Juan Manuel de Prada: el contraataque del crédulo feroz

La ignorancia viste a De Prada, titulaba con gran tino hace una semana Mauricio-José Schwarz su comentario al penúltimo desvarío anticientífico de Juan Manuel de Prada en XL Semanal. Penúltimo, porque ayer el novelista salía en las páginas del colorín en respuesta a quienes le han escrito y, según él, le han tildado «de fanático, supersticioso, botarate y no sé cuántas enormidades más» por su alegato antievolucionista de hace quince días. Si en «Creacionismo» y en el posterior «Ciencia demente» demostraba no saber de lo que hablaba, en su artículo de ayer, «Incrédulos», retuerce la realidad para aparentar que responde a las críticas al primero, aunque en realidad no lo hace.
De Prada es creacionista y torpe en sus argumentaciones, pero no tonto. Su artículo «Incrédulos» caricaturiza a los críticos de su antievolucionismo mediante la tergiversación. «Los incrédulos suelen ser, precisamente, las personas que más denodadamente creen en aquellas cosas que el sentido común juzga increíbles», escribe. Y añade después: «El mismo incrédulo que se burla de la existencia de un cielo donde los justos se están quietecitos, contemplando el rostro de Dios, cree a pies juntillas en la existencia de espectros viajeros que acuden a la llamada de un espiritista».
¡No, no es así! Los incrédulos -identificados como los partidarios del llamado escepticismo científico– no rechazamos unas afirmaciones sobrenaturales en favor de otras, rechazamos todas las afirmaciones extraordinarias sin pruebas. Sobra decir que De Prada lo sabe, pero necesita recurrir a esa falacia para hacer digerible su apuesta por el diseño inteligente, que es de lo que en el fondo, y Chesterton mediante, estamos hablando. Es cierto que hay quienes dejan de creer en Dios para creer en cualquier otra cosa, pero es falso que quienes hemos criticado abiertamente su apuesta creacionista creamos a pies juntillas en otras cosas asombrosas.
Más le valdría De Prada dejar de leer a Chesterton para intentar justificar intelectualmente su antievolucionismo visceral y aprender algo de lo que es la teoría de la evolución antes de volver a hablar. Podría leer Darwin y el diseño inteligente. Creacionismo, cristianismo y evolución (Alianza Editorial, 2007), de Francisco J. Ayala. «Quien dice que Dios es el diseñador de todo está blasfemando», me decía en febrero el biólogo estadounidense de origen español. Y recordaba que el 20% de los embarazos acaba en aborto espontáneo durante los dos primeros meses. «Dado que los partidarios del diseño inteligente mantienen que hay un ser humano desde el momento de la concepción, Dios sería el mayor asesino de la Historia», sentenciaba Ayala. Pues, eso.

Sagan y la ufología, en Punto Radio Bilbao

Almudena Cacho y yo hablamos el 8 de octubre en Protagonistas Bizkaia, en Punto Radio Bilbao, del Instituto Carl Sagan de ufología y de Juan Manuel de Prada y el creacionismo, en la primera entrega de la temporada 2008-2009 del espacio que la emisora de Vocento dedica semanalmente al pensamiento crítico.

Juan Manuel de Prada de las cavernas

Juan Manuel de Prada se confirma con su artículo del último número del XL Semanal como uno de los principales propagandistas en España del creacionismo. Ya dio un gran paso en esa dirección en julio de 2006, en una lamentable columna -publicada en la misma revista- en la cual rechazaba la teoría de la evolución recurriendo a Gilbert K. Chesterton, autor a quien vuelve a sacar a relucir ahora para dejarnos claro que no ha aprendido nada en los dos últimos años, que sigue sin saber de lo que habla.
Juan Manuel de Prada. Foto: Efe.«Que los medios de comunicación alteran la realidad, introduciendo a su conveniencia tergiversaciones más o menos gruesas que dificultan o impiden una cabal comprensión de los acontecimientos, no parece asunto que admita demasiada controversia. Más estupefaciente resulta que tales tergiversaciones gruesas puedan ejercer sobre sus destinatarios una suerte de abducción plácida, un estado de hipnosis que reformatea su capacidad de juicio y les hace tragarse sin rechistar las trolas más rocambolescas y desquiciadas», empieza el novelista. Es cierto que en los medios, hasta en los serios, sucede eso. Su texto lo demuestra. Porque pone su pluma al servicio del credo creacionista, aunque eso conlleve falsear la realidad y hacer gala de una supina ignorancia.
Se queja De Prada de que el creacionismo «se suele pintar como una quimera urdida por cuatro friquis fanáticos, según la cual el origen de la vida debe ser explicado mediante una lectura literal del primer capítulo del Génesis. Esta caracterización paródica de los llamados creacionistas resulta tan inverosímil como otra que caracterizase a los evolucionistas como friquis que aceptan sin empacho que el hombre desciende por vía directa del mosquito del vinagre, puesto que comparte con él un altísimo porcentaje de su material genético». Es verdad que no todos los creacionistas leen literalmente el primer capítulo Génesis, pero los hay que sí. Por el contrario, no existe evolucionista alguno que sostenga que descendemos «por via directa» de la mosca del vinagre, insecto que es un pariente lejano nuestro, pero no un ancestro del ser humano.
«Seguramente existan necios que sostengan que el mundo fue creado en seis días de reloj por un taumaturgo de abracadabra, como sin duda existirán necios que cuando se tropiezan con un mosquito del vinagre se enternezcan, pensando que se hallan ante un pariente lejano», continúa el escritor. Y sigue confundiéndose. Los primeros necios existen; los segundos no. La razón es muy simple: la mosca del vinagre, como cualquier otro ser vivo, es pariente nuestro; lejano, pero pariente. Toda la vida en la Tierra está emparentada como una gran familia con un árbol genealógico de miles de millones de años y millones de integrantes. Al negar el parentesco con el insecto, De Prada demuestra que no sabe de lo que habla.
Darwin y Dios
Luego nos dice que «el propio Darwin nunca negó la intervención divina en su obra canónica, El origen de las especies; pero, misteriosamente, la prensa que lo jalea -que, por supuesto, no se ha tomado la molestia de leerlo- suele esgrimirlo como autoridad irrefutable para negar tal intervención, condenando a quienes la afirman al gueto de los indoctos y los oscurantistas». Darwin ni mete ni saca a Dios en su teoría porque los seres sobrenaturales no pintan nada en un trabajo científico. El naturalista británico explica la evolución por medio de la selección natural, no mediante milagros, porque la idea de la Creación es ajena a la ciencia.
Por si esa tergiversación fuera poca, De Prada añade que «lo cierto es que tal intervención (la divina), por mucho que avance la ciencia, nunca podrá ser probada ni refutada categóricamente». Vamos a ver: quien tiene que demostrar algo es quien defiende ese algo. Quien sostiene que una divinidad ha actuado a lo largo de la Historia debe presentar las pruebas de ello, si quiere que esa afirmación sea tomada como algo más que una creencia. Mientras no haya pruebas, no hay divinidad que valga, se llame ésta Zeus, Odín, Yahvé, Papá Pitufo… Como De Prada no puede refutar la existencia de Papá Pitufo, ¿quiere eso decir que somos una creación de un barbudo duende azul con barretina? Sobrecoge que el novelista aproveche una tribuna como el XL Semanal para intentar vender al público una idea tan rocambolesca y desquiciada.
Por último, regresa a Chesterton y el arte rupestre, repitiendo argumentos que ya utilizó en julio de 2006. Dice que «las pinturas rupestres no fueron comenzadas por monos y terminadas por hombres; los monos no pintan mejor a medida que evolucionan: simplemente, no pintarán jamás. Ese rasgo exclusivo de la personalidad humana plantea un desafío a nuestra inteligencia que la prensa occidental se niega a afrontar». Para él, el arte paleolítico rebate la teoría de la evolución. Permítanme que repita lo que ya escribí hace dos años. Las pinturas rupestres fueron hechas por hombres -es cierto-, pero hubo muchas generaciones de hombres con anterioridad que no pintaron en las paredes de las cuevas. Y los hubo antes que no tuvieron arte. Hoy, un número creciente de paleontólogos cree que el comportamiento humano moderno -que se caracteriza por el pensamiento abstracto y el simbolismo, la talla de huesos por razones religiosas, las herramientas del tipo de arpones…- emergió gradualmente en nuestra especie durante decenas de miles de años. No, Altamira no la empezó un mono y la acabó un hombre. La acabó el mismo primate que la empezó a pintar, un hombre descendiente de otros homínidos que habían vivido en África hace millones de años y que nos costaría identificar como algo más que chimpancés bípedos. Somos diferentes a las demás criaturas, pero no somos el fin de un camino. Si hoy cayera un asteroide de gran tamaño -¿por qué fue la divinidad tan cruel de crear a los dinosaurios y luego exterminarlos en masa?-, con el tiempo la vida resurgiría y la historia del hombre no habría sido nada más que un pequeño intermedio en la de la Tierra.
De Prada cree que «el asunto primordial no es otro sino aceptar que la Creación es fruto de un azar complejo o asumir que obedece a un designio divino». Y vuelve a confundirse. Porque el azar es sólo una parte del proceso: la vida ha evolucionado en la Tierra durante unos 3.800 millones de años condicionada por mutaciones aleatorias y la selección natural. Ésta ultima es el mecanismo que guía de forma natural, sin intervención mágica alguna, el proceso evolutivo. Es la clave y, por eso, Darwin la llevó al título de su obra: El origen de las especies mediante la selección natural, o la preservación de la razas favorecidas en la lucha por la existencia. La reducción de la evolución al mero azar es una prueba más de que el novelista habla de oídas y de cómo los creacionistas «alteran la realidad, introduciendo a su conveniencia tergiversaciones más o menos gruesas que dificultan o impiden una cabal comprensión» de la teoría de la evolución.

Juan Manuel de Prada rechaza la teoría de la evolución

Juan Manuel de Prada dice, en su última columna del XLSemanal, que siempre le ha «llamado la atención la rotundidad con que se suele negar la intervención del misterio cuando se trata de explicar el origen del hombre; pero lo cierto es que, si existe un momento en la historia del universo en que parece más que probable la intervención del misterio, es precisamente el momento en que el hombre irrumpe en el mundo». Si, a usted, que alguien hable de «la intervención del misterio» en la evolución humana -además de sonarle a un guión de baratillo escrito por Iker Jiménez y sus chicos-, le huele a que intenta darnos Dios por selección natural, ¡felicidades, ha acertado! El escritor fundamenta su ataque a la teoría de la evolución en El hombre eterno, un ensayo de Gilbert K. Chesterton, autor que mudó en su tiempo del agnosticismo al cristianismo militante. Una elección lógica en un Prada que en los últimos años ha demostrado ser más papista que el Papa. El novelista baracaldés recuerda que, para entender a nuestros antepasados, Chesterton nos invitaba a entrar en una cueva prehistórica. Y entonces empieza el desvarío, el sinsentido ignorante sobre lo que son el arte prehistórico, la evolución humana y la teoría de la evolución.
Juan Manuel de Prada. Foto: Efe.«Lo que encontramos en dichas cavernas -unas pinturas rupestres realizadas no sólo por la mano del hombre, sino por la mano de un verdadero artista- rebate esas hipótesis evolucionistas que lo enmarañan y complican todo para que no podamos comprender la verdad, la sencilla y escueta verdad. Aunque hubiésemos sido adoctrinados en las más ortodoxas teorías evolutivas, llegaríamos a la conclusión de que esas mismas pinturas nunca las habría podido concebir ni realizar un animal», sostiene. Estas dos frases son tergiversadoras de principio a fin. Afirmar que la existencia de las pinturas prehistóricas «rebate» el escenario de la evolución humana es no tener ni idea de lo que se habla. Las primeras pinturas rupestres son de anteayer, de hace sólo unos 40.000 años, y obra de nosotros mismos, aunque entonces no tuviérmos ni ordenadores ni santuarios marianos a los que peregrinar. Pero el arte -una obra específicamente humana- es mucho más antiguo. Las primeras muestras que se conocen datan de hace unos 100.000 años y son unas conchas de molusco perforadas halladas en Israel y Argelia. También son obra de nuestra especie, porque el Homo sapiens apareció hace unos 200.000 años. Antes, hubo otros Homo que empezaron a fabricar herramientas hace 2 millones de años y, antes de éstos, otros homínidos más primitivos cuanto más atrás vamos en el tiempo. Nuestros orígenes se sitúan en África hace entre 6 y 7 millones de años, cuando nuestro linaje -el de los homínidos- y el del chimpancé se separaron. Así que la aparición del arte es un paso más; importante, pero un paso más en una larga historia.
La siguiente argumentación de De Prada es tan burda que da vergüenza ajena. Dice que las hipótesis evolucionistas «lo enmarañan y complican todo para que no podamos comprender la verdad, la sencilla y escueta verdad». ¿Dónde lo enmarañan?. ¿cómo?, ¿cuál es esa verdad «sencilla y escueta»? La teoría de la evolución da, contrariamente a lo que mantiene el novelista, una magnífica explicación a la biodiversidad y a la historia de la vida en la Tierra, incluida la de nuestra especie. Claro que si la verdad de Prada es un remedo de soplo divino, apaga y vámonos. No hay más que hablar. Bueno, sí: ¿quién creó a ese dios que insufló la inteligencia a los homínidos?, ¿cuándo nació?, ¿dónde?, ¿qué había antes?, ¿fue creado por otro dios?, ¿por qué dejo pasar más de 10.000 millones años desde el nacimiento del Universo hasta la aparición de la vida en la Tierra?, ¿por qué permitió que se extinguieran creaciones suyas como el inteligente hombre de Neandertal y otros?, ¿por qué nos hizo tan frágiles y vulnerables a las enfermedades?, ¿por qué mira para otro lado cuando tantos niños nacen con deformidades o enfermedades incapacitantes?, ¿dónde está?…
No sé lo que se considera el escritor, pero yo sé que soy un animal. Y también sé que estoy emparentado, en mayor o menor grado, con el resto de los animales porque llevo en mi ADN escrita mi historia evolutiva. Así que, cuando dice que «esas mismas pinturas (las rupestres) nunca las habría podido concebir ni realizar un animal», De Prada está confundiendo conceptos: no las pudo hacer otro animal; pero sí las hizo un animal, el humano. En su artículo ‘La firma del hombre’, el escritor intenta una y otra vez confundir al lector y venderle su creacionismo camuflado: ¿por qué no se atreve a hablar de una divinidad creadora abiertamente?, ¿acaso con eso de «misterio» no se refiere al dios cristiano?
La creación de Adán, vista por Miguel ángel en la Capilla Sixtina.«Tampoco me sirve -sostiene- esa hipótesis que afirma que el hombre llegó a dibujar al final de un proceso evolutivo: las pinturas rupestres no fueron comenzadas por monos y terminadas por hombres. Los animales no dibujan mejor a medida que se produce su evolución: el rudo chimpancé prehistórico no pintaba de forma más rudimentaria que el refinado chimpancé contemporáneo. El hombre no puede ser considerado sino como una criatura absolutamente independiente y singular respecto a las demás criaturas». Bonito intento de engañar al personal para llevarle al huerto. Las pinturas rupestres fueron hechas por hombres -es cierto-, pero hubo muchas generaciones de hombres con anterioridad que no pintaron en las paredes de las cuevas. Y los hubo antes que no tuvieron arte. Hoy, un número creciente de paleontólogos cree que el comportamiento humano moderno -que se caracteriza por el pensamiento abstracto y el simbolismo, la talla de huesos por razones religiosas, las herramientas del tipo de arpones…- emergió gradualmente en nuestra especie durante decenas de miles de años. No, Altamira no la empezó un mono y la acabó un hombre. La acabó el mismo primate que la empezó a pintar, un hombre descendiente de otros homínidos que habían vivido en África hace millones de años y que nos costaría identificar como algo más que chimpancés bípedos. Somos diferentes a las demás criaturas, pero no somos el fin de un camino. Si hoy cayera un asteroide de gran tamaño -¿por qué fue la divinidad tan cruel de crear a los dinosaurios y luego exterminarlos en masa?-, con el tiempo la vida resurgiría y la historia del hombre no habría sido nada más que un pequeño intermedio en la de la Tierra.
De Prada es antievolucionista y lo deja claro, sobre todo, al final del artículo. «Sostener que una criatura se convierte repentinamente en creador mediante un puro proceso de agregaciones y síntesis químicas se me antoja reduccionista. Lo cierto es que la inteligencia humana no existía; y que comenzó a existir. No sabemos en qué momento o en qué infinidad de años. Algo misterioso sucedió, y tiene toda la apariencia de una acción que trasciende los límites del tiempo, quizá también los límites de nuestra comprensión. Explicarlo como un mero continuo no me parece, sinceramente, una hipótesis satisfactoria», afirma. ¿Decir que un ser superior tocó con su omnipotente dedo a un homínido para insuflarle la inteligencia es un hipótesis satisfactoria? No, ni siquiera es una hipótesis; es un cuento como el de Caperucita Roja. No hay pruebas de algo así -una especie de código secreto escondido en el ADN y que podamos traducir por un made in God– y sí de que, durante miles de millones de años, la vida ha evolucionado en la Tierra condicionada por mutaciones aleatorias y la selección natural. Prada cierra los ojos a las toneladas de pruebas que paleontólogos y biólogos han acumulado en los últimos 150 años y presenta como alternativa su creencia; es decir, nada. ¿Querrá convertirse en el intelectual de cabecera del movimiento creacionista español?