Uri Geller

Uri Geller no engañó a la CIA con sus trucos

La CIA ha colgado en su web documentos sobre los proyectos de investigación psíquica militar desclasificados en 1995, que desde entonces podían consultarse en los Archivos Nacionales en Washington, sobre los que se han publicado varios libros en las últimas décadas y que demuestran que Uri Geller y otros charlatanes nunca demostraron científicamente ante los militares estadounidenses tener ningún poder paranormal. Si ha leído o escuchado en algún medio lo contrario, lo siento, pero no es verdad. Geller nunca convenció a la CIA de sus poderes, como dijo ayer La Sexta, por ejemplo.

A principios de los años 70, los parapsicólogos Harold Puthoff y Russell Targ sometieron a una serie de pruebas a Uri Geller en el Instituto de Investigación de Stanford (SRI), en Menlo Park (California), para comprobar si poseía el don de la telepatía. La iniciativa formaba parte de un programa del Pentágono para el desarrollo de los poderes paranormales con fines militares: soñaban con espías capaces de viajar mentalmente hasta instalaciones enemigas, capaces de manipular a distancia la mente del enemigo y hasta de inutilizar equipos militares, incluidas naves espaciales. EE UU temía que la Unión Soviética ganara la carrera de la guerra psíquica porque Moscú se había volcado en la investigación paranormal tras enterarse del experimento telepático del Nautilus de 1959, que en realidad nunca ocurrió y fue un invento de Jacques Bergier.

Según explicaron Puthoff y Targ en octubre de 1974 en la revista Nature, en los experimentos con Geller, éste estaba en una habitación cerrada, alguien hacía un dibujo -había varios métodos azarosos para determinar qué se dibujaba- y el israelí tenía que replicarlo mediante telepatía. Los investigadores aseguraban que había acertado en siete de trece ocasiones -algo extraordinario-, y una resultó especialmente llamativa: el objetivo era un racimo de uvas y dibujó uno con el número exacto de frutos, veinticuatro. Aunque Geller hizo las delicias de Puthoff y Targ doblando cucharas, éstos no lo consideraron prueba de nada porque no habían establecido unos mínimos mecanismos de control.

Controles insuficientes

Opinión que tenían los responsables de la ARPA sobre Uri Geller y los parapsicólogos Puthoff y Targ, según un informe del SRI.Ante el aparente éxito telepático de Geller, el teniente coronel Austin Kibler, psicólogo y director de Investigación Conductual de la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa (ARPA) de EE UU, pidió a su colega Ray Hyman, de la Universidad de Oregón, que examinara el trabajo los dos parapsicólogos, que  habían llegado a escribir en un informe preliminar que había quedado demostrada la habilidad paranormal del sujeto. Sin embargo, tras haber visto al dotado en acción en 1972 en el SRI, Kibler tenía “serias dudas de que sus logros fueran más allá de los propios de un mago” y estaba “muy preocupado porque el sesgo  de Puthoff y Targ a favor de la obtención de resultados minara su objetividad en el diseño de los procedimientos de control adecuados”, como así fue. Hyman concluyó que las medidas de control habían sido insuficientes y que Geller era “un completo fraude”, y Puthoff y Targ perdieron su contrato con el Pentágono.

Aunque habían asegurado que, durante las pruebas telepáticas, Geller estaba aislado en una habitación, no era así. El cuarto tenía una ventana transparente a la estancia desde la que se entraba y, a unos 80 centímetros de altura, un agujero relleno con gasa por el que podían meterse y sacarse cosas. El israelí podía ver y ser visto, escuchar lo que se decía al otro lado de la puerta y hasta recibir papeles. Además, entre los asistentes a los experimentos “contaba con dos cómplices en las personas de Shipi y Hannah Shtrang, a los que habían entrenado en Israel para que le transmitieran información durante las pruebas. Jean Mayo, devota de Geller, también estaba presente”, indica en su libro Fraudes paranormales (1980) el ilusionista James Randi, que desenmascaró al psíquico en los años 70. Esos compinches podían hacer gestos que Geller viera sobre lo que tenía que dibujar, y hay constancia de que, al menos en una ocasión, Mayo tarareó el tema principal de la película 2001: una odisea del espacio cuando Targ pidió que se incluyera una nave espacial en el dibujo que su amigo tenía que adivinar.

Dos décadas después y vista la falta de resultados a favor de la existencia de los poderes psiquicos, la CIA pidió un informe sobre la visión remota -en la que se habían centrado las investigaciones- a los Institutos Estadounidenses para la Investigación (AIR), una organización científica independiente. Los expertos dictaminaron que no estaba justificado seguir financiando unos trabajos que ya habían costado 20 millones de dólares al contribuyente y no habían demostrado nada. La CIA suspendió el programa en 1995 y desclasificó inmediatamente toda la documentación sobre él, que desde hace veinte años puede consultarse en los Archivos Nacionales, en Washington, y ahora la agencia de espionaje ha colgado en su web.

Sin embargo, ¿qué han dicho muchos medios españoles? Los que yo he leído y visto, que los documentos del programa Stargate, como se llamó la iniciativa, veían ahora la luz por primera vez y que Geller asombró en su día la CIA. Rigor mortis.

La visita de Uri Geller a España en 1975, en Radio Vitoria

Alejandra Eguiluz y yo hablamos el lunes de cómo la parapsicología española se dividió ante la visita de Uri Geller a nuestro país en 1975, científico crítico de las medicinas alternativas, en la decimocuarta entrega de la temporada de mi colaboración semanal en El mirador, en Radio Vitoria.

“Enfrentamiento Madrid-Barcelona… ¡y no por el fútbol! Por Uri Geller”

Portada del número 36 de la revista 'Karma.7'.“¡Uri Geller! En España ha sido donde la ciencia le ha tratado peor”, lamentaba Karma.7 en su portada de noviembre de 1975 (nº 36). Dos meses después, la polémica sobre los poderes sobrenaturales del israelí ascendía a conflicto territorial: “Enfrentamiento Madrid-Barcelona… ¡y no por el fútbol! Por Uri Geller”, alertaba la revista esotérica (nº 38). Hace cuarenta años, el mundillo parapsicológico español sufría por estas fechas la resaca de la visita a nuestro país de Uri Geller y su espectáculo ante los asombrados ojos de José María Íñigo en Directísimo (TVE) el 6 de septiembre.

Uri Geller (Tel Aviv, 1946) empezó a actuar como mago en clubes nocturnos de Israel a principios de los años 70. Poco después, saltó a la fama en Estados Unidos y Europa por su capacidad para doblar cucharas, arreglar relojes mecánicos, mover las agujas de brújulas y adivinar dibujos metidos en sobres gracias a sus poderes paranormales. En 1973, fue desenmascado en el Tonight show de Johnny Carson, donde no hizo ninguno de sus prodigios porque el presentador, ilusionista aficionado, le sometió a estrictos controles ayudado por el mago James Randi. Fracasó ante 40 millones de estadounidenses. Sin embargo, cuando en septiembre de 1975 acudió a Directísimo para promocionar su libro Mi fantástica vida, Íñigo le dejó hacer, y Geller pasmó a millones de españoles con sus trucos de magia disfrazados de dones sobrenaturales. Pero no engañó a ningún ilusionista ni a los pocos parapsicólogos críticos que había entonces en nuestro país.

Como cuento en mi libro El peligro de creer, el prestigitador José Luis Ballesteros exhibió las mismas habilidades que Geller ante un grupo de periodistas en una cafetería de Madrid el 28 de octubre de 1975. Y les explicó que no eran más que trucos de magia, en su caso y en el del israelí. Aquel día tenía que haberse presentado en la capital el libro Uri Geller al descubierto, en el que Ramos Perera, presidente de la Sociedad Española de Parapsicología (SEP), desenmascaraba a Geller, pero el acto se suspendió porque Franco agonizaba y se limitó a la demostración de magia de Ballesteros.

“Hombre indudablemente dotado”

La existencia de científicos e incluso parapsicólogos que denunciaron en España desde el principio el fraude de Geller indignó a los responsables de Karma.7. Así, el director de la revista, Josep Maria Armengou, firmaba en noviembre un articulo titulado “Inexplicable… y vergonzosa reacción contra Uri Geller”. Defendía a capa y espada al joven dotado, y concluía diciendo: “Sólo los parapsicólogos barceloneses, por boca del señor Rovatti hicieron unas declaraciones positivas situando a Uri Geller en su justa medida como hombre indudablemente dotado de unos poderes paranormales dignos de estudio”.

Armengou recogía en su informe testimonios entresacados de los “miles de recortes de prensa” que había recopilado, ya que “hasta el comentador político de cualquier periódico se metió con Uri (en bien o en mal)”. Así, en una entrevista en La Vanguardia, Geller aseguraba que, en contra de lo que algunos decían, ningún parapsicólogo español le había invitado a demostrar sus poderes en un entorno controlados. “Pero, si el reto antes aludido hubiera llegado hasta usted, ¿habría aceptado?”, le preguntaba el periodista esotérico. “No, rotundamente, no. Deben comprender que yo no puedo trabajar con cualquier persona y en cualquier parte”, respondía Geller, quien se jactaba de poder desintegrar la materia, aunque no a voluntad. “No está bajo mi control. No puedo controlar ese poder”, decía Geller, y recomendaba a Armengou que leyera lo que sobre sus poderes había publicado la revista Nature.

Foto de Uri Geller, con revelador pie, publicada en la revista 'Karma.7'.El director de Karma.7 incluía en su texto un carta abierta a Íñigo firmada por nueve investigadores del Instituto de Química Orgánica del Patronato Juan de la Cierva del CSIC que llamaban la atención sobre el hecho de que Geller había estudiado magia y decían que era sólo “un charlatán”. “En su primera tournée por Alemania -explicaban los químicos-, era simplemente un ilusionista, pero todo cambió en Estados Unidos, donde Geller encontró al astuto manager Andrija Puharich”. Pere Sola, Ángel Messeguer, Miguel Pericas, Josep Maria Moret, Consol Blanch, Xavier Guardino, Joan Casas, Montserrat Rull, María Rosa Cuberes y Adela Agelet destacaban que  “el ilusionista inglés Romark le ofreció 5.000 libras para realizar sus hazañas sin utilizar los trucos de los prestidigitadores. Geller ignoró este ofrecimiento”. Los firmantes consideraban el contenido de Directísimo “una triste manifestación del subdesarrolo intelectual que sufre nuestro país”. (¿Qué dirían ahora ante el supersticioso Cuarto milenio con el que compadrean sin vergüenza algunos científicos y divulgadores?) Armengou sentenciaba que era la opinión esperable de “asociados a un organismo científico oficial”.

La versión de la carta de los químicos que publicó Karma.7 procedía de El Correo Catalán, pero la de La Vanguardia era más larga y en un párrafo desmontaba las afirmaciones sobre Nature hechas por Geller en TVE. Los autores explicaban que Nature consideraba el artículo de Harold Puthoff y Russell Targ que recogía sus experiencias con Geller “flojo en el diseño y en la presentación… El experimento (de visión remota) se llevó a cabo de modo desconcertadamente vago… Los detalles dados de varias precauciones introducidas con el objeto deprevenir fraudes, conscientes e inconscientes, (eran)  desgraciadamente vagos”. La dirección de Nature puntualizaba que “el artículo, contrariamente al rumor extendido, no presenta ninguna evidencia  de la habilidad de Geller para doblar barras de metal acariciándolas, influenciar imanes a distancia o poner de neuvo en marcha relojes con ayuda de cierta psicoquinesia”. El editorial de Nature (vol, 251; 18 de octubre de 1974) citado por los científicos españoles recordaba que “publicar en una revista científica no equivale a recibir un sello de aprobación de la comunidad científica; más bien, sirve de aviso a la comunidad (científica) de que hay algo digno de su atención y escrutinio”. ¿Por qué el director de la revista esotérica española optó por la versión recortada de la carta de los científicos en vez de la larga?

Armengou continuaba con una serie de opiniones negativas, como la del psiquiatra Joan Obiols, decano de la Facultad de Medicina de Barcelona, que consideraba a Geller “un buen ilusionista”; la de Juan Tamariz, que explicaba cómo doblaba las cucharas; la de José Mallart, secretario de la SEP, para quien, a pesar de ser muy crédulo, lo del dotado era  pura superchería… Además, el periodista informaba de que el israelí no estaba dispuesto a someterse al juicio de ilusionistas, ya que había declarado a L’Express: “Ni aquí (por Francia) ni en ninguna parte me enfrentaré con los magos”. Lógico porque, cuando, sin él saberlo, prestidigitadores habían presenciado sus demostraciones, habían descubierto sus artimañas. “Uri Geller sólo sabe cuatro trucos. Cualquier buen ilusionista conoce entre treinta y cuarenta que hace extraordinariamente bien”, me decía hace cuatro años el gran Randi.

Un ‘contactado’ en defensa de Geller

Un mes después, Armengou defendía a Geller en el editorial de Karma.7 (nº 37), y  J. Roca Muntañola contestaba en un amplio reportaje a las críticas contra Geller y, de paso, revindicaba a otros apóstoles de lo paranormal como Nina Kulagina, Peter Hurkos, Ted Serios y Edgar Cayce. Pero fue en enero de 1976 (nº 38) cuando la revista echó el resto. Armengou llevó al editorial, titulado “¡Un científico que dice sí a Uri Geller!”, una misiva del historiador Francisco Aguilar Pilar, quien consideraba “imprudentes y resentidas” las manifestaciones de algunos de sus colegas y acusaba a los químicos del CSIC de no ser científicos por limitarse a “negar la posibilidad de hechos que no se ajustan a las leyes de la física conocidas. El verdadero científico ha de estar en disposición de aceptar la duda razonable en todos los fenómenos que escapan a sus actuales conocimientos”. “Afortunadamente, no todos los científicos españoles son ortodoxos, retrógados, conservadores y aún ineptos”, decía el director de la revista.

Portada del número 38 de la revista 'Karma.7'.En las páginas interiores, Armengou contraponía el no de los parapsicólogos madrileños a Geller con el sí de los barceloneses. De ahí el ridículo titular de la portada de la revista sobre eel “enfrentamiento” entre ambas ciudades. Reconocía que el libro de Ramos Perera “es un informe exhaustivo, diríamos completo, el clásico buscarle tres pies al gato… ¡Sí!, el libro nos demuestra, y bien palpablemente, que Uri Geller puede ser -eso dice el libro-, un farsante, que no tiene dotes paranormales, pero… luego escuchas a las parapsicólogos barceloneses y también dices ¡si!, U.G. es un paranormal. ¿Quién tiene razón? Muy particularmente, amigo Ramos Perera, diremos que creemos -el firmante de estas líneas, claro- en las dotes paranormales de U.G.”. Fe. Todo era cuestión de fe. Y los parapsicólogos catalanes la tenían en mayor cantidad que los madrileños. Así, Francesc A. de Rovatti, presidente del comité organizador del Congreso Nacional de Parapsicología, se quejaba de haber recibido amenazas de Perera por creer en la autenticidad del llamado efecto Geller.

En el colmo del disparate, el grueso de la defensa del israelí en ese número de Karma.7, corría a cargo de Fernando Sesma, un español que desde mediados de los años 60 creía estar en contacto con seres del planeta Ummo. “Yo no necesito ninguna prueba directa para creer lo que Geller afirma en su libro”, decía Sesma. Normal. Geller también era un convencido -o decia serlo- del contacto alienígena: sostenía que sus poderes se los dieron los extraterrestres cuando tenía 3 o 4 años. La puntilla la daba el grafólogo Pedro Germán Belda González (Mauricio Xandró), quien interpretaba la firma de Geller y veía en ella un “optimista, triunfador potencial, seguro de sí mismo hasta el exceso”, y una “persona excelente, pero débil a los aplausos y los elogios, orgullosa, exhibicionista, que no se resigna a no ser admirado por multitudes a cualquier precio”.

Cuarenta años después, estos viejos números de Karma.7 son la prueba patente de la inutilidad de la investigación paranormal. Nada, absolutamente nada, de lo que anunciaba la revista en sus portadas se ha hecho realidad. La acupuntura no ha pasado de ser una pseudoterapia ni se fabrica “oro alquímico” -eso decían en el nº 37- y sabemos que la civilización de las piedras de Ica y los poderes de Uri Geller son sendos engaños. Lo inquietante no es que hace cuatro décadas muchos españoles y parapsicólogos se tragaran los trucos del avispado israelí como si de algo sobrenatural se tratara, sino que todavía hoy en día los supuestos expertos en lo oculto prefieren creer a Geller a confiar en los magos, los mejores aliados a la hora de luchar contra los fraudes paranormales.

Banachek, un mago entre parapsicólogos

Banachek, con dos cubiertos doblados delante del fotógrafo durante su reciente visita a Bilbao. Foto: Borja Agudo.

“No hay nada paranormal en lo que hago”, dice Banachek. En la mesa, una cuchara retorcida, un tenedor doblado y otro con un diente separado del resto unos 40 grados. Inutilizados por arte de magia. Estaban como nuevos cuando los ha cogido de una mesa del NH Deusto, el hotel donde se aloja durante su fugaz visita a Bilbao dentro de una gira por clubes de ilusionistas españoles. Es martes. Ayer estuvo en Oviedo; mañana viaja a Valladolid. Esta noche actúa a puerta cerrada para sus colegas vascos, a los que asombrará y enseñará trucos en el cuartel general del Mago Oliver.

Steve Shaw -su nombre real- nació en Middlesex (Reino Unido) en noviembre de 1960, se crió entre Sudáfrica y Australia, y en 1976 se estableció en Estados Unidos. Es mentalista. Simula habilidades fantásticas como la adivinación, la telepatía, la telequinesis y la mediumnidad. Considerado uno de los mejores en su especialidad, diseña ilusiones para Penn & Teller, Criss Angel y David Blaine, entre otros. Además, es el director del reto paranormal de la Fundación Educativa James Randi, que ofrece desde 1996 un millón de dólares a quien demuestre poderes sobrenaturales en condiciones controladas, sin trampas ni trucos de magia.

“Recibimos muchas solicitudes, pero muy pocas pasan los filtros preliminares”, admite. Hay personas que creen tener poderes extraordinarios y no entienden que les pongamos condiciones para que la demostración sea científicamente admisible; otros proponen auténticas locuras. “Un tipo me aseguró una vez: «Puedo impedir un terremoto antes de que ocurra». Le respondí: «Vale. ¿Cómo podemos probarlo?». Me dijo: «Predeciré cuándo va a haber un terremoto. Tú consultas con un auténtico adivino que valide mi predicción y, seis meses antes de la fecha, me concentro e impido el terremoto». Le expliqué que, si existiera algún auténtico adivino, ya se habría llevado el millón”.

Shaw vivía en Sudáfrica cuando entró en contacto con la magia. Su madre se había divorciado de su padre, un ingeniero eléctrico que trabajaba para el Ejército estadounidense, antes de cumplir él un año. Se había vuelto a casar, había tenido otros dos niños, y los cinco se habían mudado de Reino Unido a Sudáfrica. Y un día la mujer desapareció. Abandonó a Steve y sus dos hermanos pequeños, que se quedaron a cargo de su padrastro. Cuando Uri Geller visitó el país en 1974 con su número de doblar cucharas y parar relojes, Steve tenía 14 años. “Recuerdo estar escuchando a Geller por la radio, coger una aguja entre mis dedos y que él decía: «¡Concentraos! ¡Concentraos! ¡Podéis doblarla!». Creí que había doblado la aguja. No mucho; sólo un poquito. Pero lo creí”.

Su fe en el israelí duró poco. Después de una breve estancia con su padre biológico en Australia, adonde viajó animado por sus abuelos paternos, con quienes siempre había tenido contacto, se trasladó a Estados Unidos con su familia americana. Entró en el instituto, compaginó los estudios con varios empleos y cayó en sus manos The magic of Uri Geller (La magia de Uri Geller, 1975), un libro del ilusionista James Randi, ya entonces un popular cazacharlatanes. “Entonces supe que Geller usaba trucos de magia. Me puse a inventar mis propias maneras de doblar cosas y, en el instituto, mis compañeros acabaron robando cubiertos de la cafetería para que se los doblara”. Creían que tenía poderes.

El proyecto Alfa

Steve Shaw, Michael Edwards y James Randi, en pleno proyecto Alfa. Foto: Dana Feinman.Poco después, escribía una carta a Randi en la que le aseguraba que, si se presentaba la oportunidad, podía hacerse pasar por psíquico y convencer a parapsicólogos de que tenía poderes. “No esperaba que me respondiera; pero lo hizo y me invitó a visitarle si pasaba alguna vez por Nueva Jersey, donde vivía entonces. Ahorré dinero y fui a visitarle. Resultó decepcionante. Randi no me pidió que doblara una cuchara ni que hiciera nada. Sólo quería conocerme, saber cómo era. Si se presentaba la oportunidad de engañar a parapsicólogos, él no me iba a enseñar nada y así luego podría decir: «Miren, este chico es autodidacta. ¿Se imaginan lo que hubiera sido capaz de hacer si yo le hubiera adiestrado?». Además, me pidió que no dijera a nadie que era mago para no quedar al descubierto si investigaban mi pasado”. Shaw guardó el secreto en el instituto y pronto se presentó la oportunidad de demostrar sus habilidades en el laboratorio.

James S. McDonnell, presidente de la McDonnell-Douglas, era un creyente en lo paranormal. En 1979, donó medio millón de dólares a la Universidad Washington de San Luis (Misuri) para que pusiera en marcha el Laboratorio McDonnell de Investigación Psíquica. Su director, el físico Peter Phillips, anunció en los medios que querían investigar las capacidades psicoquinéticas, de alterar la materia con el poder de la mente. Recibieron 300 solicitudes de posibles candidatos. “Les escribí una carta diciéndoles que podía hacer lo que querían y me pidieron que les visitara -recuerda Banachek-. Días después, Randi me llamó para decirme que se iba a poner en marcha el Laboratorio McDonnell. Le conté que me habían aceptado en el proyecto. Y me dijo: «Me ha telefoneado otro joven mago al que también han aceptado. Se llama Michael Edwards». Cuando conocí a Mike en un aeropuerto, camino del Laboratorio McDonnell, conectamos inmediatamente”.

Randi se ofreció a Phillips para asesorar a su equipo y, de paso, le recomendó una serie de medidas de control para las pruebas. Recibió la callada por respuesta. Entonces, puso en marcha con Shaw y Edwards, de 18 y 17 años, respectivamente, el proyecto Alfa. Su objetivo era demostrar que, por mucho dinero del que los parapsicólogos dispusieran, la calidad de sus investigaciones no mejoraría y que, además, no aceptarían la ayuda de magos y, por eso, serían engañados con simples trucos de ilusionismo.

Los jóvenes participaron en experimentos en el Laboratorio McDonnell durante unas 180 horas en tres años. “Al principio, hacíamos efectos con cosas muy pequeñas porque no sabíamos si había cámaras o nos estaban viendo de algún modo”, recuerda Banachek. Pronto comprobaron que los controles eran casi inexistentes. “Nos dimos cuenta de que podíamos engañar a los científicos”. Lo hicieron a lo grande. “Cada vez que les engañábamos, se lo contábamos a Randi con todo lujo de detalles. Dos o tres semanas después, él escribía una carta a Phillips explicándole que, si tuviera que hacer una cosa determinada -la que nos habían pedido a nosotros-, podría hacerla así, así y así. Describía exactamente cómo lo habíamos hecho Mike y yo, pero los parapsicólogos nunca cayeron en la cuenta del engaño”.

Prodigios sin fin

Una vez le pidieron a Shaw que probara a alterar una cinta de vídeo con el poder de la mente. Se puso frente a la videocámara, se concentró mirando al objetivo y, de repente, los investigadores vieron en sus monitores un destello al que poco después siguió otro. “No me miraban. Miraban a sus pantallas. Mientras simulaba concentrarme, había deslizado una mano hasta el lateral de la cámara y jugado con el control de brillo”. En otra ocasión, pusieron una serie de objetos metálicos en una mesa, los cubrieron con un acuario boca abajo y sellaron todo. Iban a dejarlos así una noche, vigilados por una cámara de fotos, para ver si Edwards y Shaw eran capaces de alterarlos con sus superpoderes. La cerradura de la puerta era buena, y Phillips llevaba la llave al cuello. “Dejamos una ventana abierta y, por la noche, Mike y yo entramos por ella, apagamos la cámara, levantamos el acuario, doblamos y revolvimos todo, encendimos la cámara y nos fuimos a dormir. A la mañana siguiente, Phillips me preguntó si había dormido bien. Le dije que no mucho, que había soñado que iba al laboratorio y todo se doblaba. Se fue y volvió gritando: «¡Ha ocurrido! ¡Ha ocurrido! ¡Has soñado con ello y todo se ha doblado!»”.

Durante un experimento telepático, Edwards y Shaw fueron retados a adivinar los dibujos metidos en unos sobres cerrados. A cada uno de ellos le daban un sobre, le dejaban tenerlo un rato en las manos y después lo inspeccionaba un investigador para descartar cualquier manipulación. Entonces, el joven anunciaba su predicción. Acertaron muchas veces, aunque no el 100% porque hubiera resultado sospechoso. ¿Cómo lo hacían? Los sobres estaban cerrados con grapas. Las quitaban con las uñas con cuidado, echaban una ojeada dentro y las volvían a poner en su sitio. En una ocasión, a Edwards se le cayeron las grapas y, para evitar que le cazaran, abrió el sobre delante del experimentador para comprobar su predicción sin que el científico le llamara la atención por saltarse el protocolo. Hacían lo que querían.

Sus poderes fueron refrendados por otros parapsicólogos a los que visitaron durante aquellos tres años. “Berthold Schwarz fue más fácil de engañar que los científicos del Laboratorio McDonnell. Creía en cualquier cosa”. Un día les contó que conocía a una mujer que sacaba fotos del cielo normales y corrientes, pero, cuando las revelaba, aparecían en ellas ovnis que eran invisibles al ojo humano. “«¿Podríais hacerlo?». Dije que sí. Siempre decía que sí a todo. No tenía nada que perder. Cogí la cámara y fotografié el cielo, unos coches, el aparcamiento… Cuando revelaron las fotos, Berthold vio en ellas a una mujer dando a luz, a Jesucristo y cosas así. Todo lo que yo había hecho era escupir en el objetivo sin que él se diera cuenta. Cuando Berthold me enseñó las fotos, yo también veía esas cosas. Era como buscar formas en las nubes”.

El mentalista estadounidense, en una actuación. Foto: Banachek.Otro parapsicólogo, Otto Schmit, de la Universidad de Minnesota, compró unos relojes digitales baratos y les preguntó si podían alterarlos paranormalmente. Edwards sacó uno del laboratorio a hurtadillas a la hora de comer, lo metió dentro de un sándwich, pidió que se lo calentaran en el microondas, y el reloj se volvió loco. Schmitt lo consideró una prueba de los extraordinarios poderes de Edwards y Shaw.

Al descubierto

En julio de 1981, Randi lanzó dos rumores en una convención de magos en Pittsburgh. “Según uno, Mike, Randi y yo estábamos engañando a la gente del Laboratorio McDonnell; según el otro, Mike, Randi, la gente del Laboratorio McDonnell y yo queríamos engañar a toda la comunidad científica”. Días después, los parapsicólogos se lo contaron, entre risas, a los dos jóvenes. “En ningún momento nos preguntaron si había algo de verdad en los rumores, lo que nos habría obligado a confesar”.

Semanas más tarde, Randi se encontró con Phillips en la reunión anual de la Asociación Parapsicológica en Siracusa (Nueva York) y le pidió un vídeo con los prodigios de Edwards y Shaw que había entusiasmado a los asistentes al congreso. El mago envió al físico un detallado informe de los trucos que veía en la cinta. Phillips estrechó los controles sobre los jóvenes, se acabaron los milagros, y Randi destapó el pastel del proyecto Alfa en la revista Discover. Dos aprendices de mago habían engañado a la flor y nata de la investigación psíquica. “¡Randi ha hecho retroceder la parapsicología cien años!”, lamentó Berthold Schwarz.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

Uri Geller dice que le han pedido que use sus poderes para encontrar el avión de Malaysia Airlines

Tuit de Uri Geller diciendo que le han pedido ayuda para localizar el vuelo MH370 de Malayisia Airlines con su superpoderes.“Me han pedido ayuda. Yo creo en la visión remota. ¿Me puedes ayudar? ¿Puedes, por favor, tratar de ver donde crees que cayó el avión ? ¿Cómo y por qué? ¿Cuáles son tus sentimientos? ¿Qué te dice la intución? Gracias”. Éste fue el mensaje que colgó Uri Geller el martes a las 2.38 horas en Twitter. Una muestra más de su infinita desvergüenza.

Casi treinta años después de haber saltado a la fama engañando a periodistas ingenuos con trucos de ilusionismo que hace pasar por poderes paranormales, Geller no sabe cómo seguir llamando la atención. En diciembre pasado, deslumbró con los mismos trucos de siempre a un crédulo Pablo Motos en su programa de Antena 3 y anunció que iba a parar el reloj de la Puerta del Sol en el ensayo general de las campanadas de Nochevieja del 30 de diciembre. No lo hizo; pero consiguió su objetivo, que se hablara de él. Ahora, con el mismo objetivo, no duda en intentar aprovecharse de lo que tiene todos los visos de ser una tragedia, la desaparición de un Boeing 777 de Malaysia Airlines el viernes cuando volaba entre Kuala Lumpur y Pekín.

La visión remota es la presunta capacidad de saber lo que ocurre mucho más allá de los límites de nuestros sentidos, incluso a miles de kilómetros de donde estamos. La CIA llegó a investigar esa posibilidad entre 1970 y 1994 dentro del proyecto Stargate, que, como ha sucedido siempre con este tipo de estudios, fue cancelado cuando quedó claro que los supuestos dotados no veían, literalmente, nada.

Geller sostiene que sus superpoderes se los otorgaron seres extraterrestres cuando tenía 3 años y que, en su día, fue contratado por Pemex y la sudafricana Anglovaal Corporation para detectar reservas minerales mediante visión remota. Todo mentira, claro. “Nadie puede dudar de los poderes sobrenaturales de Geller para la autopromoción”, advertía en 2006 el periodista Matti Friedman. Siempre ansioso de publicidad, aunque sea a costa de la desaparición de 239 personas; ése es el auténtico Uri Geller.