Parapsicología

El misterio de las caras de Bélmez

Figuras el suelo de la cocina de María Gómez Cámara a mediados de los años 80. Foto: Gabriel Naranjo 

Un ama de casa descubrió un rostro en una mancha de grasa en el suelo de su cocina y se asustó. Así nació el 23 de agosto de 1971 el enigma de las caras de Bélmez. Para algunos, el mayor misterio de la parapsicología española. Los rostros que a partir de ese momento aparecieron en aquella cocina atrajeron hasta el pueblo jienense a una multitud de periodistas que, con la inestimable ayuda de parapsicólogos y videntes, convirtieron Bélmez de la Moraleda en una suerte de Roswell cañí. Después de unos meses, las sospechas de fraude obligaron al misterio a refugiarse en las revistas esotéricas, junto a platillos volantes y fantasmas, y luego cayó en el olvido. Hasta que en 1997 resucitó…

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El caso del aristócrata madrileño que decía tener rayos X en los ojos

Undécimo marqués de Santacara, caballero de la Orden de Malta y director general de Cinematografía y Teatro de 1952 a 1955, Joaquín María Argamasilla de la Cerda y Elio (Madrid, 1905-Bilbao, 1987) protagonizó en su juventud uno de los episodios más chuscos de la parapsicología española. Solo equiparable al tardofranquista de las caras de Bélmez, que todavía colea en el siglo XXI por la necesidad de hacer caja de los que Carl Sagan llamaba traficantes de misterios, pícaros cuyo éxito popular es inversamente proporcional al rigor con que se aproximan a los supuestos enigmas…

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Diez bonitos libros sobre platillos volantes y fenómenos paranormales para regalar estas navidades

Dibujo de un ovni sobre un círculo del cereal, del libro ‘Ufo drawings from The National Archives’.

Casi todos conocemos a alguien interesado en los fenómenos forteanos. Ya saben, los platillos volantes, los poderes paranormales, las desapariciones misteriosas, las profecías, los monstruos… A algunos nos basta con mirar al espejo para dar con el sujeto en cuestión; otros lo tienen en la familia o en su círculo de amigos. Da igual. Los Reyes Magos están a punto de montar en sus camellos para su viaje anual desde Oriente: ¿por qué no incluir en su equipaje un libro para ese amigo que está interesado en cosas raras? Aquí va una lista de diez bonitos volúmenes sobre estos temas. Algunos están en inglés -no sé por qué los editores españoles ignoran este tipo de obras, cuando tienen un indudable atractivo-, pero el idioma no es una barrera para disfrutar de ellos…

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La historia real de la niña de ‘El exorcista’

La niña Regan MacNeil (Linda Blair) en una escena de ‘El exorcista’. 

Quien más, quien menos, muchos de ustedes recordarán la primera vez que vieron al padre Karras intentando expulsar al demonio de la pequeña Regan. Yo tenía 14 años cuando leí El exorcista (1971), la novela de William Peter Blatty que sirvió de base a la extraordinaria película de 1973 de William Friedkin, que no vi hasta bastantes años después de estrenarse en los cines. El libro me impresionó tanto, pasé tanto miedo y disfruté tanto con él, que lo guardo con especial cariño y aproveché el pasado verano para releerlo…

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Telegramas a Marte a 18 peniques por palabra

Hugh Mansfield Robinson, de pie con auriculares, intentando captar un mensaje de Marte en octubre de 1928. Abajo a la izquierda agachado, el ingeniero Archibald Low, uno de los pioneros de la televisión.

“A las doce y cuarto de esta madrugada se ha enviado al planeta Marte un mensaje radiotelegráfico por conducto de la estación de Rugby. Hasta las tres, según noticias particulares, no se ha recibido contestación”, informaba El Pueblo Vasco en su primera página el 25 de octubre de 1928. El telegrama, contaba el periódico bilbaíno con 24 horas de demora, lo había puesto el “físico e investigador” Hugh Mansfield Robinson, que aseguraba no solo tener “frecuentes comunicaciones con Marte”, sino también haber viajado allí. En la estación de Rugby permanecieron a la espera de respuesta de nuestros vecinos, sin éxito. Aunque, según contaba La Vanguardia aquel mismo día, un tal doctor Low había interceptado un mensaje marciano “en una estación particular de Chiswick”. Era indescifrable hasta para “el doctor Robinson”, advertía el diario barcelonés… 

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