- Los vendedores de aceite de serpiente siempre estarán ahí

Gráfico: Fundación BBVA. Dos de cada cinco españoles (42 %) creen que la homeopatía es una disciplina científica, según el Estudio Fundación BBVA de cultura científica en España (1), cuyos resultados se hicieron públicos el viernes. Para uno de esos españoles (20 %), la homeopatia es «muy científica»; para el otro (22 %), «bastante científica». En una escala de 0 a 10, «donde 0 significa que la disciplina no es científica en absoluto y 10 significa que es muy científica», los primeros dan a la homeopatía de 8 a 10 puntos y los segundos, de 6 a 7. Un 13 % de la población le da 5 puntos («moderadamente científica»); un 14 %, de 3 a 4 («moderadamente científica»); un 25 %, entre 0 y 2 («nada científica»); y un 7 %, no sabe o no contesta.
Según el mismo trabajo, la acupuntura es «muy científica» para el 19 % de los consultados y «bastante científica» para otro 24 %, mientras que la quiropráctica es «muy científica» para el 23 % y «bastante científica» para otro 25 %. El psicoanálisis -«muy científico» para el 41 % y «bastante científico» para otro 27 %- supera en la clasificación popular de cientificidad a la historia, la economía y la sociología.
En los últimos meses, varios amigos científicos me han transmitido su satisfacción por el descrédito de la homeopatía en España. Para ellos, es poco menos que un capítulo cerrado en la lucha contra la pseudociencia en nuestro país. En todos los casos he replicado lo mismo, que puede parecer eso, pero que no por eso tenemos que relajarnos. Es lo que tiene haber alcanzado una edad: uno ha visto muchas veces cómo creencias irracionales se desinflan en un momento dado para recuperarse con fuerza años después. Más sabe el diablo por viejo que por diablo.
Recuerden las caras de Bélmez, uno de los fenómenos más cutres de la historia de la parapsicología. En el verano de 1971, unos pícaros presentaron unas caras pintadas en el suelo de cemento de una cocina jienense como imágenes del más allá. El pueblo de Bélmez de la Moraleda se llenó de parapsicólogos que cebaron el misterio y lo envolvieron con palabras rimbombantes. Los medios vieron el negocio, explotaron la historia y, una vez exprimida totalmente, denunciaron el fraude. Las caras de Bélmez cayeron en el olvido a comienzos de 1972 y, cuando ya casi nadie las recordaba fuera del circo paranormal, Iker Jiménez las resucitó en 1997 y las rentabilizó como nadie antes. Desde 2013, las caras de Bélmez tienen su propio museo, levantado gracias a más de medio millón de euros de fondos europeos.
Recuerden cómo el carbono 14 dictaminó en 1988 que el sudario de Turín se había confeccionado entre 1260 y 1390, por lo que no pudo envolver el cadáver de Jesús de Nazaret. Aunque nadie ha refutado ese análisis científico, publicado en la revista Nature, periódicamente sale de la sacristía del misterio un creyente que, vestido con su sotana de laboratorio, reivindica la autenticidad de la reliquia. Algunos han echado mano de imaginativas alteraciones químicas de la tela que la habrían rejuvenecido; otros se han inventado declaraciones de científicos. Así, Celestino Cano, presidente del Centro Español de Sindonología (CES), aseguró en 1989 que Willard Libby, galardonado en 1960 con el Nobel por el descubrimiento del método del carbono 14, había dicho que el análisis se había hecho mal y, por consiguiente, los resultados no eran válidos. Libby había muerto en 1980, así que no habido podido decir nada de una prueba hecha en 1988, a no ser que lo hiciera a través de la güija; pero todo vale. Da igual el dictamen de la ciencia, la próxima Semana Santa, o la siguiente, la sábana de Turín tendrá su enésimo titular milagroso.

El profesor Thaddeus Schmidlap (interpretado por Ross Nelson), el vendedor ambulante del rancho Enchanted Springs y del parque temático Old West. Foto: Carol M. Highsmith / Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. Recuerden cómo Uri Geller fue puesto en evidencia por James Randi en Estados Unidos en 1973 y, dos años después, por el ilusionista José Luis Ballesteros y el parapsicólogo Ramos Perera tras salir en Directísimo (TVE) junto a un entregado José Maria Íñigo. Desde su primera aparición en España, y a pesar de que ya entonces quedó claro que era un prestidigitador, Geller dejó con la boca abierta a Eduard Punset en TVE (1998), Concha Velasco en TVE (2001), Ana García-Siñeriz y Boris Izaguirre en Cuatro (2007) y Pablo Motos en Antena 3 (2013), entre otros.
Como pasa con las enfermedades infecciosas, las creencias pseudocientíficas pueden remitir real o aparentemente en un momento dado para recuperarse con fuerza después. Siempre están ahí, esperando el momento idóneo para resurgir. El horóscopo sigue vivo en las páginas de los periódicos. No en vano, uno de cada tres españoles (30 %) cree en la astrología, según el Estudio de la Fundación BBVA sobre creencias y prácticas alternativas de 2025 (2). Los extraterrestres nos visitan y los gobiernos nos lo ocultan, sostiene también un tercio de la población (28 %), según el trabajo de este año (3), que apunta que, cuanto menor es el conocimiento científico, mayor cientificidad se otorga a la acupuntura y la homeopatía.

Relación entre el conocimiento científico y la ‘científicidad’ que se otorga a la acupuntura y la homeopatia. Gráfico: Fundación BBVA. Los datos de la Fundación BBVA demuestran que la homeopatía sigue vivita y coleando en el imaginario colectivo, al igual que la acupuntura, la quiropráctica y el psicoanalisis. En 2022, entrevisté a Diana Morant, ministra de Ciencia a Innovación, para el diario El Correo. Le pregunté cuándo se iba a pasar a la acción en el plan gubernamental contra las pseudoterapias, anunciado a bombo y platillo en noviembre de 2018, y la ministra respondió: «Creo que la ciencia ha ganado al negacionismo y a las pseudociencias. Hemos vivido una pandemia, una crisis sin precedentes en la que hemos mirado a la ciencia para obtener respuestas. En este país, la ciencia ha ganado de manera aplastante al negacionismo. Ahí está el altísimo porcentaje de vacunados» (4). Ante esa respuesta y como no compartía su triunfalismo, volví a preguntar a la ministra cuándo se iba a empezar «a combatir a quienes venden remedios mágicos disfrazados de medicina», y me respondió: «Nuestra obligación es acercar la ciencia a la ciudadanía para que esté mejor informada y tenga comportamientos individuales que nos ayuden a combatir grandes crisis como el cambio climático. El secreto no es tanto poner el foco en quien niega la ciencia como acercar esta a la ciudadanía».
La guerra contra las pseudoterapias, y contra las pseudociencias en general, está lejos de ser ganada. Hace falta más pensamiento crítico, pero ¿cómo se consigue? Creo, sinceramente, que podemos avanzar exponiendo a la población a los virus del anticonocimiento, presentándolos como son, desvelando los trucos de quienes los transmiten y enseñando a buscar los agujeros en sus argumentaciones. Creo que, si hacemos eso, habrá ciudadanos que acabarán desarrollando una suerte de sentido arácnido que les hará desconfiar cuando una nueva superchería entre en escena o un político les intente llevar al huerto con bulos. ¿Hace falta buena divulgación? Siempre. Pero la promoción del pensamiento crítico no debe quedarse en la pizquita de escepticismo científico a añadir a unas jornadas o a un programa de radio o de televisión de divulgación para darle más sabor.
El movimiento escéptico lleva décadas alertando del peligro que supone para nuestro futuro una sociedad dominada por la sinrazón. Carl Sagan lo advirtió hace treinta años en El mundo y sus demonios:
Preveo cómo será la América de la época de mis hijos o nietos: Estados Unidos será una economía de servicio e información; casi todas las industrias manufactureras clave se habrán desplazado a otros países; los temibles poderes tecnológicos estarán en manos de unos pocos y nadie que represente el interés público se podrá acercar siquiera a los asuntos importantes; la gente habrá perdido la capacidad de establecer sus prioridades o de cuestionar con conocimiento a los que ejercen la autoridad; nosotros, aferrados a nuestros cristales y consultando nerviosos nuestros horóscopos, con las facultades críticas en declive, incapaces de discernir entre lo que nos hace sentir bien y lo que es cierto, nos iremos deslizando, casi sin darnos cuenta, en la superstición y la oscuridad. (5)
¿Qué proponía él?
El escepticismo tiene por función ser peligroso. Es un desafío a las instituciones establecidas. Si enseñamos a todo el mundo, incluyendo por ejemplo a los estudiantes de educación secundaria, unos hábitos de pensamiento escéptico, probablemente no limitarán su escepticismo a los ovnis, los anuncios de aspirinas y los profetas canalizados de 35.000 años. Quizá empezarán a hacer preguntas importantes sobre las instituciones económicas, sociales, políticas o religiosas. Quizá desafiarán las opiniones de los que están en el poder. ¿Dónde estaremos entonces? (6)
Es lo que persigue desde hace cincuenta años el movimiento escéptico organizado: que los ciudadanos de las democracias liberales dispongamos de las herramientas mentales para ser más críticos y decidir lo que queremos ser sin dejarnos llevar por vendedores de aceite de serpiente, predicadores, miedos irracionales y prejuicios. Si cree que hay que hacer algo, únase a nosotros.
Notas
(1) Fundación BBVA [2026]: «La mayoría de los ciudadanos españoles valora la ciencia como la fuente más fiable de conocimiento y como solución a retos fundamentales, y distingue el conocimiento científico de prácticas pseudocientíficas». 6 de febrero.
(2) Fundación BBVA [2025]: «Frente al ruido de la posverdad, el relativismo y negacionismo científico de algunas élites políticas y culturales, en la gran mayoría de la sociedad española está vigente una apreciación cultural y práctica de la ciencia y la racionalidad». 4 de febrero.
(3) Fundación BBVA [2026]: «La mayoría de los ciudadanos españoles tiene un nivel alto de interés por la ciencia y un nivel medio de conocimiento científico». 27 de enero.
(4) Gámez, Luis Alfonso [2022]: «Estamos en un momento revolucionario para la ciencia española». El Correo (Bilbao). 2 de junio.
(5) Sagan, Carl [1995]: El mundo y sus demonios [The demon-haunted world]. Traducción de Dolors Udina. Planeta (Colección «La línea del conocimiento). Barcelona, 1997. Págs. 43-44.
(6) Sagan, op. cit., pág. 448.
Artículo publicado en Magonia el 12 de febrero de 2026.
- Extraterrestres, brujas, médiums y divulgación científica

Fotograma de la serie ‘Cielo negro’ (1996-1997), alternativa de la NBC a ‘Expediente X’. ¿Cuántos estáis convencidos de que el hombre pisó la Luna en 1969? Cada año hago esta pregunta a un grupo de graduados universitarios. ¿Convencidos?, ¿en 1969?, me suelen preguntar. Tras aclararles que quiero saber cuántos están convencidos de que Neil Armstrong y Buzz Aldrin se pasearon por el mar de la Tranquilidad el 21 de julio de 1969, entre un tercio y la mitad no levanta la mano. En alguna ocasión, los partidarios de la conspiración lunar son mayoría.
Mi experiencia, sin ningún valor científico y que repito desde hace veinticinco años, no cuadra con los resultados del Estudio de la Fundación BBVA sobre creencias y prácticas alternativas de 2025 (1) ni con los del Estudio Fundación BBVA de cultura científica en España hecho público hace unos días (2). Según el primero, un 17 % de los españoles mayores de 18 años niega la realidad de los alunizajes. Según el segundo, lo hace el 22 %. Que uno de cada cinco ciudadanos niegue los alunizajes me parece preocupante, aunque sospecho que pueden ser más. Me explico.
Sospecho que el elevado negacionismo lunar entre mis graduados se debe a que les pido que estén convencidos y sitúo la hazaña en 1969, mientras que en el estudio sociológico de la Fundación BBVA preguntan si los humanos hemos llegado a la Luna. Así, sin ninguna fecha. Sé, por experiencia, que hay quienes niegan los alunizajes entre 1969 y 1972, pero no que haya habido misiones similares exitosas después, aunque no precisen cuándo ni sean capaces de presentar una prueba de lo que dicen. Mi sondeo informal entre graduados carece de valor científico. Sin embargo, creo que estaría bien que futuras encuestas de cultura científica plantearan la pregunta sobre la llegada del hombre a la Luna en términos parecidos a los que yo uso en clase.
Según el último estudio de la Fundación BBVA, uno de cada tres españoles (28 %) cree que nos han visitado extraterrestres. El sondeo de 2025 revelaba, además, que también uno de cada tres (30 %) cree que las estrellas y los planetas influyen en nuestra vida; uno de cada cuatro (24 %), que es posible comunicarse con los muertos; uno de cada cinco (18 %), en la magia; y uno de cada siete (14 %), en las brujas. Según ese mismo trabajo, casi la mitad de los españoles (48 %) cree en la existencia de un dios; uno de cada tres, en que un dios creó el universo (33 %), en la vida después de la muerte (35 %) y en el paraíso (30 %); y uno de cada cinco, en el demonio (21 %) y el infierno (19 %). No sabemos –no se han publicado datos al respecto– cómo se solapan entre sí las creencias pseudocientíficas ni cómo lo hacen con las religiosas.
La nota de prensa de la Fundación BBVA sobre el sondeo de 2025 destacaba que «la gran mayoría de los ciudadanos» rechaza la astrología, y que la creencia en la magia y las brujas tiene «una aceptación muy baja». Es cierto, pero que uno de cada tres españoles crea en la astrología y uno de cada siete, en las brujas es como para preocuparse. La nota de prensa de este año indica que «la creencia en teorías conspirativas contrarias a la evidencia científica es globalmente minoritaria, aunque se registran porcentajes significativos a propósito de algunas cuestiones específicas». Los autores ven la botella bastante llena; yo no puedo.

El ilusionista francés Henry Robin, con un espectro. Foto de Eugène Thiébault (1863). Si damos por buenos los datos de la Fundación BBVA -no hay razones para lo contrario-, más de 12 millones de adultos españoles creen en la influencia de los astros y en las visitas extraterrestres; casi 10 millones, en el espiritismo; más de 9 millones niegan los alunizajes; y más de 7 millones creen en la magia. Este año no se ha preguntado por ello, pero, según la encuesta de 2025, el 21 % de los españoles usa productos homeopáticos, y el 19 % confía poco o nada en las vacunas. Me pregunto cómo casan estos datos con que el 93 % los encuestados otorgue «mucha o bastante importancia a la comprobación experimental», y el 72 % comprenda «los mecanismos institucionales de aceptación del conocimiento científico como conocimiento público validado a través de su publicación en revistas científicas». ¿Que consideran comprobación experimental los creyentes en la astrología, las visitas extraterrestres, el espiritismo, la magia, las brujas y la homeopatía? ¿En qué revistas científicas han visto validadas esas ideas? ¿Se guían por criterios similares a la hora de votar?
En las elecciones generales de julio de 2023, el PP obtuvo 8.160.837 votos y el PSOE, 7.821.718. Así que respaldaron a cada partido menos votantes que los españoles que niegan los alunizajes y menos también que los que creen en la astrología, en que nos visitan extraterrestres y en el espiritismo. Hay una España sobrenatural, convencida de la realidad de cosas increíbles, y pocas veces se habla en los medios de comunicación de ello con la seriedad que el asunto merece. Es más, lo habitual es que, a la menor oportunidad, algunos grandes medios alimenten creencias disparatadas en pos de la audiencia.
¿Qué futuro nos espera si los ciudadanos se tragan cualquier cosa? Me temo que el del Brexit y el del trumpismo. El de la vuelta del sarampión –y quién sabe si la polio– y el del negacionismo del cambio climático, en nuestro país con un fuerte componente político, según el Estudio Fundación BBVA de cultura científica en España. Porque, lo mismo que hay una izquierda que, frente a los antibióticos y la quimioterapia, prefiere la lejía y el reiki, hay una derecha para la cual el cambio climático es un invento de los científicos. En España, con una media de negacionistas del calentamiento global del 15 %, «el 29 % de las personas que se ubican ideológicamente en la derecha da por verdadera la tesis de que el cambio climático no existe, mientras que solo el 6 % de quienes se sitúan en la izquierda lo hace». Hay una derecha, que ya gobierna en muchas comunidades autónomas y ciudades, que se opone al descenso del uso de combustibles fósiles, a recuperar las calles para los peatones y a que el aire sea respirable y no masticable.
Estos estudios son siempre interesantes y pintan un paisaje social que no debemos ignorar, aunque no descubran nada sustancialmente nuevo. No creemos hoy en más cosas raras que ayer, aunque haya algunas que antes no existían, como el negacionismo climático, y otras que se ignoraban por su escasa implantación, como el terraplanismo. A finales de la década de 1980, uno de cada tres españoles creía en la astrología. A mediados de la década de 1990, un tercio de la población creía en los espíritus, y la mitad de los jóvenes, en que los ovnis eran naves extraterrestres. En 2005, uno de cada cinco jóvenes confiaba en poder comunicarse con los muertos y en el horóscopo, y, para uno de cada cuatro, los ovnis eran ingenios alienígenas. En los países de nuestro entorno, pasaba y pasa lo mismo.

Eduard Punset con Uri Geller, en ‘Redes’ en 1998. Tampoco hay que considerar a quienes profesan esas creencias unos ignorantes, gente sin formación que se traga cualquier bobada. Nadie es inmune a creer cosas infundadas, incluidos los genios de la ciencia; incluido usted, incluido yo. A ninguno nos han enseñado a pensar críticamente ni a ser conscientes de nuestros sesgos. Kary Mullis, nobel de química por el invento de la PCR, negaba el cambio climático y que el VIH cause el sida, y aseguraba que una noche se había encontrado con un mapache extraterrestre brillante y parlanchín en un bosque californiano. El naturalista Alfred Russel Wallace, codescubridor de la teoría de la evolución, era espiritista y antivacunas. Arthur Conan Doyle creía en el espiritismo y las hadas. Steve Jobs y Peter Sellers murieron prematuramente por ponerse en manos de terapeutas alternativos. Y el economista Eduard Punset estaba convencido de que Uri Geller tenía poderes paranormales, creía en la acupuntura y dio bola en Redes -su programa de divulgación científica en TVE- a Deepak Chopra, Rupert Sheldrake, Masaru Emoto y el propio Geller.
¿Vamos a hacer algo contra la pseudociencia y la superstición a escala nacional? ¿Se puede hacer algo? ¿Merece la pena?
No creo que con más divulgación científica vayamos a conseguir nada que no hayamos conseguido ya. Nunca ha habido en España tanta divulgación tan buena como ahora, y eso no ha supuesto en los últimos años un retroceso del anticonocimiento. La divulgación científica es una cosa y fomentar el espíritu crítico, otra. Un movimiento escéptico fuerte, bien organizado y con medios, podría plantar cara a la pseudociencia, el pensamiento mágico y la superstición, explicando a nuestros conciudadanos la realidad, las tergiversaciones, las mentiras y los intereses comerciales que les sirven de combustible, como hicimos en el caso de la homeopatía. No creo que sea fácil ni que pueda conseguirse sin un fuerte apoyo institucional en el que confío casi tan poco como en el horóscopo. (Ahí está el plan gubernamental contra las pseudoterapias, cuyo único fruto en ocho años han sido unos anuncios en televisión). Pero quiero creer –como Fox Mulder– que la exposición a la crítica racional puede, entre los creyentes no fanáticos, afectar al virus del anticonocimiento lo mismo que la luz solar a Drácula.
Volviendo al ejemplo de mis graduados universitarios, su respuesta a la pregunta sobre los alunizajes me lleva a darles una larga charla sobre la conspiración lunar. Es larga porque hay muchas cosas que contar y, además, el guion ha crecido año a año. Al final, vuelvo a hacerles la pregunta de marras: ¿cuántos estáis convencidos de que el hombre pisó la Luna en 1969? Se levantan más manos que la primera vez, y siento cada una de las nuevas como una pequeña victoria. No sé si algo así es el camino, pero por ahora es mi camino.
[1] Fundación BBVA [2025]: «Frente al ruido de la posverdad, el relativismo y negacionismo científico de algunas élites políticas y culturales, en la gran mayoría de la sociedad española está vigente una apreciación cultural y práctica de la ciencia y la racionalidad». 4 de febrero.
[2] Fundación BBVA [2026]: «La mayoría de los ciudadanos españoles tiene un nivel alto de interés por la ciencia y un nivel medio de conocimiento científico». 27 de enero.
Artículo publicado en Magonia el 2 de febrero de 2026.
- Muere a los 90 años Erich von Däniken, el autor que llenó el pasado de extraterrestres

Erich von Däniken saltó a la fama en 1968 con ‘Recuerdos del futuro’. Foto: Sven Teschke. El escritor suizo Erich von Däniken, para quien los extraterrestres ayudaron al ser humano a construir los grandes monumentos del pasado, murió el sábado a los 90 años en un hospital de su país por causas derivadas de su avanzada edad, según su hija Cornelia. Von Däniken saltó a la fama en 1968 con Recuerdos del futuro, libro al que siguieron Regreso a las estrellas (1969), El oro de los dioses (1972) y El mensaje de los dioses (1973), entre otros. Se calcula que ha vendido más 70 millones de ejemplares de sus obras, traducidas a más de 30 idiomas.
Comienzo del obituario publicado en el diario El Correo el 11 de enero de 2026.
Sigue en «Muere a los 90 años Erich von Däniken, el autor que llenó el pasado de extraterrestres».
- La noche española de las cucharas rotas

Uri Geller con José María Íñigo, en ‘Directísimo’ el 6 de septiembre de 1975. Foto: TVE. «El viernes último, pocos habían oído hablar de Uri Geller. El domingo y ayer, no se hablaba en los hogares españoles más que de los asombrosos experimentos que este israelí de veintiocho años realizó, en colaboración con millares de telespectadores, ante las pantallas de televisión», decía el diario madrileño Abc el martes 9 de septiembre de 1975 (Redacción 1975). La primera actuación de Uri Geller en España, el sábado 6 de septiembre de 1975, forma parte de la historia pop del país.
Comienzo del artículo publicado en «¡Paparruchas!», en la web del Comité para la Investigación Escéptica (CSI), el 26 de diciembre de 2025.
- Spielberg vuelve al primer contacto con ‘El día de la revelación’
Cuarenta y nueve años después de Encuentros en la tercera fase (1977), Steven Spielberg volverá en 2026 al primer contacto con El día de la revelación. La música la pondrá el gran John Williams.
Nota publicada en Magonia el 16 de diciembre de 2025.
- George Adamski y el quinqué que vino de Venus

George Adamski con su telescopio, en Laguna Beach (California) en 1938. Foto: Colección fotográfica de ‘Los Angeles Times’. Biblioteca de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA). ¿De dónde sacó George Adamski su famoso platillo volante? Ya saben, el que tiene cúpula, ventanas redondas y tres semiesferas a modo de tren de aterrizaje. En el que su amigo venusiano Orthon viajaba a la Tierra a principios de los años 50. Adamski lo fotografió por primera vez el 13 de diciembre de 1952 desde monte Palomar, en San Diego, donde trabajaba en una hamburguesería. Eso cuenta en sus libros Flying saucers have landed (1953) e Inside the space ships (1955). Pero, seamos sinceros, excepto sus adeptos y los ufólogos más crédulos, ¿quién se tragó alguna vez el cuento de que seres de otros mundos habían elegido como su embajador en la Tierra a un tipo que se ganaba la vida cocinando hamburguesas?
George Adamski fue el primer contactado. Aseguraba que se había encontrado con el piloto de un platillo volante en el desierto de California el 20 de noviembre de 1952, cinco años después del avistamiento de Kenneth Arnold que marcó el inicio de la era de los ovnis. El visitante se llamaba Orthon y venía de Venus. Era un tipo alto y bien parecido. «La belleza del hombre superaba todo lo que yo había visto. Y su rostro era tan agradable que me liberaba de todo pensamiento sobre mí mismo», dice Adamski en Flying saucers have landed.1 Mediante gestos, una lengua ininteligible y telepatía, el extraterrestre le avisó de que nuestros vecinos estaban preocupados por el uso que hacíamos de las armas nucleares. Le dijo que las explosiones atómicas no solo ponían en peligro la supervivencia de la Humanidad, sino que también alteraban el equilibrio entre los planetas del universo.
La nave de Orthon
Aquel día, Orthon no dejó a su amigo terrestre sacar fotos ni de él ni del pequeño platillo en el que había bajado a la superficie desde una gran nave estacionada en órbita. Pasaron varias semanas hasta que Adamski consiguió la primera imagen de un platillo similar con su telescopio de 15 centímetros. Cuando en febrero de 1953 el Oceanside Daily Blade-Tribune publicó la foto dentro de una serie de reportajes sobre los encuentros del contactado, la dirección del diario californiano incluyó una advertencia que decía: «Ni este periódico ni el autor pueden responder de la autenticidad de los fenómenos relacionados en esta serie de artículos con las experiencias del profesor Adamski en Palomar Gardens. Cualquier pregunta debe dirigirse al profesor George Adamski, Star Route, Valley Center, California». Y el pie de foto indicaba: «Algunos espectadores dicen que la imagen es simplemente una lámpara eléctrica, mientras que otros dicen que se parece más a [un plato de] jamón y huevos boca abajo».2

El platillo volante venusiano de George Adamski. Foto: ‘Flying saucers have landed’. El platillo salió poco después dibujado en la portada de Flying saucers have landed, el libro que el contactado escribió a medias con el teósofo y aristócrata angloirlandés Desmond Leslie. Adamski sostiene en esa obra que las tres esferas de la base son el tren de aterrizaje. A modo de confirmación de la realidad de los avistamientos de Adamski, además de sus fotos, el libro incluye una imagen de un platillo similar sacada por Jerrold E. Baker, uno de sus seguidores. Cuando el 13 de febrero de 1954 un niño inglés de 13 años, Stephen Darbishire, fotografió en Coniston un platillo con la misma apariencia, Leslie lo presentó en medio mundo como la prueba definitiva de la veracidad de las historias del contactado. «Tenía una parte superior en forma de cúpula con troneras y tres pequeños abultamientos en su parte inferior, en la que aparecía también un punto oscuro central, de forma semejante a un cono», le contó el chico. «El muchacho no solamente decía la verdad, sino que había visto el mismo artefacto fotografiado por Adamski [en 1952] u otro de idéntico modelo», concluyó Leslie después de haber hablado con Stephen, a quien acompañaba su primo Adrian Myers, de 8 años, cuando fotografió el objeto.3
Durante décadas, se especuló con la naturaleza real del platillo adamskiano. En 1956, un portavoz militar aseguró que análisis hechos en la Base de la Fuerza Aérea de Wright-Patterson, sede del Proyecto Libro Azul, habían determinado que era «un humidificador de tabaco con tres pelotas de pimpón pegadas en la base y una tetina de biberón, arriba». En su libro Flying saucers: here and now! (1967), el periodista Frank Edwards sostiene que se trata de la tapa de una aspiradora.4 La mayor parte de las sospechas apuntaban a que el platillo era parte de algún electrodoméstico, pero la cuestión no se resolvió hasta 2012, cuando el escéptico Joel Carpenter (1959-2014) lo identificó como la tapa de un quinqué popular en la década de 1930.5
Una broma infantil
Robert O’Byrne cuenta en su libro Desmond Leslie (1921-2001). The biography of an Irish gentleman (2010) que en sus últimos años de vida el aristócrata y ufólogo -fue uno de los fundadores de la revista Flying Saucer Review– recibió una carta de Stephen Darbishire, el niño que había fotografiado el platillo en Coniston en 1956. «Querido Stephen. Me encanta saber de ti otra vez; sabes que es extraordinario que todavía haya gente sacando fotos de los viejos platillos volantes… ¿Dónde encuentran esas pantallas de lámparas de los años 30? Creía que habían dejado de fabricarse», dice O’Byrne que le respondió Leslie.6
Tras leer la biografía de Leslie, contacté con Darbishire. No solo me confirmó la realidad de ese intercambio epistolar, sino que además reconoció que su pretendido avistamiento «fue una broma» que escapó de su control.7 Según él, cuando quiso echarse atrás, sus intentos por contar la verdad fueron ignorados por los adultos. A su juicio, como apunta la última carta que recibió de Leslie, el aristócrata sabía ya en 1956 que tanto su platillo como el de Adamski eran tapas de quinqués, como descubrió Joel Carpenter en 2012.
¡Ah!, en 1954, un año después de la publicación de Flying saucers have landed, Jerrold Baker negó haber fotografiado una nave venusiana, como sostiene Adamski en ese libro. «No hice la supuesta fotografía que se me acredita», dijo en una declaración jurada en la que indicó que la instantánea la había sacado el contactado.

Quinqué de los años 30 con cuya tapa creó George Adamski su famoso platillo volante. Reportaje publicado en Magonia el 11 de diciembre de 2025.
- ‘Ovni 78’: cuando los extraterrestres invadieron Italia… y España
Pier Domenico Colosimo (1922-1984) fue uno de los autores más populares de la primera hornada del realismo fantástico, el movimiento pseudocientífico nacido del éxito de El retorno de los brujos (1961), la obra de Louis Pauwels y Jacques Bergier. Periodista, bajo el pseudónimo de Peter Kolosimo, publicó en 1957 El planeta incógnito, donde habla de monstruos de todo tipo y de continentes perdidos. Siete años más tarde, en Tierra sin tiempo (1964), siguió abiertamente los pasos de Pauwels y Bergier con una nave alienígena estallando sobre Sodoma y Gomorra, investigaciones parapsicológicas en la Unión Soviética, el transporte de las piedras de la Gran Pirámide mediante levitación y visitas extraterrestres en el pasado. Luego vinieron Sombras en las estrellas (1966), No es terrestre (1968), Ciudadanos de las tinieblas (1971), Astronaves en la Prehistoria (1972)…
Casi cuatro décadas después de su muerte, el grupo de escritores italianos Wu Ming ha resucitado a Kolosimo como protagonista de Ovni 78 (2022). En la convulsa Italia de la segunda mitad de la década de 1970, con el secuestro y asesinato de Aldo Moro como telón de fondo, asistimos a la investigación de la desaparición de una pareja de adolescentes en una montaña mágica, a una oleada de avistamientos de platillos volantes, al día a día de una comuna jipi, a las pesquisas del periodista Martin Zanka –alter ego de Kolosimo, presionado por su editor para que escriba su próximo libro detrás de los extraterrestres– y a las andanzas de un grupo de jóvenes ufólogos a los que estudia una antropóloga.

‘Ovni 78’, de Wu Ming. Wu Ming compone con estos mimbres una recomendable novela con incontables guiños ufológicos: el estreno de Encuentros en la tercera fase (1977), la veneración a Josef Allen Hynek –rebautizado como Allen J. Rynek–, las alertas ovni, los congresos, la ufología como una actividad masculina, la pretensión de algunos aficionados de cultivar su pasión con seriedad, los fanzines, las visitas extraterrestres como camuflaje de otras actividades humanas… Los que fueron jóvenes ufólogos en la España de la época seguramente se sentirán en la Italia de Ovni 78 como en su casa. Por lo menos, así me he sentido yo respecto a las aventuras de los miembros del Grupo de Investigadores, Ufólogos y Clipeólogos Asociados de Turín (GIUCAT), nombre rimbombante muy propio de aquellos tiempos tan ingenuos, y el ambiente que rodea su día a día en una Italia tan convulsa como la España recién salida de la noche del franquismo.
Wu Ming [2022]: Ovni 78 [Ufo 78]. Traducción de Juan Manuel Salmerón Arjona. Anagrama (Colección «Panorama de narrativas», núm. 1.153). Barcelona 2025. 490 páginas.
Reseña publicada en Magonia el 17 de noviembre de 2025.
- Juan José Benítez y los extraterrestres, en ‘La clave’

José Luis Babín, sobre un fotograma de ‘Ultimátum a la Tierra’. El periodista Juan José Benítez hizo un revelación extraordinaria el 8 de febrero de 1976 en el programa La clave, del segundo canal de TVE. Dijo que su periódico, La Gaceta del Norte, tenía fotos que demostraban que los ovnis eran naves extraterrestres. Las habían sacado en Canarias, el 23 de octubre de 1975, «unos científicos» que habían concertado un encuentro con los tripulantes de esas «astronaves». Los testigos, añadió, eran de «toda confianza»: un astrónomo, ingenieros informáticos y electrónicos, fotógrafos, médicos… Él había visto las fotos. «Están en poder de mi periódico, en los archivos, y pueden disponer de ellas si mi periódico lo autoriza, por supuesto, en cualquier momento», invitó a los participantes en el programa.
Dirigida y presentada por José Luis Balbín, La clave se dedicaba cada semana a un tema de actualidad sobre el que se emitía una película y después había un coloquio. Aquella noche, el tema era «Los extraterrestres»; la película, Ultimátum a la Tierra (1951), de Robert Wise; y los invitados, John L. Acuff, Juan José Benítez, José María Casas-Huguet, Antonio Ribera, Fernando Sesma y Erich von Däniken. Tres ufólogos (Acuff, Casas-Huguets y Ribera), un periodista que escribía reportajes sobre platillos volantes (Benítez), un contactado (Sesma) y un autor de éxito que defendía que toda gran obra de una cultura antigua no europea se había hecho con ayuda extraterrestre (Von Däniken).
No había ningún escéptico en el plató porque, por aquel entonces, nadie abogaba en España por el análisis crítico de las afirmaciones de lo paranormal. Los más próximos a una postura racional eran Acuff y Casas-Huguet, pero ambos eran ufólogos creyentes: el primero dirigía el Comité Nacional de Investigaciones sobre Fenómenos Aéreos (NICAP) estadounidense y el segundo presidía el Centro de Estudios Interplanetarios (CEI) español.
La primera vez que Benítez sacó a colación las fotos canarias, la conversación derivó por otros derroteros. Pero, en cuanto tuvo oportunidad, el reportero insistió en que los citados «científicos» habían fotografiado en Canarias «con un material muy costoso, muy variado», cómo «del mar apareció algo» en respuesta una cita concertada con los visitantes, no especificó mediante qué sistema. Cuando Ribera le indicó que en aquel momento estaban hablando de si existían fotos de extraterrestres, Benítez dijo: «Yo tengo constancia de que en mi periódico hay tres fotografías concretas que pueden ser consultadas».
«Si tiene fotografías de seres extraterrestres que sean irrefutables, que no se puedan negar, que sean buenas fotografías, usted tiene el mejor reportaje desde que Jesucristo vino a la Tierra», comentó Acuff. Y preguntó: «¿Por qué no se ha publicado [esa historia] en todo el mundo? ¿Por qué está su periódico sentado encima del reportaje más importante de la historia?». Benítez dijo entonces que las fotos eran «muy recientes» y que habían sido analizadas en Madrid con resultados «altamente positivos», pero que su periódico era «muy serio» y se pronunciaría «definitivamente» cuando tuviera «las máximas garantías». «Lo que yo estoy diciendo -precisó- es que tenemos tres fotografías que consideramos que pudieran ser de seres extraterrestres, en pleno proceso de investigación. La procedencia es para nosotros de absoluta seguridad». De las fotos de marras, nunca más se supo.
La carrera ufológica de Benítez ha sido una sucesión de afirmaciones asombrosas, seguidas, en cuanto se le han pedido pruebas, de recogidas de velas no menos asombrosas. Lleva diciendo tiene pruebas de que los ovnis son naves extraterrestres desde que en 1975 vio algo raro en el cielo de Perú durante una excursión nocturna con un grupo de iluminados que decía estar en contacto con extraterrestres de Ganimedes, Marte, Calisto, Europa y otros mundos. Contactados como los que disfrazaba de científicos en el coloquio de La clave. Cincuenta años han pasado y Benítez sigue sin enseñar las pruebas. Si alguien cree que en su próximo libro, Están aquí (2025), va a hacer alguna revelación con un mínimo fundamento, su ingenuidad merece premio.
Nota publicada en Magonia el 15 de octubre de 2025.
- ‘Nueva Dimensión’ y ‘Planète’, la ciencia ficción española y lo paranormal

Portadas de la revista ‘Planète’, de algunas de sus versiones internacionales y de ‘Nueva Dimensión’. Colección Luis Alfonso Gámez. Hay cosas que durante años he dado por ciertas sin pruebas. Una es que el formato cuadrado de Nueva Dimensión (1968-1983), la considerada mejor revista española de ciencia ficción, fue una copia del de la francesa Planète (1961-1968), que mezclaba ocultismo, pseudohistoria, ciencia ficción y divulgación científica. Es algo que asumía sin haber hablado de ello nunca con nadie; solo por el peculiar formato de ambas publicaciones. Ahora sé que fue así, gracias a Mariano Villarreal y su Historia de la ciencia ficción española. Vol. 1. La era de los pioneros (1939-1969).
Planète nació a rebufo de El retorno de los brujos (1961), la obra de Louis Pauwels y Jacques Bergier que impulsó el llamado realismo fantástico, una realidad alternativa con visitas extraterrestres, civilizaciones desaparecidas y poderes paranormales. Dirigida por Pauwels, era una revista bimestral que llegó a vender en Francia más de 100.000 ejemplares y publicó cuentos de Isaac Asimov, Arthur C. Clarke, Ray Bradbury, Jorge Luis Borges y H. P. Lovecraft, entre otros. Fue tal su éxito que contó con ediciones en España –Horizonte (1968-1971), dirigida por el ufólogo Antonio Ribera– y Argentina. Además, se publicó una colección de libros de realismo fantástico, divulgación y ciencia ficción con el mismo formato.
A finales de la década de 1960, Sebastián Martínez, Domingo Santos y Luis Vigil eran tres aficionados a la ciencia ficción que querían poner en marcha una revista comercial. Para ello, cuenta Villarreal en su libro, constituyeron Ediciones Dronte con un capital social de 300.000 pesetas. Explica el experto vasco:
Acto seguido, se pusieron en contacto con José Manuel Vergara, responsable de editorial Pomaire y gran aficionado a la ciencia ficción, además de editor especializado en libros de temática OVNI. Le consultaron si estaría dispuesto a distribuir una revista de de estas características y aceptó con la condición de que el formato fuese similar al de la francesa Planète, consagrada al realismo fantástico y cuya edición en español gozaba de un enorme éxito en Sudamérica, un mercado en el que esperaban vender parte de la tirada. Así nació Nueva Dimensión. (Villarreal 2025, 172).
Pomaire fue el sello español que publicó clásicos de la ufología como Los misteriosos platillos volantes (1958), de Aimée Michel; Los humanoides (1966), coordinado por Charles Bowen; El gran enigma de los platillos volantes (1966), de Antonio Ribera; y Fenómenos insólitos del espacio (1966), de Jacques y Janine Vallée. Martínez, Santos y Vigil también tuvieron que aceptar del editor la sugerencia de que «las páginas de la sección informativa tuviesen otro color», como pasaba en Planète.
Josep Maria Armengou
En aquella época, toda revista debía tener como director a un profesional del periodismo que se hiciera responsable de los contenidos ante las autoridades franquistas. Para Nueva Dimensión, Martínez, Vigil y Santos «encontraron un periodista dispuesto a firmar como director responsable a un precio razonable y sin meterse demasiado en la confección de los números» (Villarreal 2025, 173). El elegido fue Josep Maria Armengou, que en 1969 asumió también la dirección de la revista Algo, de la que había sido redactor desde 1963.
Armengou fue director de Nueva Dimensión y de Algo hasta diciembre de 1971, cuando le despidieron de la segunda por el giro que había dado a esa cabecera de divulgación científica. Un año después, lo explicaba así:

‘Historia de la ciencia ficción española. Vol. 1. La era de los pioneros (1939-1969)’, de Mariano Villarreal. Mi entrada como director en funciones de Algo implicó el cambio de mentalidad de programación de la revista, y fue cuando di cabida primero a la sección de ufología, luego a la de parapsicología, posteriormente al hermetismo, sin olvidar el contacto con el lector a través de secciones como «Colabora el lector», «Cartas al director», etcétera. (Armengou 1972).
Según él, convirtió Algo en una revista «única en España» y triplicó su tirada, pero «a alto nivel empresarial» su enfoque disgustaba y, por eso, fue despedido, con todo su equipo. Meses después, lanzó Karma.7 (1972-2001), una revista centrada en lo que había desagradado a sus anteriores jefes. «Karma.7 no tiene ninguna relación con Algo. Ni como editorial, ni como dirección, ni como publicidad. Es más, en el campo profesional, en el periodístico, combatiremos a Algo hasta el límite de nuestras fuerzas», prometió en el número 1. Será la revista esotérica de referencia hasta el nacimiento de Mundo Desconocido (1976-1982) y aguantará en los quioscos hasta 2001.
Desde junio de 1972 –cuando se publica un número cero de Karma.7–, Armengou compatibiliza las direcciones de la revista esotérica y de Nueva Dimensión, aunque todo indica, como apunta Villarreal, que en la segunda se limita a poner el nombre. Respalda esta idea que no menciona a Nueva Dimensión ni en la presentación de Karma.7 a sus lectores ni en su libro Extrañas historias de un periodista (1974), donde solo hay una referencia a la revista de ciencia ficción en la contraportada y de pasada. Armengou siguió al frente de las dos publicaciones hasta enero de 1977, cuando fue relevado en ambas.
Los platillos volantes y Charles Fort
La de Nueva Dimensión y su primer director no es ni la primera ni la única conexión de la ciencia ficción española con lo paranormal. Ya en los años 50, el género -en especial, los bolsilibros- sufre la invasión de los platillos volantes con títulos como Los platillos voladores (1950), de J. M. Díez Gómez; Platillos volantes (1951), de Peter Debry (Pedro Víctor Debrigode Dugi); y El secreto de los platillos volantes (1953), de Juan Antonio de la Iglesia. Autores como Antonio Ribera y Juan García Atienza acabaran siendo más conocidos por sus devaneos con lo oculto que como pioneros de la ciencia ficción: al primero se le considera el padre de la ufología española, y el segundo es un referente de la historia mágica nacional.

Libros españoles de ciencia ficción y sobre el fenómeno de los platillos volantes de la década de 1950. Colección Luis Alfonso Gámez Domingo Santos, a quien se considera «el padre de la moderna ciencia ficción española» (Villarreal 2025, 378), ya tenía relación con Planète de tiempos de Anticipación (1966-1967), un primer intento fallido de revista comercial de ciencia ficción que codirigió con Vigil y contó con una sección dedicada a lo paranormal. Anticipación, indica Villarreal, incluyó «un importante espacio» al realismo fantástico y publicó tres largos artículos sobre el fenómeno ovni «cuya autoría no fue acreditada, pero que se da por supuesto que fue obra del tándem Santos-Vigil» (Villarreal 2025, 152).
Además, Santos fue el traductor de la primera versión española de El libro de los condenados (1919) de Charles Fort, que publicó Rumeu en 1969 dentro de la colección «Esoterismo», que dirigía él mismo. «Charles Fort ha sido un precursor al hablar por primera vez, cuando aún nadie pensaba en ellos, de una serie de temas malditos que hoy ocupan las primeras páginas de muchas revistas y periódicos: platillos volantes, civilizaciones desaparecidas, visitantes extraterrestres», escribió Santos en el prólogo, un texto en el que reivindica la vigencia de la obra que estableció el canon paranormal (Santos 1969, 15).
Cien años después de la publicación de El libro de los condenados, su influencia en la cultura popular es incuestionable. Sin Fort, el primer ufólogo, no hubieran existido ni El retorno de los brujos –Pauwels y Bergier le tenían por uno de sus «más queridos maestros» (Bergier y Pauwels 1960, 151)-, ni revistas como Fate, ni series como Expediente X (1993-2018), ni programas de televisión como el Más allá de Fernando Jiménez el Oso, ni todos los productos culturales y del mundo del espectáculo que han seguido esa línea.
Referencias
Armengou, Josep Maria [1972]: «Ninguna relación con ‘Algo’». Karma.7 (Barcelona), núm. 1 (noviembre), pág. 5.
Bergier, Jacques; y Pauwels, Louis [1960]: El retorno de los brujos [Le matin des magiciens]. Traducción de J. Ferrer Aleu. Plaza & Jaés (Colección «Otros Mundos»). Barcelona 1972. 282 páginas.
Santos, Domingo [1969]: «Introducción». En Fort, Charles [1919]: El libro de los condenados [The book of the damned]. Traducción de Domingo Santos. Romeu, Editor (Colección «Esoterismo»). Barcelona 1969. 399 páginas.
Villarreal, Mariano [2025]: Historia de la ciencia ficción española. Vol. 1. La era de los pioneros (1939-1969). Dolmen Books. Palma de Mallorca. 416 páginas.
Nota publicada en Magonia el 29 de septiembre de 2025.
- Edgar Allan Poe y el gran engaño de la Luna

Los animales vistos en la Luna por John Herschel, en una ilustración de ‘The Sun’. Imagen: Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. Para Edgar Allan Poe, «fue el engaño más brillante» (Harrison 1965, 259). El diario neoyorquino The Sun cuenta en agosto de 1835 que, gracias a un nuevo tipo de telescopio, el astrónomo John Herschel ha descubierto vida en la Luna. La historia, publicada en seis entregas y salpicada de detalles técnicos, cautiva primero a los estadounidenses y después a ingleses, franceses, alemanes, italianos, españoles… Es la primera noticia falsa de alcance planetario.
Con 270.000 habitantes y un crecimiento demográfico vertiginoso, Nueva York es en 1835 la ciudad más grande de Estados Unidos. Grupos de niños venden en las calles la prensa de un penique, diarios populares que cuestan un centavo de dólar frente a los seis habituales. Han nacido dos años antes y se dirigen a la clase trabajadora. Su materia prima son crímenes, catástrofes y otras noticias sensacionalistas. The Sun es uno de esos periódicos. Pretende «proporcionar al público las noticias del día a un precio tan económico que esté al alcance de todos».
Comienzo del artículo publicado en «¡Paparruchas!», en la web del Comité para la Investigación Escéptica (CSI), el 11 de septiembre de 2025.
- La gran noche de Uri Geller

Uri Geller con José María Íñigo, en ‘Directísimo’ el 6 de septiembre de 1975. Foto: TVE. Aquel verano un tiburón de cine aterrorizó a los bañistas de las playas estadounidenses, las sondas Viking despegaron hacia Marte, la autopista Bilbao-Behobia llegó a Irún, una joven intentó asesinar al presidente Gerald Ford, Papúa Nueva Guinea se independizó de Australia, empezó la larga agonía de Franco y en las verbenas de toda España se bailó El bimbó de Georgie Dann. Si usted vivió el verano de 1975, es muy probable que no se acuerde de algunas de estas cosas, pero recordará que un joven se asomó una noche al salón de su casa y, con el poder de la mente, dobló cucharas e hizo que relojes parados volvieran a la vida.
Comienzo del reportaje publicado en el diario El Correo el 6 de septiembre de 2025.
Sigue en «La gran noche de Uri Geller».
- Los alienígenas somos nosotros
Me pasó cuando tenía unos veinte años, a principios de la década de 1980. Era de noche. Estaba en la cama, en el dormitorio que compartía con mi hermano menor. En el piso vivíamos siete personas: mis padres, mi abuela materna, mis dos hermanas pequeñas, mi hermano y yo. De repente, vi una sombra en el pasillo por el claro que dejaba la puerta entornada. Supuse que alguien iba al baño. La sombra se convirtió en una silueta que se asomó a nuestro cuarto. «Mamá o papá, para ver si los chicos estamos dormidos», pensé. Abrió la puerta, entró en la habitación y no era ni mamá ni papá. El individuo llevaba el brazo derecho levantado y empuñaba lo que parecía un cuchillo. Estaba aterrado. Intenté moverme. No pude. Intenté gritar. No pude. Pasó a los pies de la cama de mi hermano y se dirigió hacia mí. Llegó a mi lado, levantó el cuchillo y, cuando la punta me tocó el pecho, desperté bañado en sudor. No grité ni hice ningún ruido. Me senté en la cama. Mi hermano seguía dormido. Pasados unos segundos, me tumbé y cerré los ojos como si nada.

‘Casi ovnis’, de Robert Sheaffer. Mi interés por los ovnis hizo que supiera casi inmediatamente lo que había pasado. Había tenido una alucinación hipnagógica, un tipo de pesadilla que puede darse en la transición de la vigilia al sueño. Estás paralizado. Crees estar despierto, pero no es así, y lo que ves, oyes y hasta tocas es tan real que puede ser aterrador. Pocos meses antes había leído sobre la parálisis del sueño y las visiones hipnagógicas e hipnopómpicas –las que ocurren entre el sueño y la vigilia– en la revista de una organización ufológica estadounidense.1 No conocía el fenómeno y me sorprendió. Me parecía una explicación plausible para algunas vivencias extrañas de las que había oído hablar. En los años siguientes, episodios como el que viví propiciaron el bum de los visitantes de dormitorio y de las abducciones. Personas que habían vivido experiencias como la mía acudían a ufólogos que las hipnotizaban y sacaban a la luz supuestos recuerdos reprimidos de encuentros con alienígenas, en realidad, memorias falsas implantadas por los pseudoterapeutas.
«Es muy importante recordar que la materia prima para el estudio del fenómeno OVNI no son los propios OVNIs, sino los informes sobre OVNIs», dejó escrito Josef Allen Hynek (1910-1986). Y añadió: «Los informes son hechos por personas que a menudo se equivocan sobre lo que observan».2 Hynek estaba en lo cierto, pero aun así daba «validez subjetiva» a esas experiencias cuando los testigos pertenecían a determinados colectivos, eran respetados en su comunidad y no tenían motivos aparentes para mentir. En la ufología setentera en la que crecí, había individuos –pilotos, militares y agentes de la autoridad– cuyos testimonios se consideraban fiables. Eran los testigos de élite. Algunos ufólogos todavía hoy los creen infalibles. Luego estábamos el resto, incluido aquel joven universitario de Bilbao que vio algo extraño en su dormitorio y al que salvó del pánico una lectura sobre trastornos del sueño en una revista ufológica.
El mito ovni se edificó en la segunda mitad del siglo XX sobre la presunción de que los testigos habían vivido lo que decían haber vivido. Con el testimonio en el centro del tablero, primero llegaron los platillos volantes, luego aterrizaron y al final sus tripulantes secuestraron a humanos. Eran historias increíbles narradas muchas veces por personas dignas de todo crédito, se destacaba. Muchos ufólogos han pasado por alto que nuestros sentidos son muy limitados, que lo que vemos y escuchamos lo interpretamos a veces según nuestro bagaje cultural, sesgos y creencias, y que nuestros recuerdos son constantemente recreados y proclives a resultar contaminados por aportaciones de otros, incluido el interrogador que busca historias que corroboren aquello en lo que cree. Por no hablar de que los humanos mentimos, nos inventamos cosas, alucinamos y sufrimos enfermedades que nos confunden. Además, no existen los testigos de élite; todos somos poco fiables. Sin embargo, en la ufología no se duda del testigo excepto en casos extremos y así pasaron a la historia casos como el de Kenneth Arnold, que vio el 24 de junio de 1947 una escuadrilla de nueve objetos que la prensa bautizó como platillos volantes, y el secuestro de Betty y Barney Hill, que estableció el patrón de las abducciones.
Robert Sheaffer nos cuenta en este libro lo que hay detrás de sucesos como esos dos, extraordinarios para cualquiera que se asome a la literatura ufológica clásica, y echa también una mirada a las derivas más delirantes de la ufología, sin olvidarse de unos ovnis estrellados y conspiraciones gubernamentales que están ahí desde siempre. El caso de Roswell ocurrió en julio de 1947, días después del avistamiento de Arnold, y permaneció en el olvido durante más de tres décadas hasta que la ufología sensacionalista encontró en él un filón. La conspiración está presente ya en 1950 en The flying saucers are real, el libro en el que Donald Keyhoe formula los principios básicos del credo ovni, que los platillos volantes vienen de otros mundos, que vigilan la Tierra desde hace siglos y que el Gobierno de Estados Unidos lo sabe y lo oculta a la población.
Miembro del Comité para la Investigación Escéptica (CSI) –antes, Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP)–, entre 1977 y 2017 Sheaffer mantuvo en la revista Skeptical Inquirer una sección, «Psychic vibrations», en la que comentaba críticamente la actualidad paranormal. Siempre ha sentido una especial inclinación por el fenómeno ovni y fruto de ese interés son sus libros Veredicto OVNI y UFO sightings, del que este es una especie de actualización.3 El autor de Casi ovnis es uno de los más reputados analistas de la casuística y conoce muy bien la comunidad ufológica, como comprobará el lector. El resultado de su trabajo puede decepcionar a quien busca en el fenómeno ovni pruebas de encuentros con extraterrestres, pero para mí es esclarecedor. Sabemos desde hace mucho que los casos que, después de un análisis riguroso, no se pueden explicar suponen menos del 5 % de los denunciados. Son los sucesos sobre los que no hay suficientes datos o que han sido tergiversados por una mala investigación inicial. Y aquí entra en juego el segundo factor humano de la incógnita ovni: el ufólogo.
Sin el ufólogo, lo inexplicado muchas veces no existiría. Es él quien interpreta como algo extraño esa luz en el cielo que puede ser Venus, la Luna, un globo o un avión. Es él quien concluye que ha habido una abducción cuando le cuentan una visión del estilo de la mía de hace cuarenta años. Es él quien, medio siglo después de que ocurrieron unos hechos, da con testigos hasta entonces desconocidos y confía ciegamente en sus recuerdos. Es él quien se ha hecho un nombre gracias a historias increíbles y las necesita para seguir publicando libros y saliendo en los medios de comunicación. Es él quien afirma que tiene pruebas de que en el fenómeno ovni hay algo misterioso, algo que se escapa a la ciencia. Pruebas que nunca presenta.
La pregunta que flota sobre los ovnis, los testigos y los ufólogos de estas páginas es la que se hace cualquiera al acercarse a un fenómeno extraordinario: ¿dónde están las pruebas que respaldan los testimonios? El testimonio de una persona –la mayoría de los casos de ovnis tiene un único testigo– carece de valor probatorio. En mitad de la noche, en un piso lleno de gente, con mi hermano dormido al lado, una entidad se acercó a mí con un cuchillo en la mano. ¿Qué demuestra eso? Mi corta experiencia juvenil como ufólogo me demostró que una adolescente puede contar en casa una historia de marcianos para justificar que anoche llegó tarde y que hay gente que cree que un nave espacial de grandes dimensiones puede permanecer suspendida sobre una gran ciudad y solo la vea una familia.
Los dominios de la ufología son los de la fe. La del ufólogo, la del testigo y la de la sociedad en la que viven. El mito de las visitas extraterrestres nació en Estados Unidos a mediados del siglo pasado en un terreno abonado con los descubrimientos astronómicos, el espiritismo, la ciencia ficción, la Guerra Fría y los medios de comunicación. El estudio de los ovnis no es una ventana a otros mundos, sino a nuestro interior, a los anhelos, sueños y miedos del ser humano. Los ufonautas –como llamábamos antes a los tripulantes de los ovnis– se comportan como nosotros porque los alienígenas somos nosotros. El ser humano es el centro del fenómeno ovni y, como pasa con otros mitos, su estudio hace que nos conozcamos mejor.
Prólogo de Luis Alfonso Gámez para el libro Casi ovnis, de Robert Sheaffer.
Sheaffer, Robert [2016]: Casi ovnis. Historias de objetos voladores identificados [Bad UFOs. Critical thinking about UFO claims]. Prologado por Luis Alfonso Gámez. Traducción de Luis R. González Manso y Diego Zúñiga. Coliseo Sentosa. Santiago de Chile 2025. 310 páginas.
Nota publicada en Magonia el 3 de septiembre de 2025.
