Ciencia, superstición, incultura

El cuento de la superluna, en M80 Radio

Juan Luis CanoMaría Gómez y yo hablamos ayer del cuento de la superluna, en la undécima entrega de la temporada de mi colaboración semanal en ¡Arriba España!, en M80 Radio. Si quiere, puede escuchar el programa completo.

El cuento de la superluna

La superluna de noviembre de 2016La luna llena de esta semana será más grande y brillante. ¿Cuánto? Hasta un 14% más grande y hasta un 30% más brillante que la de abril, según la NASA. No es que el satélite se esté precipitando hacia la Tierra -al contrario, se aleja unos 4 centímetros al año-, es que su órbita alrededor de nuestro planeta es ligeramente elíptica y hay momentos de máximo alejamiento (apogeo), como la luna llena de abril, y de máxima proximidad (perigeo), como la de este mes.

La distancia media entre la Tierra y la Luna es de 384.400 kilómetros, pero puede superar en el apogeo los 406.000 y reducirse en el perigeo hasta casi los 356.000. Cuando la fase de llena coincide con el máximo acercamiento, los astrónomos hablan de luna llena de perigeo, fenómeno que popularmente se conoce desde hace unos años como superluna, denominación que, sin embargo, no usan los astrónomos.

Superluna es un término inventado por el astrólogo estadounidense Richard Nolle en 1979. En un artículo publicado en la revista ‘Horoscope’, llamó así a “una luna nueva o llena que ocurre cuando el satélite está en su máximo acercamiento a la Tierra en una órbita determinada”. Según Nolle, las superlunas están asociadas con grandes huracanes, erupciones volcánicas y terremotos, algo que no es cierto, ¿pero qué esperan ustedes de un astrólogo?

Un fenómeno habitual

“En términos generales, las lunas llenas ocurren cerca del perigeo cada 13 meses y 18 días, así que no es algo tan inusual”, explicaba en 2014 el astrónomo Geoff Chester, del Observatorio Naval de Estados Unidos. Aunque pueden ser más frecuentes. De hecho, la de hoy no será ni la primera ni la última superluna de 2016: también lo fue la luna llena de octubre y lo será la de diciembre. Pero la de hoy será la más cercana desde el 26 de enero de 1948 y hasta el 25 de noviembre de 2034: el satélite estará a las 14.52 horas a sólo 356.500 kilómetros.

La órbita de la Luna.La NASA dice que la Luna de estas noches será hasta un 14% más grande y un 30% más brillante que la miniluna de abril. ¿Lo notaremos si echamos una mirada al cielo? “No es suficiente para notarlo a no ser que seas un muy meticuloso observador de la Luna”, dice Alan MacRobert, redactor jefe de  revista Sky & Telescope. “No me gusta animar a la genta a ver algo que no va a ser capaz de ver. Realmente no hay mucho que ver”, advierte Jim Lattis, astrónomo de la Universidad de Wisconsin, a quien desagrada el bombo mediático que se da a las superlunas  porque genera falsas expectativas.

Puede comprobarlo en casa con un sencillo experimento que propone Sky & Telescope. Coja una naranja y póngase a 3 metros de ella. Es el equivalente a la Luna en el punto más lejano de su órbita. Para simular lo que pasará hoy, acérquese a la naranja 40 centímetros y vuelva a echarle una mirada. Comprobará lo difícil que es notar el cambio de tamaño. Y ya no digamos entre la luna llena de octubre, también muy próxima, y la de esta semana, que sólo está 1.400 kilómetros más cerca, apenas un centímetro en nuestro experimento casero. Aún así, salga a contemplar la luna llena; siempre merece la pena.

La Luna, por cierto, puede verse más grande en el cielo no porque esté más próxima, sino por la llamada ilusión lunar. Es una ilusión óptica, que todavía no ha recibido una explicación satisfactoria, por la cual el satélite visto cerca del horizonte -y lo mismo pasa con el Sol- parece más grande que cuando está en lo alto del cielo, aunque su tamaño sea en realidad el mismo. Por eso, habrá gente que, si estos días ve la luna llena cerca del horizonte, creerá erróneamente que es la más grande que ha visto jamás y que eso se debe a la llamada superluna, cuando en realidad habrá sufrido una ilusión óptica.


El bulo marciano

Un mensaje de correo electrónico alertaba en 2003 de que Marte iba a acercarse tanto a la Tierra que iba verse en el cielo tan grande como la luna llena. El informante advertía de que no había ocurrido nada igual en 60.000 años y no iba a volver a suceder hasta 2287. Y acababa diciendo: “¡Nadie vivo volverá a verlo!”. Imagínese el disco rojo de Marte del tamaño de la Luna en el cielo nocturno. Espectacular, ¿verdad?

Hagamos unos sencillos cálculos. La Luna mide 3.474 kilómetros de diámetro y está de media a unos 384.000 kilómetros de la Tierra. Para que Marte, con sus 6.779 kilómetros de diámetro, tenga en el cielo el tamaño del satélite terrestre debería encontrarse a unos 760.000 kilómetros de nuestro planeta, pero nunca se acerca a menos de 54,6 millones de kilómetros así que nunca se verá más allá de un puntito a ojo desnudo.

El bulo marciano resucita más o menos cada dos años, en coincidencia con los momentos de máxima cercanía entre la Tierra y el planeta rojo.

Tom Wolfe, contra la teoría de la evolución

Tom Wolfe, en 2007. Foto: medusahead.Tom Wolfe es venerado como el padre del nuevo periodismo. Cada vez que publica un nuevo libro, se pasea por los grandes medios occidentales con su traje blanco y sus poses de dandi, soltando afirmaciones impactantes para conseguir el titular que le interesa, no en vano es periodista. Y también es un ignorante de tomo y lomo. “La teoría de la evolución es un cuento”, decía ayer en El Mundo. Y añadía:

Un mito como el de Thor y Wotan. La teoría de la evolución no cumple con ninguno de los estándares para las nuevas teorías porque, para empezar, no es comprobable. La evolución significa que no puedes ver lo que sucederá a menos que vayas a vivir durante siete millones de años, no se puede explicar, es totalmente imposible. Si intentaras encontrar hechos que sean verdaderos, se anularía la evolución. No se han abierto nuevas investigaciones y no es una teoría comprobable.

El escritor estadounidense demuestra en este párrafo estar a la misma altura intelectual que Juan Manuel de Prada, la referencia literaria antievolucionista española. Al parecer, Wolfe dedica su último libro, The kingdom of speech, a atacar la teoría de la evolución, el pilar de la biología, y, por lo leído, lo hace desde el total desconocimiento.

La teoría de la evolución por selección natural establece que todos los seres vivos actuales descendemos de otros anteriores y que el motor del proceso evolutivo es la selección natural, que hace que aquellos organismos mejor adaptados al entorno prosperen y se multipliquen mientras que condena a los peor adaptados a un papel secundario e incluso la extinción. Cuando Charles Darwin la formuló, se ignoraba qué mecanismo era el responsable de esas variaciones en la adaptabilidad. Ahora los científicos saben que son las mutaciones genéticas.

Desde que Darwin y Alfred Russel Wallace presentaron la teoría de la evolución en 1858, ésta ha sido confirmada por la evidencia fósil, la genética y la experimentación en laboratorio. “Las pruebas podrían haber ido en otro sentido. Podrían haber refutado la teoría de Darwin. En vez de eso, tenemos 150 años de pruebas que apoyan su teoría”, destacaba hace cinco años Alan Rogers, antropólogo de la Universidad de Utah y autor del libro The evidence for evolution (Las pruebas de la evolución, 2011). Desde hace décadas, los paleontólogos han ido completando el registro fósil con especies que -¡oh, casualidad!- encajan perfectamente en el marco evolutivo, como Tiktaalik rosae -forma intermedia entre los peces y los tetrápodos que vivió hace unos 370 millones de años y marcaría el inicio de la conquista de tierra firme- y nuestros antepasados homínidos. Además, tanto la resistencia de bacterias a los antibióticos como experimentos con animales han permitido a los científicos presenciar en directo la evolución por selección natural, ésa que el escritor estadounidense dice que “no puedes ver” a menos que vivas millones de años.

Tom Wolfe es un inculto, un analfabeto, un ignorante. No hay vuelta de hoja. Sería de agradecer que algún entrevistador le replicara cuando en una entrevista dice tonterías sobre la teoría de la evolución, a ver por dónde sale el padre del nuevo periodismo. Claro que para eso el periodista debería tener una ligera idea del tema. Culturilla general.

La pulsera magnética: un amuleto para engañarlos a todos

Publicidad en prensa de la pulsera magnética Flowing. “Recuerde que sólo se vende en farmacias y no necesita recargar”. Era el reclamo que usaba en 1987 el fabricante de “la pulsera biomagnética Flowing”, chapada en oro de 24 quilates y “la única del sector farmacéutico con placa para grabar el nombre del propietario”. Hace tres decenios, hacían furor en España unas pulseras metálicas con forma de torque con dos bolitas en los extremos. Las había de varias marcas -Flowing, Ionma, Rayma, Bio-Vital…-, todas de características similares y con precios que oscilaban entre las 1.500 y las 6.450 pesetas, el equivalente a entre 23 y 101 euros actuales. En tres años se vendieron millones de unidades en nuestro país. Uno de los fabricantes, Ioncoor, aseguraba en diciembre de 1986 a El País que en 1984 había vendido 20.000 pulseras, cantidad que había ascendido hasta 1 millón en 1985 y a 1,5 millones al año siguiente.

Las pulseras magnéticas servían contra “cualquier dolencia y malestar”, aseguraba la firma Natural Beauty en las cartas que buzoneaba, que estaban encabezadas por una foto de un científico en un laboratorio con su microscopio y una imagen de la pulsera. El uso del complemento suponía, según la firma, una suerte de vuelta a la naturaleza. “Nuestro cuerpo, cada cierto tiempo, nos pide una renovación o descarga y por este motivo sentimos los deseos de estar en contacto con la naturaleza, donde existe un auténtico equilibrio, para recibir los iones que necesitamos y, por lo tanto, para producir una eliminación del exceso de tensión y electricidad estática que acumulamos”, explicaba la compañía. La efectividad del dispositivo la había demostrado un tal “profesor John W. Watermans”, de la Universidad de Harward (sic). Ni el experto ni la universidad -la prestigiosa es Harvard con uve- existían, pero en aquella época no había Internet y el público estaba todavía más indefenso que ahora ante timos como éste.

Natural Beauty recomendaba llevar su pulsera “en el brazo derecho, con los círculos hacia arriba” para “las personas que tengan algunos de los siguientes síntomas: estados de tensión, nervios en general, dolores de cabeza, depresiones, insomnio, estrés, pérdida de la potencia sexual, dolores musculares, sistema respiratorio (bronquitis, sinusitis, asma bronquial), las que padecen continuo cansancio, malestar, trastornos, las que tienen continuos dolores, reumatismo y artrosis, e infinidad de enfermedades crónicas”. En la otra mano, “pero con los círculos hacia la parte interior” estaba indicaba para “trastornos de la menstruación, taquicardias e insuficiencias coronarias, flebitis, varices, problemas de circulación, tendencia hacia la obesidad, problemas metabólicos, riñones, aparato digestivo (dificultades en la digestión) y estreñimiento”. Contra las alergias, servía en ambos brazos. La compañía hacía hincapié en que era un tratamiento complementario y sin contraindicaciones, y que su dispositivo era el original. “Ahora se vende en farmacias con distintos nombres puesto que nuestros distribuidores le ponen el nombre que más les interesa comercialmente”.

Desmontadas por la ciencia

Imágenes que encabezaban la carta publicitaria buzoneada en 1986 por Natural Beauty, disctribuidora de una pulsera magnética. “Hombres y mujeres de toda posición y estatus sociales portan este exótico objeto de bisutería cual símbolo totémico al que acudir ante la ineficacia de píldoras, inyecciones y toda la parafernalia habitual de los tratamientos médicos estándar”, escribía el periodista Javier Fuentenebro en el diario bilbaíno El Correo el 8 de agosto de 1986. “Hoy, los milagros de la pulsera magnética se vocean en televisión en las cuñas de programas radiofónicos y en las páginas publicitarias de prestigiosas revistas financieras. ¿Se resiste usted a la tentación de comprarla?”, preguntaba Esclavitud Rodríguez en el suplemento Negocios de El País a sus lectores cuatro meses después. La pulsera magnética no entendía de clase social, nivel educativo ni edad.

Todos los que compraron esas pulseras fueron engañados. El Centro Nacional para la Salud Complementaria e Integral (NCCIH), un organismo público estadounidense dependiente de los Institutos Nacionales para la Salud (NIH) dedicado desde 1992 al estudio de las medicinas alternativas, afirma que los artilugios magnéticos como las plantillas de zapatos, las pulseras, los vendajes y las colchonetas no funcionan más allá del placebo. Hay numerosos estudios que apuntan en ese sentido. Uno de 2007, cuyos resultados se publicaron en la revista de la Asociación Médica Canadiense, demostró que el uso de imanes no sirve para nada contra el dolor causado por la osteoartritis, la artitris reumatoide y la fibromialgia. Y, por citar sólo dos, otro de 2013, que vio la luz en PLOS ONE, confirmó que las pulseras magnéticas no son más efectivas que el placebo contra la artritis reumatoide.

Según El Diario de Mallorca, en pleno auge de estas pulseras, la firma balear Rayma facturó en un año 8.500 millones de pesetas, unos 51 millones de euros. Y era sólo uno de los fabricantes. Aunque con el tiempo perdió popularidad y dejó de venderse en farmacias -donde en su época dorada se ofrecía la recarga; hace falta ser caradura-, la pulsera magnética no desapareció. Es un negocio que sigue moviendo muchísimo dinero: en 2006 se calculaba que el negocio de la bisutería magnética suponía 252 millones de euros anuales sólo en Estados Unidos, cantidad que se triplicaba con creces para todo el mundo.

La pulsera mágica resurgió en 2009 transmutada en una de silicona con un holograma, la Power Balance, que también fue un fenómeno de masas y lucieron personajes populares como Cristiano Ronaldo, Manolo Santana, Severiano Ballesteros, José María García, la infanta Elena, Antonio Lobato, Mercedes Milá, Iker Jiménez y Pablo Motos, políticos como Patxi López, Esperanza Aguirre, Javier Arenas, José Ramón Bauzá, Ignacio González y Gustavo de Arístegui, y hasta Felipe de Borbón, entonces príncipe de Asturias y que también cayó en el timo de los parches de titanio que equilibran la energía vital. Unos por ignorancia y otros cheque mediante. También en este caso el timo saltó todas las barreras sociales y culturales. ¿Cuánto tardará en llegar la próxima pulsera milagrosa?