Si existen, los extraterrestres irán al Infierno, dice el fundamentalista cristiano Ken Ham

Cabecera del blog de Ken Ham.
Estamos perdiendo el tiempo buscando extraterrestres. No existen y, si existieran, estarían condenados al Infierno. Lo dice Ken Ham, presidente de Respuestas en el Génesis, el ministerio fundamentalista que gestiona el Museo de la Creación de Petersburg (Kentucky). Nacido en Australia como Kenneth Alfred Ham en 1951, es un creacionista de la Tierra joven: cree que el Universo tiene 6.000 años -tal como estableció el arzobispo irlandés James Ussher en el siglo XVII a partir de la Biblia-, fecha el Diluvio Universal hace unos 4.500 años, está convencido de que el Hombre convivió con los dinosaurios y pone en duda todos los sistemas científicos de datación, así como las bases de la biología. Al parecer, su dios pierde parte de su infinito tiempo sembrando el Cosmos de pruebas falsas que apunten a que el Universo es mucho más antiguo de lo que en realidad es.
Con estos antecedentes, que Ham diga tonterías es lo previsible. Aún así, lo que escribió el 20 de julio en su blog Around the world with Ken Ham es tan gracioso que no puedo resistirme a comentarlo. Aunque admite que la Biblia no se pronuncia sobre la existencia de plantas o animales fuera de la Tierra, él está convencido de que no existen. La razón es muy simple: «La Tierra fue creada para el ser humano». Además, no puede haber seres inteligentes por ahí fuera porque «la Biblia deja claro que el pecado de Adán afecta a todo el Universo. Eso significa que los extraterrestres también resultarían afectados por el pecado de Adán, pero, como no serían descendientes de Adán, no habría salvación para ellos». Vamos, que les esperarían las llamas del Infierno. «¡Jesús no fue el Klingon Dios o el Marciano Dios! Sólo los descendientes de Adán pueden salvarse», sentencia.
«La Biblia, en contraste con la visión laica del mundo, enseña que la Tierra fue creada especialmente, que es única y el centro de la atención de Dios (Isaías 66, 1 y Salmos 115, 16). La vida no evolucionó, sino que fue creada especialmente por Dios, como claramente enseña el Génesis. Los cristianos no deberían esperar que la vida extraterrestre existiera», dice en “We’ll find a new Earth within 20 years”, donde toma como pretexto de sus delirios la esperanza de los científicos de contar en los próximos años con tecnología que permita descubrir otras Tierras. «¡Los laicistas están desesperados por encontrar vida en el espacio exterior, ya que creen que proporcionaría evidencia de que la vida puede evolucionar en diferentes lugares y dadas las condiciones adecuadas! ¡La búsqueda de vida extraterrestre está realmente impulsada por la rebelión del hombre contra Dios, en un intento desesperado por demostrar la evolución!», advierte un Ham tan confundido como siempre. Porque la teoría de la evolución por selección natural  no necesita de la vida extraterrestres, ya que está más que demostrada por el registro fósil, la genética y la experimentación humana.
Hace seis años, el director del Observatorio Astronómico del Vaticano, el jesuita argentino José Gabriel Funes, aseguró que Jesús murió en la cruz en el Gólgota para redimirnos no sólo a nosotros, sino también a los “hermanos extraterrestres”. Ahora, Ken Ham dice que nones. Las pruebas de ambos en apoyo de sus tesis son igual de consistentes. Sólo espero que, si hay alienígenas ahí fuera escuchando, no se enteren de este debate. Es como para exterminarnos.

Uno de cada cinco españoles cree que hay extraterrestres viviendo entre nosotros

Invasores del espacio. Infografía de Good y Column Five.

Uno de cada cinco españoles cree que hay seres extraterrestres viviendo entre nosotros, como en la telecomedia Cosas de marcianos. El dato no es nuevo. Procede de un sondeo de opinión de Ipsos de 2010, según el cual uno de cada cinco adultos (20%) encuestados en veintidós países, que suman el 75% del PIB mundial, creen que hay alienígenas caminando por las calles. El sondeo, en el que participaron 24.007 personas y con un margen de error de +/-3,1, revela que el mayor porcentaje de creyentes se daba en India (45%) y China (42%), y el menor en Bélgica (8%), Holanda (8%) y Suecia (8%). La proporción en España (21%) está un punto por encima de la media mundial. Además, las mujeres (17%), los mayores de 55 años (11%) y las personas con educación media o baja (19%) eran menos crédulas que los hombres (22%), los menores de 35 (25%) y los universitarios (22%).
¿Por qué traigo a colación un sondeo de opinión de hace cuatro años? Para publicar la infografía que encabeza estas líneas, que no conocía hasta hace unos días y es una colaboración del estudio de infografía Column Five y la revista Good.

Una fiesta secreta de ‘Expediente X’ en la Casa Blanca

Katharine Button, asesora política de Hillary Clinton, envió un corto mensaje de correo electrónico al personal del Ala Oeste de la Casa Blanca a las 15.50 horas del 8 de enero de 1999. Bajo el encabezado de Podesta 50th!!!, avisaba de que el salón de Cenas de Estado iba a acoger, aquella tarde, «una fiesta sorpresa por el 50 cumpleaños de John Podesta», jefe de gabinete de Bill Clinton. 84 fotos y un vídeo de aquella celebración se guardan en la Biblioteca Presidencial William J. Clinton, en Little Rock (Arkansas). Nadie puede verlos. Es material secreto, confirmó Dana Simmons, la archivera, el 3 de noviembre de 2010 al ufólogo Grant Cameron, quien había pedido acceder él de acuerdo con la Ley de Libertad de Información (FOIA).
Texto del mensaje de correo de Katharine Button al personal del Ala Oeste avisando de la fiesta de cumpleaños de John Podesta.
Podesta, que en 2008 formó parte del equipo de transición de Barack Obama y ahora ha regresado a la Casa Blanca como asesor del presidente, fue entre 1998 y 2001 jefe de gabinete de Clinton, de quien antes había sido asistente, secretario de personal y asesor. Abogado de formación y profesor de derecho en la Universidad de Georgetown, se le considera el hombre que salvó el pellejo político al presidente en el caso Lewinsky y también -esto es menos conocido- el líder del grupo de fans de Expediente X en el Ala Oeste. «Algunas personas de la Casa Blanca tienen mesas de café llenas de baratijas de la Casa Blanca. Otros tienen lo que se conoce como mis paredes llenas de cándidas fotos de ellos y el presidente. En mi oficina de la Casa Blanca, tengo una mesita que he convertido en un santuario de Expediente X, con libros, revistas de cine, cederrones, y fotos de David Duchovny y Gillian Anderson», reconocía el 6 de junio de 1998 en un discurso en la Universidad de Knox, el centro donde estudió.
John Podesta en el Despacho Oval, el último día de la segunda presidencia de Bill Clinton. Foto: Reuters.Nunca se perdía las aventuras televisivas de la pareja de agentes del FBI, que entre septiembre de 1993 y mayo de 2002 persiguieron alienígenas, monstruos, y todo tipo de conspiradores los domingos en Fox. «Cuando el espectáculo sobre extraterrestres empieza, me pego a la tele y trato de averiguar a qué agencia del Gobierno llamar para determinar si la historia de la serie es real o no», declaró en su día a US News. Su pasión por Expediente X fue calificada de «fanática devoción» en The Washington Post por Lloyd Grove, quien destacaba que Podesta compartía con Fox Mulder -el personaje interpretado por Duchovny- «la inclinación por la obsesión y la paranoia». «John puede ser totalmente maníaco y fóbico respecto a ciertos temas. Es sabido que ha cogido el teléfono para llamar a la Fuerza Aérea y preguntarles que están haciendo en el Área 51», declaraba en 1998 al diario capitalialino Mike McCurry, secretario de  prensa de la Casa Blanca.
Un ufólogo en el Ala Oeste
Interesado por los ovnis, Podesta admite que el Gobierno estadounidense no guarda en el Área 51 nada relacionado con extraterrestres, pero se define como «un curioso escéptico» de la versión oficial. Así se presenta en el prólogo de Ufos: generals, pilots and Government officials go on the record (Ovnis: generales, pilotos y funcionarios del Gobierno hablan abiertamente. 2010), libro en el cual la periodista Leslie Kean vende como inexplicados avistamientos de ovnis resueltos hace décadas. «Es hora de que el Gobierno desclasifique los documentos que tengan más de 25 años y facilite a los científicos datos que les ayuden a determinar la naturaleza real del fenómeno», dijo el nuevo asesor de Obama en 2002 en una rueda de prensa de la Coalición para la Libertad de Información. Tras esta neutra denominación, se oculta una asociación ufológica auspicida por él y que tiene como objetivo «el logro de la credibilidad científica, del Congreso y de los medios para el estudio de los fenómenos aéreos inexplicables mientras se trabaja por la publicación de la información oficial y las pruebas físicas».
John Podesta. Foto: Centro para el Progreso de Estados Unidos.El abogado, que fundó y preside el laboratorio de ideas Centro para el Progreso de Estados Unidos (CAP),  cree que hay algo ahí fuera y es muy posible que, de su segundo paso por la Casa Blanca, deje como legado correos electrónicos pidiendo la desclasificación de documentación relacionada con el fenómeno ovni. Ya lo hizo en la era de Clinton. El material de esa época «sobre ovnis, Roswell (Nuevo México), platillos volantes, el Área 51 y el programa de televisión Expediente X en los archivos de John Podesta» abarca tres carpetas, «aproximadamente veintisiete páginas», en la Biblioteca Presidencial William J. Clinton bajo el epígrafe 2006-0492-F. «John Podesta era un conocido fan de Expediente X«, dice la ficha, según la cual la documentación consiste en mensajes de correo electrónico, algunos de los cuales incluyen artículos sobre las aventuras de Mulder y Scully. Era tal el entusiasmo del jefe de gabinete por la serie que el presidente se involucró personalmente en la organización de una fiesta muy especial por su 50 cumpleaños.
El 8 de enero de 1999, el reparto de Expediente X cantó el Happy birthday to you en la Casa Blanca en un vídeo que David Duchovny, Gillian Anderson y compañía grabaron por petición de Bill Clinton para agasajar a John Podesta en la celebración de su 50º aniversario. Se cuenta, además, que el presidente y su esposa acudieron aquella tarde al salon de Cenas de Estado disfrazados de Fox Mulder y Dana Scully, aunque nadie ha podido ver las imágenes. Cameron sospecha que la única razón para el secretismo que rodea al material de aquella velada es que las fotos y la película que se grabó puedan afectar a la imagen del matrimonio Clinton. Otros han ido más allá en su interpretación de la vuelta de Podesta al Ala Oeste: la relacionan con el final del encubrimiento sobre las visitas extraterrestres y ven como un signo de esos nuevos tiempos que Obama se haya convertido en el primer presidente estadounidense que ha citado en un acto público el Área 51. Nunca admitirán que los platillos volantes son un mito y, por mucho material que se desclasifique sin que asome un hombrecillo verde entre toneladas de papel, siempre dirán que se oculta el que prueba que nos visitan seres de otros mundos. Quieren creer, como Mulder y Podesta.

Obama bromea sobre el Área 51 con Shirley MacLaine durante un acto en la Casa Blanca

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«Cuando uno se convierte en presidente, una de las preguntas que le hace la gente es: ¿qué está pasando realmente en el Área 51? (Risas.) Cuando quise saberlo, llamé a Shirley MacLaine. (Risas.) Creo que me he convertido en el primer presidente que ha mencionado en público el Área 51. ¿Cómo es eso, Shirley? (Risas y aplausos.)», dijo el domingo Barack Obama durante la entrega en la Casa Blanca de los premios del Centro Kennedy para las Artes Escénicas, la más alta distinción estadounidense para un artista vivo. Y es que MacLaine ha sido desde los años 80 una de las caras más populares del movimiento de la Nueva Era con sus estrafalarias afirmaciones sobre la reencarnación, los extraterrestres, el poder de los cristales, los viajes astrales y otras excentricidades. El guitarrista Carlos Santana, la soprano Martina Arroyo, el cantante  Billy Joel y el pianista Herbie Hancock fueron los otros cuatro premiados en Washington por sus carreras artísticas.
La prensa estadounidense ha destacado que Barack Obama se ha convertido -tal como él aventuró- en el primer presidente estadounidense que ha citado en un acto público el Área 51. És cierto, aunque no es el primero que ha hablado en público sobre la base secreta de Nevada. Sin citarla por su denominación popular, Bill Clinton ya admitió en 2005  en una entrevista concedida a la revista FinanceAsia que la base existía, si bien es cierto que no se refirió ella por su denominación popular. «Existía también otro sitio en Nevada donde la gente creía que habíamos enterrado un ovni y quizás un alienígena profundamente bajo tierra porque no queríamos permitir que nadie fuera allí. Ahora puedo decirlo porque el secreto se ha levantado y es de dominio público. Había mucha gente en mi propia Administración que estaba convencida de que Roswell era un fraude, pero que lo de ese lugar de Nevada iba en serio, que había allí un artefacto alienígena. Así que mandé a alguien a que lo averiguara. Y se trataba realmente de una instalación de defensa en la que se hacían cosas aburridas que no queríamos que nadie más viera», dijo.
Washington admitió la existencia del complejo militar del lago Groom conocido como el Área 51 en abril de 2000, cuando una compañía estadounidense publicó en Internet fotos de las instalaciones tomadas por satélite. “Tenemos ahí un centro de operaciones; pero el trabajo es materia clasificada”, dijo entonces Gloria Gales, portavoz de la Fuerza Aérea, como explicación a las imágenes con hangares, pistas de aterrizaje, carreteras y canchas deportivas en mitad del desierto. La decisión de construir la base se tomó en abril de 1955 y, desde entonces, ha sido el centro de operaciones de los aviones espía más avanzados. “Los vuelos del U-2 y del Oxcart fueron responsables de más de la mitad de todos los avistamientos de ovnis de finales de los años 50 y los años 60″, asegura un informe de la CIA redactado en 1992 que se desclasificó en agosto. La CIA utilizó durante décadas la creencia en los ovnis como tapadera para sus misiones de espionaje y a los ufólogos más conspiranoicos como tontos útiles.

La obsesión por los ovnis mató al piloto autraliano Frederick Valentich cuando perseguía uno en 1978

«Melbourne, esa extraña aeronave está suspendida otra vez sobre mí. Está suspendida; no es una aeronave». Fueron las últimas palabras del piloto Frederick Valentich hacia las 19 horas del 21 de octubre de 1978, cuando volaba en su avioneta entre el aeropuerto de Moorabbin (Melbourne) y la isla del Rey, al sur de Australia. El controlador aéreo Steve Robey escuchó un sonido metálico y, después, nada. En los días siguientes, la Prensa australiana achacó la desaparición del joven, de 20 años, a los platillos volantes, con titulares del estilo de «Misterio ovni. Un avión se desvanece tras un fuerte sonido metálico«, y el caso de Valentich pasó a formar parte de los clásicos de la ufología. 35 años después, el exmilitar estadounidense James McGaha y el investigador Joe Nickell resuelven el enigma este mes en las páginas de The Skeptical Inquirer.
Portada de 'The Australian' sobre la desaparición de Frederick Valentich.
La desaparición de Frederick Valentich fue uno de los sucesos ovni más populares de finales de los 70, una época dorada para la ufología que, en España, alcanzó el máximo interés público con el caso Manises, en el cual un avión de línea hizo un aterrizaje de emergencia en Valencia porque le seguía un objeto no identificado, y el llamado ovni de Canarias, visto por decenas de miles de personas. Como otros muchos, me enteré del suceso australiano a través de la revista Mundo Desconocido, cuyo número 35 (mayo 1979) publicaba cinco páginas sobre el caso en su sección de ufología, rimbombantemente bautizada como El problema número uno de la ciencia moderna. En esencia, contaba que el joven había despegado con su avioneta Cessna 182L de Melbourne y había desaparecido sobre el estrecho de Bass tras la siguiente conversación, iniciada a las 19.06 horas del día de los hechos:

Frederick Valentich: ¿Hay algún tráfico conocido por debajo de los 5.000 pies?
Steve Robey (controlador): No hay ningún tráfico conocido.
V.: Parece que hay una gran aparato por debajo de los 5.000 pies.
R.: ¿Qué tipo de aparato?
V.: No puedo precisarlo. Tiene cuatro luces brillantes, que parecen luces de aterrizaje… La aeronave acaba de pasar a unos 1.000 pies sobre mí.
R.: Roger [en aviación, es el equivalenete a recibido]. ¿Y es una aeronave grande? Confírmelo.
V.: Desconocida, dada a la velocidad a la que se mueve. ¿Hay algún aparato de la Fuerza Aérea [Autraliana] por las proximidades?
R.: No hay ningún aparato conocido por las proximidades.
V.: Se está aproximando directo hacia mí desde el este. [2 segundos de silencio.] Me da la impresión de que está jugando a algún tipo de juego. Está volando sobre mí dos, tres veces, a una velocidad que no lo puedo identificar.
R.: Roger.  ¿Cuál es su nivel actual?
V.: Mi nivel es 4.500. Cuatro, cinco, cero, cero.
R.: Y confirma que no puede identificar el aparato.
V.: Afirmativo.
R.: Roger. Permanezca a la espera.
V.: No es una aeronave. Es… [2 segundos de silencio.]
R.: ¿Puede describir el aparato?
V.: Acaba de pasar. Tiene forma alargada. [3 segundos de silencio.] No puedo decir más. [3 segundos de silencio.] Ahora está delante de mí, Melbourne.
R.: ¿Y cómo de grande es el objeto?
V.: Está inmóvil. En este momento, estoy describiendo una órbita y él hace lo mismo encima de mí. Tiene una luz verde y parece metálico. Es todo brillante.  [5 segundos de silencio.] Ha desaparecido… ¿Saben qué tipo de aparato es? ¿Es militar?
R.: Confirme que el aparato se ha desvanecido.
V.: Repita.
R.: ¿Está el aparato todavía ahí?
V.: [2 segundos de silencio.] Ahora se acerca desde el sudoeste. Parece que el motor no responde. Marca veintitrés, veinticuatro y está fallando.
R.: Roger. ¿Qué piensa hacer?
V.: Mi intención es ir a la isla del Rey. Ah, Melbourne, esa extraña aeronave está suspendida otra vez sobre mí. [2 segundos de silencio.] Está suspendida; no es una aeronave.
[El micrófono sigue abierto y se escucha un golpe metálico después de 17 segundos de silencio. Se corta la transmisión.]

El ufólogo Jean Sider, autor del reportaje de Mundo Desconocido -titulado «Australia: último vuelo»-, reconocía que Valentich era aficionado a los ovnis y que, de hecho, según su padre, los había visto «en varias ocasiones», pero descartaba que el objeto no identificado tuviera su origen en un estímulo convencional confundido por el joven. Además, Sider se oponía a la versión oficial según la cual la avioneta podía haber volado invertida y el ovni ser «reflejos de luces en el mar». «El padre de Frederick Valentich declaró al reportero de The Sidney Sun que semejante hipótesis era imposible, dado que su vástago era un as en materia de acrobacia aérea y hubiera visto inmediatamente que su posición invertida le hacía tomar una cosa por otra», advertía el ufólogo, quien añadía que ésa era también su opinión.
Un piloto inexperto e imprudente

Desde aquel reportaje de Mundo Desconocido, nunca me había vuelto a interesar por el caso. Desconfiaba de las versiones de los ufólogos, que llegaron a hablar de la abducción del piloto y la avioneta, y no había tampoco una hipótesis escéptica que lo resolviera, quizá porque faltaban datos esenciales en el relato original o porque no tenía solución fuera de la mente del joven Valentich. En el último número de The Skeptical Inquirer  (Vol. 37, Nº 6), McGaha y Nickell ponen el incidente en su contexto y resuelven el misterio. Resulta que Valentich era poco menos que un novato a los mandos de un avión. Había obtenido la licencia de piloto de avioneta un año antes, sólo acumulaba 150 horas de vuelo, no tenía permiso para volar de noche con condiciones meteorológicas adversas, había fracasado dos veces en su intento de entrar en la Real Fuerza Aérea Australiana y había suspendido tres veces la mayoría de las asignaturas en el curso para piloto de aerolíneas que seguía. Además, en sólo un año, había estado implicado en tres incidentes por adentrarse en espacio aéreo restringido y volar a ciegas entre nubes.
Página del informe oficial del caso de Frederick Valentich.«El joven piloto estaba obsesionado por los ovnis, viendo películas y acumulando artículos de prensa sobre el tema. A principios de aquel año, según su padre, Valentich había observado un ovni alejarse muy rápidamente», escriben McGaha y Nickell, para quienes «su profunda creencia en los platillos volantes pudo contribuir a su muerte, y no del modo en el que algunos ufólogos se imaginan». Para empezar, apuntan que Valentich dio dos versiones diferentes sobre su viaje a isla del Rey -que iba a recoger a unos amigos o a comprer cangrejos-, ambas probablemente falsas, ya que no informó al aeropuerto de destino de su posible llegada en ningún momento. Sospechan que, simplemente, salió a buscar ovnis. ¡Y los encontró! Al menos, eso creyó.
La investigación de McGaha y Nickell ha demostrado que las «luces de aterrizaje» del ovni, cuatro, coinciden en el cielo de aquella noche con cuatro puntos brillantes que, unidos, darían la impresión de un diamante: Venus, Marte, Mercurio y Antares. Las ganas de creer de Valentich hicieron el resto, incluida la luz verde que cita hacia el final y de la que no había hablado antes. El ovni no se movió en ningún momento; fue Valentich con su avioneta quien se movía respecto a los planetas y la estrella. Más atento al objeto no identificado que al instrumental, el inexperto piloto habría sufrido la ilusión del horizonte falso, que se da «cuando existe deficiente visibilidad. Una formación de nubes que semejan inclinación, horizonte oscuro, pocas luces en tierra y estrellas, pueden crear ilusiones, generando la percepción de que no se encuentra correctamente alineado con el horizonte». Habría intentado nivelar su aparato respecto a un horizonte falso y habría empezado a descender en espiral, «primero lentamente y luego cada vez más rápido». Inclinado, la luz verde del ovni que veía al final sobre su cabeza sería la de navegación de la punta del ala derecha de su avioneta.
«La desaparición fue, simplemente, un fatal accidente. Irónicamente, nunca hubiera ocurrido sin la fascinación por los ovnis que sentía el joven piloto. Si no fue realmente el motivo de aquel vuelo nocturno, como sospechamos, esa fascinación fue, sin embargo, clave para que terminara trágicamente», concluyen McGaha y Nickell. Aunque nunca se recuperó el cuerpo del joven, restos de la avioneta, con números de serie parciales, se encontraron en aguas del estrecho de Bass cinco años después.

«Sólo el fútbol puede salvar la Tierra de los extraterrestres», avisa Franz Beckenbauer

Todo empezó el 21 de octubre con la aparición de un extraño símbolo en el cielo de Río de Janeiro, en los letreros luminosos de Times Square, en Nueva York, y en grandes bolas que habían caído por la noche sobre los campos de fútbol de Hackney Marshes, en Londres. «El ganador se quedará con la Tierra», se advertía al final del vídeo que mostraba estos fenómenos.

El 1 de noviembre, Franz Beckenbauer confesó en una grabación casera que los extraterrestres ya están aquí, que le han visitado, que «quieren jugar al fútbol contra nosotros» y que, «si perdemos, destruirán el planeta».

«Sólo el fútbol puede salvar el planeta», decía El Kaiser en su vídeo y en una entrevista posterior. El enigmático símbolo, explicaba, es el «emblema de la especie extraterrestre» que nos ha desafiado y él ha asumido la tarea de dirigir la selección terrestre.

Ya han sido vistos en varios campos de fútbol grupos de tipos con capucha y hábito negros con el emblema alienígena en el pecho.

Y, el pasado lunes, Beckenbauer eligió a Leo Messi como capitán de la selección terrestre.

Por mucho que Beckenbauer considere irónico que sea el fútbol, y no la ciencia y la tecnología militar, el que vaya a salvar el planeta, resulta que los alienígenas malos de esta ficción publicitaria -de la que me he enterado gracias al escéptico y estudioso de la cultura ovni Matías Morey- pueden amenazarnos porque su ciencia y su tecnología son más avanzadas que las nuestras.
¡Ah!, por favor, que alguien avise a Enrique de Vicente de que se trata de la última campaña publicitaria del Samsung Galaxy 11. Si no, igual se pone a buscar conexiones con los Illuminati, la falsa profecía maya del fin del mundo, el asesinato de Kennedy, el proyecto HAARP, los chemtrails, los reptilianos, la farmamafia, las catedrales góticas, la Gran Pirámide, los hombres de negro, las abducciones, las psicofonías, o cualquier otro delirio de viejo o nuevo cuño.

‘¿Esta vivo Marte?’: una jornada sobre astrobiología y el planeta rojo, el 25 de noviembre en Bilbao

Cartel anunciador de la jornada '¿Está vivo Marte?', que se celebrará en Bilbao el 25 de noviembre.El astrofísico Agustín Sánchez Lavega, el ingeniero aeronáutico Javier Gómez-Elvira y el microbiólogo Ricardo Amils hablarán, el 25 de noviembre en Bilbao, sobre la búsqueda de vida en el planeta rojo, en el marco de la jornada ¿Está vivo Marte?, que se celebrará en el salón de actos de la Biblioteca de Bidebarrieta (c/ Bidebarrieta, 4). «Si en algún sitio del Sistema Solar ha habido una esperanza para la vida, es en Marte. Es el planeta mejor explorado y, hasta la fecha, no tenemos ninguna prueba de que haya restos fósiles de vida ni vida actual», indica Sánchez Lavega, director del Grupo de Ciencias Planetarias y del Máster en Ciencia y Tecnología Espacial de la Universidad del País Vasco (UPV).
El acto empezará a las 19 horas. Tras la presentación, Sánchez Lavega, catedrático de física aplicada en la Escuela Técnica Superior de Ingeniería de Bilbao, aproximará a los asistentes hasta el planeta rojo con una intervención titulada «Un mundo de incógnitas». A las 19.15 horas, tomará la palabra Gómez-Elvira, director del Centro de Astrobiología (CAB), quien disertará sobre «La exploración de Curiosity«. Y, a las 20 horas, Amils, catedrático de microbiología de la Universidad Autónoma de Madrid, hablará sobre «La búsqueda de vida». El encuentro acabará con una mesa redonda que comenzará a las 20.35 horas.
¿Está vivo Marte? es un acto organizado por el Aula Espazio GelaBidebarrieta Kulturgunea y el diario El Correo, en colaboración con la Diputación de Vizcaya, la UPV y el Círculo Escéptico. La entrada es libre hasta completar el aforo.

El 75º aniversario de ‘La guerra de los mundos’, en Hala Bedi Irratia

Koldo Alzola y yo hablamos el jueves pasado en Suelta la olla, en Hala Bedi Irratia, del 75º aniversario de La guerra de los mundos, en la tercera entrega del curso 2013-2014 de Gámez over, intervenciones que también emiten Eguzki-Pamplona, Uhinak (Ayala), Txapa (Bergara), Eztanda (Sakana), Arraio (Zarautz), Zintzilik (Orereta), Itxungi (Arrasate), Kkinzona (Urretxu-Zumarraga) y Txindurri Irratia (Lautada).

Howard Koch, el guionista tras la magia de ‘La guerra de los mundos’ de Orson Welles

«Si los marcianos imaginarios de la emisión de radio nos enseñaron algo importante, fue la virtud de dudar y de comprobar todo lo que nos llega a través de las ondas y de las páginas impresas, incluso de las escritas por el autor de este libro», advertía hace 43 años Howard Koch en La emisión del pánico (1970). Cuenta en ese libro su experiencia como miembro del equipo de la CBS que la noche del 30 de octubre de 1938 escenificó La guerra de los mundos, el montaje que hizo que miles de estadounidenses creyeran que vivían una invasión marciana y tenían las horas contadas.
Orson Welles, durante la emisión de 'La guerra de los mundos'.Koch fue el autor de la adaptación radiofónica de la novela de H.G. Wells, el clásico de los ataques extraterrestres de 1898. Abogado de formación, había empezado a escribir teatro por afición y, en 1929, había estrenado en Broadway su primera obra, Great Scott! (¡El gran Scott!). Fracasó, como en 1933 su segunda pieza. Pero el éxito le llegó en 1937, en Chicago, con The lonely man (El hombre solitario) y, poco después, firmaba un contrato de 75 dólares por 60 páginas de guión semanal para el equipo de Orson Welles en la CBS. Era su primer trabajo profesional. «Fue una experiencia que duró seis meses y que no me habría perdido… ni quisiera repetir», recuerda.
Después de dieciséis radiodramas, en la última semana de octubre de 1938 se enfrentó a un reto que estuvo a punto de desbordarle. Welles y el actor John Houseman le encargaron «un guión en forma de boletines de noticias» basado en La guerra de los mundos. Tras leer la novela, Koch se dio cuenta de que «no podría utilizar prácticamente nada, a excepción de la idea del autor sobre una invasión de marcianos y la descripción que realizaba acerca de su aspecto y de sus máquinas. En una palabra, se me pedía que hiciera en seis días un guión casi completamente original de una hora de duración». Intentó que sus jefes se echaran atrás, pero Houseman, que llevaba con Welles las riendas del programa, le dijo que «se trataba del proyecto favorito de Orson».
El mundo invadido, ¡en una hora!
Welles, que tenía entonces 23 años, quería trasladar la acción de Reino Unido a Estados Unidos para hacerla más creíble para sus oyentes; pero quien decidió el lugar del comienzo de la invasión fue Koch. Cuando el lunes anterior a la emisión regresaba en su coche de un día libre, compró un mapa en una gasolinera de Nueva Jersey para elegir el sitio del desembarco alienígena. «De vuelta a Nueva York, comencé a trabajar, extendí el mapa, cerré los ojos y dejé caer mi pluma sobre un punto. Había caído en Grover’s Mill. Me gustaba cómo sonaba, tenía gancho. Además, estaba cerca de Princeton, donde, lógicamente, podría introducir en el observatorio al astrónomo profesor Pierson, que se convirtió en personaje principal de la historia», recordaba en 1970. Y empezó a escribir.
Houseman y Welles consideraban que «dormir era un lujo», y las revisiones y cambios de guión eran siempre constantes de lunes a sábado, para desesperación de Koch y su mecanógrafa. En este caso, también. Fueron seis días de pesadilla. No paraban de reescribirse escenas y llegó a cundir el desánimo en el equipo. “Estos marcianos son un sinsentido. ¡Es todo demasiado estúpido! ¡Vamos a quedar como idiotas, absolutamente idiotas!”, sentenció en un momento determinado la secretaria del grupo. No fue así.
Hace hoy 75 años, poco después de las 20 horas, Orson Welles encaró el micrófono del estudio de la CBS y dijo:

«Hoy sabemos que, en los primeros años del siglo XX, nuestro mundo estaba siendo observado por unos seres más inteligentes que el hombre y, sin embargo, igual de letales. Sabemos también que, mientras los humanos se entregaban a sus afanes cotidianos, esos seres los escrutaban y estudiaban con la precisión de un científico que examina en su microscopio a las fugaces criaturas que proliferan en una gota de agua. Con infinita complacencia iban y venían los hombres, ocupándose de sus insignificantes asuntos, confiados y seguros de su dominio sobre este pequeño fragmento giratorio del Sistema Solar que, por casualidad o designio, habían heredado de los oscuros misterios del tiempo y el espacio. Sin embargo, más allá del abismo sideral, unas mentes que son a las nuestras lo que éstas a las de los animales salvajes, inmensas inteligencias frías e implacables, miraban hacia la Tierra con ojos envidiosos y lenta, pero implacablemente, trazaban planes de conquista. En el año trigésimo noveno del siglo XX sobrevino la gran desilusión…».

Todavía impresiona escuchar esa introducción, basada en el extraordinario arranque de la novela original:

Lo que siguió, en 151 emisoras de todo el país afiliadas a la CBS, fue un programa musical que se interrumpía para informar de una invasión marciana, presentar entrevistas a científicos, que entrara en antena un reportero desde el campo de batalla, que el secretario de Estado de Interior hablara de «la gravedad de la situación que atraviesa el país», que los militares anunciaran que se imponía la ley marcial, la transmisión de un ataque con bombarderos… y la derrota final de los invasores. Todo era ficción, como se advirtió cuatro veces durante la emisión -una al inicio, otra al final y dos en el intermedio-, pero muchos oyentes creyeron estar ante un auténtico ataque alienígena. «En el curso de 45 minutos en tiempo real -diferente del tiempo subjetivo o de ficción-, los invasores marcianos fueron, presumiblemente, capaces de despegar de su planeta, aterrizar en la Tierra, colocar su máquinas destructivas, derrotar a nuestro ejército, interrumpir las comunicaciones, desmoralizar a la población y ocupar secciones enteras del país. ¡En 45 minutos!», señala Koch en La emisión del pánico.
De Marte al Rick’s Café Américain
Al día siguiente, el titular principal de la portada de The New York Times decía: “Radioyentes aterrorizados toman una obra de teatro bélica como algo real”. El diario destacaba que mucha gente había intentado huir del gas marciano, y que la emisora de radio y la Policía se habían visto desbordadas por las llamadas telefónicas. Y el guionista no se había enterado de nada. Tras escuchar el programa, Koch se metió en la cama y se durmió. A la mañana siguiente, iba a cortarse el pelo cuando empezó a sospechar que algo había pasado aquella noche. «Escuché [por la calle] trozos de conversaciones ominosas con palabras como invasión y pánico, y llegué a la conclusión de que Hitler había invadido algún nuevo territorio y de que la guerra que todos temíamos había finalmente estallado». El barbero le contó lo que había ocurrido, al tiempo que le enseñaba la portada de un periódico con una gran foto de Orson Welles. «Este momento me sigue pareciendo hoy en día irreal», escribía en 1970.

'La guerra de los mundos' de Orson Welles, en la primera página de 'The New York Times'.

La repercusión social del radiodrama llevó a Koch, como a Welles y el Mercury Theatre, a Hollywood. Firmó un contrato de siete años con la Warner Brothers y empezó por intervenir en los guiones de El halcón del mar (1940), La carta (1940) y El sargento York (1941). Pasó un tiempo hasta que en el estudio vieron qué podían hacer con él, un tipo identificado con los marcianos y su rayo de la muerte. «Finalmente, heredé algunas escenas y fragmentos de diálogos abandonados por dos escritores anteriores. Me pidieron que construyera una historia incorporando estos fragmentos para una producción cuyo comienzo estaba programado para dentro de dos meses. Con la cámara pisándome los talones, comencé a escribir desesperadamente, con la única y vaga noción de cuál era el orden de cada escena, deseando que una condujera a otra, y a otra y a otra, y que la suma total, si vivía para entonces, equivaliera a una película que no fuera tan mala como para dar por finalizada mi breve carrera en Hollywood». Volvió a obrarse el milagro, «como en el caso del programa de los marcianos». La película fue un éxito. Y en 1943 Koch ganó, junto a Philip y Julius J. Epstein, el Oscar al mejor guión adaptado por Casablanca.
Recreaciones televisivas
Tras la Segunda Guerra Mundial, le echaron de la Warner por comunista, entró en la lista negra de Hollywood y en 1951 tuvo que exiliarse a Reino Unido, donde permaneció cinco años. A su vuelta a EE UU, Koch siguió firmando guiones, incluido el de The night that panicked America (La noche que aterrorizó a Estados Unidos), un telefilme que recrea la histórica sesión de radioteatro y cómo reaccionó parte del público. La ABC lo emitió el 31 de octubre de 1975, y TVE lo hizo en España años después. A pesar de algunas licencias -Koch elige el lugar del aterrizaje marciano lanzando un dardo a un mapa-, es una notable recreación de los hechos, con Paul Shenar como Orson Welles y Joshua Bryant como Howard Koch. Desgraciadamente, The night that panicked America nunca se ha comercializado y sólo circulan copias de baja calidad sacadas de viejas grabaciones de vídeo.
Mi momento preferido de esta película -que tuve la fortuna de ver en TVE en su día- es la apertura de la primera nave invasora. Son las 20.15 horas del domingo 30 de octubre de 1938. Millones de estadounidenses están pegados a la radio, pendientes de las palabras del reportero Carl Phillips, que está en Grover’s Mill. La nave comienza a abrirse. En Nueva York, un miembro del equipo de Welles desenrosca lentamente la tapa de un tarro dentro de un inodoro en los estudios de la CBS mientras otro capta el sonido con un micrófono. “Señoras y señores: ¡es asombroso! ¡El extremo de la cosa ha empezado a moverse! ¡La parte superior está girando como un tornillo! ¡El objeto parece estar hueco!”, cuenta el periodista en primera línea. “¡Dios mío, algo acaba de salir reptando de la sombra! ¡Es como una serpiente gris! Ahora aparece otra, y otra…”. Empieza la invasión.
Existe, además, una interesante sesión de teatro televisivo de 1957 que también revive aquella noche. Se titula The night America trembled (La noche que Estados Unidos tembló) y cuenta con el periodista televisivo Edward Morrow como narrador. La emitió la CBS el 9 de septiembre de 1957, dentro de su serie Studio One. Fiel a la emisión original, sin embargo, no cita ni una sola vez ni a Welles ni a ningún miembro de su equipo. El personaje del director lo interpreta Robert Blackburn y en el reparto figuran, entre otros, Ed Asner, James Coburn y un jovencísimo Warren Beatty. Si quieren, pueden comprarla en DVD. Yo les dejo aquí una versión subtitulada:

Regreso a Grover’s Mill
Koch volvió a Grover’s Mill -esta vez, físicamente- con su esposa en el día de Halloween de 1969 para «descubrir qué recuerdos de la invasión habían sobrevivido a lo largo de los años». Habló con el que en 1938 era el jefe de bomberos del pueblo. Le dijo que «pasó la mayor parte de la noche persiguiendo fuegos que nunca fueron encendidos», de los que les habían alertado en llamadas telefónicas, y cómo fue testigo de la organización de la primera línea de defensa ante los atacantes. «Granjeros, armados con escopetas, vagaban por los campos buscando a los marcianos o al ejército que, supuestamente, estaba siendo desplegado contra el enemigo en Grover’s Mill. Más tarde, alrededor de cien soldados del estado de Nueva Jersey fueron enviados a la zona para calmar al pueblo y desarmar a estos defensores voluntarios «antes de que nadie resultara herido»». El bombero le dijo, entre risas, que un vecino cuya mujer tenía a su familia en Pensilvania, partió a buscar a sus parientes en coche con tal urgencia que atravesó la puerta del garaje.
Howard Koch, en Grover's Mill en 1987. Foto: 'La emisión del pánico'.El día de la invasión, la meteorología se puso en Grover’s Mill de parte de los marcianos. «Una niebla misteriosa envolvió la región aquella noche, lo que contribuyó a la ansiedad. Al escuchar los informes de radio de las imponentes máquinas marcianas que estaban cerca, varios residentes de Grover’s Mill cogieron sus armas y corrieron con valentía a defenderse de los invasores, abriendo fuego contra una enorme silueta apenas visible a través de la niebla. Cuando amaneció, se hizo evidente que los aspirantes a héroes habían hecho varios agujeros en el depósito de agua local», rememoran Robert E. Bartholomew y Benjamin Radford en The martians have landed! (2012). Las anécdotas se multiplicaron a lo largo y ancho del país: dos geólogos de Princeton pasaron la noche buscando el meteorito que, al principio de la emisión, se decía que había caído cerca de Grover’s Mill; una mujer entró en una iglesia de Indiana gritando que Nueva York había sido destruida; la Policía no daba abasto en la Gran Manzana y otros sitios para atender las llamadas de ciudadanos aterrorizados…
En su regreso a Grover’s Mill en 1969, Koch descubrió algo muy divertido: años antes de liarla parda, Welles se había alojado en una casa del pueblo durante un verano que había dedicado a escribir. «Yo había seleccionado Grover’s Mill en la obra cerrando los ojos y pinchando con el lápiz en un mapa de carreteras de Nueva Jersey. Las probabilidades matemáticas de que Orson hubiera vivido en esta aldea perdida serían como máximo de una entre mil».
Miedo, pero no tanto
Mucho se ha escrito sobre lo que supuso la emisión de La guerra de los mundos, que demostró que había gente dispuesta a creer que podían invadirnos seres de otros planetas ya en 1938, nueve años antes de la visión de los primeros platillos volantes y doce antes de que el mayor Donald E. Keyhoe dijera que procedían de otros mundos. La idea de que se desató el pánico generalizado es, no obstante, un mito. Se cimenta en los resultados de un estudio del sociólogo Hadley Cantril, de la Universidad de Princeton, basado en entrevistas a sólo 135 personas. En su libro La invasión desde Marte. Estudio de la psicología del pánico (1940), Cantril concluyó que 1,2 millones de personas vivieron el ataque alienígena como real. No fue así.
Orson Welles responde a preguntas de los periodistas en la rueda de prensa posterior a la emisión de 'La guerra de los mundos'.
Fue el trabajo de Cantril el que creó el mito de que la sesión de radioteatro había sembrado el terror en las calles estadounidenses. “Existe un creciente consenso entre los sociólogos acerca de que la extensión del pánico, tal como la describió Cantril, fue enormemente exagerada”, sentenciaba el sociólogo Robert Bartholomew sesenta años después de los hechos. Admitía, sin embargo, que “hay pocas dudas de que muchos estadounidenses resultaron verdaderamente asustados”, posiblemente decenas de miles en Nueva Jersey y Nueva York. No hubo ningún muerto y es muy probable, a juicio de Bartholomew y Radford, que los periódicos no fueran inocentes al extender la idea del pánico. En aquel entonces, la Prensa veía en la radio a una amenaza a su supervivencia y se lanzó a atacarla tras la emisión de Welles. Algo parecido a lo que pasa hoy en día con Internet y los nuevos sistemas de comunicación, que algunos medios se esfuerzan en presentar como las fuentes de todo mal.
Pero ¿por qué hubo tanta gente que se asustó y tomó por real lo que no era sino una sesión de radioteatro? Seguramente, por una conjunción de factores: el formato del programa, la credibilidad que ya había alcanzado la radio como difusora de noticias, el uso de escenarios reales, la inestabilidad internacional -estaba a punto de estallar la Segunda Guerra Mundial-, la sintonización tardía… Todo eso ayudó a que decenas de miles de personas creyeran genuinamente, en algún momento, que los marcianos invadían la Tierra; pero la clave fue lo que apunta Koch en la última frase de su libro -con la que arrancan estas líneas-, la falta de espíritu crítico. Algo tan sencillo como recorrer el dial hubiera sacado de la duda al más aterrorizado. Hoy, en tiempos de Internet, nada ha cambiado: quienes se tragan los bulos de la era digital hubieran salido corriendo de sus casas para huir de los marcianos de vivir en 1938.

Diez formas de disfrutar de ‘La guerra de los mundos’

El 75º aniversario de la emisión de La guerra de los mundos de Orson Welles y el Mercury Theatre es una buena oportunidad para adentrarse en el universo de la primera invasión extraterrestre transmitida en tiempo real. Desde el clásico de H.G. Wells hasta los estudios sobre su impacto, pasando por las versiones televisivas y cinematográficas, aquí tienen diez modos diferentes de disfrutar de una gran obra de ciencia ficción y sus derivados.
Portada de una de las ediciones españolas de 'La guerra de los mundos', de H.G. Wells.1. La novela de H.G. Wells. Con un comienzo de enmarcar -«a través de los abismos del espacio, espíritus que son a los nuestros lo que nuestros espíritus son a los de las bestias de alma perecedera; inteligencias vastas, frías e implacables, contemplaban esta tierra con ojos envidiosos y trazaban con lentitud y seguridad sus planes de conquista”-, La guerra de los mundos (1898), de H.G. Wells, es una de las obras maestras de la ciencia ficción y el clásico de las invasiones extraterrestres. Escrito en plena fiebre de los canales marcianos, se publicó en forma de serial en la Pearson’s Magazine en 1897, y el novelista cobró por su trabajo 200 libras de la época. Cuando Orson Welles la adaptó para la radio en 1938, el autor se molestó y declaró a la prensa inglesa: «No he dado permiso para ningún cambio que pudiera hacer creer que se trataba de un hecho real».
2. El programa de Orson Welles. Fue la radio la que, como bien dice Carlos Scolari en su libro No pasarán (2005), convirtió la obra de Wells en un referente «de la cultura de masas». El 30 de octubre de 1938, en un mundo en cuyo horizonte brillaban ya destellos de guerra, Welles y el Mercury Theatre escenificaron para la CBS la invasión marciana en formato de boletines radiofónicos que interrumpían un programa musical. Al término de la emisión, el joven Welles dijo que era su susto de Halloween: «Aniquilamos el mundo ante sus oídos y destruimos completamente la CBS. Espero que se sientan aliviados al saber que no íbamos en serio y que ambas instituciones están aún abiertas para continuar sus negocios».
Aquí les dejó la emisión original:

Y también pueden pasar un buen rato con la recreación en español dirigida por Gregorio Parra el 30 de octubre de 2008 en el Teatro Mira de Pozuelo de Alarcón (Madrid), para Radio Nacional de España:

'La invasion desde Marte', de Hadley Cantril.3. El estudio de la histeria. Una investigación del psicólogo Hadley Cantril, de la Universidad de Princeton, está detrás de la extendida creencia de que Welles y su equipo aterrorizaron a Estados Unidos. Publicado originalmente en 1940, La invasión desde Marte. Estudio de la psicología del pánico llegó a España en 1942 de la mano de Revista de Occidente y fue recuperado por Abada Editores en 2005, con motivo del estreno de la película protagonizada por Tom Cruise. Incluye el guión completo del radiodrama y, a pesar de sus defectos -las conclusiones de Cantril parecen hoy en día a todas luces exageradas-, da las claves para entender cómo pudo haber gente que vivió el ataque marciano el 30 de octubre de 1938 como algo real. Hubo una confluencia de factores que lo hicieron posible -el ambiente prebélico, la credibilidad de la radio, el formato…-, pero lo definitivo fue «el hecho de que mucha gente no intentó hacer nada para verificar la información que recibía por los altavoces. Ahí está la causa de la persistencia del pánico», escribe Cantril.
4. Mantas volantes atacan Estados Unidos. Dirigida por Byron Haskin y producida por George Pal, La guerra de los mundos se convirtió en 1953 en la primera gran producción cinematográfica de ciencia ficción. La acción se sitúa en California después de la Segunda Guerra Mundial, y las máquinas marcianas son una especie de mantas volantes. A pesar de su antigüedad, la prefiero a la película de Steven Spielberg de 2005, aunque ésta sea más fiel a la novela y sus efectos especiales resulten espectaculares. Los protagonistas de la película de Haskin, Gene Barry y Ann Robertson, tienen sendos papeles en la de Spielberg.

5. Una sesión de teleteatro. Diecinueve años después del programa de radio, la CBS emitió The night that America trembled (La noche que Estados Unidos tembló) el 9 de septiembre de 1957. En blanco y negro, es una recreación de lo que pasó en la víspera de Halloween de 1938, si bien no se cita en ningún momento por su nombre ni a Welles ni a nadie de su equipo, algo que resulta extraño. El telefilme cuenta en su reparto con Ed Asner, Warren Beatty y James Coburn, entre otros.
'La emisión del pánico', de Howard Koch.6. La visión del guionista. Tres décadas después de escribir el texto de la sesión de radioteatro, Howard Koch publicó La emisión del pánico (1970). Cuenta en este libro la gestación del guión y el viaje que hizo con su esposa a Grover’s Mill en 1969 para comprobar hasta dónde había llegado el pánico a los marcianos en el foco de la invasión. Publicada en España en 2002 por el Centro de Creación Experimental de la Universidad de Castilla-La Mancha, la obra incluye el guión, fotos y recortes de prensa de la época, y un CD con el programa. «Si los marcianos imaginarios de la emisión de radio nos enseñaron algo importante, fue la virtud de dudar y de comprobar todo lo que nos llega a través de las ondas y de las páginas impresas, incluso de las escritas por el autor de este libro», concluye Koch. Y destaca cómo entrevistas posteriores revelaron que las intervenciones ficticias de militares, científicos y miembros del Gobierno «que confirmaban a los oyentes que todo estaba bajo control y que no había motivo de alarma sólo sirvieron para aumentar la sensación de que se les estaba ocultando la verdad y de que los invasores eran, de hecho, marcianos invencibles encaminados hacia nuestra destrucción».

7. La mejor recreación. Koch es el hombre que está detrás de la mejor recreación televisiva de lo que pasó aquella noche. Se titula The night that panicked America (La noche que aterrorizó a Estados Unidos), y la emitió la ABC el 31 de octubre de 1975. Años después, pudimos verla en TVE. Protagonizada por Paul Shenar, que da vida a Orson Welles, cuenta lo que ocurrió en los estudios de la CBS -cómo se montó la invasión– y cómo reaccionaron quienes tomaron la historia como real. Desgraciadamente, esta película no se ha puesto a la venta nunca y sólo circulan por Internet algunas copias de grabaciones de vídeo de la época.
Portada del disco de la ópera Rock de Jeff Wayne basada en 'La guerra de los mundos'.8. Invasión a todo ritmo. El músico Jeff Wayne recuperó en 1978 el original de H.G. Wells para una ópera rock que contó con Richard Burton como excepcional narrador. Fue un gran éxito de crítica y público allí donde salió a la venta, y es el trigésimo octavo álbum más vendido en la historia musical de Reino Unido, con más de 2,5 millones de copias hasta 2009. La mayoría de las letras de las canciones son de Gary Osborne, que fue letrista de Elton John. A juicio de David Doncel, director del Festival de Música de Cine provincia de Córdoba, es «una verdadera joya del rock sinfónico, con riff de guitarras, bajos y teclados que crean una ambientación realmente asfixiante». Hay dos versiones en español, sólo disponibles en el mercado de segunda mano; la mejor es el CD de 2005, en la que la narración corre a cargo de Teófilo Martínez.
'No pasarán', de Carlos Scolari.9. El patrón de la invasión alienígena. La invasión es un clásico de la ciencia ficción, como el viaje en el tiempo, el primer contacto, la nave generacional, los robots y el escenario postapocalíptico. El periodista argentino Carlos Scolari hace en No pasarán (Páginas de Espuma, 2005) un recorrido por la historia de los ataques extraterrestres. “Todas las invasiones alienígenas conducen a H.G. Wells”, advierte. Y recuerda que la novela tuvo en su época «un éxito tan grande que inspiró a numerosos autores de menor calibre. Apenas pocos meses después de su publicación, los escritores replicantes se pusieron a trabajar».
10. El impacto real de la versión de Wells. ¿Hasta qué punto llegó el pánico a los marcianos? Sesenta años después del montaje de Welles, el sociólogo Robert Bartholomew escribió un artículo, en The Skeptical Inquirer, en el que rebajaba considerablemente el impacto social del programa. Bartholomew reduce los 1,2 millones de estadounidenses de que habla Cantril en su trabajo de 1940 a decenas de miles y, como otros, destaca que el estudio de su colega de Princeton se basó en un número muy reducido de entrevistas -sólo 135- y eligió los testimonios más coloristas de un puñado de personas aterrorizadas. Básicamente, sostiene el sociólogo, el pánico marciano fue una creación mediática en la cual los periódicos se dejaron llevar por el entusiasmo y hablaron hasta de suicidios e infartos que, en los días siguientes, nadie confirmó. Una actualización del artículo de Bartholomew puede leerse en el libro The martians have landed! (2012), que firma junto al divulgador científico Benjamin Radford.

«Todos somos marcianos», dice el químico y biólogo Steven Benner

«Las pruebas apuntan a que, en realidad, todos somos marcianos, a que la vida empezó en Marte y llegó a la Tierra en una roca», dirá hoy el químico y biólogo Steven Benner en la conferencia Godschmidt, un encuentro anual organizado de la Asociación Europea de Geoquímica y la Sociedad Geoquímica que ha reunido en Florencia a más de 4.000 científicos. El investigador estadounidense, director del Instituto Westheimer para la Ciencia y la Tecnología, basa su argumentación en que una forma oxidada del molibdeno, que supone que desempeñó un papel clave en la aparición de la vida, pudo no estar disponible en la Tierra primitiva porque había muy poco oxígeno, pero sí estar presente en el planeta rojo. Y añade que «estudios recientes han mostrado que todavía podrían darse en Marte las condiciones aptas para el desarrollo de la vida».
Steven Benner. Foto: Universidad de Florida.Benner no es un excéntrico, aunque suela referirse a sí mismo como «un biólogo sintético chiflado hasta cierto punto». Exprofesor de la Universidad de Florida, es uno de los pioneros de la biología sintética, investiga en formas alternativas de ADN, en los orígenes y en los límites de la vida, y fue uno de los expertos que mostraron su escepticismo en Science cuando la NASA anunció el hallazgo de vida basada en el arsénico, descubrimiento que al final fue refutado. «Mi trabajo consiste en averiguar qué tipo de señales serían detectables si no nos encontramos con la vida tal como la conocemos en la Tierra o un hombrecillo verde con una pistola de rayos que nos dispara», explicaba en 2005 a The New York Times. O, lo que es lo mismo, ¿cómo reconoceríamos la vida si no es como nos la esperamos?
La investigación cuyos resultados presenta hoy en Florencia aborda dos paradojas que, en su opinión, trasladarían a Marte el origen de la vida terrestre, la del alquitrán y la del agua:

1. La paradoja del alquitrán parte del hecho de que los seres vivos estamos hechos de materia orgánica; pero, si añades energía -calor o luz- a moléculas orgánicas y te olvidas de ellas, no crean vida, sino que se convierten en algo parecido a alquitrán o aceite. «Ciertos elementos, como el boro y el molibdeno, parecen ser capaces de controlar la propensión de los materiales orgánicos a convertirse en alquitrán, por lo que creemos que los minerales que los contienen fueron fundamentales al comienzo de la vida», indica el científico, quien destaca que «el análisis de un meteorito marciano mostró recientemente que hubo boro en Marte y, ahora, creemos que también la forma oxidada del molibdeno».

2. La paradoja del agua cuestiona cómo la vida pudo abrirse paso en un entorno, en principio, hostil. «El agua se considera esencial para la vida. Como lo son biopolímeros como el ARN, el ADN y las proteínas. Sin embargo, para los biopolímeros que conocemos, el agua es un agente corrosivo. Cualquier escenario de los orígenes debe gestionar la aparente necesidad para la vida de una sustancia (el agua) que es inherentemente tóxica para la vida», dice Benner. ¿Cómo pudo prosperar la vida en un planeta como la Tierra primitiva, que es probable que estuviera totalmente cubierto de agua? Toda esa agua no sólo habría corroído el ARN, la que se cree que fue la primera de esas moléculas en aparecer, sino que, también, habría impedido la formación de las necesarias concentraciones de boro, que únicamente se dan hoy en lugares tan secos como el Valle de la Muerte, explica el científico. El Marte primitivo también tenía agua, pero contaría con más superficie seca que la Tierra.

Para Benner, la solución a estas paradojas es que la vida surgió en Marte y luego viajó hasta la Tierra embutida en un meteorito. No es el primer científico que lo plantea desde que, en agosto de 1996, investigadores estadounidense creyeron haber encontrado fósiles en un meteorito marciano caído en la Antártida hace 13.000 años y Bill Clinton dio una rueda de prensa anunciando el hallazgo. “Habla de la posibilidad de vida”, dijo de la roca ALH 84001 el entonces presidente de Estados Unidos. Como aficionado a la ciencia ficción, me pregunté entonces si aquel meteorito no nos hablaba también de la posibilidad de un trasvase de vida entre dos mundos. ¿Y si fuéramos marcianos? Supongo que fuimos muchos los que nos lo preguntamos desde la curiosidad… y la ignorancia científica. Años después, comprobé que había habido científicos qué se hacían esa pregunta con conocimiento de causa.
Richard Zare, físico químico de la Universidad de Stanford, fue quizás el primero en sugerir dentro de la comunidad científica si todos somos marcianos y, por extensión, si unos hipotéticos marcianos actuales no podrían tener un origen terrestre. «¿Podría la vida sobrevivir a un viaje interplanetario de millones de años atrapada en una roca como ALH 84001? Soprendentemente, la respuesta podría ser sí», dice el astrónomo Donald Goldsmith en The hunt for life on Mars (La caza de vida en Marte, 1997). El físico y divulgador Paul Davies comparte esa opinión y la idea del posible viaje interplanetario de la vida. «Marte y la Tierra no están aislados en cuarentena. Intercambian materiales de manera regular en forma de rocas expulsadas por impactos y, aunque el tráfico de Marte a la Tierra supera con mucho el que va en sentido inverso, a lo largo de la historia astronómica deben haber acabado en Marte grandes cantidades de materiales terrestres, en buena parte infestados de microbios. La mayor parte de los pasajeros habrán perecido en el viaje, pero no todos. Si hace mucho tiempo Marte se parecía a la Tierra mucho más que en la actualidad, al menos algunos de esos polizones terrestres podrían haber prosperado en su nuevo hogar. Y, a la inversa, es del todo posible que la vida  terrestre no se haya originado en la Tierra, sino que provenga de Marte», escribe Davies en Un silencio inquietante (2010).
El debate lleva abierto años, y Benner lo anima ahora con su investigación. «Es una suerte que acabaramos aquí, tan cierto como que la Tierra ha sido el mejor de los dos planetas para mantener la vida. Si nuestros hipotéticos antepasados marcianos hubieran permanecido en Marte, podría no haber una historia que contar», advierte. Si es así, cuando el hombre pise Marte, habrá vuelto a casa y se hará realidad el final de Crónicas marcianas (1950), la extraordinaria historia de la colonización marciana obra Ray Bradbury:

«Llegaron al canal. Era largo y recto y fresco, y reflejaba la noche.
-Siempre quise ver un marciano -dijo Michael-. ¿Dónde están, papá? Me lo prometiste.
-Ahí están -dijo papá, sentando a Michael en el hombro y señalando las aguas del canal.
Los marcianos estaban allí. Timothy se estremeció.
Los marcianos estaban allí, en el canal, reflejados en el agua: Timothy y Michael y Robert y papá y mamá.
Los marcianos les devolvieron una larga, larga mirada silenciosa desde el agua ondulada…»

Ufólogos al servicio de la CIA

Encubrimiento. Autor: Andrés Diplotti.

Algunos ufólogos han sido esenciales para el éxito de la conspiración ovni. El estudio titulado The Central Intelligence Agency and overhead reconnaissance (La Agencia Central de Inteligencia y el reconocimiento aéreo. 1992), recientemente publicado por la CIA, revela que más de la mitad de los ovnis vistos en EE UU en los años 50 y 60 fueron aviones espía, y reconoce indirectamente que la creencia en los platillos volantes ha sido la perfecta cortina de humo para ocultar proyectos secretos de todo tipo, algo para lo cual los militares han contado con la inestimable colaboración de los ufólogos más populares, como tan bien refleja la viñeta de Andrés Diplotti que ilustra estas líneas.
«Paradojas de la vida, quienes han acusado machaconamente a los escépticos de cobrar de los servicios de inteligencia para ocultar la verdad sobre los ovnis, han sido los mejores colaboradores de esas agencias. Obsesionados por sus platillos volantes y sus alienígenas cabezones, los ufólogos han achacado a éstos observaciones de lo que en realidad eran armas de última tecnología… terrestre. Han jugado un papel clave en la conspiración, aunque no el que ellos creían. Mientras soñaban con intentar sacar a la luz su verdad, enterraban la verdad bajo montañas de fantasía», digo en «Los tontos útiles del Área 51»,  la décima entrega de ¡Paparruchas!, mi columna en español en la web del Comité para la Investigación Escéptica (CSI).