Juan José Benítez

‘Era rusa y se llamaba Laika’, la parodia de los programas de misterios de Joan Fontcuberta

Aquí tienen íntegro el falso documental Era rusa y se llamaba Laika, obra de Joan Fontcuberta y en el que el creador catalán parodia las producciones televisivas de Fernando Jiménez del Oso, Juan José Benítez e Iker Jiménez. ¡Disfrútenlo! Ayer, un centenar largo de personas lo vio en pantalla grande en la Biblioteca de Bidebarrieta de Bilbao, donde lo presentó el propio Fontcuberta.

El Arca de la Alianza

Ilustración: Iker Ayestarán.“¿Te das cuenta de lo que es el Arca? ¡Es un transmisor! ¡Una radio para hablar con Dios! ¡Y ahora está a mi alcance!”, dice René Emile Belloq, el arqueólogo francés al servicio de los nazis, a Indiana Jones en En busca del Arca perdida (1981). La idea de que el cofre en el cual Moisés y los suyos guardaban las Tablas de la Ley era una especie de radio es, sin embargo, muy posterior a 1936, año en el que está ambientada la primera aventura cinematográfica del arqueólogo más famoso. La propuso Erich von Däniken en Recuerdos del futuro (1968), libro en el cual defiende que los dioses del pasado eran extraterrestres.

El autor suizo interpretaba literalmente lo dicho por Yahvé a Moisés en el Éxodo sobre el Arca: “Allí me encontraré contigo; desde encima del propiciatorio, de en medio de los dos querubines colocados sobre el Arca del Testimonio, te comunicaré todo lo que haya de ordenarte para los israelitas”. Antes, Yahvé ha precisado que el cofre ha de medir dos codos y medio (130 centímetros) de largo y un codo y medio (78 centímetros) de ancho y alto, ser de madera de acacia, estar revestido de oro y tener cuatro anillas de oro para los dos varales de madera, forrados también en oro, que servirán para transportarla. La tapa estará coronada por dos querubines de oro macizo cuyas alas se desplegarán sobre la caja.

Fue el antisemita Robert Charroux quien, en su libro Cien mil años de historia desconocida (1963), popularizó la idea del Arca como “un condensador eléctrico”, formulada por primera vez por Maurice Denis-Papin en 1948. Estos autores y otros incluyen en su relato del Éxodo palabras que no existen en el original, como chisporroteos, pero ayudan a ver la reliquia como algo más que un cajón de madera. El Arca del Antiguo Testamento es un objeto mágico, símbolo de la alianza entre el pueblo de Israel y su dios; pero de ahí a considerarla un aparato eléctrico, un equipo de radio o un arma de destrucción masiva -como hace el ufólogo Juan José Benítez– va más que un trecho.

De Jerusalén a Etiopía

Que el Arca de la Alianza fuera un condensador eléctrico choca con su diseño. El artefacto carece de polos positivo y negativo, y, en vez de estar aislado, está recubierto de oro, con lo que dejaría fritos a sus portadores, de los que el meticuloso dios de los judíos no dice en ningún momento que tengan que llevar una vestimenta especial protectora. Que Yahvé necesite una radio para hablar con Moisés, y viceversa, carece de sentido cuando ya han conversado varias veces antes de que se construya el artefacto. Y la caída de las murallas de Jericó, que Benítez atribuye al Arca y cuyas víctimas mortales cifra en más de un millón, es una ficción romántica: Jericó en la época era una pobre aldea sin fortificar.

Según una leyenda -no según la Biblia-, la reliquia habría sido sacada de Jerusalén por un hijo de Salomón y la reina de Saba que la habría llevado a Etiopía. El patriarca de la Iglesia ortodoxa etíope dice que el artefacto está en su país desde hace siglos y que él lo ha visto, pero no está dispuesto a mostrarlo al mundo. En realidad, como todo el libro del Éxodo es ficción, la búsqueda del Arca de la Alianza está condenada al fracaso. Es la búsqueda de una ilusión.

Misión: salvar a la Humanidad

Ilustración: Iker Ayestarán.La Humanidad estaba hace 35 años en peligro. Lo descubrió Juan José Benítez, entonces reportero de La Gaceta del Norte, gracias a los miembros del Instituto Peruano de Relaciones Interplanetarias (IPRI), quienes mantenían contacto con seres de otros mundos. En concreto, con humanoides de tres metros de Apu, un planeta de la constelación del Centauro, y otros más bajos -aunque más altos que nosotros- procedentes de Ganímedes, una luna de Júpiter. Los extraterrestres formaban parte de la Confederación de Planetas de la Galaxia, donde estaban bastante preocupados por nuestro futuro.

“La Tierra está amenazada por una tremenda destrucción. Una catástrofe que provocará el propio hombre. Los seres del espacio lo saben y quieren evitar que la raza humana desaparezca del Universo”, explicaron los integrantes del IPRI al periodista. Los visitantes habían puesto en marcha una operación de rescate, la Misión Rama, para sacar de nuestro planeta al máximo de gente posible y repoblarlo cuando volviera a ser habitable. “Miles de familias enteras salen cada año de nuestro mundo hacia astros de la galaxia o de nuestro propio Sistema Solar”, decían los contactados peruanos.

Revelaron a Benítez que en Marte vivían dos especies de seres inteligentes, en Venus la temperatura superficial era “adecuada para el desenvolvimiento de la vida” y había colonias alienígenas en lunas como Calisto, Io, Europa y Ganímedes. Todo esto se lo habían contado los extraterrestres no por radio ni ningún otro sofisticado medio, sino a través de la escritura automática: uno del IPRI cogía papel y lápiz, se relajaba y un guía alienígena lo poseía para escribir el mensaje. Ése fue el método que usaron para anunciar la aparición de sus naves a la que asistió el periodista, quien guardó la hoja con el anuncio telepático de la cita “como un verdadero tesoro”.

Y se hizo el ovni

Benítez vio varios platillos volantes en el desierto peruano en la noche del 7 de septiembre de 1974. No sacó fotos porque los contactados se lo prohibieron. Publicó la historia del IPRI en forma de serial en La Gaceta del Norte y después en Ovnis: SOS a la Humanidad (1975), su estreno como ufólogo. Acto seguido, surgieron por toda España grupos que esperaban ser elegidos para sobrevivir en otros mundos a la guerra atómica que, según Sixto Paz, uno de los fundadores del IPRI, iba a destruir nuestra civilización en coincidencia con la siguiente visita del Halley.

El famoso cometa pasó cerca de la Tierra en 1986 y no ocurrió nada. Años después, Sixto Paz se sometió, previo cheque, a la máquina de la verdad de Julián Lago en Telecinco. El polígrafo, un ingenio en realidad inútil a la hora de cazar troleros, confirmó lo evidente para cualquiera con dos dedos de frente: que mentía cuando aseguraba haber visitado otros mundos. Lo mismo que sus guías salvadores, porque Calisto, Io, Europa y Ganímedes tienen condiciones infernales para la vida; Venus es un horno en el que se funde el plomo; y en Marte no habrá ni un bicho inteligente hasta que lleguemos nosotros.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

Verdades y mentiras de Base Tranquilidad

Ningún ser humano ha llegado más lejos. Doce estadounidenses pisaron la Luna entre el 21 de julio de 1969 y el 14 de diciembre de 1972. Hicieron realidad el sueño de un presidente que había prometido, 43 días después de que Yuri Gagarin se convirtiera en el primer hombre en órbita, que Estados Unidos, y no la Unión Soviética, lideraría la carrera espacial. “Creo que esta nación debería comprometerse a lograr el objetivo, antes de que acabe esta década, de llevar un hombre a la Luna y traerlo de vuelta sano y salvo a la Tierra”, dijo John F. Kennedy ante el Congreso el 25 de mayo de 1961. Ocho años más tarde, Neil Armstrong y Buzz Aldrin dejaban sus huellas en el Mar de la Tranquilidad, aunque no todo el mundo lo crea.

La sospecha de que los alunizajes fueron un montaje existía en algunas mentes ya durante la retransmisión del primero, que siguieron 600 millones de telespectadores. Pero fue una creencia marginal hasta que la cadena Fox emitió en febrero de 2001 en EE UU un documental en el cual un tal Bill Kaysing decía que las escenas se habían rodado en un estudio. Bibliotecario hasta 1963 de la compañía que después fabricó el Saturno 5 -el cohete que puso en órbita las misiones lunares-, este filólogo había publicado en 1974 un panfleto, We never went to the Moon (Nunca fuimos a la Luna), que pasó editorialmente desapercibido, pero del cual han bebido todos los partidarios de la conspiración.

Alunizajes en Las Vegas

Kaysing asegura que la NASA se dio cuenta ya antes de las primeras misiones Apollo de que no iba a ser técnicamente capaz de cumplir el compromiso de Kennedy, ante lo cual Washington optó por recrear los alunizajes cerca de Las Vegas. Pero, según él, hubo astronautas que quisieron denunciar el engaño, como Virgil Grissom, quien murió después con Edward White y Roger Chaffee en el incendio del Apollo 1 durante un entrenamiento en la torre de despegue el 27 de enero de 1967. Grissom, cuyo nombre adoptó como homenaje el actor William Petersen para su forense de CSI, habría sido, en opinión de Kaysing, asesinado para silenciarlo, al igual que otros siete astronautas oficialmente muertos en accidentes de coche y avión.

El 'Hubble', fotografiado en mayo por la tripulación del 'Atlantis' durante la cuarta misión de mantenimiento del telescopio espacial, que flota ante un cielo aparentemente sin estrellas. Foto: NASA.Las pruebas del engaño están, para el bibliotecario, en las fotos de los astronautas en la Luna. “¿Estrellas? ¿Dónde están las estrellas?”, se pregunta una y otra vez en su libro. Tiene razón. No hay ni una estrella, pero es que tampoco se ven en ninguna foto de ninguna otra misión tripulada, desde el primer paseo espacial de Alexei Leonov de marzo de 1965 hasta la reparación del telescopio Hubble de mayo pasado. La razón no es que todas esas misiones sean fraudulentas y a los decoradores de la NASA, la ESA y Roscosmos se les haya olvidado poner de fondo un telón negro con agujeritos iluminados, sino algo que sabe cualquier aficionado a la fotografía: cuando la luz solar es muy intensa -como pasa en el espacio y en la Luna-, hay que programar la cámara con un tiempo de exposición muy corto para que la imagen no resulte sobreexpuesta. Ese corto tiempo de exposición impide que las máquinas de fotos de los astronautas capten el débil brillo de las estrellas, aunque estén ahí.

Los partidarios de la conspiración suelen añadir, entre otras cosas, que en la Luna la bandera estadounidense ondea, algo imposible en un mundo sin atmósfera. Pero es que no es así. Todas las enseñas que hay en el satélite cuelgan de una varilla horizontal que parte del extremo superior del mástil. Las banderas de algunas misiones presentan arrugas -lo que puede dar la sensación de que ondean al viento- debido a que los astronautas no las desplegaron completamente y hay veces que en las películas una enseña se mueve hasta pararse después de que un expedicionario golpea el mástil.

La mejor prueba de la realidad de los alunizajes es que la URSS, que competía con EE UU por la conquista del satélite terrestre, admitió su derrota. Además, los astronautas de los Apollo se trajeron de vuelta a casa 382 kilos de rocas que han examinado geólogos de todo el mundo y dejaron en la Luna tres reflectores láser. La medición del tiempo transcurrido desde el envío hacia cualquiera de estos espejos de un rayo de luz láser hasta la captación de su reflejo por un telescopio terrestre permite conocer la distancia media entre la Tierra y su satélite con un margen de error de sólo 5 centímetros: es de 384.467 kilómetros. La Luna se aleja de nosotros 3,8 centímetros al año, lo que implica que en un futuro lejano -unos 500 millones de años, como poco- su disco tendrá en el cielo terrestre menor tamaño que el del Sol y, por tanto, dejará de haber eclipses solares.

Otros visitantes

Neil Armstrong ensaya en Houston la recogida de muestras lunares. Foto: NASA.Las dos horas y media que los tripulantes del Apollo 11 exploraron los alrededores de Base Tranquilidad el 21 de julio de 1969 han generado una mitología que incluye erratas en frases históricas, sexo oral, platillos volantes y hasta ruinas extraterrestres. Cuando Armstrong pisó la Luna, los nervios le traicionaron. Tenía que haber dicho: “Thats one small step for a man, one giant leap for mankind” (Éste es un pequeño paso para un hombre, un salto de gigante para la Humanidad). Pero se comió la a de antes de man, con lo que cambia el significado original de la frase, que traducido al español sería: “Éste es un pequeño paso para el hombre…”. El lapsus ha quedado como una anécdota y la frase ha pasado la Historia como tenía que haber sido dicha.

A mediados de los años 90, se supo gracias a Internet que, tras esa primera sentencia, Armstrong añadió: “¡Buena suerte, señor Gorsky!”. Era un mensaje en clave para un vecino a quien, cuando el astronauta era niño, su esposa dijo a gritos: “¿Quieres sexo oral? ¡Tendrás sexo oral cuando el chico del vecino se pasee por la Luna!”. Según sostienen en la actualidad numerosas webs, la historia fue confirmada por Armstrong el 5 de julio de 1995, una vez muerto el señor Gorsky. Quien escuche las grabaciones del alunizaje no encontrará, sin embargo, ninguna referencia al vecino ansioso de sexo oral, porque todo es una leyenda urbana.

Don Wilson, en La Luna, una misteriosa nave espacial (1975), y Juan José Benítez, en Ovnis: SOS a la Humanidad (1975), presentan una conversación entre los dos astronautas del Apollo 11 y Houston en la cual los primeros dicen ver platillos volantes y criaturas gigantescas en el Mar de la Tranquilidad. Se conoce como la transcripción de Sam Pepper, por el nombre del radioaficionado que supuestamente la captó, y atribuye a Armstrong y Aldrin frases como: “Estas criaturas son gigantescas… enormes”; “Vimos unos visitantes. Estuvieron aquí un rato, observando los instrumentos”; “Había otras astronaves. Están alineadas al otro borde del cráter”; “Han aterrizado ahí. Están en la Luna y nos observan”. Sobrecogedor… y falso. Todo falso. Esta conversación y otras muchas utilizadas como prueba de que en la Luna pasó algo que nos han ocultado son fruto de la inventiva de fabuladores como Wilson, quien mantiene que nuestro satélite es hueco, una nave que en el pasado estuvo habitada por extraterrestres. “Hay quien dice que vimos hombrecillos verdes al otro lado del cráter. Es la tontería más grande que he oído”, responde Aldrin cuando se le pregunta por el asunto.

El segundo hombre en pisar la Luna, un tipo locuaz, no se ha pronunciado -que se sepa- sobre la revelación que hizo Benítez en enero de 2004 en TVE, cuando aseguró que los astronautas del Apollo 11 habían explorado edificios extraterrestres en ruinas en el Mar de la Tranquilidad. “Ésta fue la verdad, la única y secreta verdad. Aquel 21 de julio de 1969, Armstrong y Aldrin se alejaron escasos metros del módulo, filmando esta increíble construcción. Esta película, de 14 minutos, jamás fue difundida por la NASA”, decía el ufólogo al tiempo que presentaba como prueba un montaje realizado por un estudio de animación vasco que mucha gente tomó por una filmación hecha en la Luna porque se leía sobreimpresionado Imágenes inéditas.

Las visiones de alienígenas y ruinas en la Luna chocan con un inconveniente contra el que también se estrella la teoría de la conspiración. Durante el proyecto Apollo, la NASA llegó a tener 35.000 empleados y otras 400.000 personas trabajaban en empresas y universidades contratadas. Que, con tanta gente en el ajo en un país donde no son secretos ni los devaneos del presidente con una becaria en el Despacho Oval, no haya trascendido en cuarenta años prueba alguna que respalde la falsedad de los alunizajes o el encuentro de los astronautas con seres de otros mundos pone las cosas en su sitio. Y eso que, a finales de los años 60, el primer contacto se creía inminente. Lo comprobó Stanley Kubrick cuando intentó suscribir una póliza de seguros con Lloyd’s para el caso de que el hombre se encontrara cara a cara con extraterrestres antes del estreno, en abril de 1968, de 2001, una odisea del espacio. Lloyd’s no quiso correr el riesgo.


Auténticos enigmas lunares

La aventura lunar tuvo su origen en un órdago entre dos superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética, enzarzadas en una guerra fría. Más que un reto tecnológico, fue una apuesta militar y, por eso, el para qué pisar nuestro satélite tenía una explicación muy simple: para ser el primero. Cuarenta años después de aquellas arriesgadas misiones -Neil Armstrong calculó que había un 50% de probabilidades de fracaso en la del Apollo 11-, la Luna sigue sin habernos desvelado todos sus misterios.

Recreación del impacto catastrófico a consecuencia del cual nació la Luna. Foto: ESA.A pesar de que las rocas traídas por los astronautas apuntan a que su composición es muy parecida a la de nuestro planeta, la mayoría de los científicos cree que la Luna nació cuando un planeta del tamaño de Marte chocó contra la Tierra recién nacida hace unos 4.500 millones de años. Los restos de los dos mundos que salieron disparados y quedaron en órbita terrestre se fueron agregando hasta dar lugar al satélite. En los últimos años, los modelos informáticos han confirmado esta teoría y apuntado a que el periodo de formación de la Luna pudo durar entre uno y cien años tras el impacto, y a que pudo nacer a sólo unos 26.000 kilómetros de la Tierra, frente a los 380.000 kilómetros actuales.

No hay pruebas definitivas, pero los científicos piensan que puede haber agua helada en la Luna. Pudo haber llegado allí durante la infancia del Sistema Solar, hace unos 3.900 millones de años, del mismo modo que se cree que llegó a la Tierra, en cometas y asteroides. Aunque la mayoría de esa agua se habría evaporado, quedaría algo en cráteres en sombra, según observaciones hechas en 1994 por la sonda Clementine que no han podido ser confirmadas. La existencia de agua en la Luna supondría una gran ventaja de cara a la futura construcción de una base permanente, un proyecto que hoy en día parece muy lejano y que tendrá que ser multinacional.

Desde la Tierra, los astrofísicos tienen pendiente todavía solucionar un gran misterio, el de los cientos de destellos y oscurecimientos inexplicables que se han creído ver en la superficie lunar y que se conocen como Fenómenos Transitorios Lunares (TLP). Duran entre segundos y varias horas, y se barajan dos posibles explicaciones: que se deban a la iluminación por parte del Sol de zonas normalmente en sombra o a emisiones de gas radón, lo que implicaría que la Luna está geológicamente viva.

Publicado en el suplemento Territorios, del diario El Correo.

La Cadena SER vende como noticia la historia de las ruinas extraterrestres de la Luna

Noticia publicada en la página web de la Cadena SER, dando crédito a las fantasías del tal Alan Davis.¡Impresionante lo de la Cadena SER! Se hace eco hoy, en su sección de noticias de Cultura, de la historia de “Alan Davis, ingeniero jefe de la NASA entre 1959 y 1973”, quien “afirmó haber visto en las grabaciones obtenidas desde el satélite [por los astronautas del Apollo 11] los restos de unas ruinas milenarias”. Es el mismo cuento chino que ya vendió en Cuarto milenio en su día Iker Jiménez, pero ahora avalado por los servicios informativos de la cadena de radio más oída de España.

El tal Davis decía ser ingeniero de telecomunicaciones y que, en la noche de la llegada del hombre a la Luna, había visto en la estación de la NASA de isla de Antigua unas imágenes que ocultó al resto del mundo. Según Jiménez y sus colaboradores, era el encargado en la base caribeña de cortar la señal de televisión si sucedía algo inconveniente, y es lo que hizo cuando los astronautas del Apollo 11 se dieron de bruces con los edificios extraterrestres. Pero la realidad es otra.

“Es mentira. Nadie podía cortar la señal. Todo eso de las ruinas en la Luna no son nada más que tonterías”, me decía hace un año Luis Ruiz de Gopegui, director de la Estación de Seguimiento de Fresnedillas de la NASA en tiempos del proyecto Apollo. La historia de las ruinas lunares extraterrestres, que tan bien explotó Juan José Benítez en su serie Planeta encantado, es tan real como un cuento de Harry Potter, aunque la SER nos la intente vender como una noticia, contaminando sus servicios informativos de pseudociencia y conspiranoia.