Solapas, noticias y prólogos engañosos

Dice Joel Achenbach que «cualquier libro que incluya las credenciales del autor en la portada -por ejemplo, John Mack, doctor en Medicina o doctor Jacques Vallée– resulta sospechoso». En Captured by aliens. The search for life and truth in a very large universe (Citadel Press, 1999) -ensayo del que hablaremos otro día-, él sólo nos informa de que es periodista y de que trabaja en The Washington Post. Huye tanto de la titulación académica como de la calificación de periodista científico, que a veces parece con el científico intentar dignificar la, para algunos, indigna labor de periodista. Achenbach dedica su libro a la pasión por los extraterrestres que une a científicos y a quienes no lo son, escribe bien y sabe de lo que habla. Son estos dos últimos requisitos en los cuales debe basarse el auténtico periodismo y que se presuponen a los profesionales, aunque a veces lo uno no vaya acompañado de lo otro ni por compadreo o partidismo se reflexione acerca de las actitudes dudosas, siempre y cuando no corran a cargo de medios de titularidad pública, cuyas pérfidas intenciones están más allá de toda duda.

Sentado espero, sin embargo, a que aparezca el terrorista suicida del 11-M cuyo cuerpo fue presuntamente descubierto en uno de los trenes, hallazgo voceado hasta la saciedad por los apóstoles privados del rigor y del que nunca más se supo. ¿Por qué? Porque no existió. Fue otro episodio más de la ceremonia de confusión orquestada aquellos tres días de marzo por tirios y troyanos para ver quién se llevaba el voto de los españoles a las urnas. Supongo que dentro de un tiempo leeremos sobre el asunto un trabajo de investigación periodística digno de tal calificación, y no uno de esos textos que ya han llegado a las librerías y que no aportan nada porque su único objetivo es pegar primero. La reflexión de Achenbach sobre las credenciales de los autores me ha recordado un episodio de un descaro mayúsculo, así como otros que prueban la egolatría y soberbia de los protagonistas, quienes, además de dárselas de lo que no son, se creen que los demás somos tontos de baba.

En 1973, el biólogo Rémy Chauvin escribió el prólogo a una obra de su «amigo Pierre Duval» porque «su manuscrito sobre La ciencia ante lo extraño me interesó y aun me apasionó en más de un sentido». El libro era uno de tantos dedicados a Stonehenge, Gauquelin, los ovnis, Velikovsky, el mapa de Piri Reis y ese baúl de misterios que ha atraído a varias generaciones hasta los límites de la realidad y a algunos les ha llevado a caer en el abismo. El texto de Chauvin era entusiasta respecto a lo que defendía el autor y sumamente elogioso con la capacidad intelectual de su amigo: «Su libro debería ser redactado por un equipo de especialistas y no por un solo hombre. Él no es al mismo tiempo un físico, un paleontólogo, un geólogo y un astrónomo. Por lo tanto, es más que probable que haya cometido en los detalles más de un error, lo que a la larga va a servirle para curarse en salud. Los demás se apoyarán en sus fallos, que yo creo menores, para rebatir la totalidad de sus tesis. Ya se lo he advertido, pero él me ha contestado que «a esos especialistas haría falta en primer lugar encontrarlos. Hay cien jóvenes investigadores que podrían redactar estos capítulos, pero ¿es que tú sabes a lo que se exponen? ¡Se exponen a la Santa Inquisición, ni más ni menos! ¡Oh! Nadie les diría nada, pero el informe pasaría de boca a oreja, después de lo cual una persona de este tipo ya deja de ser alguien serio, puesto que ha escrito sobre astrología y sobre los platillos volantes y luego los créditos para investigación se agotarán y el progreso volverá a marcar el paso. Tú sabes bien que todo eso sigue sucediendo». ¡Oh, sí! Desgraciadamente hay una sola cosa que de veras causa placer a los hombres: impedir a sus congéneres que piensen lo que ellos quieran. Ya no se les pone en la hoguera, es cierto, pero muy bien se les puede impedir que vivan o que trabajen. Esto se hace todos los días». Precioso, ¿verdad? Además, dice mucho de la honestidad intelectual de los dos autores que se traten del mismo, que Pierre Duval sea el pseudónimo con que Remy Chauvin escribe sus obras sobre lo paranormal.

El mundo del misterio rebosa de autores que nunca existieron o que se ocultan tras alias conocidos por todos. En algunos casos, es para tener varias marcas bajo las que vender sus repetitivos productos; en uno actual muy sonado es simplemente para esconder el pasado esotérico de un personaje menos fiable que Pedro el del lobo. A ese gusto por el disfraz, se han sumado últimamente la publicación de libros y artículos sobre conspiraciones traducidos literalmente de originales anglosajones y presentados como si fueran fruto del trabajo del autor e intertextualizaciones en las que han incurrido también algunos escépticos españoles en cuyos ordenadores han aparecido por arte de Ana Rosa Quintana párrafos de colegas procedentes de revistas como El Escéptico. Pero, si esto puede ser indignante para la víctima del robo, lo que es de risa son las solapas de algunos libros, en las cuales el sabio se nos presenta como director de una publicación que consiste en realidad en cuatro hojas fotocopiadas, presidente de una organización cuyos socios no son los suficientes ni para jugar una partida de mus, criminólogo y teólogo por correspondencia, o integrante de prestigiosas instituciones académicas extranjeras.

No me dirán que no queda bien decir que uno de es miembro de la Academia de Ciencias de Nueva York o de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (AAAS). Quienes hacen esto último se creen que los demás somos tontos. Son socios de ambas entidades porque pagan una cuota. Nada más. Pertenecer a la Academia de Ciencias de Nueva York cuesta como máximo 115 dólares anuales y para serlo de la AAAS basta con pagar la suscripción a la revista Science, que le cuesta a cualquier españolito 215 dólares al año como máximo. Otra cosa es ser fellow -que podríamos traducir por miembro electo- de la AAAS, que no está al alcance de cualquiera, por muy gorda que tenga la cartera. Yo, por de pronto, voy a ver si me fabrico un título por el Instituto Ufológico de Apatamonasterio (Vizcaya), paraje por el que parece que tienen debilidad los tripulantes de los platillos volantes. Ya saben, hay mucho fantasma suelto.

Publicado por Luis Alfonso Gámez

Luis Alfonso Gámez es periodista.