Uri Geller, el ‘skin’ Antonio Salas y la ingenuidad de Rodrigo Cortés

Rodrigo Cortés, director de 'Luces rojas'. Foto: Efe.

“Me he encontrado con gente como, por ejemplo, Uri Geller, al que en algunos casos concretos le puedes encontrar el truco y que, sin embargo, cuando le ves doblar metales, compruebas que todas las explicaciones que dan los expertos en desenmascarar este tipo de fenómenos no son válidas”, dice Rodrigo Cortés en una entrevista en Cinemanía. No sé hasta dónde alcanzan los conocimientos de ilusionismo del director de Luces rojas, película que relata el enfrentamiento entre una cazacharlatanes (Sigourney Weaver) y un dotado (Robert De Niro), pero magos como James Randi hace décadas que pusieron a Geller en su sitio. Como escribía anteayer en El Correo, ni Geller ni sus colegas han demostrado nunca sus poderes extraordinarios ante ningún ilusionista: cuando tienen un prestidigitador delante, sus milagros se desvanecen. Entonces, ¿cómo se explica la exótica conclusión de Cortés?

La respuesta está en su guía en el mundillo paranormal,  un individuo que tiene en sus altares nada menos que a Juan José Benítez y Bruno Cardeñosa, y que desde hace años intenta hacerse pasar por escéptico: Manuel Carballal, a quien Cortés considera “uno de los periodistas más conocidos del mundo del misterio, con una vocación bastante escéptica y formación en ilusionismo”. Carballal, que ha firmado sus tres libros de más éxito como Antonio Salas –Diario de un skin (2003), El año que trafiqué con mujeres (2005) y El palestino (2010), es un traficante de misterios que siente debilidad por Geller, de quien dice  lo mismo que Cortés, que, a veces, emplea trucos y, a veces, no.

‘Escéptico de conveniencia’

Ese ufólogo gallego es un escéptico de conveniencia. Denuncia algunos fraudes palmarios y, al mismo tiempo, da por buenos otros no menos evidentes. Lo primero le reviste de un cierto halo de incrédulo ante los más ingenuos; lo segundo le permite seguir siendo un colaborador habitual de las principales revistas y programas esotéricos. Así, en 2009, presentaba en Enigmas una imagen tomada en Costa Rica como la mejor foto ovni de aquel año. Como descubrió poco después Juan Carlos Victorio, el platillo volante costarricense era, en realidad, una mariposa.

Carballal sostiene todavía que el capitan Thomas Mantell -considerado el primer mártir de la ufología– murió en la tarde del 7 de enero de 1948 cuando, a los mandos de su caza Mustang P-51, perseguía un platillo volante cerca de la base aérea de Godman, en Kentucky. La gente que vio el objeto desde tierra lo describió como “un helado de cucurucho con la parte superior de color rojo”. El capitán Mantell perdió la vida tras desvanecerse cuando intentaba alcanzar, con un avión sin equipo de oxígeno, un globo del programa Skyhook de estudio de los rayos cósmicos, secreto en los años 40. Es algo que se sabe desde hace décadas, a pesar de lo cual Carballal sigue vendiendo el suceso como un caso ovni. Al igual que hace con otros muchos avistamientos explicados en los que se han visto involucrados pilotos.

“Eso que muchos llaman escepticismo suele ser negacionismo. Escéptico para mí es el que duda. En ambos lados de la argumentación se suelen poner en lid dos formas de creencia. Unos y otros tienden a aceptar exclusivamente aquello que refuerza sus posiciones previas y a descartar todo lo que las discuta sin profundizar en absoluto. Creemos aquello que nos es más conveniente creer y a partir de las conclusiones elaboramos un sistema teórico que las sostiene”, decía Cortés a mi compañero Oskar Belategui hace unos días, en otro claro ejemplo de contaminación del pensamiento carballalesco. No conozco a ningún escéptico que no esté dispuesto a cambiar de opinión respecto a lo que sea si le presentan las pruebas pertinentes. A ninguno. El escepticismo científico no es una creencia, es un modo de enfrentarse a la realidad para que los engañabobos no te vendan truco de ilusionismo por poder paranormal, mariposa por nave extraterrestre.

El cineasta español está a un paso del escepticismo; pero es un gran salto el que le queda por dar. “El 99% de los casos (paranormales) a los que tuve acceso tenían origen natural, eran errores de interpretación o directamente fraudes. Pero queda ese 1% que se resiste a ser explicado”, cuenta en Cinemanía. Si Cortés se hubiera dejado asesorar por escépticos y científicos de verdad, su opinión sería otra. Porque ese residuo inexplicado no existe fuera de las revistas esotéricas, donde autores como Carballal convierten observaciones de bólidos, nubes y planetas en encuentros con misteriosas naves de otros mundos. Si no, hace tiempo que la ciencia habría dado cuenta de esos fenómenos. Como dice Cortés, cuya película estoy deseando ver porque me han hablado muy bien de ella, “el único modo de sacar un conejo de una chistera es habiéndolo metido antes”.