
Dos de cada cinco españoles (42 %) creen que la homeopatía es una disciplina científica, según el Estudio Fundación BBVA de cultura científica en España (1), cuyos resultados se hicieron públicos el viernes. Para uno de esos españoles (20 %), la homeopatia es «muy científica»; para el otro (22 %), «bastante científica». En una escala de 0 a 10, «donde 0 significa que la disciplina no es científica en absoluto y 10 significa que es muy científica», los primeros dan a la homeopatía de 8 a 10 puntos y los segundos, de 6 a 7. Un 13 % de la población le da 5 puntos («moderadamente científica»); un 14 %, de 3 a 4 («moderadamente científica»); un 25 %, entre 0 y 2 («nada científica»); y un 7 %, no sabe o no contesta.
Según el mismo trabajo, la acupuntura es «muy científica» para el 19 % de los consultados y «bastante científica» para otro 24 %, mientras que la quiropráctica es «muy científica» para el 23 % y «bastante científica» para otro 25 %. El psicoanálisis -«muy científico» para el 41 % y «bastante científico» para otro 27 %- supera en la clasificación popular de cientificidad a la historia, la economía y la sociología.
En los últimos meses, varios amigos científicos me han transmitido su satisfacción por el descrédito de la homeopatía en España. Para ellos, es poco menos que un capítulo cerrado en la lucha contra la pseudociencia en nuestro país. En todos los casos he replicado lo mismo, que puede parecer eso, pero que no por eso tenemos que relajarnos. Es lo que tiene haber alcanzado una edad: uno ha visto muchas veces cómo creencias irracionales se desinflan en un momento dado para recuperarse con fuerza años después. Más sabe el diablo por viejo que por diablo.
Recuerden las caras de Bélmez, uno de los fenómenos más cutres de la historia de la parapsicología. En el verano de 1971, unos pícaros presentaron unas caras pintadas en el suelo de cemento de una cocina jienense como imágenes del más allá. El pueblo de Bélmez de la Moraleda se llenó de parapsicólogos que cebaron el misterio y lo envolvieron con palabras rimbombantes. Los medios vieron el negocio, explotaron la historia y, una vez exprimida totalmente, denunciaron el fraude. Las caras de Bélmez cayeron en el olvido a comienzos de 1972 y, cuando ya casi nadie las recordaba fuera del circo paranormal, Iker Jiménez las resucitó en 1997 y las rentabilizó como nadie antes. Desde 2013, las caras de Bélmez tienen su propio museo, levantado gracias a más de medio millón de euros de fondos europeos.
Recuerden cómo el carbono 14 dictaminó en 1988 que el sudario de Turín se había confeccionado entre 1260 y 1390, por lo que no pudo envolver el cadáver de Jesús de Nazaret. Aunque nadie ha refutado ese análisis científico, publicado en la revista Nature, periódicamente sale de la sacristía del misterio un creyente que, vestido con su sotana de laboratorio, reivindica la autenticidad de la reliquia. Algunos han echado mano de imaginativas alteraciones químicas de la tela que la habrían rejuvenecido; otros se han inventado declaraciones de científicos. Así, Celestino Cano, presidente del Centro Español de Sindonología (CES), aseguró en 1989 que Willard Libby, galardonado en 1960 con el Nobel por el descubrimiento del método del carbono 14, había dicho que el análisis se había hecho mal y, por consiguiente, los resultados no eran válidos. Libby había muerto en 1980, así que no habido podido decir nada de una prueba hecha en 1988, a no ser que lo hiciera a través de la güija; pero todo vale. Da igual el dictamen de la ciencia, la próxima Semana Santa, o la siguiente, la sábana de Turín tendrá su enésimo titular milagroso.

Recuerden cómo Uri Geller fue puesto en evidencia por James Randi en Estados Unidos en 1973 y, dos años después, por el ilusionista José Luis Ballesteros y el parapsicólogo Ramos Perera tras salir en Directísimo (TVE) junto a un entregado José Maria Íñigo. Desde su primera aparición en España, y a pesar de que ya entonces quedó claro que era un prestidigitador, Geller dejó con la boca abierta a Eduard Punset en TVE (1998), Concha Velasco en TVE (2001), Ana García-Siñeriz y Boris Izaguirre en Cuatro (2007) y Pablo Motos en Antena 3 (2013), entre otros.
Como pasa con las enfermedades infecciosas, las creencias pseudocientíficas pueden remitir real o aparentemente en un momento dado para recuperarse con fuerza después. Siempre están ahí, esperando el momento idóneo para resurgir. El horóscopo sigue vivo en las páginas de los periódicos. No en vano, uno de cada tres españoles (30 %) cree en la astrología, según el Estudio de la Fundación BBVA sobre creencias y prácticas alternativas de 2025 (2). Los extraterrestres nos visitan y los gobiernos nos lo ocultan, sostiene también un tercio de la población (28 %), según el trabajo de este año (3), que apunta que, cuanto menor es el conocimiento científico, mayor cientificidad se otorga a la acupuntura y la homeopatía.

Los datos de la Fundación BBVA demuestran que la homeopatía sigue vivita y coleando en el imaginario colectivo, al igual que la acupuntura, la quiropráctica y el psicoanalisis. En 2022, entrevisté a Diana Morant, ministra de Ciencia a Innovación, para el diario El Correo. Le pregunté cuándo se iba a pasar a la acción en el plan gubernamental contra las pseudoterapias, anunciado a bombo y platillo en noviembre de 2018, y la ministra respondió: «Creo que la ciencia ha ganado al negacionismo y a las pseudociencias. Hemos vivido una pandemia, una crisis sin precedentes en la que hemos mirado a la ciencia para obtener respuestas. En este país, la ciencia ha ganado de manera aplastante al negacionismo. Ahí está el altísimo porcentaje de vacunados» (4). Ante esa respuesta y como no compartía su triunfalismo, volví a preguntar a la ministra cuándo se iba a empezar «a combatir a quienes venden remedios mágicos disfrazados de medicina», y me respondió: «Nuestra obligación es acercar la ciencia a la ciudadanía para que esté mejor informada y tenga comportamientos individuales que nos ayuden a combatir grandes crisis como el cambio climático. El secreto no es tanto poner el foco en quien niega la ciencia como acercar esta a la ciudadanía».
La guerra contra las pseudoterapias, y contra las pseudociencias en general, está lejos de ser ganada. Hace falta más pensamiento crítico, pero ¿cómo se consigue? Creo, sinceramente, que podemos avanzar exponiendo a la población a los virus del anticonocimiento, presentándolos como son, desvelando los trucos de quienes los transmiten y enseñando a buscar los agujeros en sus argumentaciones. Creo que, si hacemos eso, habrá ciudadanos que acabarán desarrollando una suerte de sentido arácnido que les hará desconfiar cuando una nueva superchería entre en escena o un político les intente llevar al huerto con bulos. ¿Hace falta buena divulgación? Siempre. Pero la promoción del pensamiento crítico no debe quedarse en la pizquita de escepticismo científico a añadir a unas jornadas o a un programa de radio o de televisión de divulgación para darle más sabor.
El movimiento escéptico lleva décadas alertando del peligro que supone para nuestro futuro una sociedad dominada por la sinrazón. Carl Sagan lo advirtió hace treinta años en El mundo y sus demonios:
Preveo cómo será la América de la época de mis hijos o nietos: Estados Unidos será una economía de servicio e información; casi todas las industrias manufactureras clave se habrán desplazado a otros países; los temibles poderes tecnológicos estarán en manos de unos pocos y nadie que represente el interés público se podrá acercar siquiera a los asuntos importantes; la gente habrá perdido la capacidad de establecer sus prioridades o de cuestionar con conocimiento a los que ejercen la autoridad; nosotros, aferrados a nuestros cristales y consultando nerviosos nuestros horóscopos, con las facultades críticas en declive, incapaces de discernir entre lo que nos hace sentir bien y lo que es cierto, nos iremos deslizando, casi sin darnos cuenta, en la superstición y la oscuridad. (5)
¿Qué proponía él?
El escepticismo tiene por función ser peligroso. Es un desafío a las instituciones establecidas. Si enseñamos a todo el mundo, incluyendo por ejemplo a los estudiantes de educación secundaria, unos hábitos de pensamiento escéptico, probablemente no limitarán su escepticismo a los ovnis, los anuncios de aspirinas y los profetas canalizados de 35.000 años. Quizá empezarán a hacer preguntas importantes sobre las instituciones económicas, sociales, políticas o religiosas. Quizá desafiarán las opiniones de los que están en el poder. ¿Dónde estaremos entonces? (6)
Es lo que persigue desde hace cincuenta años el movimiento escéptico organizado: que los ciudadanos de las democracias liberales dispongamos de las herramientas mentales para ser más críticos y decidir lo que queremos ser sin dejarnos llevar por vendedores de aceite de serpiente, predicadores, miedos irracionales y prejuicios. Si cree que hay que hacer algo, únase a nosotros.
Notas
(1) Fundación BBVA [2026]: «La mayoría de los ciudadanos españoles valora la ciencia como la fuente más fiable de conocimiento y como solución a retos fundamentales, y distingue el conocimiento científico de prácticas pseudocientíficas». 6 de febrero.
(2) Fundación BBVA [2025]: «Frente al ruido de la posverdad, el relativismo y negacionismo científico de algunas élites políticas y culturales, en la gran mayoría de la sociedad española está vigente una apreciación cultural y práctica de la ciencia y la racionalidad». 4 de febrero.
(3) Fundación BBVA [2026]: «La mayoría de los ciudadanos españoles tiene un nivel alto de interés por la ciencia y un nivel medio de conocimiento científico». 27 de enero.
(4) Gámez, Luis Alfonso [2022]: «Estamos en un momento revolucionario para la ciencia española». El Correo (Bilbao). 2 de junio.
(5) Sagan, Carl [1995]: El mundo y sus demonios [The demon-haunted world]. Traducción de Dolors Udina. Planeta (Colección «La línea del conocimiento). Barcelona, 1997. Págs. 43-44.
(6) Sagan, op. cit., pág. 448.
