«Seres fantásticos» invadirán la Biblioteca Foral de Bizkaia en octubre

La Biblioteca Foral de Bizkaia acogerá en octubre el ciclo de conferencias Seres fantásticos, organizado por el Círculo Escéptico y programado por Guillermo QuindósCésar Higuero y yo. Las charlas, que están patrocinadas por la biblioteca y forman parte de su programación cultural, se celebrarán en la sala de conferencias (2ª planta) de la institución (calle Diputación, 7; 48008 Bilbao) en cuatro lunes a partir de las 19 horas y podrán seguirse por streaming aquí. La entrada será libre hasta completar aforo.

Seres fantásticos es el cuarto ciclo de conferencias que hemos organizado para la Biblioteca Foral de Bizkaia, tras Alternativas a la medicina: entre la fe y el fraude (2019), Extraterrestres (2020) e Historia fantástica (2021). Las charlas de ediciones anteriores, que durante la pandemia se celebraron de acuerdo con las restricciones de cada momento, pueden verse en el canal de YouTube del Círculo Escéptico.

El programa del ciclo Seres fantásticos  es el siguiente:

– Lunes, 3 de octubre: «¿Compartimos la Tierra con dinosaurios y hombres salvajes? Las enigmáticas criaturas de la criptozoología», por Eduardo Angulo, profesor jubilado de Biología Celular de la Universidad del País Vasco y miembro del Círculo Escéptico.

– Lunes, 10 de octubre: «Euskal mitologia: asmatutako izakiak edo kondairen bidez heldu zaigun errealitatea?» (Mitología vasca, ¿seres imaginarios o realidad transmitida en forma de leyendas?), por Aritza Bergara, escritor y divulgador.

 Lunes, 17 de octubre: «Del mito al bestiario y a los nuevos leviatanes», por María Jesús Cava, catedrática emérita de Historia de la Universidad de Deusto.

– Lunes, 24 de octubre: «Horripila pop. Monstruos icónicos de la cultura popular», por Borja Crespo, cineasta e historietista.

Una pantera anda suelta

Una pantera hurtó protagonismo al coronavirus en los telediarios del pasado septiembre: rondaba Ventas de Huelma, un pueblo de la provincia de Granada. La alarma la dio el Ayuntamiento en su página de Facebook en la madrugada del día 12. Dijo que unos vecinos habían visto al felino la tarde anterior y pidió a la gente «extremar la precaución». Así empezó la caza de la fiera. Agentes del Seprona la buscaron por tierra y aire durante una semana, hasta que descartaron su existencia. La pantera fantasma había vuelto a hacer de las suyas y, tras disfrutar de la atención entusiasta de los medios, se esfumó, quién sabe hasta cuándo… 

Sigue en la revista Muy Interesante (Nº 478, marzo de 2021).

A la caza del monstruo del lago Ness

Recreación del monstruo del lago Ness para un programa de televisión. Foto: Channel 5.
Recreación del monstruo del lago Ness para un programa de televisión. Foto: Channel 5.

«El monstruo del lago Ness ‘podría ser real’ después de que los científicos hayan hecho un descubrimiento ‘sorprendente'». «¿Es real el monstruo del lago Ness? Un nuevo estudio científico dice que ‘podría serlo'». «Un estudio sobre el monstruo del lago Ness hace un ‘sorprendente’ hallazgo». Son tres titulares que han podido leerse en los últimos días en la prensa británica, donde la serpiente del verano se ha adelantado. Después de casi veinte años en los que el monstruo del lago Ness -Nessie, para los amigos– se ha exhibido bastante menos que lo habitual y deseable para el turismo de las Tierras Altas escocesas, vuelve a ser noticia…

Sigue en el diario El Correo (suscripción).

El Ejército Indio se cruza con el yeti

Supuestas huellas del yeti se encaminan hacia los matorrales del monte Makalu. Foto: Ejército indio
Supuestas huellas del yeti se encaminan hacia los matorrales del monte Makalu. Foto: Ejército indio.

Llevaba ausente de las páginas de los periódicos tanto tiempo que ya lo dábamos por muerto. Como a su colega el monstruo del lago Ness, del que no hay una foto, ni siquiera borrosa, desde hace años. Pero el abominable hombre de las nieves intenta ahora volver a la vida a lo grande. Y lo hace, acorde con los tiempos, en Twitter. «Por primera vez, una expedición de montaña del Ejército indio ha encontrado huellas de la mítica bestia yeti», anunciaron los militares en la red social. Las huellas medían 81 por 38 centímetros, añadían, y se toparon con ellas el 9 de abril a unos 4.000 metros de altura, en el Makalu, la quinta montaña más alta del mundo.

Las fotos publicadas por el Ejército indio en Twitter resultan, lamentablemente, bastante decepcionantes. Semiderretidas en la nieve, las huellas no son ni la mitad de espectaculares que la descubierta por los alpinistas Michael Ward y Eric Shipton en el Everest en noviembre de 1951. Con sus dedos bien visibles -hay sospechas de que fue un fraude porque solo existe una foto y solo de una huella–, aquella desató la fiebre por la caza del yeti. Dos años después, cuando ascendían al Everest, Edmund Hillary y Tenzing Norgay encontraron un extraño rastro que atribuyeron a la criatura. Y a partir de ese momento se multiplicaron los testimonios de montañeros que descubrían en la nieve huellas y hasta pelos del supuesto animal.

Tom Slick, un rico heredero texano, montó en los años 50 varias expediciones al Himalaya y concluyó en 1959 que la mejor prueba de la existencia del yeti era una mano que guardaban los monjes del monasterio de Pangboche, en Nepal. Ante la negativa de los religiosos de cedérsela para un análisis, uno de sus hombres de confianza cambió dos huesos de la reliquia por sus equivalentes humanos. Y los presuntos restos del yeti viajaron hasta Londres escondidos en el equipaje de Gloria McLein, esposa del actor James Stewart, íntimo amigo del copatrocinador de la expedición de Slick. Perdidos durante décadas, los huesos de la mano de Pangboche fueron sometidos en 2011 a un análisis de ADN y ¡resultaron ser humanos!

Las huellas fotografiadas por el Ejército indio hace tres semanas en el Makalu podrían corresponder a un rastro semiderretido de oso. Es lo primero que pensé al verlas, y lo que creen naturalistas y el Ejército nepalí, que ha dicho que, «según los habitantes de la región y los porteadores, huellas poco comunes aparecían con frecuencia en la zona y son de osos salvajes». Ya en 1956 el antropólogo William L. Strauss, de la Universidad Johns Hopkins, aseguró en la revista Science que el abominable hombre de las nieves «sería, sobre la base de la mejor evidencia disponible, no otro que el oso pardo del Himalaya». El alpinista Reinhold Messner, que ha participado en expediciones de búsqueda del yeti y en 1986 creyó haberlo visto, también está convencido de que el abominable hombre de las nieves no es tal: «Todas las pruebas apuntan a una especie de oso pardo de hábitos nocturnos».

De hecho, hace dos años, un análisis de ADN hecho por la bióloga Charlotte Lindqvist determinó que veinticuatro presuntos restos del yeti –pelo, huesos, piel…- correspondían a oso pardo del Himalaya y oso tibetano, aunque también había alguno de cánido. «Nuestros hallazgos sugieren que los fundamentos biológicos de la leyenda del yeti se pueden encontrar en los osos locales», concluyó entonces la científica de la Universidad de Buffalo.

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El esquivo bigfoot cumple 60 años

El bigfoot filmado por el vaquero Roger Patterson en Bluff Creek el 20 de octubre de 1967.Cinco décadas después de su filmación, una película casera de 59,5 segundos sigue siendo para los buscadores del bigfoot la mejor prueba de la existencia de esa criatura. En ella un homínido peludo camina a paso ligero por un claro y gira la cabeza hacia la cámara. La grabó el vaquero Roger Patterson, en compañía de su amigo Bob Gimlin, en Bluff Creek (California) el 20 de octubre de 1967. Desde entonces, divide a la comunidad de cazadores de monstruos y también a la científica. Para el primatólogo John Napier, autor de Bigfoot: the sasquatch and yeti in myth and reality (1973), es «un fraude», se trata de un humano disfrazado, mientras que al antropólogo y criptozoólogo Grover Krantz le impresionaba «el realismo de la locomoción de la criatura». La bigfoot, habría que decir.
«Es obviamente una hembra, con grandes y peludos pechos que se muestran claramente en varios momentos del metraje, especialmente cuando se vuelve a la derecha para mirar a Patterson», apunta Darren Naish, paleontólogo de la Universidad de Southampton, en Hunting monsters (2017). La película tiene, a juicio de Naish, varios problemas ajenos a lo que se ve en la filmación: Patterson había publicado un año antes un libro titulado Do abominable snowmen of America really exist? (1966), había anunciado que quería obtener una grabación de un bigfoot y, además, el escenario de los hechos, Bluff Creek, había sido el sitio donde había debutado la criatura nueve años antes. Tres motivos para la sospecha.
Pies de 38 centímetros
Jerry Crew trabajaba en la construcción de una carretera en Bluff Creek cuando, en la mañana del 27 de agosto de 1958, al subir a su excavadora vio en el terreno huellas muy grandes de apariencia humana. Se lo contó a sus compañeros de tajo, y uno dijo que habían encontrado un rastro similar en otra obra cercana a cargo del mismo contratista, Ray Wallace, cuya reputación como bromista era por todos conocida. El contratista negó reiteradamente tener algo que ver con las huellas, y los obreros bautizaron al misterioso ser como Big Foot (Pie Grande). Desde ese momento, achacaron a la criatura todo acto vandálico.
Jerry Crew, con el molde de una huella del bigfoot. Foto: 'The Humboldt Times'.Tras la aparición de más huellas en Bluff Creek, el operario de excavadora viajó a principios de octubre a Eureka, la capital del condado de Humboldt, con un molde de yeso de una pisada y la esperanza de que alguien se tomara en serio la historia. Andrew Genzoli, columnista del diario local,  The Humboldt Times, se reunió con Crew el sábado 4 de octubre y al día siguiente el hombre aparecía en la portada del periódico con el molde de la huella. «¿Quién está dejando enormes pisadas de 38 centímetros cerca de Bluff Creek? ¿Son un fraude? ¿O son marcas reales de un hombre salvaje enorme, pero inofensivo, deambulando por el campo? ¿Puede ser un animal de tamaño legendario?», se preguntaba en las páginas interiores Genzoli, que bautizó al misterioso ser como bigfoot, en una sola palabra por resultar más periodístico. El nombre hizo fortuna y, como había pasado diez años antes con los platillos volantes, los avistamientos del bigfoot se multiplicaron.
Las preguntas de Genzoli tardaron 44 años en recibir respuesta, y fue demoledora. «Ray Wallace era el bigfoot. La realidad es que el bigfoot ha muerto», sentenció Michael Wallace, hijo del contratista de las obras de Bluff Creek, en diciembre de 2002, días después de la muerte de su padre a los 84 años. Un sobrino del empresario guardaba las plantillas de madera que su tío ataba a la suela de sus botas para imprimir las huellas que, según un compañero de trabajo, no hizo porque sí, sino para asustar a los vándalos que les destrozaban herramientas y les robaban material de obra. El hijo del contratista explicó que su madre había posado varias veces disfrazada de bigfoot para su padre, que tenía una gran colección de fotos de la criatura sacadas por él mismo.
«El bigfoot no existía en el imaginario popular antes de 1958. Estados Unidos tiene su propio monstruo, su propio abominable hombre de las nieves, gracias a Ray Wallace», declaró Mark Chorvinsky, director de Strange Magazine, al diario The Seattle Times en diciembre de 2002. Para Chorvinsky, que ya había apuntado en los 90 a Wallace como posible padre del bigfoot, la confesión de la familia ponía la existencia del homínido en entredicho porque, además de ser el artífice de las huellas de 1958, el contratista había sido quien había indicado a Patterson dónde ir para filmar a la criatura. «Ray me dijo que la película de Patterson era un fraude y que sabía quién estaba dentro del disfraz», aseguraba Chorvinsky.
Que el caso que dio nombre al homínido americano fuera un fraude y que la principal incógnita a día de hoy sobre la película de 1967 sea quién interpretó al monstruo no afecta a la popularidad de bigfoot, que cuenta con una legión de fieles y seguirá disfrutando de ella mientras haya sombras entre la maleza porque la ciencia no puede probar que algo no exista. Sea ese algo el bigfoot o el Ratoncito Pérez.

Cuando la ciencia mata a los monstruos

En un mundo con un número apabullante de cámaras de fotos, el bigfoot es hoy igual de esquivo que en los años 60, como Nessie, el abominable hombre de las nieves, los fantasmas y los platillos volantes, de los cuales sigue sin haber una imagen decente. Como los grandes felinos que desde hace unos años se dejan ver fugazmente por los campos de España y de los que, sin embargo, no hay ni orina, ni heces, ni pelo, ni restos de sus presas, ni nada de nada. De vez en cuando alguien anuncia que ha encontrado pelos del bigfoot, algo que debería ser habitual dadas las características del animal. Y en algunos casos esos pelos se han podido someter a análisis genético, con resultados frustrantes para quienes creen en la existencia del homínido americano. En julio de 2005, los testigos de un aparición en Teslin (Yukón, Canadá) recogieron un mechón de pelo del bigfoot. David Coltman, genetista de la Universidad de Alberta, hizo los análisis pertinentes para ver si se trataba de restos de un animal conocido o de algo «potencialmente interesante». «El perfil de ADN de la muestra de pelo que recibimos de Yukón encaja con el de referencia del bisonte norteamericano, Bison bison«, concluyó el científico, cuyo trabajo se publicó en la revista Trends in Ecology and Evolution.