Juan Manuel de Prada de las cavernas

Juan Manuel de Prada se confirma con su artículo del último número del XL Semanal como uno de los principales propagandistas en España del creacionismo. Ya dio un gran paso en esa dirección en julio de 2006, en una lamentable columna -publicada en la misma revista- en la cual rechazaba la teoría de la evolución recurriendo a Gilbert K. Chesterton, autor a quien vuelve a sacar a relucir ahora para dejarnos claro que no ha aprendido nada en los dos últimos años, que sigue sin saber de lo que habla.

Juan Manuel de Prada. Foto: Efe.“Que los medios de comunicación alteran la realidad, introduciendo a su conveniencia tergiversaciones más o menos gruesas que dificultan o impiden una cabal comprensión de los acontecimientos, no parece asunto que admita demasiada controversia. Más estupefaciente resulta que tales tergiversaciones gruesas puedan ejercer sobre sus destinatarios una suerte de abducción plácida, un estado de hipnosis que reformatea su capacidad de juicio y les hace tragarse sin rechistar las trolas más rocambolescas y desquiciadas”, empieza el novelista. Es cierto que en los medios, hasta en los serios, sucede eso. Su texto lo demuestra. Porque pone su pluma al servicio del credo creacionista, aunque eso conlleve falsear la realidad y hacer gala de una supina ignorancia.

Se queja De Prada de que el creacionismo “se suele pintar como una quimera urdida por cuatro friquis fanáticos, según la cual el origen de la vida debe ser explicado mediante una lectura literal del primer capítulo del Génesis. Esta caracterización paródica de los llamados creacionistas resulta tan inverosímil como otra que caracterizase a los evolucionistas como friquis que aceptan sin empacho que el hombre desciende por vía directa del mosquito del vinagre, puesto que comparte con él un altísimo porcentaje de su material genético”. Es verdad que no todos los creacionistas leen literalmente el primer capítulo Génesis, pero los hay que sí. Por el contrario, no existe evolucionista alguno que sostenga que descendemos “por via directa” de la mosca del vinagre, insecto que es un pariente lejano nuestro, pero no un ancestro del ser humano.

“Seguramente existan necios que sostengan que el mundo fue creado en seis días de reloj por un taumaturgo de abracadabra, como sin duda existirán necios que cuando se tropiezan con un mosquito del vinagre se enternezcan, pensando que se hallan ante un pariente lejano”, continúa el escritor. Y sigue confundiéndose. Los primeros necios existen; los segundos no. La razón es muy simple: la mosca del vinagre, como cualquier otro ser vivo, es pariente nuestro; lejano, pero pariente. Toda la vida en la Tierra está emparentada como una gran familia con un árbol genealógico de miles de millones de años y millones de integrantes. Al negar el parentesco con el insecto, De Prada demuestra que no sabe de lo que habla.

Darwin y Dios

Luego nos dice que “el propio Darwin nunca negó la intervención divina en su obra canónica, El origen de las especies; pero, misteriosamente, la prensa que lo jalea -que, por supuesto, no se ha tomado la molestia de leerlo- suele esgrimirlo como autoridad irrefutable para negar tal intervención, condenando a quienes la afirman al gueto de los indoctos y los oscurantistas”. Darwin ni mete ni saca a Dios en su teoría porque los seres sobrenaturales no pintan nada en un trabajo científico. El naturalista británico explica la evolución por medio de la selección natural, no mediante milagros, porque la idea de la Creación es ajena a la ciencia.

Por si esa tergiversación fuera poca, De Prada añade que “lo cierto es que tal intervención (la divina), por mucho que avance la ciencia, nunca podrá ser probada ni refutada categóricamente”. Vamos a ver: quien tiene que demostrar algo es quien defiende ese algo. Quien sostiene que una divinidad ha actuado a lo largo de la Historia debe presentar las pruebas de ello, si quiere que esa afirmación sea tomada como algo más que una creencia. Mientras no haya pruebas, no hay divinidad que valga, se llame ésta Zeus, Odín, Yahvé, Papá Pitufo… Como De Prada no puede refutar la existencia de Papá Pitufo, ¿quiere eso decir que somos una creación de un barbudo duende azul con barretina? Sobrecoge que el novelista aproveche una tribuna como el XL Semanal para intentar vender al público una idea tan rocambolesca y desquiciada.

Por último, regresa a Chesterton y el arte rupestre, repitiendo argumentos que ya utilizó en julio de 2006. Dice que “las pinturas rupestres no fueron comenzadas por monos y terminadas por hombres; los monos no pintan mejor a medida que evolucionan: simplemente, no pintarán jamás. Ese rasgo exclusivo de la personalidad humana plantea un desafío a nuestra inteligencia que la prensa occidental se niega a afrontar”. Para él, el arte paleolítico rebate la teoría de la evolución. Permítanme que repita lo que ya escribí hace dos años. Las pinturas rupestres fueron hechas por hombres -es cierto-, pero hubo muchas generaciones de hombres con anterioridad que no pintaron en las paredes de las cuevas. Y los hubo antes que no tuvieron arte. Hoy, un número creciente de paleontólogos cree que el comportamiento humano moderno -que se caracteriza por el pensamiento abstracto y el simbolismo, la talla de huesos por razones religiosas, las herramientas del tipo de arpones…- emergió gradualmente en nuestra especie durante decenas de miles de años. No, Altamira no la empezó un mono y la acabó un hombre. La acabó el mismo primate que la empezó a pintar, un hombre descendiente de otros homínidos que habían vivido en África hace millones de años y que nos costaría identificar como algo más que chimpancés bípedos. Somos diferentes a las demás criaturas, pero no somos el fin de un camino. Si hoy cayera un asteroide de gran tamaño -¿por qué fue la divinidad tan cruel de crear a los dinosaurios y luego exterminarlos en masa?-, con el tiempo la vida resurgiría y la historia del hombre no habría sido nada más que un pequeño intermedio en la de la Tierra.

De Prada cree que “el asunto primordial no es otro sino aceptar que la Creación es fruto de un azar complejo o asumir que obedece a un designio divino”. Y vuelve a confundirse. Porque el azar es sólo una parte del proceso: la vida ha evolucionado en la Tierra durante unos 3.800 millones de años condicionada por mutaciones aleatorias y la selección natural. Ésta ultima es el mecanismo que guía de forma natural, sin intervención mágica alguna, el proceso evolutivo. Es la clave y, por eso, Darwin la llevó al título de su obra: El origen de las especies mediante la selección natural, o la preservación de la razas favorecidas en la lucha por la existencia. La reducción de la evolución al mero azar es una prueba más de que el novelista habla de oídas y de cómo los creacionistas “alteran la realidad, introduciendo a su conveniencia tergiversaciones más o menos gruesas que dificultan o impiden una cabal comprensión” de la teoría de la evolución.