de cumplir él un año. Se había vuelto a casar, había tenido otros dos niños, y los cinco se habían mudado de Reino Unido a Sudáfrica. Y un día la mujer desapareció. Abandonó a Steve y sus dos hermanos pequeños, que se quedaron a cargo de su padrastro. Cuando Uri Geller visitó el país en 1974 con su número de doblar cucharas y parar relojes, Steve tenía 14 años. “Recuerdo estar escuchando a Geller por la radio, coger una aguja entre mis dedos y que él decía: «¡Concentraos! ¡Concentraos! ¡Podéis doblarla!». Creí que había doblado la aguja. No mucho; sólo un poquito. Pero lo creí”.

Su fe en el israelí duró poco. Después de una breve estancia con su padre biológico en Australia, adonde viajó animado por sus abuelos paternos, con quienes siempre había tenido contacto, se trasladó a Estados Unidos con su familia americana. Entró en el instituto, compaginó los estudios con varios empleos y cayó en sus manos The magic of Uri Geller (La magia de Uri Geller, 1975), un libro del ilusionista James Randi, ya entonces un popular cazacharlatanes. “Entonces supe que Geller usaba trucos de magia. Me puse a inventar mis propias maneras de doblar cosas y, en el instituto, mis compañeros acabaron robando cubiertos de la cafetería para que se los doblara”. Creían que tenía poderes.

El proyecto Alfa

Steve Shaw, Michael Edwards y James Randi, en pleno proyecto Alfa. Foto: Dana Feinman.Poco después, escribía una carta a Randi en la que le aseguraba que, si se presentaba la oportunidad, podía hacerse pasar por psíquico y convencer a parapsicólogos de que tenía poderes. “No esperaba que me respondiera; pero lo hizo y me invitó a visitarle si pasaba alguna vez por Nueva Jersey, donde vivía entonces. Ahorré dinero y fui a visitarle. Resultó decepcionante. Randi no me pidió que doblara una cuchara ni que hiciera nada. Sólo quería conocerme, saber cómo era. Si se presentaba la oportunidad de engañar a parapsicólogos, él no me iba a enseñar nada y así luego podría decir: «Miren, este chico es autodidacta. ¿Se imaginan lo que hubiera sido capaz de hacer si yo le hubiera adiestrado?». Además, me pidió que no dijera a nadie que era mago para no quedar al descubierto si investigaban mi pasado”. Shaw guardó el secreto en el instituto y pronto se presentó la oportunidad de demostrar sus habilidades en el laboratorio.

James S. McDonnell, presidente de la McDonnell-Douglas, era un creyente en lo paranormal. En 1979, donó medio millón de dólares a la Universidad Washington de San Luis (Misuri) para que pusiera en marcha el Laboratorio McDonnell de Investigación Psíquica. Su director, el físico Peter Phillips, anunció en los medios que querían investigar las capacidades psicoquinéticas, de alterar la materia con el poder de la mente. Recibieron 300 solicitudes de posibles candidatos. “Les escribí una carta diciéndoles que podía hacer lo que querían y me pidieron que les visitara -recuerda Banachek-. Días después, Randi me llamó para decirme que se iba a poner en marcha el Laboratorio McDonnell. Le conté que me habían aceptado en el proyecto. Y me dijo: «Me ha telefoneado otro joven mago al que también han aceptado. Se llama Michael Edwards». Cuando conocí a Mike en un aeropuerto, camino del Laboratorio McDonnell, conectamos inmediatamente”.

Randi se ofreció a Phillips para asesorar a su equipo y, de paso, le recomendó una serie de medidas de control para las pruebas. Recibió la callada por respuesta. Entonces, puso en marcha con Shaw y Edwards, de 18 y 17 años, respectivamente, el proyecto Alfa. Su objetivo era demostrar que, por mucho dinero del que los parapsicólogos dispusieran, la calidad de sus investigaciones no mejoraría y que, además, no aceptarían la ayuda de magos y, por eso, serían engañados con simples trucos de ilusionismo.

Los jóvenes participaron en experimentos en el Laboratorio McDonnell durante unas 180 horas en tres años. “Al principio, hacíamos efectos con cosas muy pequeñas porque no sabíamos si había cámaras o nos estaban viendo de algún modo”, recuerda Banachek. Pronto comprobaron que los controles eran casi inexistentes. “Nos dimos cuenta de que podíamos engañar a los científicos”. Lo hicieron a lo grande. “Cada vez que les engañábamos, se lo contábamos a Randi con todo lujo de detalles. Dos o tres semanas después, él escribía una carta a Phillips explicándole que, si tuviera que hacer una cosa determinada -la que nos habían pedido a nosotros-, podría hacerla así, así y así. Describía exactamente cómo lo habíamos hecho Mike y yo, pero los parapsicólogos nunca cayeron en la cuenta del engaño”.

Prodigios sin fin

Una vez le pidieron a Shaw que probara a alterar una cinta de vídeo con el poder de la mente. Se puso frente a la videocámara, se concentró mirando al objetivo y, de repente, los investigadores vieron en sus monitores un destello al que poco después siguió otro. “No me miraban. Miraban a sus pantallas. Mientras simulaba concentrarme, había deslizado una mano hasta el lateral de la cámara y jugado con el control de brillo”. En otra ocasión, pusieron una serie de objetos metálicos en una mesa, los cubrieron con un acuario boca abajo y sellaron todo. Iban a dejarlos así una noche, vigilados por una cámara de fotos, para ver si Edwards y Shaw eran capaces de alterarlos con sus superpoderes. La cerradura de la puerta era buena, y Phillips llevaba la llave al cuello. “Dejamos una ventana abierta y, por la noche, Mike y yo entramos por ella, apagamos la cámara, levantamos el acuario, doblamos y revolvimos todo, encendimos la cámara y nos fuimos a dormir. A la mañana siguiente, Phillips me preguntó si había dormido bien. Le dije que no mucho, que había soñado que iba al laboratorio y todo se doblaba. Se fue y volvió gritando: «¡Ha ocurrido! ¡Ha ocurrido! ¡Has soñado con ello y todo se ha doblado!»”.

Durante un experimento telepático, Edwards y Shaw fueron retados a adivinar los dibujos metidos en unos sobres cerrados. A cada uno de ellos le daban un sobre, le dejaban tenerlo un rato en las manos y después lo inspeccionaba un investigador para descartar cualquier manipulación. Entonces, el joven anunciaba su predicción. Acertaron muchas veces, aunque no el 100% porque hubiera resultado sospechoso. ¿Cómo lo hacían? Los sobres estaban cerrados con grapas. Las quitaban con las uñas con cuidado, echaban una ojeada dentro y las volvían a poner en su sitio. En una ocasión, a Edwards se le cayeron las grapas y, para evitar que le cazaran, abrió el sobre delante del experimentador para comprobar su predicción sin que el científico le llamara la atención por saltarse el protocolo. Hacían lo que querían.

Sus poderes fueron refrendados por otros parapsicólogos a los que visitaron durante aquellos tres años. “Berthold Schwarz fue más fácil de engañar que los científicos del Laboratorio McDonnell. Creía en cualquier cosa”. Un día les contó que conocía a una mujer que sacaba fotos del cielo normales y corrientes, pero, cuando las revelaba, aparecían en ellas ovnis que eran invisibles al ojo humano. “«¿Podríais hacerlo?». Dije que sí. Siempre decía que sí a todo. No tenía nada que perder. Cogí la cámara y fotografié el cielo, unos coches, el aparcamiento… Cuando revelaron las fotos, Berthold vio en ellas a una mujer dando a luz, a Jesucristo y cosas así. Todo lo que yo había hecho era escupir en el objetivo sin que él se diera cuenta. Cuando Berthold me enseñó las fotos, yo también veía esas cosas. Era como buscar formas en las nubes”.

El mentalista estadounidense, en una actuación. Foto: Banachek.Otro parapsicólogo, Otto Schmit, de la Universidad de Minnesota, compró unos relojes digitales baratos y les preguntó si podían alterarlos paranormalmente. Edwards sacó uno del laboratorio a hurtadillas a la hora de comer, lo metió dentro de un sándwich, pidió que se lo calentaran en el microondas, y el reloj se volvió loco. Schmitt lo consideró una prueba de los extraordinarios poderes de Edwards y Shaw.

Al descubierto

En julio de 1981, Randi lanzó dos rumores en una convención de magos en Pittsburgh. “Según uno, Mike, Randi y yo estábamos engañando a la gente del Laboratorio McDonnell; según el otro, Mike, Randi, la gente del Laboratorio McDonnell y yo queríamos engañar a toda la comunidad científica”. Días después, los parapsicólogos se lo contaron, entre risas, a los dos jóvenes. “En ningún momento nos preguntaron si había algo de verdad en los rumores, lo que nos habría obligado a confesar”.

Semanas más tarde, Randi se encontró con Phillips en la reunión anual de la Asociación Parapsicológica en Siracusa (Nueva York) y le pidió un vídeo con los prodigios de Edwards y Shaw que había entusiasmado a los asistentes al congreso. El mago envió al físico un detallado informe de los trucos que veía en la cinta. Phillips estrechó los controles sobre los jóvenes, se acabaron los milagros, y Randi destapó el pastel del proyecto Alfa en la revista Discover. Dos aprendices de mago habían engañado a la flor y nata de la investigación psíquica. “¡Randi ha hecho retroceder la parapsicología cien años!”, lamentó Berthold Schwarz.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

Una falsa acusación basada en la comunicación facilitada se salda con 6,7 millones de dólares en indemnizaciones

La familia Wendrow.Julian Wendrow, vecino de West Bloomfield (Michigan, Estados Unidos), pasó hace siete años 80 días en prisión acusado de haber violado a Aislinn, su hija autista de 14 años, desde que tenía 6. Su mujer, decían, había mirado todos ese tiempo hacia otro lado y, por eso, estuvo 8 días en la cárcel antes de ser liberada con una pulsera electrónica. Las autoridades del estado les quitaron la custodia de la chica y de su hermano Ian, de 13 años entonces. Pero, dos meses y medio después, el caso fue desetimado por falta de pruebas, y la familia volvió a reunirse. Ahora, un tribunal federal les ha concedido una indemnización de 3 millones de dólares por los daños causados por las acusaciones de la Fiscalía, basadas en testimonios de Aislinn obtenidos mediante comunicación facilitada, un sistema tan fiable como la güija y la escritura automática. A esos 3 millones, hay que añadir otros 3,75 pagados a los Wendrow por la escuela de la niña, la Policía local y el estado.

La comunicación facilitada es una técnica que algunos terapeutas empezaron a usar en EE UU en los años 90 del siglo pasado para que se expresaran autistas, deficientes mentales y gente con graves lesiones cerebrales aislada del mundo. El problema es que las pruebas experimentales han demostrado repetidamente que, en este tipo de comunicación, la voz que se oye siempre es la del facilitador o asistente, nunca la del impedido. Por eso, la Asociación Psicológica de Estados Unidos, la Academia Estadounidense de Psiquiatría, la Asociación para el Tratamiento Científico del Autismo y la Asociación Estadounidense para las Discapacidades Intelectuales y de Desarrollo, entre otras organizaciones, consideran que carece de todo crédito y que recurrir a ella vulnera toda ética.

En noviembre de 2009, el mundo se sobrecogió al conocer el caso de Rom Houben, quien, tras sufrir un grave accidente de tráfico, había pasado 23 años tratado como si estuviera en estado vegetativo cuando en realidad no era así. Aseguraba el neurólogo Steven Laureys, de la Universidad de Lieja (Bélgica), que el hombre había estado todo ese tiempo consciente, aunque atrapado en su cuerpo sin poder comunicarse con el exterior y que la comunicación facilitada lo había demostrado. Gracias a ese método -en el cual la desesperada madre de Houben encontró el consuelo que buscaba desde el accidente-, supimos que el hombre era consciente de lo que ocurría a su alrededor, se emocionaba y disfrutaba de la vida a pesar de su estado, aparentemente, vegetativo. Los mismos medios que difundieron tan extraordinaria historia a los cuatro vientos callaron cuando, en febrero de 2010, el neurólogo reconoció que había bastado un sencillo experimento -preguntar al hombre algo sin que lo escuchara la facilitadora- para dejar claro que la que hablaba a través del teclado era la mujer, que Rom no podía comunicarse con nadie. Algo similar es lo que pasó en el caso de los Wendrow.

El calvario de los Wendrow

Julian y Thai Wendrow supieron de la existencia de la comunicación facilitada en 2004 y, como es normal, creyeron en su desesperación que podía ser un medio para comunicarse con su hija autista. Tres años después, la chica tecleó en la escuela, a través de su facilitadora, un texto en el que acusaba a su padre de haberla violado durante años con el consentimiento de su madre. El centro educativo informó a las autoridades, la Justicia se puso en marcha y comenzó el calvario para la familia. La Policía local registró la casa y no encontró pruebas que confirmaran los hechos, los niños fueron apartados de sus padres, y éstos, arrestados. El hijo pequeño, Ian, que sufre el síndrome de Asperger, fue interrogado dos horas en comisaría, donde los agentes le dijeron que habían encontrado grabaciones de vídeo en las que se veía a su padre violando a su hermana. Las grabaciones no existían. Era mentira. El examen físico de la muchacha reveló que tenía el hímen intacto y, por último, preguntas hechas a la chica sin que las escuchara la facilitadora demostraron que Aislinn no era quien hablaba a través del teclado. La historia era un invento de la facilitadora. Una vez desestimada la causa, el matrimonio presentó la correspondiente solicitud de indemnización ante la Justicia, que ahora ha condenado al exfiscal de Oakland, David Gorcyca, a pagar 1 millón y a la exfiscal jefe adjunta, Deborah Carley, a abonar 2. Además la Policía de West Bloomfield ha tenido que indemnizar a la familia con 1,8 millones de dólares, el estado con 850.000 y la escuela con 1,1 millones.

Los Wendrow, las últimas víctimas de la comunicación facilitada, han vivivido en sus carnes un suplicio similar al que padecieron, en los años 80 y 90, decenas de familias que se rompieron en EE UU y Canadá después de que algunos de sus miembros revivieran bajo hipnosis episodios de abusos infantiles que habrían reprimido. Sin más prueba que esos supuestos recuerdos, algunos padres y educadores acabaron en la cárcel después de haber admitido su culpa tras intensos interrogatorios policiales. “El mayor de los escándalos de la psiquiatría norteamericana del siglo XX es la creciente manía de miles de terapeutas ineptos, consejeros familiares y trabajadores sociales de provocar falsos recuerdos de abusos sexuales infantiles”, sentenciaba en 1994 el divulgador científico Martin Gardner.

Los misterios de la Gran Pirámide, en Radio 5

América Valenzuela y yo hablamos ayer de los misterios de la Gran Pirámide, en la tercera  entrega de Una crónica desde Magonia, mi colaboración mensual en Ciencia al cubo, en Radio 5. Si quieren escuchar el programa entero, pueden hacerlo aquí.

Fantasmas en el laboratorio

Esa presencia extraña que ha percibido alguna vez por el rabillo del ojo cuando camina por una calle a oscuras está en su cerebro, y un grupo internacional de científicos, liderado por Olaf Blanke, de la Escuela Politécnica Federal de Lausana (Suiza), cree saber dónde. “Las historias de fantasmas, espectros y otras apariciones existen en prácticamente todas las culturas. La extraña sensación de que alguien está cerca y no se puede ver (sensación de una presencia) cuando nadie está realmente presente es una fascinante proeza de la mente humana que aparece a menudo en literatura religiosa, ocultista y de ficción”, escriben los investigadores en la revista Current Biology, donde explican cómo han conseguido recrear el fenómeno en el laboratorio.

Los autores destacan que, más que ver fantasmas y ángeles de la guarda, solemos sentir su presencia. “Descendiendo con su hermano de la cima del Nanga Parbat, una de las diez montañas más altas del mundo, Reinhold Messner sintió un tercer escalador «bajando con nosotros, manteniendo una distancia regular, un poco a mi derecha y a pocos pasos de distancia de mí, justo fuera de mi campo de visión». Messner «no pudo ver la figura», pero «estaba seguro de que había alguien allí», sentía «su presencia»”, recuerdan. Y añaden que esa sensación de una presencia (FoP, por sus siglas en inglés) se ha dado en incontables ocasiones en montañeros, exploradores y supervivientes de catástrofes, y es relativamente común en pacientes con ciertos desórdenes neurológicos, para quienes las entidades invisibles pueden permanecer ahí hasta minutos.

Blanke y sus colaboradores creen haber descubierto a qué se debe el fenómeno y han sido capaces de recrear en el laboratorio esa ilusión gracias a un brazo-robot. Hace siete años, al estimular eléctricamente el área del cerebro llamada unión temporoparietal izquierda de una joven de 22 años sin historial psiquiátrico a la que evaluaban para un tratamiento quirúrgico de la epilepsia, otro grupo dirigido por el nerurocientífico suizo descubrió que la mujer sentía la presencia de una persona sombra detrás de ella. La figura adoptaba las mismas posiciones que la joven y cuando los investigadores le pidieron que, sentada en una camilla, abrazara sus rodillas, ella sintió que el hombre también se sentaba y la abrazaba, lo que describió como desagradable.

Interferencias sensoriales

Ilustración: 'Current Biology'.En su nuevo estudio, Blanke y su equipo han interferido en las señales sensoriales de los sujetos para que sus cerebros no las identifiquen como propias de su cuerpo, sino como ajenas. Lo primero que hicieron fue examinar los cerebros de doce pacientes con diversos desórdenes neurológicos -epilepsia, migraña, tumores…- que experimentaban sensaciones fantasmales como las descritas. Descubrieron en imágenes de resonancia magnética (MRI) que sus cerebros presentaban daños en tres zonas -el córtex insular, el frontoparietal y el temporoparietal- involucradas en el movimiento propio y la percepción de nuestra posición en el espacio, y que están implicadas en el procesamiento de las señales sensoriales, clave para la percepción de nuestro propio cuerpo.

Los autores concluyeron que, posiblemente, la FoP se debía a la confusión respecto al origen de señales sensoriales y diseñaron un experimento para poner a prueba esa hipótesis con individuos sanos. Construyeron un robot que el sujeto, con los ojos vendados, movía con su dedo índice y tenía su reflejo en otro robot esclavo que reproducía los movimientos detrás del individuo, dándole toques en la espalda. La sensación aparente para el sujeto, cuando tocaba algo y recibía simultáneamente respuesta táctil en el dedo y en la espalda, era que él mismo alcanzaba su espalda. Sin embargo, cuando la respuesta táctil en el dedo y en la espalda era asíncrona -estaba separada por 500 milisegundos-, después de tres minutos, el individuo sentía que había otra persona detrás que le tocaba la espalda. Habían recreado la FoP.

En dos casos, la ilusión fantasmal fue tan fuerte que los sujetos pidieron a los investigadores que se detuviera el experimento, de cuyo objetivo no sabían nada. Los individuos dijeron cosas del estilo de: “Sentí que alguien está tocando mi espalda”; “Sentí que yo no estaba tocando nada y alguien me estaba estaba tocando”; “Me sentí como en un bucle: estaba tocando a alguien que me estaba tocando la espalda”; “Sentí que había otra persona tocándome la espalda”… “Observamos que la FoP sólo se daba en condiciones asincrónicas”, indican los autores.

Uno de los sujetos, durante el experimento. Foto: Alain Herzog-EPFL.“Nuestro experimento indujo en el laboratorio por primera vez la sensación de una presencia extraña. Esto demuestra que puede producirse en las condiciones normales simplemente por un conflicto en las señales sensoriales y motoras. Nuestro sistema robótico imita las sensaciones de algunos pacientes con trastornos mentales o de personas sanas en circunstancias extremas. Esto confirma que la FoP es causada por una percepción alterada del propio cuerpo en el cerebro”, sostiene Blanke. Los investigadores indican que, además de explicar un fenómeno que se da en todas las culturas, este estudio ayuda a entender mejor algunos síntomas de la esquizofrenia, como la sensación de entidades y voces extrañas.

En 2007, un equipo dirigido por Olaf Blanke y otro de Henrik Ehrsson, del Instituto de Neurología de la Universidad de Londres, consiguieron, independientemente, provocar en laboratorio viajes astrales en individuos sanos mediante videocámaras y equipos de realidad virtual. Sus trabajos, publicados en la revista Science, daban una posible explicación a la ilusión de sentirse fuera del cuerpo común a los viajes astralas y las experiencias cercanas a la muerte.