‘Alternativa 3’, la madre de todas las conspiraciones

En 1983 teníamos los días contados. Nos enteramos gracias a TVE. Fernando Jiménez del Oso, un psiquiatra que había alcanzado la popularidad como divulgador de lo paranormal, dirigía y presentaba desde 1976 un programa en la segunda cadena de la televisión pública, conocida entonces como el UHF. El espacio se llamó primero Más allá, pero en 1982 fue rebautizado como La puerta del misterio. Cigarrillo en mano, con voz grave y enormes bolsas bajo los ojos, compartía habitualmente plató con ufólogos y parapsicólogos con quienes hablaba de platillos volantes, fantasmas, comunicación con los muertos, desapariciones misteriosas… Pero a veces emitía un documental. Es lo que hizo en la tarde-noche del 13 de febrero de 1983…

Sigue en la revista Muy Interesante (Nº 489, febrero de 2022).

Obsesionados con Marte

Cómo suponen los hombres de ciencia a los habitantes de Marte: según Percival Lowell (1), Richard A. Gregory (2), Robert Ball (3 y 4) y Emanuel Swedenborg (5). Revista ‘Alrededor del Mundo’ (1906) / Biblioteca Nacional de España
Revista ‘Alrededor del Mundo’ (1906) / Biblioteca Nacional de España

«¿Logrará Marconi escuchar a Marte?», se preguntaba el diario californiano The Morning Press el domingo 30 de julio de 1922. Hace 99 años, la incógnita no era si había o no vida en el planeta rojo, sino cuándo entraríamos en contacto. La idea generalizada, compartida por destacados científicos, era que el mundo vecino acogía una avanzada civilización. «Los hombres en Marte son altos porque la fuerza de la gravedad es menor. Son rubios porque la luz del día es menos intensa. Tienen extremidades menos poderosas. Tienen algunas de las características de nuestro tipo escandinavo, aunque muy probablemente tengan cráneos más grandes», especulaba el zoólogo Edmond Perrier, exdirector del Museo Nacional de Historia Natural francés. Dotados de una inteligencia sobrehumana, sospechaba que sus grandes ojos azules, narices y orejas no los harían atractivos para nosotros.

Durante el siglo XIX, los astrónomos llenaron el disco marciano de accidentes geográficos, unos reales y otros no tanto. El primer mapamundi lo publicaron los alemanes Johann Mädler y Wilhelm Beer en 1837, y en las décadas siguientes otros estudiosos distinguieron manchas oscuras y claras que identificaron con mares y continentes, respectivamente. Unas líneas, que a algunos les parecían rectas y a otros no, unían las regiones oscuras. El astrónomo italiano Giovanni Schiaparelli las bautizó como canali tras observarlas durante la oposición de 1877. Cada dos años, el Sol, la Tierra y Marte están en línea recta por ese orden, y la distancia entre los dos planetas puede reducirse a sólo 59 millones de kilómetros, frente a los 400 millones del máximo. Las llamadas oposiciones marcianas se aprovechan ahora para mandar misiones robóticas, como las tres que parten este verano. Para Schiaparelli, los canali no eran obra de seres inteligentes, sino producto de «la evolución del planeta, igual que en la Tierra el canal de la Mancha o el de Mozambique».

Una red planetaria de canales

Fue un millonario estadounidense aficionado a la astronomía, Percival Lowell, quien convirtió los inocentes canali en una demostración del ingenio marciano. Creía que eran artificiales, un desesperado intento de nuestros vecinos en la lucha contra la desertización de su mundo, una red planetaria de canales para transportar agua desde los casquetes polares hasta las latitudes medias. Lowell financió en 1894 la construcción de un observatorio astronómico en Flagstaff (Arizona) con el único fin de estudiar el planeta rojo y defendió en tres libros de éxito -el primero, Marte, se publicó en 1895- la idea de una civilización marciana agonizante. «Imaginaba el planeta habitado por una raza muy antigua y más sabia, quizás muy diferente de la nuestra. Creía que los cambios estacionales de las zonas oscuras se debían al desarrollo y marchitamiento de la vegetación. Creía que Marte era muy parecido a la Tierra. Total, creía demasiadas cosas», sentencia Carl Sagan en Cosmos (1980).

Transmutados en unos seres repugnantes, los sedientos marcianos de Lowell protagonizaron la primera invasión extraterrestre en La guerra de los mundos, de H.G. Wells, publicada en forma de serial en Pearson’s Magazine en 1897 y como libro un año después. «Espíritus que son a los nuestros lo que nuestros espíritus son a los de las bestias de alma perecedera; inteligencias vastas, frías e implacables», fracasaron en su intento de conquistar la Tierra, pero ya se habían adueñado de nuestras mentes. Su existencia era un hecho. En 1891, el premio Guzman, dotado con 100.000 francos de oro para quien se comunicara con otro mundo, excluía expresamente Marte por resultar demasiado fácil y, ocho años después, el genio serbio Nikola Tesla anunciaba que había captado señales de otro mundo en su laboratorio de Colorado Springs. Hoy se piensa que pudo ser una emisión de su principal rival, Guglielmo Marconi, e incluso una natural procedente de Júpiter.

Recorte de prensa que se pregunta si  Marconi conseguirá comunicar con los marcianos.
Recorte de prensa que se pregunta si Marconi conseguirá comunicar con los marcianos.

Hasta 1930, se sucedieron los intentos más o menos serios de hablar con los marcianos, sobre cuya apariencia elucubraba en 1906 la revista española Alrededor del Mundo, que advertía de que «todos (los científicos) convienen en que deben disfrutar de un intelecto muy superior al nuestro». La mejor prueba de esa superioridad eran los canales. Mientras en la Tierra nos había llevado años abrir los 80 kilómetros del de Panamá, ellos los hacían como quien tira líneas en un mapa. «Los marcianos han construido dos inmensos canales en dos años», informaba a toda página The New York Times en agosto de 1911. «Cada uno tiene miles de millas de longitud y unas veinte de ancho. En comparación, el cañón del Colorado es algo secundario», afirmaba la divulgadora científica Mary Proctor, que admiraba a los autores de tan «hercúlea tarea».

Telegramas a Marte

Tesla urgía al mundo en 1919 a entrar en contacto con «una raza inmensamente superior a la nuestra» para, antes de que se extinguiera, conocer «los secretos que deben haber descubierto en su lucha contra los elementos despiadados». Ese mismo año, Marconi creyó haber recibido un mensaje marciano, pero al final concluyó que probablemente se trataba de una emisión de otro experimentador de la radio. Y en 1924 el astrónomo David Todd, de la Universidad de Amherst, pidió a Washington que los militares guardaran silencio radiofónico en algunos momentos del 23 y el 24 de agosto para, en coincidencia con la máxima cercanía del planeta, intentar captar mensajes de nuestros vecinos. Los militares colaboraron en la operación de escucha, pero no se oyó nada. Tampoco recibieron respuesta en 1926 y 1928 sendos telegramas que mandó a su novia marciana, con la que decía comunicarse telepáticamente, el abogado británico Hugh Mansfield Robinson, de cuyas andanzas informaron The New York Times, La Vanguardia y El Pueblo Vasco, entre otros periódicos.

Hugh Mansfield Robinson, de pie con auriculares, intentando captar un mensaje de Marte en octubre de 1928. Abajo a la izquierda agachado, el ingeniero Archibald Low, uno de los pioneros de la televisión.
Hugh Mansfield Robinson, de pie con auriculares, intentando captar un mensaje de Marte en octubre de 1928

Al mismo tiempo, los libros de las aventuras de John Carter y las primeras revistas de ciencia ficción hacían soñar a los estadounidenses. «Recuerdo haber leído de niño, fascinado y emocionado, las novelas marcianas de Edgar Rice Burroughs. Viajé con John Carter, caballero aventurero de Virginia, hasta Barsoom, el nombre que daban a Marte sus habitantes. Seguí a manadas de bestias de carga con ocho patas, los thoat. Y conseguí la mano de la bella Dejah Thoris, princesa de Helium», rememoraba en 1980 el astrofísico Carl Sagan. Revistas como Amazing Stories, Argosy y Science Wonder Stories llenaron sus portadas de princesas, diablesas, tarzanes y monstruos marcianos de todo tipo y, en medio de esa invasión, Orson Welles y el Mercury Theatre recrearon La guerra de los mundos para la CBS el 30 de octubre de 1938.

La sesión de radioteatro, con el formato de un concierto interrumpido por los partes que informaban de un devastador ataque marciano, fue un éxito. A pesar de los repetidos avisos de que era una ficción, hubo quienes creyeron estar viviendo una invasión extraterrestre, pero el pánico no fue generalizado. Los sociólogos calculan hoy que los radioyentes «engañados» se redujeron a unas decenas de miles de Nueva Jersey y Nueva York, y que la extensión del terror fue magnificada interesadamente por la Prensa para presentar a la naciente radio, una temible competidora, como una amenaza para el público.

Nueve años después, se vieron los primeros platillos volantes y, en 1951, Robert Wise los convirtió en naves de otros mundos en Ultimátum a la Tierra, película protagonizada por un extraterrestre, Klaatu, que viene a advertirnos del peligro de las armas nucleares. A partir de ese momento, muchos ufólogos y supuestos contactados con extraterrestres defendieron que los platillos volantes procedían de Marte. Pero, cuando en 1965 la Mariner 4 sobrevoló el planeta, allí no había nada. Ni bases alienígenas, ni ciudades, ni vegetación, ni los canales del Marte de Percival Lowell. El real era un mundo frío y seco, desértico, muerto.

Cuando la ‘Mars Global Surveyor’ borró la esfinge de Cydonia

La cara de Marte fotografiada por la 'Viking 1' en 1976 y por la 'Mars Global Surveyor' en 2001. Fotos: NASA.
La cara de Marte fotografiada por la ‘Viking 1’ en 1976 y por la ‘Mars Global Surveyor’ en 2001. Fotos: NASA.

El orbitador de la Viking 1 sacó el 25 de julio de 1976 una foto de la región de Cydonia que durante más de dos décadas fue objeto de especulaciones en el mundillo paranormal y conspiranoico. Parecía verse en ella una gigantesca escultura de un rostro humano mirando al espacio, y algunos autores, como el estadounidense Richard Hoagland, acusaron a la NASA de ocultar la existencia de una civilización marciana.

Robert Bauval y Graham Hancock, herederos intelectuales de Erich von Däniken -quien atribuye a extraterrestres las grandes obras de culturas no europeas-, propusieron en 1998 que las formaciones de Cydonia, donde ellos veían también unas pirámides, eran el equivalente marciano a las edificaciones de la meseta de Guiza (Egipto). «Cuanto más detenidamente se examina, más evidente resulta que realmente podría tratarse de un conjunto de enormes monumentos en ruinas sobre la superficie de Marte», escribieron.

La sonda Mars Global Surveyor de la NASA fotografió la región en 1998, y allí no había ni esfinge ni pirámides. Al igual que había hecho la Mariner 4 en 1965 con los canales, las imágenes de la MGS y las de la Mars Reconnaissance Orbiter en 2007 borraron la cara y las pirámides de Marte. Como los planetólogos habían dicho desde el principio, se trataba de pareidolias, un fenómeno psicológico que hace que nuestro cerebro detecte patrones donde no los hay y, por ejemplo, veamos una cara en la corteza de un árbol o a la Virgen en una tostada quemada. La Guiza marciana sólo existía en la mente de quienes querían verla.

Marte no llama a la Tierra

En julio de 1969, Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins ganaron un concurso convocado 78 años antes. Al hablar con la Tierra desde el Mar de la Tranquilidad y la órbita lunar, se hicieron con el premio Guzman, cuyas medallas les entregaron en diciembre de 1969 en la Embajada de Estados Unidos en París. Dotado originalmente con 100.000 francos de oro, el galardón había sido instituido en 1891 por Anne Emilie Clara Goguet en honor de su fallecido hijo Pierre, comandante del Ejército francés y creyente en la pluralidad de mundos habitados de Camille Flammarion…

Sigue en la revista Muy Interesante (Nº 466, marzo de 2020).

Telegramas a Marte a 18 peniques por palabra

Hugh Mansfield Robinson, de pie con auriculares, intentando captar un mensaje de Marte en octubre de 1928. Abajo a la izquierda agachado, el ingeniero Archibald Low, uno de los pioneros de la televisión.

«A las doce y cuarto de esta madrugada se ha enviado al planeta Marte un mensaje radiotelegráfico por conducto de la estación de Rugby. Hasta las tres, según noticias particulares, no se ha recibido contestación», informaba El Pueblo Vasco en su primera página el 25 de octubre de 1928. El telegrama, contaba el periódico bilbaíno con 24 horas de demora, lo había puesto el «físico e investigador» Hugh Mansfield Robinson, que aseguraba no solo tener «frecuentes comunicaciones con Marte», sino también haber viajado allí. En la estación de Rugby permanecieron a la espera de respuesta de nuestros vecinos, sin éxito. Aunque, según contaba La Vanguardia aquel mismo día, un tal doctor Low había interceptado un mensaje marciano «en una estación particular de Chiswick». Era indescifrable hasta para «el doctor Robinson», advertía el diario barcelonés… 

Sigue en el diario El Correo (suscripción).

Sin ‘La guerra de los mundos’ de Orson Welles, no existiría ‘Casablanca’

Orson Welles, durante la emisión de 'La guerra de los mundos'.Sin la versión radiofónica de Orson Welles de La guerra de los mundos, no existiría Casablanca (1942). O, por lo menos, la película protagonizada por Humphrey Bogart e Ingrid Bergman no sería la que es. Porque Howard Koch, uno de los tres guionistas del filme de Michael Curtiz, llegó a Hollywood gracias a la invasión extraterrestre del 30 de octubre de 1938. Aquella noche de hace 79 años, en un clima prebélico, muchos estadounidenses –aunque no tantos como se ha dicho posteriormente– creyeron estar viviendo a través de la radio un ataque marciano en directo gracias al ingenio de Welles y el Mercury Theatre, y el guion de Koch.
La consecuencia inmediata del revuelo que se montó en torno a la famosa emisión de radio de la CBS fue que Hollywood fichó a los principales implicados en el montaje y, mientras Welles y sus compañeros rodaron Ciudadano Kane (1941) -una de las grandes películas de todos los tiempos-, Koch firmó un contrato de siete años con la Warner Brothers. Al principio, cuenta el guionista en su libro La emisión del pánico (1970), el estudio no tenía muy claro qué podía escribir, pero con el tiempo le encomendaron un proyecto:

Finalmente, heredé algunas escenas y fragmentos de diálogos abandonados por dos escritores anteriores. Me pidieron que construyera una historia incorporando estos fragmentos para una producción cuyo comienzo estaba programado para dentro de dos meses. Con la cámara pisándome los talones, comencé a escribir desesperadamente, con la única y vaga noción de cuál era el orden de cada escena, deseando que una condujera a otra, y a otra y a otra y que la suma total, si vivía para entonces, equivaliera a una película que no fuera tan mala como para dar por finalizada mi breve carrera en Hollywood.

El resultado final fue Casablanca, película por la que Julius Epstein, Philip Epstein y Koch ganaron el Oscar al mejor guion adaptado. La cinta se llevó, además, los premios a mejor película y mejor director. 75 años después, y sin desmerecer las contribuciones de los hermanos Epstein, merece la pena recordar que, si no llega a ser por la adaptación radiofónica de Orson Welles de la novela de ciencia ficción de H.G. Wells, Casablanca sería otra película.