Un incrédulo en el espectáculo de Anne Germain

Anne Germain y César Heintirch, en el escenario del palacio Euskalduna de Bilbao al final de su actuación. Foto: L.A. Gámez

Hay gente que rompe a llorar antes de que Anne Germain suba al escenario del palacio Euskalduna, en Bilbao. Son las 22.10 horas del 25 de abril, la médium de Telecinco va a entrar en la sala. El espectáculo no ha empezado todavía. Bueno, para mí, sí. Para mí, ha comenzado en la puerta del teatro, donde he visto la emoción con que algunos fieles de la dotada salían de la sesión de tarde porque habían contactado con el espíritu de un familiar muerto.

Ya en la butaca, he pasado diez minutos escuchando la bienvenida del presentador de televisión César Heinrich. Será nuestro “anfitrión” y nos ha explicado que no vamos a asistir a un espectáculo, que vamos “a vivir una experiencia”. Somos unas 300 personas -la mayoría, mujeres- que hemos pagado 80 euros de entrada por cabeza. “Lo que van a sentir hoy aquí va a ser algo único, irrepetible”, ha asegurado. Luego, han proyectado en la pantalla una breve hagiografía de Anne Germain, famosa en España gracias al programa Más Allá de la Vida de Telecinco.

Ahora viene lo que realmente me interesa. La dotada acaba entrar por una puerta lateral de la sala e inicia el recorrido hasta el escenario por el pasillo central, del brazo de Heinrich. ¡Comienza el espectáculo! El público aplaude, se levanta, empieza a llorar. La ovación llega a ser atronadora, y Anne Germain todavía no ha abierto la boca. Estoy rodeado de creyentes y me siento  un bicho raro. En la pantalla gigante, en las imágenes del público que recogen varios cámaras de televisión, destaca una joven con un osito de peluche en brazos que llora desconsolada. Está en primera fila.

‘Interferencias’ desde el Más Allá

Anne Germain sube al escenario. Derrocha cercanía. Asegura que ella es, para los espíritus, “como un teléfono y que, al igual que ocurre con los teléfonos, a veces hay algún cable cruzado”. Explica que, en ocasiones, pueden registrarse interferencias desde el Más Allá y hacer que ella transmita como procedente de un espíritu un mensaje que, en realidad, es mezcla de lo que dicen varios. Pide a los presentes  paciencia, que no lleguemos a conclusiones precipitadas, que abramos nuestros corazones a más de un espíritu “porque, en muchas ocasiones, una presencia se acerca con otra”.

“Si conecto con vosotros y no entendéis el mensaje, no digáis que no inmediatamente. Dadme tiempo para conectar con la persona. Tengo que ir haciendo preguntas. ¿De acuerdo?”. Sigue diciendo que puede recibir un mensaje para una persona que contenga, a su vez, otro para otra. Explica que, a veces, puede imitar en sus movimientos a los muertos “hasta cierto punto”. Y añade que, si cualquiera cree que el mensaje que escucha es para él, se considere destinatario del mismo porque -recuerda- puede estar recibiendo mensajes de más de un espíritu, aunque ella los presente como de uno solo. El discurso garantiza que Anne Germain nunca falla.

La introducción acaba con la médium advirtiéndonos de que la sala está llena de espíritus, familiares de los asistentes, que ella ve, pero nosotros no. Me acuerdo del dragón en el garaje de Carl Sagan. Anne Germain nos anima a saludar a esas entidades del Otro Lado levantando los brazos y agitándolos con las manos abiertas, girando el cuerpo hacia todos lados, porque las presencias están por todas partes. Unos segundos después, el público, entusiasmado, agita los brazos al aire girándose de un lado y otro, saludando a los espíritus. Es increíble. Y preocupante. Que un burdo estafador maneje tan fácilmente a adultos educados da miedo.

A los abuelos no les gustan las minifaldas

Es mejor el preámbulo que el show propiamente dicho. Una vez que Anne Germain empieza a conectar con el Más Allá, al escéptico no le sorprende nada, excepto la infinita credulidad del personal. La médium dice generalidades, que repite descaradamente con sus diferentes víctimas, les sonsaca y se confunde mucho, pero no importa. Nadie se para a pensar; no han pagado para eso. Han soltado 80 euros para creer que van a hablar con su abuelo, su madre o el hijo que perdieron. Y para llorar, para llorar mucho. La médium lo sabe y el anfitrión también. Los elegidos no suben al escenario. Heinrich pasea por el patio de butacas con el micrófono.

Si habla con una pareja que se presenta como tal -no como un matrimonio o como novios-, en un momento dado de la conversación, Anne Germain les dice que su abuelo, o quien toque, le cuenta que hace tiempo que piensan en regularizar la situación. Es lo que dijo, al menos, dos veces en la sesión a la que asistí. La primera le salió mal: la pareja negó que pensara casarse ni firmar papel alguno. Entonces, la médium cambió automáticamente de tema. La segunda pareja asintió, lloró y se dio el sí, quiero ante Anne Germain mientras sus rostros se proyectaban en la pantalla gigante. Al día siguiente, supe que él era Luis Hermosa, concejal del PP de Bilbao, y ella la cantante Susan Laster. ¿Se acuerdan cuando nos reíamos de que Ronald Reagan organizaba su agenda en coordinación con una astróloga? Pues aquí tenemos políticos que dan pasos vitales porque se lo sugieren sus parientes muertos. Bueno, eso creen ellos.

Los mensajes son todos del estilo de: “Mamá te quiere mucho”; “Eras la niña de los ojos de papá”; “Tu abuelo dice que cada vez te pareces más a tu madre”… Y se repiten en diferentes variantes. Así,  Anne Germain informa a un par de mujeres jóvenes de que a sus respectivos abuelos les parece que visten faldas demasiado cortas. ¿A qué abuelo le parece recatada la vestimenta de alguna de sus nietas? Pero la gente traga. La médium acierta con generalidades o cuando pregunta y, si mete la pata hasta el fondo, cambia de tercio.

¡Párense a pensar, por favor!

La joven del osito de peluche acaba siendo, cómo no, una de las elegidas por Anne Germain para demostrar sus poderes. Y, claro, la médium conecta con un niño. “¡Mi mamá! ¡Mi mamá! ¡Quiero a mi mamá!”, dice con voz infantil dirigiéndose a la chica. “Quizá se trate de dos niños de dos familias distintas; pero que han ido al mundo espiritual a la vez”, puntualiza. La muchacha llora. “¡Es mi mamá! ¡Quiero a mi mamá”, repite la dotada, que añade, acto seguido, que, si no se trata de un niño pequeño, es alguien que llamó a su madre “en el momento de partir”. Y sigue, sigue hablando de “una presencia con el comportamiento típico de un niño que no puede estarse quieto”.

La médium de Telecinco dice a la muchacha que siente que ella y sus acompañantes, dos tías, eran como madres para el niño. Todo se va aparentemente al traste cuando, tras más de cinco minutos en los que la dotada habla continuamente de un niño o un adolescente, la joven del peluche asegura que reconoce en el espíritu a su padre muerto. ¿Qué hace entonces Anne Germain? Ni se inmuta. Cambia de tercio. Asegura que todo es muy confuso para ella porque está hablando con un niño, y la joven del muñeco soluciona el entuerto: “Ella perdió un bebé”, dice de una de sus tías. Ya está, problema resuelto: la espiritista sentencia que ha conectado con el feto abortado y se queda tan ancha. ¿Pero no estaba la chica convencida de que era su padre?

Asistir al espectáculo de Anne Germain es una fantástica clase práctica de pensamiento crítico. Conoces la teoría del efecto Forer y la lectura fría, y la has visto en la tele, pero en la pequeña pantalla existe el montaje -que elimina fragmentos poco interesantes- y mantienes un cierto distanciamiento con las víctimas. En el teatro, te rodean, ves que se trata personas aparentemente normales y asistes al espectáculo como uno más, pero de un modo diferente. Ellos, los seguidores de la médium, se quedan en la superficie, no profundizan en lo que les cuenta ni en cómo se lo cuenta. Estoy entre ellos, pero mentalmente aislado, como si viera todo desde fuera -como cuando asisto a un acto religioso-, y hay momentos en los que la médium y su trouppe me dan un inmenso asco.

La gente sufre muchísimo. Se ve en sus gestos; se percibe en su voz y en su lenguaje corporal. Ansía conectar con sus seres queridos muertos. Si cree conseguirlo, se derrumba y llora a mares. La médium sonríe, y cuenta todo tipo de tópicos y mentiras. César Heinrich, el anfitrión, ofrece a cada víctima de Anne Germain el micrófono y pañuelos de papel. Y los cámaras graban primerísimos planos de rostros llorosos que se proyectan en la pantalla gigante o en el monitor que tiene la médium en el escenario, a sus pies, para poder ver las reacciones de sus interlocutores más lejanos en el patio de butacas.

Es un espectáculo obsceno, repugnante. Es todo tan descaradamente fraudulento que en varios momentos me dan ganas de levantarme y gritar a los asistentes: ¡Cómo podéis ser tan ingenuos! ¡Os están engañando! Y explicarles cómo lo están haciendo. Me quedo sentado y en silencio. He pagado 80 euros de mi bolsillo y quiero vivir la repulsiva experiencia hasta el final, para luego contarla aquí y en la radio. A fin de cuentas, que yo sepa, ningún medio se ha dignado a hacer algo parecido. Considero que es lo mejor, como antes he pensado que lo era engordar la cuenta corriente de la médium y sus patrocinadores, a pesar del asco que me da lo que hacen, para asistir a una sesión de espiritismo como un creyente más. Pasa la medianoche cuando todo acaba y salgo del teatro alucinado. No puedo evitar pensar que mis acompañantes en el patio de butacas son ciudadanos adultos, con derecho a voto. Me dan ganas de exiliarme.

Mi entrada al 'show' de Anne Germain.