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Escepticismo

En el Día del Escepticismo, párense a pensar

Desde 2009, el 20 de diciembre se celebra el Día del Escepticismo, en conmemoración de la muerte de Carl Sagan en 1996. Hace unos días, el programa Te doy mi palabra, de Isabel Gemio en Onda Cero, invitó al Círculo Escéptico a mandar un mensaje a sus oyentes con motivo de esta celebración. Mis compañeros delegaron en mí y aquí tienen el resultado, el audio y el texto que preparé para la ocasión.

Responda rápidamente: Un lápiz y una goma cuestan 1 euro con 10 céntimos; el lápiz cuesta un euro más que la goma; ¿cuánto cuesta la goma?”. Ser escéptico consiste en buscar información, sopesar los pros y los contras, pararse a pensar y guiarse por la evidencia científica. Por las pruebas. Es posible que usted haya respondido erróneamente a mi pregunta sólo porque no se ha parado a pensar. No tiene mayor importancia porque es un simple juego. Sin embargo, no siempre es así.

Los sondeos indican que entre el 20% y el 25% de los españoles cree en la astrología, y algunos menos en el espiritismo y en que hay quien adivina el porvenir. No hay barrio de gran ciudad sin acupuntor, homeópata, quiropráctico, reflexólogo, practicante del reiki o de cualquier otra terapia exótica, generalmente presentada como oriental y milenaria y que nunca ha demostrado más efectividad que el cura, cura sana, culto de rana. Y un número creciente de padres opta por no vacunar a sus hijos porque, dice, no cree que las vacunas sirvan para algo. Como si hubiéramos erradicado la viruela por arte de magia.

Quien pone su fe en afirmaciones sin base científica o racional siempre se daña a sí mismo por depositar la confianza en individuos que no hacen lo que aseguran hacer, en prácticas inútiles o en seres o fuerzas que no existen. Pero, además, muchas veces la fe en lo extraordinario quebranta gravemente el bolsillo y la propia salud, como ocurre en el caso de las mal llamadas medicinas alternativas.

Por eso hay que ser escéptico y recordar la máxima que popularizó Carl Sagan: “Afirmaciones extraordinarias exigen pruebas extraordinarias”.

Por cierto, el lápiz cuesta 1 euro con 5 céntimos y la goma, 5 céntimos.

Los ‘negacionistas’ del cambio climático no son escépticos

La Tierra. Foto: NASA.Medio centenar de destacados científicos y divulgadores ha suscrito un manifiesto en el que se pide a los periodistas que no se refieran a los negacionistas del cambio climático como escépticos. “El escepticismo promueve la investigación científica y crítica, y el uso de la razón en el examen de afirmaciones controvertidas y extraordinarias. Está en la base del método científico. El negacionismo, por otro lado, es el rechazo a priori de las ideas sin consideración objetiva”, dicen David Morrison, director del Centro Carl Sagan para el Estudio de la Vida en el Universo en el Instituto SETI; Ann Druyan, productora y guionista de la serie Cosmos; Douglas Hofstadter, director del Centro para la Investigación sobre Conceptos y Cognición de la Universidad de Indiana; el astrónomo Seth Shostak; el mago James Randi; Edzard Ernst, profesor de medicina, y otros.

“Como miembros del Comité para la Investigación Escéptica (CSI), nos preocupa que las palabras escéptico y negacionista se identifiquen en los medios de comunicación”, aseguran. Es habitual, sobre todo en Estados Unidos, que se presente a los negacionistas del calentamiento global como escépticos del cambio climático, cuando en realidad sus motivaciones para tomar esa postura son estrictamente ideológicas. “Como escépticos científicos, somos muy conscientes de los esfuerzos políticos para socavar la ciencia del clima por parte de aquéllos que niegan la realidad, pero que no se dedican a la investigación científica o que consideran las pruebas que indican que sus opiniones profundamente arraigadas están equivocados. La palabra más adecuada para describir el comportamiento de esas personas es la negación, indican.

Los firmantes advierten de que no es lo mismo calificar al senador James Inhofe de “destacado escéptico del cambio climático”, como hizo The New York Times el 11 de noviembre, que hablar de él como “uno de los líderes de los negacionistas del cambio climático en el Congreso”, como hizo ese mismo día Scott Horsley, periodista de la Radio Pública Nacional (NPR) estadounidense. “El auténtico escepticismo se resume en una cita popularizada por Carl Sagan: «Afirmaciones extraordinarias exigen pruebas extraordinarias». La creencia de Inhofe de que el calentamiento global es «el mayor engaño jamás perpetrado contra el pueblo estadounidense» es una afirmación extraordinaria. Él nunca ha sido capaz de proporcionar pruebas de esa supuesta vasta conspiración. Ya sólo eso debería descalificarle como escéptico“.

Los autores puntualizan que “no todas las personas que se llaman a sí mismas escépticas del cambio climático son negacionistas. Pero prácticamente todos los negacionistas se etiquetan falsamente como escépticos. Al usar este término de un modo equivocado, los periodistas han dado una credibilidad inmerecida a quienes rechazan la ciencia y la investigación científica”. Ante esta situación, los miembros del CSI, la organización científica más importante dedicada al estudio de lo extraordinario y la promoción del pensamiento crítico, piden a los profesionales de la información que, “por favor, dejen de usar la palabra escéptico para describir a negacionistas“.

No sólo suscribo todas y cada una de las palabras de los firmantes, sino que añado: por favor, tampoco usen la palabra escéptico para referirse a los negadores de que el VIH causa el sida ni a los profetas del apocalipsis transgénico.

Por qué no me verán en ‘Órbita Laika’

Ángel Martín y Luis Alfonso Gámez, en el plató de 'Órbita Laika'. Foto: Jose A. Pérez.

No van a ver en la tele nada parecido a esta imagen, y lo siento. La foto la tomó Jose A. Pérez en el plató de Órbita Laika, en los Estudios Buñuel de Madrid, el 13 de noviembre, durante un descanso de los ensayos del episodio piloto del nuevo programa de ciencia de La 2. De ahí la semipenumbra. Mientras los técnicos ultimaban detalles, me senté a charlar con Ángel Martín, que poco antes nos había hecho disfrutar a Jose y a mí interpretando un par de canciones al piano. Durante unos minutos, los dos hablamos de mis locuras y del programa, y nos reímos. Cuando me levanté del sofá, fui más consciente que nunca de lo que iba a perderme.

Oí hablar por primera vez de Órbita Laika cuando todavía no se llamaba así. Poco después de la emisión de Escépticos, Blanca Baena y Jose A. Pérez, productora ejecutiva y creador de la serie de ETB, me anunciaron que querían hacer para TVE un programa de divulgación diferente, un late night show con un cómico al frente y un puñado de colaboradores, y que contaban conmigo. Tras la experiencia de Escépticos, lo más gratificante desde un punto de vista profesional que me ha pasado en años, comprenderán que me encantara la idea. Presentaron el proyecto a la convocatoria de ayudas para el fomento de la cultura científica de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (Fecyt) de 2012 y fue elegido. Pero los ritmos en televisión son lentos y más en tiempos de crisis. Pasaron casi dos años, Jose pulió el proyecto a más no poder y, en julio pasado, la preproducción se puso en marcha. Y allí estaba yo, junto con Blanca, Jose y Urko Luengo, productor del programa.

Mi papel en Órbita Laika iba a ser doble: además de hacer una sección en la que desmontaría un presunto misterio, me encargaría de supervisar los contenidos de los colaboradores. Inmediatamente preparé una lista de veinte temas a tratar para que Jose, como director, pudiera elegir a su gusto doce, uno por cada entrega del programa. A finales de septiembre, ya había mandado los doce textos que servirían de base al guionista para mi sección: la conspiración lunar, la evolución de los extraterrestres, el triángulo de las Bermudas, la Atlántida, la comunicación con los muertos, la Gran Pirámide, la guerra psíquica, el monstruo del lago Ness, la estrella de Belén, las caras de Bélmez, el mito del 10% del cerebro y los círculos de las cosechas.

Mi único problema con Órbita Laika era que se grababa en Madrid y eso me iba a obligar a coger una serie de días libres en el trabajo, algo no siempre fácil en un periódico. Confiaba, sin embargo, en que fuera posible disponer de algunos días de vacaciones que me quedaban este año de tal modo que coincidieran con los de grabación. Lamentablemente, no ha podido ser así y por eso no me sentaré junto a Ángel Martín y sus invitados. Muy a mi pesar, al de mis compañeros y amigos Blanca y Jose -nunca les estaré lo suficientemente agradecido por su confianza y apoyo-, y al de TVE y la Fecyt, a quienes agradezco su comprensión a pesar de haberles dejado tirados en el último momento y que hayan querido que siga en el proyecto.

¡Ah!, por favor, no se pierdan el estreno de Órbita Laika el domingo en La 2 a las 23 horas.

Banachek, un mago entre parapsicólogos

Banachek, con dos cubiertos doblados delante del fotógrafo durante su reciente visita a Bilbao. Foto: Borja Agudo.

“No hay nada paranormal en lo que hago”, dice Banachek. En la mesa, una cuchara retorcida, un tenedor doblado y otro con un diente separado del resto unos 40 grados. Inutilizados por arte de magia. Estaban como nuevos cuando los ha cogido de una mesa del NH Deusto, el hotel donde se aloja durante su fugaz visita a Bilbao dentro de una gira por clubes de ilusionistas españoles. Es martes. Ayer estuvo en Oviedo; mañana viaja a Valladolid. Esta noche actúa a puerta cerrada para sus colegas vascos, a los que asombrará y enseñará trucos en el cuartel general del Mago Oliver.

Steve Shaw -su nombre real- nació en Middlesex (Reino Unido) en noviembre de 1960, se crió entre Sudáfrica y Australia, y en 1976 se estableció en Estados Unidos. Es mentalista. Simula habilidades fantásticas como la adivinación, la telepatía, la telequinesis y la mediumnidad. Considerado uno de los mejores en su especialidad, diseña ilusiones para Penn & Teller, Criss Angel y David Blaine, entre otros. Además, es el director del reto paranormal de la Fundación Educativa James Randi, que ofrece desde 1996 un millón de dólares a quien demuestre poderes sobrenaturales en condiciones controladas, sin trampas ni trucos de magia.

“Recibimos muchas solicitudes, pero muy pocas pasan los filtros preliminares”, admite. Hay personas que creen tener poderes extraordinarios y no entienden que les pongamos condiciones para que la demostración sea científicamente admisible; otros proponen auténticas locuras. “Un tipo me aseguró una vez: «Puedo impedir un terremoto antes de que ocurra». Le respondí: «Vale. ¿Cómo podemos probarlo?». Me dijo: «Predeciré cuándo va a haber un terremoto. Tú consultas con un auténtico adivino que valide mi predicción y, seis meses antes de la fecha, me concentro e impido el terremoto». Le expliqué que, si existiera algún auténtico adivino, ya se habría llevado el millón”.

Shaw vivía en Sudáfrica cuando entró en contacto con la magia. Su madre se había divorciado de su padre, un ingeniero eléctrico que trabajaba para el Ejército estadounidense, antes de cumplir él un año. Se había vuelto a casar, había tenido otros dos niños, y los cinco se habían mudado de Reino Unido a Sudáfrica. Y un día la mujer desapareció. Abandonó a Steve y sus dos hermanos pequeños, que se quedaron a cargo de su padrastro. Cuando Uri Geller visitó el país en 1974 con su número de doblar cucharas y parar relojes, Steve tenía 14 años. “Recuerdo estar escuchando a Geller por la radio, coger una aguja entre mis dedos y que él decía: «¡Concentraos! ¡Concentraos! ¡Podéis doblarla!». Creí que había doblado la aguja. No mucho; sólo un poquito. Pero lo creí”.

Su fe en el israelí duró poco. Después de una breve estancia con su padre biológico en Australia, adonde viajó animado por sus abuelos paternos, con quienes siempre había tenido contacto, se trasladó a Estados Unidos con su familia americana. Entró en el instituto, compaginó los estudios con varios empleos y cayó en sus manos The magic of Uri Geller (La magia de Uri Geller, 1975), un libro del ilusionista James Randi, ya entonces un popular cazacharlatanes. “Entonces supe que Geller usaba trucos de magia. Me puse a inventar mis propias maneras de doblar cosas y, en el instituto, mis compañeros acabaron robando cubiertos de la cafetería para que se los doblara”. Creían que tenía poderes.

El proyecto Alfa

Steve Shaw, Michael Edwards y James Randi, en pleno proyecto Alfa. Foto: Dana Feinman.Poco después, escribía una carta a Randi en la que le aseguraba que, si se presentaba la oportunidad, podía hacerse pasar por psíquico y convencer a parapsicólogos de que tenía poderes. “No esperaba que me respondiera; pero lo hizo y me invitó a visitarle si pasaba alguna vez por Nueva Jersey, donde vivía entonces. Ahorré dinero y fui a visitarle. Resultó decepcionante. Randi no me pidió que doblara una cuchara ni que hiciera nada. Sólo quería conocerme, saber cómo era. Si se presentaba la oportunidad de engañar a parapsicólogos, él no me iba a enseñar nada y así luego podría decir: «Miren, este chico es autodidacta. ¿Se imaginan lo que hubiera sido capaz de hacer si yo le hubiera adiestrado?». Además, me pidió que no dijera a nadie que era mago para no quedar al descubierto si investigaban mi pasado”. Shaw guardó el secreto en el instituto y pronto se presentó la oportunidad de demostrar sus habilidades en el laboratorio.

James S. McDonnell, presidente de la McDonnell-Douglas, era un creyente en lo paranormal. En 1979, donó medio millón de dólares a la Universidad Washington de San Luis (Misuri) para que pusiera en marcha el Laboratorio McDonnell de Investigación Psíquica. Su director, el físico Peter Phillips, anunció en los medios que querían investigar las capacidades psicoquinéticas, de alterar la materia con el poder de la mente. Recibieron 300 solicitudes de posibles candidatos. “Les escribí una carta diciéndoles que podía hacer lo que querían y me pidieron que les visitara -recuerda Banachek-. Días después, Randi me llamó para decirme que se iba a poner en marcha el Laboratorio McDonnell. Le conté que me habían aceptado en el proyecto. Y me dijo: «Me ha telefoneado otro joven mago al que también han aceptado. Se llama Michael Edwards». Cuando conocí a Mike en un aeropuerto, camino del Laboratorio McDonnell, conectamos inmediatamente”.

Randi se ofreció a Phillips para asesorar a su equipo y, de paso, le recomendó una serie de medidas de control para las pruebas. Recibió la callada por respuesta. Entonces, puso en marcha con Shaw y Edwards, de 18 y 17 años, respectivamente, el proyecto Alfa. Su objetivo era demostrar que, por mucho dinero del que los parapsicólogos dispusieran, la calidad de sus investigaciones no mejoraría y que, además, no aceptarían la ayuda de magos y, por eso, serían engañados con simples trucos de ilusionismo.

Los jóvenes participaron en experimentos en el Laboratorio McDonnell durante unas 180 horas en tres años. “Al principio, hacíamos efectos con cosas muy pequeñas porque no sabíamos si había cámaras o nos estaban viendo de algún modo”, recuerda Banachek. Pronto comprobaron que los controles eran casi inexistentes. “Nos dimos cuenta de que podíamos engañar a los científicos”. Lo hicieron a lo grande. “Cada vez que les engañábamos, se lo contábamos a Randi con todo lujo de detalles. Dos o tres semanas después, él escribía una carta a Phillips explicándole que, si tuviera que hacer una cosa determinada -la que nos habían pedido a nosotros-, podría hacerla así, así y así. Describía exactamente cómo lo habíamos hecho Mike y yo, pero los parapsicólogos nunca cayeron en la cuenta del engaño”.

Prodigios sin fin

Una vez le pidieron a Shaw que probara a alterar una cinta de vídeo con el poder de la mente. Se puso frente a la videocámara, se concentró mirando al objetivo y, de repente, los investigadores vieron en sus monitores un destello al que poco después siguió otro. “No me miraban. Miraban a sus pantallas. Mientras simulaba concentrarme, había deslizado una mano hasta el lateral de la cámara y jugado con el control de brillo”. En otra ocasión, pusieron una serie de objetos metálicos en una mesa, los cubrieron con un acuario boca abajo y sellaron todo. Iban a dejarlos así una noche, vigilados por una cámara de fotos, para ver si Edwards y Shaw eran capaces de alterarlos con sus superpoderes. La cerradura de la puerta era buena, y Phillips llevaba la llave al cuello. “Dejamos una ventana abierta y, por la noche, Mike y yo entramos por ella, apagamos la cámara, levantamos el acuario, doblamos y revolvimos todo, encendimos la cámara y nos fuimos a dormir. A la mañana siguiente, Phillips me preguntó si había dormido bien. Le dije que no mucho, que había soñado que iba al laboratorio y todo se doblaba. Se fue y volvió gritando: «¡Ha ocurrido! ¡Ha ocurrido! ¡Has soñado con ello y todo se ha doblado!»”.

Durante un experimento telepático, Edwards y Shaw fueron retados a adivinar los dibujos metidos en unos sobres cerrados. A cada uno de ellos le daban un sobre, le dejaban tenerlo un rato en las manos y después lo inspeccionaba un investigador para descartar cualquier manipulación. Entonces, el joven anunciaba su predicción. Acertaron muchas veces, aunque no el 100% porque hubiera resultado sospechoso. ¿Cómo lo hacían? Los sobres estaban cerrados con grapas. Las quitaban con las uñas con cuidado, echaban una ojeada dentro y las volvían a poner en su sitio. En una ocasión, a Edwards se le cayeron las grapas y, para evitar que le cazaran, abrió el sobre delante del experimentador para comprobar su predicción sin que el científico le llamara la atención por saltarse el protocolo. Hacían lo que querían.

Sus poderes fueron refrendados por otros parapsicólogos a los que visitaron durante aquellos tres años. “Berthold Schwarz fue más fácil de engañar que los científicos del Laboratorio McDonnell. Creía en cualquier cosa”. Un día les contó que conocía a una mujer que sacaba fotos del cielo normales y corrientes, pero, cuando las revelaba, aparecían en ellas ovnis que eran invisibles al ojo humano. “«¿Podríais hacerlo?». Dije que sí. Siempre decía que sí a todo. No tenía nada que perder. Cogí la cámara y fotografié el cielo, unos coches, el aparcamiento… Cuando revelaron las fotos, Berthold vio en ellas a una mujer dando a luz, a Jesucristo y cosas así. Todo lo que yo había hecho era escupir en el objetivo sin que él se diera cuenta. Cuando Berthold me enseñó las fotos, yo también veía esas cosas. Era como buscar formas en las nubes”.

El mentalista estadounidense, en una actuación. Foto: Banachek.Otro parapsicólogo, Otto Schmit, de la Universidad de Minnesota, compró unos relojes digitales baratos y les preguntó si podían alterarlos paranormalmente. Edwards sacó uno del laboratorio a hurtadillas a la hora de comer, lo metió dentro de un sándwich, pidió que se lo calentaran en el microondas, y el reloj se volvió loco. Schmitt lo consideró una prueba de los extraordinarios poderes de Edwards y Shaw.

Al descubierto

En julio de 1981, Randi lanzó dos rumores en una convención de magos en Pittsburgh. “Según uno, Mike, Randi y yo estábamos engañando a la gente del Laboratorio McDonnell; según el otro, Mike, Randi, la gente del Laboratorio McDonnell y yo queríamos engañar a toda la comunidad científica”. Días después, los parapsicólogos se lo contaron, entre risas, a los dos jóvenes. “En ningún momento nos preguntaron si había algo de verdad en los rumores, lo que nos habría obligado a confesar”.

Semanas más tarde, Randi se encontró con Phillips en la reunión anual de la Asociación Parapsicológica en Siracusa (Nueva York) y le pidió un vídeo con los prodigios de Edwards y Shaw que había entusiasmado a los asistentes al congreso. El mago envió al físico un detallado informe de los trucos que veía en la cinta. Phillips estrechó los controles sobre los jóvenes, se acabaron los milagros, y Randi destapó el pastel del proyecto Alfa en la revista Discover. Dos aprendices de mago habían engañado a la flor y nata de la investigación psíquica. “¡Randi ha hecho retroceder la parapsicología cien años!”, lamentó Berthold Schwarz.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

Un cómic contra la superchería

Darryl Cunningham.Como tantos otros críos de los años 60, Darryl Cunnigham creció en un mundo donde la prensa, la radio y la televisión se hacían eco de todo tipo de prodigios. Platillos volantes y poderes paranormales eran parte de la realidad cotidiana. Él se enganchó. “Cuando era niño, me fascinaba todo lo sobrenatural y de otro mundo, pero en la adolescencia empecé a ver las cosas con escepticismo”, recuerda desde su casa de Yorkshire (Reino Unido). Desde entonces, es un apasionado de la divulgación científica y fruto de esa pasión es Pseudociencia (Léeme Libros), un cómic publicado en 2012 en su país bajo el título de Science tales (Historias de ciencia), que acaba de salir a la venta en España.

Formado en lo que hoy es la Universidad de Bellas Artes de Leeds, Cunningham reconoce que el paso de creyente “en todo tipo de sandeces” a una mente crítica no fue un camino de rosas. “Aceptar que te equivocas cuando encuentras hechos que evidencian tu error es un proceso doloroso, aunque necesario. La ciencia, al contrario que la religión, está siempre en un continuo estado de revisión y depende de los nuevos hallazgos”. Pseudociencia, finalista al mejor libro de 2012 en los Premios Británicos del Cómic, es en cierto modo el último paso de esa transición.

“Después de haber escuchado un montón de podcasts de ciencia, me sorprendía que los mismos asuntos aparecieran una y otra vez como polémicos o, simplemente, incomprendidos por el gran público. Así que los temas del libro se seleccionaron a sí mismos: la evolución, el cambio climático, la homeopatía, la fractura hidráulica y otros”, explica. Cada historia le llevó de promedio un mes de trabajo, aunque “el capítulo del cambio climático fue el más largo y difícil de escribir y dibujar. Fue difícil transitar entre montañas de desinformación y pura y simple propaganda para dar con los hechos. No me extraña que haya tanta gente confundida respecto a este asunto”. Para los despistados, incluye al final del libro una lista de fuentes fiables, los artículos científicos y libros que ha consultado para cada historia.

“Darryl resume en una viñeta lo que otros autores explican en libros enteros”, ha dicho de Pseudociencia el periodista Jon Ronson, autor de Los hombres que miraban fijamente a las cabras (2004), libro que desvela las locuras que hicieron los militares estadounidenses por creer en lo paranormal. No es fácil resumir en 20 páginas de viñetas el estado de la cuestión de asuntos como la fractura hidráulica y la terapia electroconvulsiva. Cunningham lo consigue y, en todos los casos, toma partido guiado sólo por las pruebas científicas. Así, tira al cubo de la charlatanería la homeopatía –la más existosa de las mal llamadas medicinas alternativas–, la quiropráctica y la peligrosa antivacunación; y demuestra lo confundidos que están quienes niegan que el hombre haya llegado a la Luna, el cambio climático y la evolución.

Rigor y sencillez

Viñeta de 'Pseudociencia', de Darryl Cunningham.La quiropráctica, de gran éxito en su país, fue para él toda una sorpresa. “No sabía nada de ella antes de empezar la investigación. Creía que, entre las medicinas alternativas, la quiropráctica tenía algo de fundamento. Pensaba que tenía méritos genuinos, pero, cuanto más investigaba, menos parecía haberlos. Las credenciales científicas de la quiropráctica se desvanecieron como la niebla ante el sol fuerte. No sabía que había sido desarrollada por un canadiense llamado Daniel David Palmer en el siglo XIX, antes que la gente entendiera la naturaleza bacteriana y viral de la mayoría de las enfermedades. Palmer creía que, mediante de la manipulación vertebral, podría curarlo todo: las enfermedades del corazón, el sarampión, la disfunción sexual e incluso la sordera. Es evidente que eso es absurdo, si no peligroso”.

A la hora de abordar cada historia, el punto de vista de Cunnigham “ha sido siempre procientífico y propensamiento crítico”, lo que incluye denunciar a los científicos que se dejan “corromper por la política o el dinero”. Un ejemplo de esto último es el médico británico Andrew Wakefield, quien se inventó en 1998, en la revista The Lancet, que la vacuna triple vírica –contra el sarampión, la rubéola y las paperas– causa autismo. Fue el germen del movimiento antivacunas, que se ha extendido por el mundo desarrollado y supone una amenaza para la salud pública. El autor explica cómo todo fue una maniobra de Wakefield para desacreditar a la triple vírica y hacerse millonario con una vacuna alternativa.

El gran logro tecnológico de los años 60, el primer alunizaje, merece un interesante capítulo en el que Cunnigham desmonta con maestría la tesis de los conspiranoicos y que, en la versión estadounidense, da título al libro: How to fake a Moon landing (Cómo fingir un alunizaje). Y, en el capítulo dedicado al descubrimientos, a finales del siglo XX, de que el clima está cambiando como consecuencia de la actividad humana, el autor alerta de la manipulación de datos por parte de quienes lo niegan por intereses económicos. “No dejemos en manos de los superricos decidir quién vive o quién muere”, advierte.

Pseudociencia está al alcance de cualquiera que quiera conocer la realidad de los los temas que trata. El formato de cómic, la sencillez discursiva, su estética y el enfoque riguroso –ha sido unánimemente elogiado en la comunidad científica– hacen que este libro mereza un lugar destacado en la escuela como herramienta para enseñar a las nuevas generaciones ciencia, a pensar críticamente y tomar decisiones con conocimiento de causa. “Carl Sagan y Arthur C. Clarke hicieron que me acercara a lo sobrenatural más críticamente. El Universo es ya lo suficientemente asombroso. No necesitas inventarte cosas”, dice Cunningham.

Cunnigham, Darryl [2012]: Pseudociencia. Mentiras, fraudes y otros timos [Science tales. Lies, hoaxes and scams]. Prologado por Luis Alfonso Gámez. Traducción de Mara Vázquez. Léeme Libros. Madrid 2014. 208 páginas.

Publicado originalmente en el suplemento Territorios del diario El Correo.