Asteroides

¡Asteroides!, el riesgo de impactos y la oportunidad de la minería, el 19 de marzo en Bilbao

Los asteroides protagonizarán el 19 de marzo una jornada de divulgación científica en la Biblioteca de Bidebarrieta de Bilbao. Los astrofísicos Ricardo Hueso y Agustín Sánchez Lavega, de la Universidad del País Vasco, hablarán a partir de las 19 horas de la minería de asteroides y del riesgo de impactos, en un acto organizado por la Biblioteca de Bidebarrieta, el Ayuntamiento de Bilbao, el Aula Espazio Gela, el Círculo Escéptico y el diario El Correo. La entrada será libre hasta completar el aforo de la sala.

“Algunos asteroides tienen órbitas que les hacen acercarse periódicamente a la Tierra y por ello son vigilados por telescopios terrestres que estiman las posibilidades de impactos futuros con nuestro planeta. Paradójicamente, y a pesar del riesgo que comporta tener a estos objetos acercándose a la Tierra, estos asteroides cercanos podrían constituir importantes fuentes de recursos minerales que podrían abrir las puertas del espacio con tecnología que quizás sólo requiera unas pocas décadas para su desarrollo”, adelanta Hueso, profesor de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería (ETSI) de Bilbao y miembro del Grupo de Ciencias Planetarias de la Universidad del País Vasco (UPV). Su charla se situará en los límites de la ciencia y las puertas de una ciencia ficción que puede ser real.

Sánchez Lavega, catedrático de Física Aplicada y director del Grupo de Ciencias Planetarias de la UPV y del Aula Espazio Gela, hará un recorrido por la historia del Sistema Solar y el papel de los impactos, para luego hablar de la situación actual. “El reciente impacto de un meteorito en Rusia, casualmente coincidente con el paso de un asteroide cerca de la Tierra, ha encendido las alarmas acerca del riesgo y consecuencias de impactos mayores. Si bien en la actualidad las probabilidades de que algún objeto importante colisione con la Tierra son bajas, el riesgo no es nulo. ¿Qué podríamos hacer si la amenaza se confirma?”, se pregunta el astrofísico bilbaíno, único científico español con cuatro portadas de la revista Nature.

El asteroide 243 Ida y su luna, fotografiados por la sonda 'Galileo'. Foto: NASA.

Astrónomos de la Universidad de Hawai fotografían Apofis, el asteroide del falso fin del mundo de 2029

Apofis, marcado con un círculo verde, fotografiado por el otelescopio de Mauna Kea. Foto: D. Tholen, M. Micheli, G. Elliott.

Astrónomos de la Universidad de Hawai tomaron el 31 de enero, con el telescopio de 2,2 metros de Mauna Kea, las primeras fotos en tres años del asteroide Apofis, descubierto en 2004 y famoso porque entonces se dijo que había 1 probabilidad entre 37 de que chocara contra nuestro planeta en 2029. Dados sus cerca de 270 metros de diámetro, el impacto provocaría una catástrofe. Al final, ese riesgo se vio considerablemente rebajado. Ahora, la posibilidad de que Apofis choque con la Tierra el 13 de abril de 2029 es nula, aunque pasará a menos de 36.000 kilómetros, lo que permitirá observarlo a simple vista cruzando el cielo.

Los astrónomos hawaianos apuntan a la posibilidad de que ese paso haga que varíe su órbita hasta el punto de que pueda chocar con la Tierra a finales de siglo. Por el momento, no obstante, no hay por qué preocuparse. Según el Programa de Objetos Cercanos a la Tierra de la NASA, si su trayectoria no varía, las probabilidades de que Apofis impacte contra nuestro planeta a cien años vista son prácticamente nulas: 1 entre 233.000 (0,00043%) en abril de 2036; 1 entre 10.000.000 (0,00001%) en abril de 2056; 1 entre 400.000 (0,00025%) en abril de 2068; 1 entre 4.545.000 (0,000022%) en abril de 2076; y 1 entre 7.692.000 (0,000013%) en abril de 2103.

En contra de lo que algunos autores sensacionalistas han dicho en ocasiones, Apofis no representa, de momento, ningún riesgo para la Humanidad, si bien los astrónomos siguen vigilándolo por si alguna vez llega a serlo. ¿Se les ocurre una excusa mejor para invertir en investigación astronómica y en la industria espacial que garantizar la superviviencia de nuestra especie mediante un programa de seguimiento y defensa de objetos cercanos a la Tierra como Apofis?

Un kamikaze extraterrestre chocó contra el meteorito de Tunguska para salvarnos, según un ufólogo ruso

Bosque siberiano arrasado por el impacto de Tunguska.Un kamikaze alienígena estrelló su platillo volante contra el meteorito de Tunguska a 10 kilómetros de altura sobre Siberia el 30 de junio de 1908 para evitar un impacto catastrófico del objeto extraterrestre en nuestro planeta, sostiene Yuri Lavbin, presidente de la Fundación Fenómeno Espacial de Tunguska, con sede en Krasnoyarsk. Lavbin, un aficionado a los ovnis obsesionado con la explosión de Tunguska desde hace más de quince años, asegura que ha encontrado en el epicentro del fenómeno diez cristales de cuarzo perforados -algunos con inscripciones- que podrían originalmente haber estado unidos por una cadena.

Según un despacho de la Agencia Internacional de Noticias Macedonia, él y sus colaboradores creen que las piedras serían parte del sistema de navegación del platillo volante y que, unidas, formarían un mapa estelar. Lavbin, quien ha visitado varias veces la región del fenómeno desde 1994, ya anunció ya hace cinco años el descubrimiento de restos de la nave extraterrestre, dijo que los había enviado para su análisis a un laboratorio y nunca más se supo. La explosión de Tunguska arrasó unos 2.200 kilómetros cuadrados de la taiga siberiana y, además de ser objeto de estudios científicos, ha atraído a los seguidores de los platillos volantes tras la publicación en los años 40 de dos relatos del escritor de ciencia ficción Alexander Kazantsev, presentado en la literatura ufológica no como un novelista, sino como un prestigioso científico, como ahora hacen con Lavbin la mayoría de los medios.

Los vídeos de ‘Impactos extraterrestres. Tunguska, 100 años después’

Bilbao acogió el 30 de junio la jornada Impactos extraterrestres. Tunguska, 100 años después organizada por la Universidad del País Vasco (UPV), el diario El Correo, el Ayuntamiento de Bilbao, el Círculo Escéptico (CE) y el Center for Inquiry (CfI). Unas 130 personas se dieron cita en el salón de actos de la Biblioteca de Bidebarrieta entre las 18 y las 21 horas. Aquí tienen los vídeos de lo que pasó, por cortesía de la UPV.

Josep Maria Trigo-Rodríguez, astrofísico del Instituto de Ciencias del Espacio (CSIC-IEEC), habla de El peligro de impacto por asteroides y cometas.

Xabier Orue-Etxebarria, catedrático de Paleontología de la UPV, habla de Impactos y extinciones: el fin de los dinosaurios.

Agustín Sánchez Lavega, director del Grupo de Ciencias Planetarias de la UPV y miembro del CE, habla de Tunguska y otros impactos ¿Qué podemos hacer?

Mesa redonda. Impactos extraterrestres. Tunguska, 100 años después, con los conferenciantes.

El misterio de Tunguska

Bosque siberiano arrasado por el impacto de Tunguska.

“San Petersburgo escapó de la destrucción hace cien años por cuatro horas y 3.790 kilómetros”, indica Agustín Sánchez Lavega, director del grupo de Ciencias Planetarias de la Universidad del País Vasco (UPV). A las 7.17 horas del 30 de junio de 1908, una gran explosión arrasó 2.200 kilómetros cuadrados de bosque en una zona prácticamente deshabitada de Siberia Central, cerca del río Tunguska y a unos 900 kilómetros al norte de Irkutsk. La energía liberada equivalió como poco a entre 3 y 5 megatones, entre 231 y 385 bombas como la de Hiroshima.

Segundos antes, a cientos de kilómetros del epicentro, algunas personas habían presenciado la llegada de una bola de fuego desde el Sureste. “Vi un objeto llameante alargado volando a través del cielo. La parte frontal era mucho más ancha que la cola y su color era como de fuego a la luz del día. Su tamaño era varias veces mayor que el del Sol, pero su brillo mucho más débil, de modo que se podía mirar sin cubrirse los ojos. Detrás de las llamas había una estela como de polvo. Iba envuelto en pequeñas humaredas dispersas y las llamas iban dejando detrás otras llamitas azules. Cuando desapareció la llama, se oyeron estallidos más fuertes que el disparo de una escopeta, podía sentirse temblar el suelo, y saltaron los vidrios de las ventanas de la cabaña”, recordaba un testigo veinte años después. “El viento era tan fuerte que arrancaba la tierra del suelo”, rememoraba otro.

La explosión fue detectada por estaciones sísmicas de Europa y Asia: se calcula que el terremoto alcanzó los 5 grados en la escala de Richter. Durante los siguientes días, la gente pudo leer el periódico en plena calle en Londres a medianoche, gracias al polvo en suspensión, que redujo la transparencia de la atmósfera durante meses, según el Observatorio Smithsoniano de Astrofísica y el de Monte Wilson. No hay constancia de víctimas humanas; pero, si el objeto de Tunguska hubiera chocado contra la Tierra cuatro horas más tarde, su blanco habría sido San Petersburgo.

La búsqueda del cráter

Lo aislado del lugar y unos tiempos turbulentos, marcados por la Primera Guerra Mundial y la Revolución de Octubre, hicieron que la primera expedición científica no llegara a la región hasta 1927. La dirigió el geólogo Leonid Kulik y la financió la Academia de Ciencias de la recién nacida Unión Soviética. Kulik esperaba descubrir restos del meteorito y el inmenso cráter abierto por éste al chocar contra la Tierra. No fue así. En vez de un agujero, se encontró una zona de 50 kilómetros de diámetro de árboles abrasados y derribados radialmente, con sus raíces apuntando en la misma dirección, hacia el lugar de la explosión.

PIONEROS. Leonid Kulik, con gafas y de claro, con los integrantes de su expedición de 1927. / AFP.El geólogo buscó durante más de una década un cráter que nunca apareció –ni siquiera en una serie de fotografías aéreas tomadas en 1938– y que los científicos periguen todavía hoy en día. Un grupo de investigadores del Instituto de Ciencia Marina italiano anunció hace un año en la revista de geología Terra Nova, que el lago Cheko –distante 8 kilómetros del epicentro de la explosión– llena el cráter abierto por el objeto de 1908; pero existen fuertes discrepancias dentro de la comunidad científica. La existencia o no de un cráter es clave para resolver el enigma de Tunguska: si lo que tumbó 80 millones de árboles en Siberia Central hace cien años fue un fragmento de un cometa, y no un asteroide, la explosión pudo haberse registrado en el aire y no habría, por tanto, cráter alguno. También hay otras teorías más exóticas.

Un escritor soviético de ciencia ficción, Alexander Kazantsev, publicó en 1946 un cuento en el cual se achacaba el incidente a la explosión del reactor nuclear de una nave marciana. La idea fue retomada años después por autores pseudocientíficos como Jacques Bergier y Erich von Däniken, quienes la presentaron en Occidente como formulada por un prestigioso científico del otro lado del Telón de Acero, no por un autor de ciencia ficción. El físico estadounidense Vladimir Rojansky propuso en 1940 que el objeto de Tunguska pudo ser un trozo de antimateria y, en 1973, los también físicos Albert Jackson y Michael Ryan argumentaron que pudo tratarse de un pequeño agujero negro que atravesó la Tierra. La teoría de la antimateria no casa con los restos encontrados y, respecto a la del agujero negro, no hay constancia de un suceso equiparable en las antípodas de Tunguska, por donde tendría que haber salido,

Amenaza real

Portada de la edición española de los dos cuentos de Alexander Kazantsev.Fuera causada por un asteroide o un cometa –el debate científico continúa cien años después–, los efectos de la explosión de Tunguska demuestran que el peligro está ahí fuera. En su novela Cita con Rama (1973), el recientemente fallecido Arthur C. Clarke plantea los devastadores efectos de un incidente similar en el norte de Italia, donde mata a cientos de miles de personas. “Tunguska es el arquetipo de lo que puede ser un impacto catastrófico a escala local”, apunta Sánchez Lavega.

Simulaciones hechas por ordenador recientemente en los Laboratorios Nacionales Sandia, en EE UU, han apuntado a que la roca que destruyó una superficie de bosque siberiano equivalente a Guipúzcoa pudo medir sólo 20 metros de diámetro, frente a los más de 30 que se calculaban antes. Y esto no es bueno: se calcula que un destructor total, un objeto como el que mató a los dinosaurios choca contra la Tierra una vez cada 100 millones de años; uno de 50 metros lo hace una vez cada 1.500 años; y uno de sólo 20 metros lo hace una vez cada 500 años. La reducción de tamaño del objeto de Tunguska aumenta las probabilidades de próximos impactos catastróficos a escala regional como el augurado por Clarke.

Las grandes amenazas, los monstruos de más de un kilómetros de diámetro están mas o menos controlados. “Hoy en día es bastante improbable que llegue uno sin ser detectado”, asegura Josep Maria Trigo-Rodríguez, del Instituto de Ciencias del Espacio (CSIC-IEEC), quien destaca la importancia de los programas de búsqueda y seguimiento de Asteroides Cercanos a la Tierra (NEO) –se llaman así los que cruzan la órbita de nuestro planeta– puestos en marcha en los años 90. En la actualidad, hay 742 objetos de más de un kilómetro bajo vigilancia, lo que viene a suponer un 79% del total estimado.

El problema son los más pequeños, los del tamaño del que provocó el suceso de Tunguska, que pueden matar a decenas de millones de personas si caen en una región densamente poblada. De hecho, aunque parezca mentira, la probabilidad de morir en una explosión como la de hace cien años, una entre 6 millones, es mayor que las de hacerlo a causa de un ataque de tiburón, que es una entre 8 millones.

AMENAZA. Escena de la película ‘Deep impact’.

Extinciones masivas a golpe de asteroide

“Los astrónomos deberían dejar a los astrólogos la tarea de buscar las causas de los acontecimientos terrenales en las estrellas”, decía el 2 de abril de 1985 The New York Times respecto a una hipótesis que empezaba a ganar terreno en la comunidad científica: que un asteroide había acabado con los dinosaurios hace 65 millones de años. Veintitrés años después, prácticamente nadie duda de la teoría propuesta en 1980 por el físico Luis Álvarez y su hijo Walter, geólogo, y los asteroides y cometas se consideran culpables de varias extinciones masivas.

“Aunque ya antes algunos autores habían vinculado impactos y extinciones, los Álvarez fueron los primeros en presentar pruebas”, indica Xabier Orue-Etxebarria, paleontólogo de la UPV. Padre e hijo descubrieron una capa de iridio que, en todo el mundo, aparecía entre las rocas cretácicas, con restos de dinosaurios, y las terciarias, ya sin rastro de esos animales. Como el iridio es un metal muy raro en la Tierra, pero abundante en meteoritos, propusieron que el choque de un asteroide había lanzado a la atmósfera una gran cantidad de ese material que, después, se había precipitado a la superficie y dado lugar a la capa de iridio. Con el paso de los años, se ha descubierto el cráter, en la península de Yucatán.

El hallazgo de los Álvarez lanzó a los geólogos a buscar cráteres de impacto y datarlos por si temporalmente coincidían con algunas otras extinciones. “Hay pruebas de impactos en las cinco grandes extinciones en que murieron más de la mitad de las especies, y también en otras menores en las que desaparecieron entre el 20% y el 30%”, dice Orue-Etxebarria. Josep Maria Trigo-Rodríguez cree que Estados Unidos está invirtiendo lo necesario en el control de asteroides, que es una especie de seguro planetario, pero Europa no, y que lo que hace falta es “un esfuerzo común”.


Catástrofe en 2077

“A las 9.46 (meridiano Greenwich) de la mañana del 11 de septiembre, en el verano excepcionalmente hermoso del año 2077, la mayor parte de los habitantes de Europa vieron aparecer en el cielo oriental una deslumbrante bola ígnea. En cuestión de segundos se tornó más brillante que el Sol y al desplazarse en el cielo -al principio en completo silencio– iba dejando detrás una ondulante columna de polvo y humo.

En algún punto sobre Austria comenzó a desintegrarse produciendo una serie de explosiones, tan violentas que más de un millón de personas quedaron con los oídos dañados para siempre. Fueron las afortunadas.

Desplazándose a cincuenta kilómetros por segundo, un millón de toneladas de roca y metal cayó sobre las llanuras del norte de Italia y destruyó con una llamarada de segundos la labor de siglos. Las ciudades de Padua y Verona fueron barridas de la faz de la Tierra; y las últimas glorias de Venecia se hundieron para siempre en el mar cuando las aguas del Adriático avanzaron atronadoras hacia tierra después de aquel golpe fulminante venido del cielo.

Seiscientas mil personas murieron, y el daño material se calculó en más de un trillón de dólares.”

Arthur C. Clarke (1973): Cita con Rama.


Impacto extraterrestre en Bilbao

La Biblioteca de Bidebarrieta de Bilbao acoge hoy, entre las 18 y 21 horas, la jornada Impactos extraterrestres: Tunguska, 100 años después, organizada por el diario El Correo, Universidad del País Vasco (UPV), el Círculo Escéptico (CE), el Ayuntamiento de Bilbao y el Center for Inquiry.

Josep Maria Trigo-Rodríguez, astrofísico del Instituto de Ciencias del Espacio (CSIC-IEEC), hablará sobre el peligro de cometas y asteroides (18.00). Xabier Orue-Etxebarria, paleontólogo de la UPV, disertará acerca de los impactos de cuerpos espaciales y las extinciones masivas (18.45), la más conocida de las cuales es la de los dinosaurios hace 65 millones de años. Y Agustín Sánchez Lavega, catedrático de Física y director del Grupo de Ciencias Planetarias de la UPV, centrará su intervención en lo que se sabe e ignora todavía del suceso de Tunguska y qué puede hacerse ante este tipo de amenazas (19.45). El acto se cerrará con una mesa redonda (20.30).

Publicado originalmente en el diario El Correo.