Criptozoología

La mejor foto de Nessie es de un modelo hecho para un documental de National Geographic

A la izquierda, la foto que George Edwards presentó en agosto de 2012 como de Nessie. A la derecha, una imagen similar de Anna Williams del modelo de joroba sacada de la web de National Geographic.

“Es la mejor foto [de Nessie] que nunca he visto”, sentenciaba en agosto del año pasado Steve Feltham, dedicado desde hace más de 20 años a la caza del monstruo. En la imagen, tomada por George Edwards, se veía una joroba en mitad del lago Ness cerca del castillo de Urquhart. “Estoy tan convencido de que vi a Nessie como de mi creencia en esas criaturas. Demasiadas personas las han visto durante demasiado tiempo”, indicaba entonces Edwards, que ha dado una vuelta por el lago a miles de turistas en su embarcación.

Steve Feltham posa con el modelo de joroba de Nessie de fibra de carbono en 2011. Foto: Peter Jolly.Un año después, el barquero acaba de confesar que todo fue una broma y que lo fotografiado no era un ser vivo, sino una joroba de fibra de carbono hecha para The truth behind the loch Ness monster, un documental de National Geographic de 2011 en cuya grabación participó. De hecho, de las dos imágenes que encabezan estas líneas, la de la izquierda es la del fraude, mientras que la de la derecha esta tomada de la web de la productora, donde se presenta como un modelo de Nessie junto al cual, por cierto, se fotografió Feltham durante la grabación del documental.

Edwards anunció a mediados de agosto del año pasado que había visto y fotografiado a Nessie el 2 de noviembre de 2011 cuando volvía con su barca al muelle. La observación había durado entre 5 y 10 minutos, y no había querido hacer pública la imagen hasta tener un veredicto favorable de expertos. “Tengo amigos en Estados Unidos con amigos en el Ejército. Han analizado mi foto y no tienen ninguna duda de que fotografié un objeto animado en el agua. Estaba muy emocionado y estoy seguro de que algunas extrañas criaturas están al acecho en las profundidades del lago Ness”, explicaba a los medios. “Diría que [la foto] no demuestra lo que es Nessie, pero prueba lo que no es Nessie, un esturión, un pez que se ha presentado como una de las principales explicaciones de lo que Nessie podría ser, porque esto no tiene una espina dorsal serrada como el esturión”, apuntaba Feltham.

La llamada foto del cirujano, de 1934.“¿Por qué debería sentirme culpable por haberme divertido un poco?”, se preguntaba el viernes Edwards. El hombre parece, hasta cierto punto, asqueado de todo el montaje del monstruo del lago Ness; aunque él viva de ello. “Estoy harto de los denominados expertos que vienen con sus teorías sobre las grandes olas y los peces grandes, y de su centro de visitantes”, añade. Y reconoce que toda la historia de Nessie es un engaño desde el principio: “¿Qué sería del lago Ness sin el fraude más famoso, la foto del cirujano?”. Esa imagen -mundialmente famosa- data 1934, desató la fieble por la caza del monstruo y ha sido reproducida en infinidad de libros y revistas como prueba de su existencia; pero corresponde en realidad a un submarino de juguete al que pegó una cabeza de serpiente marina. La materia prima ha cambiado, pero Nessie sigue siendo lo mismo 80 años después: un monstruo prefabricado para el turismo.

Monstruos de pega

'Abominable science!', de Daniel Loxton y Donald Prothero.Abominable science! Origins of the yeti, Nessie and other famous cryptids (¡Ciencia abominable! El origen del yeti, Nessie y otros famosos críptidos), libro del periodista Daniel Loxton y el paleontólogo Donald Prothero recientemente publicado por Columbia University Press, es una de las más interesantes novedades editoriales de los últimos meses. Nada más verlo entre mis recomendaciones de Amazon, decidí comprarlo y, tras leer la crítica de Daniel Cressey en la revista Nature y con sólo haberlo hojeado, se lo recomiendo.

En este blog y en mi biblioteca, tienen desde hace años su rinconcito bestias inexistentes porque las historias de hombres salvajes y monstruos de lagos, y de sus buscadores, resultan, además de divertidas, enternecedoras. No me dirán que no lo es que las primeras, y más famosas, huellas del bigfoot fueran en 1958 obra de un contratista, Ray Wallace, que quería ahuyentar a los ladrones de material de una obra del condado de Humboldt (California) o que, al otro lado del mundo, huesos presuntamente del yeti abandonaran Nepal en 1959 escondidos entre la ropa interior de la mujer del actor James Stewart.

Éstos y otros episodios de la historia de la criptozoología forman parte de Abominable science! En el prólogo, Michael Shermer recuerda lo que hay que decir a quienes cuentan historias de seres fantásticos como los que llenan las páginas de este libro: “Está bien. Enséñame el cuerpo”. La obra de Loxton y Prothero es “un sensible, pero devastador aterrizaje en toda una subcultura”, ha escrito Daniel Cressey en Nature. El único pero que pone Cressey es que los autores no intenten responder a la pregunta de por qué la gente cree en monstruos en un mundo bajo permanente vigilancia de satélites y con excursionistas con cámaras por todos lados, en el que “nunca se ha conseguido una fotografía creíble de una de estas criaturas”. Quizá sea una pregunta más para un antropólogo que para un biólogo y un periodista.

Abominable science! es un libro bonito. Tanto, que me ha recordado a otro título básico de la crítica criptozoológica, Monstruos, del biólogo bilbaíno Eduardo Angulo, también muy bien escrito, diseñado e ilustrado.

Daniel Loxton y Donald R. Prothero [2013]: Abominable science! Origins of the yeti, Nessie and other famous cryptids. Prologado por Michael Shermer. Columbia University Press. Nueva York. 411 páginas.

El ‘hombre de hielo de Minnesota’, en Hala Bedi Irratia

Javi Urkiza y yo hablamos el jueves pasado en Suelta la olla, en Hala Bedi Irratia, del hombre de hielo de Minnesota, en la séptima entrega del curso 2012-2013 de Gámez over, intervenciones que también emiten Tas Tas-Bilbao, Eguzki-Pamplona, Uhinak (Ayala), Txapa (Bergara), Eztanda (Sakana), Arraio (Zarautz), Zintzilik (Orereta), Itxungi (Arrasate) y Kkinzona (Urretxu-Zumarraga).

El ‘hombre de hielo de Minnesota’ volverá a exhibirse 44 años después

Dibujos del 'hombre de hielo de Minnesota' hechos por Ivan T. Sanderson.Después de más de 40 años en paradero desconocido, el hombre de hielo de Minnesota volverá a exponerse en unos días. Steve Busti, propietario del Museo de lo Extraño de Austin (Texas), asegura que tiene en su poder la criatura que, encerrada en un bloque de hielo, recorrió de feria en feria el Medio Oeste norteamericano a finales de los años 60 del siglo pasado. Y ha anunciado que su museo la expondrá en unos días y, en colaboración con el portal Cryptomundo, acogerá el 13 de julio un acto en el que el cazador de monstruos Ken Gerhard hablara del misterioso ser.

El hombre de hielo de Minnesota  era la gran atracción del feriante Frank Hansen en otoño de 1967, cuando la descubrió Terry Cullen, un zoólogo de la Universidad de Minnesota, tras pagar los 25 centavos que costaba la entrada para verla en una feria en los alrededores de Milwaukee. En diciembre del año siguiente, el naturalista Ivan T. Sanderson, que acababa de publicar un libro en el que defendía la existencia del yeti, y el zoólogo belga Bernard Heuvelmans, padre de la criptozoología, visitaron a Hansen en su rancho de Minnesota, cerca de la ciudad de Winona. Durante tres días, examinaron visualmente la criatura atrapada en el bloque de hielo dentro de un camión frigorífico. Concluyeron que Bozo, como le bautizaron, era algo extraordinario.

Hansen quería mantener al ser, de apariencia simiesca, alejado de la atención de los grandes medios de comunicación. Su pretensión se fue al traste cuando, esas Navidades, Sanderson habló del hombre de hielo de Minnesota en el Tonight Show de Johnny Carson y, en abril, se preguntaba en la revista Argosy si no se trataría del eslabón perdido entre simios y humanos. Un mes antes, Heuvelmans defendía, en el boletín del Instituto Real de Ciencias Naturales de Bélgica, que Bozo era un ejemplar de una especie neandertaloide que sobrevivía en Vietnam y él había bautizado como Homo pongoides. El 3 de febrero, John Napier, primatólogo de la prestigiosa Institución Smithsoniana, examinó un informe de Sanderson. “Mi primera reacción -recuerda en su libro Bigfoot, the yeti and sasquatch in myth and reality (Mito y realidad del bigfoot, el yeti y el sasquatch, 1973)-, basada en la anatomía de la criatura, fue de extrema incertidumbre; las características del hombre de hielo me parecían entonces, y ahora, combinar los peores rasgos de los simios y del hombre, y ninguno de los mejores que han hecho que esos dos grupos de primates tengan tanto éxito”.

El original que nunca existió

Sanderson y Napier se conocían desde muchos años antes y se respetaban mutuamente. El primero pidió al segundo que mediara con la Institución Smithsoniana para que examinara el homínido. La entidad aceptó la propuesta. Napier preparó entonces una nota de prensa en la cual, aunque indicaba que el centro era escéptico respecto a la naturaleza del hombre de hielo de Minnesota -el primatólogo sospechaba que estaba hecho de látex-, añadía que eran de mente abierta e iban a investigarlo. No pudo ser.

Cuando en abril S. Dillon Ripley, secretario de la Institución Smithsoniana, escribió a Hansen para ver cómo podían llevarse a cabo las pruebas, se encontró con una respuesta inesperada: el feriante le dijo que ya no tenía a la criatura en su poder porque se la había devuelto a su legítimo dueño, de quien nunca dio el nombre. Añadía en la carta que, durante el verano, iba a llevar como atracción a las ferias una réplica que se “asemejaría en muchos aspectos” al ser congelado. “Parecía que una réplica había reemplazado al original, pero no había, por supuesto, garantía alguna de que el original hubiera sido real“, sentencia el primatólogo, para quien la explicación al misterio era mucho más mundana.

Napier creía que todo había sido un montaje de Hansen, a quien consideraba “un inteligente hombre del espectáculo de la escuela de P.T. Barnum («Cada minuto nace un tonto»)”. Según sus cálculos, el feriante había invertido en 1967 unos 50.000 dólares de la época -unos 210.000 euros actuales- en crear la criatura original, que habría embutido en hielo para añadirle dramatismo y, de paso, dificultar la detección del engaño. Dos años después, como su éxito comercial era moderado, filtró la existencia de Bozo a los dos cazadores de monstruos con la esperanza de conseguir un mayor eco publictario, pero lo que no esperaba es que una institución científica se interesara por su monstruo. Para evitar que descubireran su engaño, descongeló el muñeco, le hizo pequeños cambios, lo volvió a congelar y se inventó el cuento de la réplica.

“Me quito el sombrero ante Hansen no porque glorificara el mito del monstruo -en mi opinión, ayudó a degradarlo-, sino porque demostró una habilidad suprema en su profesión”, dice Napier, quien añade que el feriante siempre fue un paso por delante de quienes intentaban solventar el enigma. “Si existiera un premio Barnum, mi voto sería para Frank D. Hansen. Nunca afirmó sobre la pieza nada más que que era un misterio, algo que, en realidad, era y todavía es”. Para el primatólogo, lo realmente desconcertante era la ingenuidad que habían demostrado “dos experimentados zoólogos” como Sanderson y Heuvelmans.

¿Dejará ahora Steve Busti, nuevo dueño del hombre de hielo de Minnesota, que algún científico examine la pieza como es debido?

Un bigfoot en el jardín

El horror no conoce límites. ¿Se acuerdan de los enanos de jardín, espantosos gnomos de los que todavía hay supervivientes en muchas urbanizaciones españolas? Pues, hace un año, viajaba en tren de Washington a Nueva York cuando, hojeando un catálogo de cortesía de SkyMall, una compañía de venta por correo, me di de narices con dos ejemplares de bigfoot. Se trataba de dos esculturas en resina, una para poner como si el ficticio pariente del también ficticio yeti se asomara por detrás de un árbol y otra que parece sacada de la famosa película de Patterson-Gimlin, un viejo fraude criptozoológico.

Esa filmación, en la que se ve en un claro del bosque a un peludo homínido caminando y que se vuelve hacia la cámara, fue rodada por los vaqueros Roger Patterson y Bob Gimlin en 1967 en Bluff Creek, California. Aunque los escépticos la consideraron fraudulenta desde el principio, los criptozoólogos defendieron su autenticidad hasta que en 2004 el periodista Greg Long identificó al ser humano que se ocultaba bajo el disfraz: era Bob Heironimus, un trabajador de Pepsi a quien Patterson había prometido por su interpretación mil dólares que nunca pagó. Bigfoot, el yeti de jardín, como se llama la correspondiente escultura, se fabrica en 31 y 50 centímetros de altura, y cuesta 89,95 y 125 dólares, repectivamente. Bigfoot, el yeti tímido mide, por su parte, 38 centímetros y tiene un precio de 69,95 dólares.

He encontrado en la web de SkyMall otra escultura del hombre salvaje norteamericano a tamaño real, apta para muy pocos jardines y bolsillos: mide 1,8 metros, pesa 66 kilos y cuesta 2.250 dólares. Y tienen también a la venta zombis, claro.

Escultura en resina del Bigfoot para el jardín, a la venta por correo en Estados Unidos.