Abducciones

Cuando Steven Spielberg creía en los ovnis

Los científicos asisten al aterrizaje de la gran nave nodriza en la base secreta de la Torre del Diablo, en Wyoming, al final de 'Encuentros en la tercera fase'.

El ingeniero eléctrico sacó a su primogénito de la cama. Sin quitarle el pijama, lo metió en el coche. Quería que el niño, de once años, viera un cometa que pasaba cerca de la Tierra. Salieron de Phoenix (Arizona) y se adentraron en el desierto de Sonora. Media hora más tarde, estaban tumbados en la arena sobre una manta, rodeados de decenas de personas con la mirada clavada en el cielo. No vieron el cometa prometido, pero sí una espectacular lluvia de estrellas. El pequeño volvió a casa encantado. Se hizo con un telescopio, empezó a leer ciencia ficción, disfrutó con películas como Ultimátum a la Tierra (1951) y Planeta prohibido (1956), se sintió fascinado por el fenómeno de los platillos volantes y, veinte años después, localizó en el desierto de Sonora el inicio de su obra más largamente soñada.

Cuando Steven Spielberg (Cincinnati, 1946) estrenó Encuentros en la tercera fase el 15 de noviembre de 1977, creía que el contacto con seres de otros mundos era inminente. “En los 70 estaba absolutamente convencido de que estábamos siendo visitados por extraterrestres”, reconocía en agosto de 2005. Encuentros es la versión comercial de una película, Firelight (Luz de fuego), que había rodado con sólo 16 años, un presupuesto de 500 dólares y amigos y familiares como actores. Su estrenó en marzo de 1964 en Phoenix se había saldado con un beneficio de un dólar y con el joven Spielberg empeñado en trasladar la cinta de 8 milímetros a la pantalla grande.

Spielberg, con 16 años, prepara el rodaje de un despegue para 'Firelight'. Foto: Archivo de Steven Spielberg.El éxito de Tiburón (1975) le ofreció la oportunidad de hacerlo cuando todavía no había cumplido 30 años. En un principio pensó en titular la película Watch the skies! (¡Vigilad los cielos!), por la frase final de El enigma de otro mundo (1951). Al final optó por Close encounters of the third kind (Encuentros cercanos del tercer tipo, literalmente). Como casi todo en el filme, el título tiene su origen en la subcultura ufológica, de la que el realizador se empapó en su adolescencia y juventud.

El astrónomo Joseph Allen Hynek, de la Universidad del Noroeste, había sido durante más de veinte años asesor de la Fuerza Aérea de Estados Unidos en la investigación de casos de platillos volantes cuando, a finales de los 60, se cayó del caballo de la incredulidad para convertirse en el padre de la ufología científica. En 1972 publicó The ufo experience (La experiencia ovni), libro en el que divide los avistamientos en observaciones lejanas y cercanas, siendo estas últimas las que tienen lugar a menos de 150 metros del testigo. Dentro de las primeras, distingue las luces nocturnas, los discos diurnos y los objetos detectados por radar, y entre las segundas están los encuentros cercanos del primer tipo -el objeto no interactúa ni con el testigo ni con el entorno-, los del segundo tipo -deja pruebas en forma de huellas, quemaduras…- y los del tercer tipo –se ve a los tripulantes–, que dan el título original a la película, mal traducido al español como Encuentros en la tercera fase.

Joseph Allen Hynek, en 'Encuentros en la tercera fase'.Ufólogos en la ONU

Nada más enterarse por la prensa del proyecto de Spielberg, Hynek le escribe para expresarle su malestar. “Aparentemente el título ha sido tomado de mi libro The ufo experience“, le dice en una carta el 8 de enero de 1976. Días después, el cineasta le explica que el título se lo ha sugerido un amigo tras leer el libro y que va a exigir a los miembros del equipo creativo de la película que lo lean. El ufólogo recibirá 10.000 dólares en concepto de derechos cinematográficos y otros 1.500 como asesor técnico. Además, saldrá en la película 8 segundos abriéndose paso, con su característica pipa, entre los asistentes al encuentro con los visitantes en la base de la Torre del Diablo (Wyoming) y conseguirá que Columbia pague 20.000 dólares por 2.000 suscripciones al boletín de su Centro para el Estudio de los Ovnis. Excepto los discos diurnos, que hubieran matado la sorpresa final, en la película se suceden los demás tipos de encuentros, basados en casos reales con la excepción de la abducción del niño y el apoteósico primer contacto.

Hynek no es el único ufólogo involucrado en Encuentros. Claude Lacombe, el personaje interpretado por François Truffaut que descubre el lenguaje musical de los visitantes, está inspirado en Jacques Vallée, ufólogo galo y colaborador del autor de The ufo experience. En julio de 1978, Hynek, Vallée y el también francés Claude Poher se reúnen en Nueva York con Kurt Waldheim, secretario general de la ONU, para informarle sobre los ovnis. En noviembre, Hynek pide ante la Asamblea General de la ONU que se cree una agencia multinacional para su estudio. En su opinión, detrás del fenómeno hay “alguna forma de inteligencia”.

Roy Neary, rodeado por los extraterrestres en 'Encuentros en la tercera fase'.Es lo que piensa gran parte de la opinión pública en los años 70, cuando los gobiernos todavía mantienen el secreto sobre sus investigaciones de visiones de ovnis. Ahora sabemos que en los archivos de la CIA, el FBI y el Ejército del Aire español no hay extraterrestres, sino en el mejor de los casos testigos impresionables que toman estímulos convencionales -planetas, estrellas, faros de coches…- por naves de otros mundos y pruebas militares convenientemente ocultas tras la cortina de humo extraterrestre. Como pasó en Canarias el 5 de marzo de 1979, cuando decenas de miles de personas presenciaron un espectáculo nocturno causado por el lanzamiento de un misil desde un submarino estadounidense, pero en los medios se habló de ovnis durante años.

El triángulo de las Bermudas

Steven Spielberg coge la idea de la investigación gubernamental y las abducciones, en aquella época algo marginal en la ufología, y las combina con otro misterio de moda, el de las desapariciones del triángulo de las Bermudas. Al principio de Encuentros, aparecen en el desierto de Sonora, intactos, cinco aviones torpederos desaparecidos durante un vuelo de entrenamiento cerca de Florida el 5 de diciembre de 1945. Al final del filme, los tripulantes de ese escuadrón, el Vuelo 19, bajan de la nave nodriza que aterriza en la Torre del Diablo sin que por ellos haya pasado el tiempo.

Hallazgo de los aviones del 'Vuelo 19' en el desierto de Sonora en 'Encuentros en la tercera fase'.

El misterio del triángulo de las Bermudas no existió fuera de los libros de Charles Berlitz, nieto del fundador de las academias de idiomas que se hizo millonario con el montaje. Él y otros autores de su escuela tergiversaron sucesos reales para rodear la región -un triángulo imaginario con vértices en Florida, Bermudas y Puerto Rico- de un aura de misterio, llegando a inventarse accidentes que nunca ocurrieron. En el caso del Vuelo 19, ocultaron a sus lectores que se trataba de una misión de adiestramiento en orientación sin instrumental y que una cadena de errores llevó a los pilotos a perderse hasta que se les acabó el combustible sobre el Atlántico.

Encuentros no es ciencia ficción; son hechos científicos”, dijo Spielberg al actor Bob Balaban en marzo de 1976 cuando le propuso participar en el filme. Hace años que no piensa así. Ya no cree que nos visiten seres de otros mundo por, entre otras razones, la falta de pruebas: en un mundo lleno de videocámaras, las imágenes de ovnis siguen siendo tan malas como las de los 50 y 60. Pero nada de eso quita mérito a Encuentros, la mejor película sobre el mito de las visitas extraterrestres, una obra maestra que costó 20 millones de dólares y recaudó 300.

¿Sabía qué…?

George Lucas, Steven Spielberg y François Truffaut, en Mobile, durante el rodaje de 'Encuentros en la tercera fase'.Spielberg ganó millones con… La guerra de las galaxias

George Lucas visitó en julio de 1976 el hangar de Mobile (Alabama) donde se rodaba el desembarco alienígena final. Estaba convencido de que la película de su amigo iba a ser un taquillazo, no como la que él estaba acabando. “Te daré el 2,5% de mis beneficios de La guerra de las galaxias si me das el 2,5% de los tuyos de Encuentros en la tercera fase“, propuso a Steven Spielberg. Aceptó e hizo un gran negocio.

R2D2 viaja en la nave nodriza de la Torre del Diablo

R2D2 es una de las miniaturas escondidas en la inmensa nave que aterriza en la Torre del Diablo. Visible cuando el ovni pasa sobre la madre del niño abducido, es una broma del diseñador Ralph McQuarrie, creador también del universo visual de Star wars, incluidos Darth Vader, C-3PO y R2D2. La maqueta está en el Museo Nacional del Aire y el Espacio del Instituto Smithsoniano, en Washington

300 combinaciones de 5 notas

Trescientas combinaciones de cinco notas presentó John Williams a Spielberg para el saludo musical de los alienígenas. Eligieron la ahora inconfundible re-mi-do-do-sol. En la jam session final, la nave nodriza se expresa a través de una tuba y un oboe; los humanos, mediante sintetizadores.

Los grises se impusieron al resto de los extraterrestres

El niño Cary Guffey y el extraterrestre de 'Encuentros en la tercera fase'.Aunque ya había en la historia de la ufología extraterrestres grises de ojos almendrados, Encuentros hace que este modelo desbanque al resto -desde gigantes rubios hasta enanos peludos- en la imaginería ovni. Carlo Rambaldi diseña el rostro del jefe de los alienígenas basándose en fotos de Cary Guffey, el niño abducido, para transmitir la amabilidad que buscaba Spielberg en los visitantes.

Night skies, la secuela que nunca existió

Encuentros sacó de la bancarrota a Columbia, que pidió a Spielberg una secuela. Les ofreció en principio Night skies (Cielos nocturnos), una terrorífica historia de una familia asediada por violentos extraterrestres en un pueblo de la América profunda. Basada en un caso ovni de 1955, en el que unos gañanes se liaron a tiros con unos alienígenas que en realidad eran búhos, al final Spielberg renunció a rodarla porque, después de En busca del arca perdida, quería algo más tranquilo. Así nació ET.

Bettina Rodríguez Aguilera: la congresista abducida

Bettina Rodríguez Aguilera tenía 7 años cuando una noche que estaba en casa con sus padres abandonó la seguridad del hogar. “Telepáticamente (los extraterrestres) me dijeron que fuera para fuera”, recordaba cuatro décadas después en un programa de un canal de televisión hispano de Florida. Fuera, contaba en 2009, la esperaban tres seres “rubios y corpulentos”, dos mujeres y un hombre, con los que se metió en una “nave redonda”. Fue el primero de los “cinco o seis” encuentros en la tercera fase que ha vivido la empresaria, concejala de la ciudad de Doral y ahora candidata republicana a la Cámara de Representantes.

Nadie se acordó de las aventuras marcianas de Rodríguez Aguilera hasta que el lunes las sacó a la luz The Miami Herald. El diario había descubierto en YouTube dos vídeos de Arrebatados, un programa de entrevistas y debate de América TeVé, en los que la aspirante a congresista hablaba de sus experiencias con los extraterrestres. Los alienígenas con los que contactó a los 7 años, explica en los vídeos, llevaban “vestimentas de una pieza” y se parecían al Cristo de Corcovado. La nave tenía “asientos redondos y piedras de cuarzo” como mandos. No queda claro si la llevaron a dar una vuelta por esos mundos de Dios o solo disfrutó de una visita guiada por la nave. Pero sí que se encontró los visitantes varias veces durante los años siguientes y le revelaron algunos secretos.

Bettina Rodríguez Aguilera con Ivanka Trump en septiembre.Siempre telepáticamente, le contaron que en unas cuevas de la isla de Malta “hay 30.000 cráneos diferentes a los nuestros”; que “el centro de la energía del mundo está en África”; que “Dios es una energía universal”; y que el Castillo de Coral de Miami, una atracción turística construida en 1920 por un excéntrico, en realidad “es una pirámide de Egipto”. “Me explicaron las cosas que iban a pasar y que están pasando”, aseguraba Rodríguez Aguilera, que eludía dar más detalles a pesar del interés de la conductora del programa, la periodista María Laria.

Cuando The Miami Herald le preguntó el viernes sobre sus encuentros con alienígenas, la política republicana respondió con un comunicado en el que no aclaraba nada. Recordaba que mucha gente, asegura haber visto ovnis y que científicos como Stephen Hawking y el Vaticano creen que “probablemente no estamos solos” en el Cosmos. Y añadía: “Me uno a la mayoría de los estadounidenses que creen que debe haber vida inteligente en los miles de millones de planetas y galaxias que hay en el Universo”. ¿Adónde vas? Manzanas traigo. Porque una cosa es que haya vida extraterrestre y otra que humanoides rubios te abduzcan repetidamente. El martes, Bettina Rodríguez Aguilera, cuyo yerno Yarrod Ager es vicejefe del gabinete del vicepresidente Mike Pence, acusaba en Facebook a The Miami Herald de destacar “de manera negativa una experiencia que tuve cuando era una niña de 7 años”.

La noche que aluciné

'La pesadilla', de John Henry Fuseli.Creo que nunca he pasado más miedo. No sé cuánto duró, pero seguramente fueron unos segundos. Sucedió en Bilbao, en casa de mis padres. Por aquel entonces, vivíamos en el piso siete personas -mis padres, mis dos hermanas, mi abuela materna, mi hermano y yo-, así que el tráfico nocturno por el pasillo para ir al váter no era raro. Estaba en la cama y en la de al lado dormía mi hermano. Tumbado sobre el costado derecho, le veía a él y una franja del pasillo, gracias a que la puerta estaba entornada unos 45 grados. De repente, apareció recortada en el umbral una figura humana. Mi padre, pensé, que ha ido al baño y se asoma para ver si estamos dormidos. No era mi padre; no sé cómo lo supe.

El individuo entró en el cuarto y se dirigió lentamente hacia mi cama. Por la silueta, era un hombre. Oí sus pasos y, según se acercaba, distinguí un cuchillo grande en su mano derecha. Intenté decir algo; pero no podía articular palabra. Traté de moverme; pero estaba paralizado. Me angustié. Mi hermano dormía profundamente, ajeno a todo. La sombra llegó hasta mi lado y levantó el cuchillo como si fuera a apuñalarme. Seguía sin poder moverme; ni gritar. El cuchillo cayó hacia mí y, cuando sentí su punta en mi pecho, el visitante se esfumó, de mi boca salió un gemido y por fin pude moverme. Estaba empapado en sudor. Todo había sido producto de mi imaginación.

Cuando viví esa experiencia, tenía 19 o 20 años. Lo sé porque, en cuanto desperté, fui consciente de lo que me había ocurrido: había sufrido una alucinación hipnagógica o hipnopómpica. Meses antes, había sabido de ese tipo de fenómenos leyendo una revista de ovnis, The MUFON Ufo Journal, a la que estaba suscrito. El artículo se titulaba “Imagery and close encounters” (Imaginería y encuentros cercanos), lo firmaba Keith Basterfield y se publicó en el número 162 (agosto 1981) de la revista de la Red Ovni Mutua (MUFON). Fundada en 1969, la MUFON es una de las más veteranas organizaciones creyentes de estudio de los ovnis del mundo. A principios de los años 80 del siglo pasado, yo estaba suscrito a su revista y a la de la Organización para la Investigación de los Fenómenos Aéreos (APRO), creada en Estados Unidos en 1952, activa hasta 1988 y de la cual la MUFON era una escisión.

Portada del número de 'The MUFON Ufo Journal' que incluía el artículo sobre visiones hipnagógicas e hipnopómpicas.Basterfield sugería en The MUFON Ufo Journal que las visiones hipnagógicas -que ocurren entre la vigilia y el sueño- e hipnopómpicas -que suceden entre el sueño y la vigilia- podían explicar cientos de casos de la literatura ufológica. El tiempo e investigaciones como las de Susan Clancy han demostrado que esas alucinaciones están en el origen de fenómenos como las abducciones extraterrestres, las experiencias extracorporales y otras vivencias extraordinarias. Como apunta Oliver Sacks en Alucinaciones (2012), es lícito preguntarse “hasta qué punto las experiencias alucinatorias han dado lugar a nuestro arte, nuestro folklore e incluso nuestra religión”, incluidas todo tipo de presencias, desde demonios hasta alienígenas. Siguiendo a Sacks, por su naturaleza aterradora, mi vivencia es muy probable que fuera una alucinación hipnopómpica: me desperté por algo en mitad de la noche, y mi cerebro me hizo una jugarreta. Yo he creído siempre que fue una visión hipnagógica, previa al sueño, pero posiblemente esté confundido.

Esos dos tipos de visiones son bastante habituales, si bien no siempre van acompañadas -como en mi caso- de parálisis del sueño, la imposibilidad temporal de moverse. Yo tuve suerte por partida doble: sufrí una experiencia completa -la alucinación era muy vívida- y supe enseguida de qué se trataba. Mis lecturas ufológicas me salvaron de creer que aquella noche algo me había visitado mientras dormía. Si no, igual hubiera acabado en la consulta de un hipnoterapeuta sin escrupulos que, dependiendo de sus inclinaciones, me podía haber convencido de que se había aparecido ante mí un visitante de otro mundo, un demonio u otro ser sobrenatural.

La obsesión por los ovnis mató al piloto autraliano Frederick Valentich cuando perseguía uno en 1978

“Melbourne, esa extraña aeronave está suspendida otra vez sobre mí. Está suspendida; no es una aeronave”. Fueron las últimas palabras del piloto Frederick Valentich hacia las 19 horas del 21 de octubre de 1978, cuando volaba en su avioneta entre el aeropuerto de Moorabbin (Melbourne) y la isla del Rey, al sur de Australia. El controlador aéreo Steve Robey escuchó un sonido metálico y, después, nada. En los días siguientes, la Prensa australiana achacó la desaparición del joven, de 20 años, a los platillos volantes, con titulares del estilo de “Misterio ovni. Un avión se desvanece tras un fuerte sonido metálico“, y el caso de Valentich pasó a formar parte de los clásicos de la ufología. 35 años después, el exmilitar estadounidense James McGaha y el investigador Joe Nickell resuelven el enigma este mes en las páginas de The Skeptical Inquirer.

Portada de 'The Australian' sobre la desaparición de Frederick Valentich.

La desaparición de Frederick Valentich fue uno de los sucesos ovni más populares de finales de los 70, una época dorada para la ufología que, en España, alcanzó el máximo interés público con el caso Manises, en el cual un avión de línea hizo un aterrizaje de emergencia en Valencia porque le seguía un objeto no identificado, y el llamado ovni de Canarias, visto por decenas de miles de personas. Como otros muchos, me enteré del suceso australiano a través de la revista Mundo Desconocido, cuyo número 35 (mayo 1979) publicaba cinco páginas sobre el caso en su sección de ufología, rimbombantemente bautizada como El problema número uno de la ciencia moderna. En esencia, contaba que el joven había despegado con su avioneta Cessna 182L de Melbourne y había desaparecido sobre el estrecho de Bass tras la siguiente conversación, iniciada a las 19.06 horas del día de los hechos:

Frederick Valentich: ¿Hay algún tráfico conocido por debajo de los 5.000 pies?
Steve Robey (controlador): No hay ningún tráfico conocido.
V.: Parece que hay una gran aparato por debajo de los 5.000 pies.
R.: ¿Qué tipo de aparato?
V.: No puedo precisarlo. Tiene cuatro luces brillantes, que parecen luces de aterrizaje… La aeronave acaba de pasar a unos 1.000 pies sobre mí.
R.: Roger [en aviación, es el equivalenete a recibido]. ¿Y es una aeronave grande? Confírmelo.
V.: Desconocida, dada a la velocidad a la que se mueve. ¿Hay algún aparato de la Fuerza Aérea [Autraliana] por las proximidades?
R.: No hay ningún aparato conocido por las proximidades.
V.: Se está aproximando directo hacia mí desde el este. [2 segundos de silencio.] Me da la impresión de que está jugando a algún tipo de juego. Está volando sobre mí dos, tres veces, a una velocidad que no lo puedo identificar.
R.: Roger.  ¿Cuál es su nivel actual?
V.: Mi nivel es 4.500. Cuatro, cinco, cero, cero.
R.: Y confirma que no puede identificar el aparato.
V.: Afirmativo.
R.: Roger. Permanezca a la espera.
V.: No es una aeronave. Es… [2 segundos de silencio.]
R.: ¿Puede describir el aparato?
V.: Acaba de pasar. Tiene forma alargada. [3 segundos de silencio.] No puedo decir más. [3 segundos de silencio.] Ahora está delante de mí, Melbourne.
R.: ¿Y cómo de grande es el objeto?
V.: Está inmóvil. En este momento, estoy describiendo una órbita y él hace lo mismo encima de mí. Tiene una luz verde y parece metálico. Es todo brillante.  [5 segundos de silencio.] Ha desaparecido… ¿Saben qué tipo de aparato es? ¿Es militar?
R.: Confirme que el aparato se ha desvanecido.
V.: Repita.
R.: ¿Está el aparato todavía ahí?
V.: [2 segundos de silencio.] Ahora se acerca desde el sudoeste. Parece que el motor no responde. Marca veintitrés, veinticuatro y está fallando.
R.: Roger. ¿Qué piensa hacer?
V.: Mi intención es ir a la isla del Rey. Ah, Melbourne, esa extraña aeronave está suspendida otra vez sobre mí. [2 segundos de silencio.] Está suspendida; no es una aeronave.
[El micrófono sigue abierto y se escucha un golpe metálico después de 17 segundos de silencio. Se corta la transmisión.]

El ufólogo Jean Sider, autor del reportaje de Mundo Desconocido -titulado “Australia: último vuelo”-, reconocía que Valentich era aficionado a los ovnis y que, de hecho, según su padre, los había visto “en varias ocasiones”, pero descartaba que el objeto no identificado tuviera su origen en un estímulo convencional confundido por el joven. Además, Sider se oponía a la versión oficial según la cual la avioneta podía haber volado invertida y el ovni ser “reflejos de luces en el mar”. “El padre de Frederick Valentich declaró al reportero de The Sidney Sun que semejante hipótesis era imposible, dado que su vástago era un as en materia de acrobacia aérea y hubiera visto inmediatamente que su posición invertida le hacía tomar una cosa por otra”, advertía el ufólogo, quien añadía que ésa era también su opinión.

Un piloto inexperto e imprudente

Desde aquel reportaje de Mundo Desconocido, nunca me había vuelto a interesar por el caso. Desconfiaba de las versiones de los ufólogos, que llegaron a hablar de la abducción del piloto y la avioneta, y no había tampoco una hipótesis escéptica que lo resolviera, quizá porque faltaban datos esenciales en el relato original o porque no tenía solución fuera de la mente del joven Valentich. En el último número de The Skeptical Inquirer  (Vol. 37, Nº 6), McGaha y Nickell ponen el incidente en su contexto y resuelven el misterio. Resulta que Valentich era poco menos que un novato a los mandos de un avión. Había obtenido la licencia de piloto de avioneta un año antes, sólo acumulaba 150 horas de vuelo, no tenía permiso para volar de noche con condiciones meteorológicas adversas, había fracasado dos veces en su intento de entrar en la Real Fuerza Aérea Australiana y había suspendido tres veces la mayoría de las asignaturas en el curso para piloto de aerolíneas que seguía. Además, en sólo un año, había estado implicado en tres incidentes por adentrarse en espacio aéreo restringido y volar a ciegas entre nubes.

Página del informe oficial del caso de Frederick Valentich.“El joven piloto estaba obsesionado por los ovnis, viendo películas y acumulando artículos de prensa sobre el tema. A principios de aquel año, según su padre, Valentich había observado un ovni alejarse muy rápidamente”, escriben McGaha y Nickell, para quienes “su profunda creencia en los platillos volantes pudo contribuir a su muerte, y no del modo en el que algunos ufólogos se imaginan”. Para empezar, apuntan que Valentich dio dos versiones diferentes sobre su viaje a isla del Rey -que iba a recoger a unos amigos o a comprer cangrejos-, ambas probablemente falsas, ya que no informó al aeropuerto de destino de su posible llegada en ningún momento. Sospechan que, simplemente, salió a buscar ovnis. ¡Y los encontró! Al menos, eso creyó.

La investigación de McGaha y Nickell ha demostrado que las “luces de aterrizaje” del ovni, cuatro, coinciden en el cielo de aquella noche con cuatro puntos brillantes que, unidos, darían la impresión de un diamante: Venus, Marte, Mercurio y Antares. Las ganas de creer de Valentich hicieron el resto, incluida la luz verde que cita hacia el final y de la que no había hablado antes. El ovni no se movió en ningún momento; fue Valentich con su avioneta quien se movía respecto a los planetas y la estrella. Más atento al objeto no identificado que al instrumental, el inexperto piloto habría sufrido la ilusión del horizonte falso, que se da “cuando existe deficiente visibilidad. Una formación de nubes que semejan inclinación, horizonte oscuro, pocas luces en tierra y estrellas, pueden crear ilusiones, generando la percepción de que no se encuentra correctamente alineado con el horizonte”. Habría intentado nivelar su aparato respecto a un horizonte falso y habría empezado a descender en espiral, “primero lentamente y luego cada vez más rápido”. Inclinado, la luz verde del ovni que veía al final sobre su cabeza sería la de navegación de la punta del ala derecha de su avioneta.

“La desaparición fue, simplemente, un fatal accidente. Irónicamente, nunca hubiera ocurrido sin la fascinación por los ovnis que sentía el joven piloto. Si no fue realmente el motivo de aquel vuelo nocturno, como sospechamos, esa fascinación fue, sin embargo, clave para que terminara trágicamente”, concluyen McGaha y Nickell. Aunque nunca se recuperó el cuerpo del joven, restos de la avioneta, con números de serie parciales, se encontraron en aguas del estrecho de Bass cinco años después.