Vitoria y la wifi: un pleno municipal analfabeto

Los hijos del personaje interpretado por Mel Gibson se protegen de los alienígenas con cascos de papel de aluminio, en 'Señales', la película de M. Night Shyamalan.El pleno del Ayuntamiento de Vitoria acordó ayer por unanimidad “delimitar la señal wifi en centros cívicos y edificios municipales, señalizando las zonas en las que exista”; “dejar libre de wifi los espacios propiamente infantiles, como ludotecas y bibliotecas familiares, y procurar la disminución de su incidencia y, en su caso, establecer zonas libres en canchas de juego y entradas”; además de “señalizar los espacios infantiles como zonas libres de wifi”. La medida tiene su origen en una moción de Sumando-Podemos que luego modificó y propuso el PNV añadiendo que esos pasos se darán “de forma paulatina y de acuerdo con las posibilidades técnicas”. Según informaba El Correo, “el Ayuntamiento invoca «el principio de precaución» y sostiene que, cuando una actividad «representa una amenaza o un daño para la salud humana, hay que tomar medidas incluso cuando la relación causa-efecto no haya podido demostrarse científicamente de forma concluyente»”.

El objetivo, decía la propuesta de la formación afín a Pablo Iglesias, es proteger a los vitorianos “más vulnerables” de “la polución electromagnética” generada por las instalaciones de wifi. Hace un mes, Pablo Iglesias y Estefanía Torres, eurodiputados de Podemos, pidieron a la Comisión Europea en el Parlamento Europeo el “reconocimiento integral de la electrohipersensibilidad” o hipersensibilidad electromagnética, una presunta dolencia de cuya existencia no hay ninguna prueba fuera de la cabeza de los enfermos y más allá los intereses de quienes hacen negocio del miedo. Como ha establecido la Organización Mundial de la Salud (OMS), “no hay bases científicas para vincular la hipersensibilidad electromagnética con la exposición a los campos electromagnéticos”. Todo indica que estamos ante un mal de origen psicosomático: el enfermo sufre cuando se cree expuesto a la radiación que, según él, resulta nociva. Nada más.

El principio de precaución

Es descorazonador ver cómo una corporación en pleno -PNV, PP, Bildu, PSE, Podemos e Irabazi- abraza la pseudociencia de este modo. Quienes ayer votaron en Vitoria a favor de la delimitación de los espacios con wifi en los centros cívicos y edificios municipales, y de su señalización como si fueran zonas peligrosas, no son dignos de la confianza de los vecinos de la capital alavesa porque legislan desde el desconocimiento. Ignoran el conocimiento y la evidencia experimental acumulados durante décadas, presentan como una amenaza para la salud algo que no lo es e invocan torticeramente el principio de precaución, que se ha convertido en una especie de mantra para los antitransgénicos y los antiondas.

Según una comunicación de la Comisión Europea de febrero de 2000, el principio de precaución puede invocarse “cuando la información científica es insuficiente, poco concluyente o incierta, y cuando hay indicios de que los posibles efectos sobre el medioambiente y la salud humana, animal o vegetal pueden ser potencialmente peligrosos e incompatibles con el nivel de protección elegido”. El mismo documento comunitario añade que “el recurso al principio de precaución presupone que se han identificado los efectos potencialmente peligrosos derivados de un fenómeno, un producto o un proceso, y que la evaluación científica no permite determinar el riesgo con la certeza suficiente”.

En el caso que nos ocupa, la evidencia es concluyente: miles de estudios y experimentos no han encontrado ninguna prueba de efectos perniciosos para la salud en las ondas de radiofrecuencia, no se conoce ningún mecanismo por el que pudieran resultar peligrosas, y los epidemiólogos no han detectado ningún aumento en los males que se achacan a este tipo de emisiones. Si fuera cierto lo que sostienen los antiondas, se habría registrado hace años un aumento de los tumores cerebrales y otros males que ellos atribuyen a la wifi y los móviles, de los que sólo había 91 millones de líneas en 1993 y ahora hay más de 7.300 millones. ¿Ha habido un incremento de las patologías que algunos achacan a las ondas de radiofrecuencia? No.

Lo que hizo ayer el Ayuntamiento de Vitoria es impulsar el analfabetismo científico y a quienes hacen negocio inventándose enfermedades y vendiendo remedios inútiles contra ellas a los más incautos. Con su consenso desde la ignorancia, PNV, PP, Bildu, PSE, Podemos e Irabazi siembran en muchos padres el miedo a que las ondas de radiofrecuencia afecten a sus hijos, aunque tampoco ningún estudio ha probado que el uso del móvil o de la wifi sea más peligroso para un niño que para un adulto. ¿Cabe una política más irresponsable? ¿Todos los grupos municipales vitorianos comulgan con la peligrosidad de la wifi o algunos se han sumado alegremente a esa idea sólo para no ser señalados?

Todo por los votos

Padres antiantenas de la ikastola Ibaiondo de Vitoria con cascos de papel de aluminio.No es la primera vez ni será la última que dirigentes políticos vascos ignoran la ciencia para evitar el enfrentamiento con el bullicioso colectivo antiondas, que en ocasiones ha llegado a amenazar directamente a los científicos que les llevan la contraria. En enero del año pasado, el Departamento de Educación del Gobierno vasco decidió blindar la ikastola Ibaiondo, en Vitoria, y el instituto de Solokoetxe, en Bilbao, frente a las emisiones de unas antenas de telefonía próximas para atender la preocupación de algunos padres. Lo más triste es que ese departamento lo dirige una química de la Universidad del País Vasco (UPV), la consejera Cristina Uriarte, quien daba así la espalda a la ciencia a la hora de tomar una decisión política que tenía que basarse en ella. Un mes después, los socialistas conseguían que todos los partidos del Parlamento vasco se sumaran a la histeria antiantenas.

Para decidir en el futuro con un mínimo conocimiento de causa, lo menos que deberían hacer los corporativos vitorianos es ver el episodio de Escépticos dedicado a las ondas de radiofrecuencia, avalado -como toda la serie- por la Cátedra de Cultura Científica de la UPV. Como alternativa, les recomiendo un decálogo de lo que todo político debería tener claro a la hora de hablar de emisiones de telefonía, wifi y salud, y, en última instancia, les animo a leer mi libro El peligro de creer, que incluye un largo capítulo sobre el miedo a las ondas de radiofrecuencia y la hipersensibilidad electromagnética desde sus orígenes en Estados Unidos a principios de los años 90.

La primera vez que escribí aquí sobre este asunto, en el lejano 2007, no sospechaba que pudiéramos llegar tan lejos. Ocho años después, no sé a qué espera la comunidad científica para dar la cara sin titubeos y, por ejemplo, desautorizar con contundencia a los corporativos vitorianos en pleno. Estos lodos son consecuencia, no lo duden, de la irresponsable actitud de algunos periodistas y medios de comunicación que durante años han alimentado la histeria electromagnética y también del pasotismo de muchos científicos a la hora de responder a los miedos y dudas de los ciudadanos, dejando el campo libre a los charlatanes y al populismo. Porque las medidas tomadas por el Ayuntamiento de Vitoria para frenar los inexistentes efectos nocivos de la wifi son tan útiles y serias como los crucifijos para impedir las posesiones demoniacas.