Umberto Eco, ‘El péndulo de Foucault’, ‘El código Da Vinci’ y el Vaticano

«Me gustaría dejar claro que si uno lee seriamente El péndulo de Foucault comprende que es la sátira, la representación grotesca de los que escriben y leen El código Da Vinci. El Péndulo podría leerse como la crítica de El código Da Vinci, salvo por el hecho de que ha sido escrito quince años antes. El Péndulo denuncia todo un berenjenal ocultista que Dan Brown ha saqueado a manos llenas tratando de tomarlo en serio. No creo que él se lo tome en serio, pero ha sido bastante hábil al conseguir que sus lectores sí lo hagan», dice Umberto Eco en una entrevista que le ha hecho el periodista César Coca para El Correo. El pensador italiano da varias ideas interesantes en estas cuatro frases, empezando por el recuerdo de lo que es El péndulo de Foucault (1988), novela que algunos amantes de lo paranormal tomaron en su día por una especie de homenaje al género cuando es a la literatura esotérica lo que El Quijote a la de caballerías.
Más importante que eso es recordar cómo Brown y compañía se han nutrido de la literatura ocultista para vestir sus tramas novelescas, intentando hacer pasar rumores, leyendas y ficciones como hechos reales. El historiador José Luis Calvo lo demuestra en su disección del best seller de Brown y en su pormenorizada crítica de Los guardianes del secreto, de Lorenzo Fernández Bueno, uno de los explotadores del manufacturado misterio de las caras de Bélmez. El de Fernández Bueno es uno de los libros más disparatados y peor escritos que he leído en muchos años. Como Eco, pienso que ninguno de estos autores y casi ninguno de los periodistas del misterio considera ciertas las tonterías que pone en negro sobre blanco o que predica con voz efectista a través de la radio. No son tan tontos y sí tan listos como para aprovecharse de los muchos ingenuos que creen que un investigador va por la vida con un chaleco a lo Indiana Jones, descubriendo exclusivas mundiales a diario a despecho de unos Gobiernos a los que burla continuamente. El negocio es vender misterios; no creer en ellos. Quienes creen en ellos se gastan el dinero; los que los venden no creen en ellos.
Entre lo más inexplicable de todo lo que ha ocurrido con El código Da Vinci, está la reciente reacción del Vaticano. Dos años después de la aparición del libro, cuando ya ha vendido 25 millones de ejemplares, el cardenal Tarsicio Bertone, hombre de confianza de Ratzinger, ha arremetido contra la novela, lo que seguro que habrá lanzado a más gente a comprarla. Es lo que tiene la Iglesia, que, cuando condena un libro o una película, no importa lo mediocres que sean, los convierte en éxitos. En este caso, a la saneada economía de Brown le va a reportar una propina inesperada y en Hollywood ya se tienen que estar frotando las manos ante el previsible éxito de la película protagonizada por Tom Hanks. Lo más chocante, no obstante, es que Bertone base su ataque al libro en que «no se hace una novela mistificando datos históricos o difamando a una institución de prestigio». ¿Sobre qué hechos históricos ha construido la Iglesia su imperio? ¿Cuántas verdades históricamente contrastadas hay en la Biblia? ¿Acaso todo el Antiguo Testamento es algo más que una gigantesca mistificación? ¿Y qué me dice de las apariciones de Lourdes y las reliquias cuya adoración fomentan las corrientes más conservadoras y antediluvianas de la Iglesia? En fin, que a los mandamases vaticanos les molesta que otros usen los mismos métodos que ellos utilizan constantemente desde hace siglos, incluida la difamación contra quienes les critican o no se pliegan a sus intereses.