Ciencia, superstición, incultura

Engañarnos es muy fácil

Carl Sagan temía que sus nietos vivieran en un Estados Unidos cuyos ciudadanos carecieran de “la capacidad de establecer sus prioridades o de cuestionar con conocimiento a los que ejercen la autoridad”. “Con las facultades críticas en declive, incapaces de discernir entre lo que nos hace sentir bien y lo que es cierto, nos iremos deslizando, casi sin darnos cuenta, en la superstición y la oscuridad”, auguraba el astrofísico en El mundo y sus demonios (1995). Evitarlo pasaba, en su opinión, por enseñar en la escuela “hábitos de pensamiento escéptico”, aunque eso supondría que las nuevas generaciones acabarían cuestionando más que los ovnis y a los videntes. “Quizá desafiarán las opiniones de los que están en el poder. ¿Dónde estaremos entonces?”, se preguntaba al final del libro.

El Centro de Investigación Pew, un grupo de reflexión con sede en Washington, revelaba al día siguiente de las elecciones presidenciales estadounidenses que a Donald Trump le habían votado bastantes menos graduados universitarios que a Hillary Clinton (43% frente a 52%), pero muchas más personas sin formación superior (52% frente a 44%). ¿Tienen las sociedades desarrolladas que plantearse cambios en la educación para fomentar el pensamiento crítico y que los ciudadanos no caigan rendidos ante los cantos de sirena del populismo?; con una población mejor educada, ¿Trump estaría en el Despacho Oval y Reino Unido fuera de la UE?

Sesgo ideológico

El filósofo de la ciencia Jesús Zamora Bonilla. Foto: José Ramón Ladra.“Nunca se sabe. Cuando Hitler salió elegido en los años 30, Alemania era el país con mejor educación de Europa. Aunque, cuanto más pensamiento crítico, más difícil es que cuajen cierto tipo de engaños, también hay ideas erróneas que arraigan en colectivos educados. Por ejemplo, la oposición a las vacunas está presente en gente con un alto nivel educativo”, advierte Jesús Zamora Bonilla, catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia de la UNED. El problema ahora, añade, es que se ha extendido la idea de que “uno tiene derecho a que sea verdad lo que cree. No es así. Tienes derecho a creer tonterías, pero no dejan de serlo porque las creas”.

A la hora de protegernos frente a tonterías -algunas de ellas peligrosas, como la antivacunación-, Zamora Bonilla considera fundamental que “las instituciones funcionen bien” y que “la gente sepa que la última palabra en muchas cuestiones la tiene la ciencia, que no se basa en opiniones, sino en el análisis objetivo de los datos”. Si la población fuera consciente de eso, daría la espalda a los políticos que pescan votos en el miedo a los transgénicos y las ondas de telefonía, por ejemplo. “En el colegio tiene que haber asignaturas, que son a las que ha quitado peso la ley Wert, que fomenten el pensamiento crítico, en las que se enseñe a pensar, que no todas las opiniones son igual de válidas…”, apostilla.

El biólogo Juan Ignacio Pérez, en el Bizkaia Aretoa. Foto: Fernando Gómez.“Sería muy recomendable que en la escuela y el instituto se pusiera más énfasis en que no hay que dar por buena toda la información que recibimos. Por norma, deberíamos exigir pruebas de las afirmaciones que se hacen en todos los ámbitos. Deberíamos preguntar siempre el porqué de las cosas, incluso a nosotros mismos”, afirma Juan Ignacio Pérez Iglesias, biólogo y titular de la Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco. Lo que realmente preocupa hoy a muchos científicos estadounidenses, explica, “es el convencimiento de que con Donald Trump va a acabarse la toma de decisiones políticas basada en pruebas. Creen que lo que son hábitos de pensamiento y actuación beneficiosos que no se van a seguir aplicando”.

Pérez Iglesias es, no obstante, “escéptico sobre el potencial del sistema educativo a la hora de fomentar el pensamiento crítico porque en los seres humanos la componente irracional es importantísima a la hora de tomar decisiones. Debemos ser conscientes de los sesgos, esos atajos mentales que forman parte de nuestro bagaje evolutivo y nos ayudan a resolver problemas sin pensar demasiado, y, sobre todo, del peso de lo emocional e ideológico. Hay mucha gente que vota a un partido porque las tripas se lo piden. Solo así se explica la insensibilidad ante la corrupción”. De ahí que él crea que el pensamiento crítico, “aunque hay que cultivarlo y promoverlo”, va a tener siempre “un alcance limitado”. “Es muy fácil engañarnos. Cuando entran en juego la política y la ideología, es igual de fácil engañar a cien catedráticos universitarios que a cien conductores de autobús”, coincide Zamora Bonilla.

Sentido común

El filósofo y pedagogo Gregorio luri.“Todos tenemos una parte un poco imbécil y no conocerla es la peor de las imbelicidades”, alerta el filósofo y pedagogo Gregorio Luri. Él prefiere hablar de “pensamiento riguroso en vez de pensamiento crítico”, porque, argumenta, solemos usar esta última acepción para aquel que coincide con el nuestro. “La clave está en pensar con rigor, algo que no es fácil, y tener claro que hay trampas en el pensamiento en las que no deberíamos caer, como las falacias. Pero someterte a una disciplina intelectual así resulta agotador, suele hacer daño y nunca sabes si la conclusión a la que has llegado es un fundamento firme o marca solo el límite de tus fuerzas”.

Por eso, en su opinión, más importante que el pensamiento crítico es “vivir en una comunidad con sentido común, que, como decía Aristóteles, básicamente se educa mostrando ejemplos de gente con sentido común. Hoy, sin embargo, predominan los de éxito fácil, de famoseo… Ahí hay un riesgo”. Para Luri, “la victoria de Trump se debe a que la alternativa era mucho peor. La gente no es tonta, no es estúpida. Lo que debería plantearse la socialdemocracia es por qué hay personas inteligentes, con buen criterio y una formación elevada, que se sienten perjudicadas por sus políticas. Trump me parece una persona bastante repulsiva, pero a los estadounidenses les ha parecido más repulsiva Hillary Clinton”. En el caso de Reino Unido, cree que la UE no ha sabido cautivar no solo a los británicos, sino tampoco a muchos otros nacionales. Pérez Iglesias tampoco achaca el Brexit a un voto no educado, sino a “la antigua querencia de Reino Unido por no estar en la UE”.

El economista José Luis Ferreira.“Si miras a los votantes de Trump, Le Pen y otros populismos, hay mucha gente con buena educación, que ha pasado por la Universidad. No sé cuál es el mejor antídoto para evitar que salgan los demonios que llevamos dentro: el racismo, el machismo… La mejor educación nunca sobra, pero no sé si es el antídoto. Estados Unidos, Francia y Holanda son países muy civilizados, muy educados”, advierte el economista José Luis Ferreira, profesor de la Universidad Carlos III. Frente a quienes sostienen que “los gobernantes nos quieren tontos”, él considera que esa visión conspiranoica carece de sentido. “No hace falta. Está visto que podemos ser educados y votarles de todas maneras. Lo puedo entender en otras épocas y en regímenes autoritarios, donde una élite expulsa de la educación a las mujeres y a las minorías, pero no creo que ningún dirigente quiera algo así en las sociedades democráticas. Ni Rajoy, ni Iglesias, ni Trump, ni Le Pen”.

Para Ferreira, en la escuela el pensamiento crítico tendría que impregnarlo todo. “Cualquier asignatura debería incluir no solo los datos y las teorías, sino también ver críticamente cómo se ha llegado a entender que eso es así y no de otra manera. Falta esta segunda parte, seguramente debido a unos programas siempre apretados. Igual hay que dar menos contenidos, pero con más profundidad”. Él no cree que ningún dirigente político rechazara esa posibilidad. “Los políticos de cualquier ideología están convencidos de que, si la gente pensara críticamente, les votaría a ellos porque su ideología es la buena”.

Berdeago de Durango, una feria ecológica con zahorís y geometría sagrada financiada con dinero público

Intervenciones pseudocientíficas en el marco de Berdeago.Berdeago, una feria ecológica que se celebra en Durango (Vizcaya), llega a su quinta edición plagada de charlatanería. No sé como habrá sido otros años, pero éste la muestra verde apuesta por la radiestesia -el zahorismo de toda la vida-, la holosíntesis, la geometría sagrada, las terapias alternativas y otras paparruchas, según me ha alertado el escéptico Alejandro campos y pueden comprobar en su programa. “Teníamos bastante demanda del sector vinculado al consumo ecológico y a las terapias alternativas, y también hemos querido hacerles un hueco”, explicaba hace unos días Juan Zubiaurre, uno de los promotores de la muestra, en Durangon.

En el programa de Berdeago -que se celebra este fin de semana y el próximo- se mezclan la eficiencia energética, el coche eléctrico y la gestión de residuos con el uso de la radiestesia para tener una casa sana, la geometría sagrada, las imágenes que activan la salud, la amenaza de la cosmética y la histeria electromagnética. Todo esto, patrocinado por el Ayuntamiento de Durango y el Gobierno vasco, y copn el apoyo  de la Diputación de Vizcaya y Euskotren; es decir, financiado con dinero público

Que el denominado movimiento ecologista tiene querencia por la anticiencia es algo público y notorio. No hay feria natural que se precie de tal sin tonterías como las citadas y otras por el estilo. Es algo que parece que no tiene remedio. Lo que sí lo tiene es que las instituciones apoyen con dinero de todos estas celebraciones de la irracionalidad. Como contribuyente, estoy harto de que la Diputación de Vizcaya y el Gobierno vasco destinen mi dinero, aunque sea en un mínima parte, a la promoción de la estupidez. Si ustedes también lo están, les animo a que se lo hagan saber a esas instituciones. Están en su derecho.

El futuro es transgénico

Arroz dorado y arroz blanco. Foto: Insituto Internacional para la Investigación del Arroz.Cinco estudiantes del colegio La Salle de Beasain se pusieron el año pasado a investigar sobre los transgénicos. “Una de las cosas que tienen que hacer nuestros alumnos es identificar un problema que quieran corregir como servicio a la sociedad. Y ellos habían visto que hay mucho desconocimiento cuando se habla de transgénicos”, explica Miren Peláez, profesora de Ciencias del centro. Los chicos, de 4º de la ESO (15 y 16 años), hablaron con científicos e hicieron un experimento en la Zientzia Azoka organizada por Elhuyar el 24 de abril en la plaza Nueva de Bilbao. Instalaron un puesto de talo con chorizo, con truco: había talo hecho a partir de harina de maíz transgénico y convencional. ¿Sería la gente capaz de diferenciarlos?

“Yo no lo fui; pero es que no como habitualmente talo con chorizo”, dice Mertxe de Renobales, catedrática jubilada de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad del País Vasco. Como el resto de los participantes, ella no puso ningún pero gustativo al talo transgénico. Normal, porque con la transgénesis no se busca por ahora cambiar el sabor del alimento. Al mejorar genéticamente una planta se puede pretender que sea resistente a plagas o a herbicidas, que consuma menos agua, que se adapte mejor a un suelo determinado, que genere alguna sustancia que supla una carencia nutricional… La tecnología que se utiliza en los organismos genéticamente modificados (OGM) es un avance más en lo que el ser humano lleva haciendo desde que domesticó hace unos 10.000 años las primeras plantas y animales: alterar sus genes para adecuarlos a sus necesidades. “Nada de lo que hay en el supermercado es natural”, advierte la bioquímica vasca. Ni nada de lo que se vende en las tiendas ecológicas.

Un mundo modificado

Durante miles de años el ser humano ha modificado especies mediante cruces sin saber muy bien lo que hacía. No conocía la ingeniería genética porque no sabía de la existencia de los genes. Aún hoy hay muchas personas que desconocen que todos los organismos tienen genes, que son los transmisores de la herencia, los que hacen que el vástago se parezca a sus progenitores o que sea propenso a las mismas enfermedades que ellos. Un estudio de la Fundación BBVA revelaba en 2012 que el 65% de los españoles cree que los tomates que come no tienen genes, frente a los producidos por ingeniería genética, que sí los tienen. El trabajo no ahondaba en las causas del error, pero bien podría deberse a las intensas campañas antitransgénicos de ciertos colectivos.

Cirula transgénica. Foto: Departamento de Agricultura de Estados Unidos.Todos los transgénicos son OGM, pero no todos los OGM son transgénicos. Un OGM es un organismo al que se ha alterado algún gen mediantes unas técnicas determinadas -por ejemplo, para retrasar la maduración-, mientras que un transgénico es un organismo en el que se han insertado genes de otra especie con esas mismas técnicas. Ahora eso se consigue mediante ingeniería genética, pero hay transgénicos anteriores a ella. La naranja nació al hibridarse accidentalmente un pomelo y un mandarino hace unos 3.000 años en China y un agricultor perpetuar la estirpe. Y el boniato, que empezó a cultivarse en Perú hace unos 8.000 años, es un transgénico natural que contiene ADN procedente de “Agrobacterium”, una bacteria que produce tumores en las plantas.

Cuando comemos pasta, comemos transgénicos. “El trigo duro, la variedad que se usa para la pasta, tiene cuatro genomas diferentes que le han llegado de cruces espontáneos de dos variedades diferentes, cada una con sus dos genomas. El trigo con el que se hace el pan de todos los días tiene seis genomas de tres especies diferentes”, explica De Renobales. Vivimos en un mundo transgénico. Mire su cartera: los billetes de euro están hechos de algodón transgénico, como los pantalones vaqueros que puede que lleve puestos. Y millones de personas viven gracias a un fármaco transgénico. Desde los años 80, los diabéticos se inyectan insulina humana producida por variedades transgénicas de la bacteria Escherichia coli. La vida de esos enfermos dependía hasta entonces de insulina de vacas y cerdos -y antes con insulina extraída de páncreas de cadáveres- que podía provocarles reacciones adversas y enfermedades.

No hay en la naturaleza nada parecido al fresón, el plátano, el tomate o la patata que usted compra en el súper o la tienda ecológica. Son creaciones humanas a partir de especies silvestres pequeñas (fresa y tomate), venenosas (patata) o no comestibles por estar llenas de molestas semillas (plátano). Mediante la hibridación nuestros antepasados aprendieron hace miles de años a modificar especies a su gusto y no sólo vegetales, ahí está el perro, un lobo que hemos cambiado hasta extremos increíbles. Más recientemente, desde los años 50 del siglo pasado, la FAO tiene un programa, en colaboración con la Agencia Internacional de Energía Atómica, para mejorar los cultivos por irradiación.

Transgénesis y ecología

“Coges semillas, las sometes a radiaciones ionizantes artificiales que provocan muchas mutaciones, las siembras y te quedas con la planta con las características que estás buscando. A partir de ahí desarrollas la planta y pasa a formar parte de las variedades cultivables. También la agricultura ecológica usa ese tipo de plantas”, indica De Renobales. Pero rechaza los transgénicos, algo que la mayoría de los científicos no se explica.

Platano silvestre. Foto: Warut Roonguthai.“No hay ninguna razón científica para que la agricultura ecológica no use los transgénicos resistentes a insectos, a virus y enfermedades, los tolerantes a la sequía y los que aportan mejoras nutricionales para aumentar su productividad por el sencillo procedimiento de reducir las pérdidas a la vez que mejora la calidad nutricional de estos productos”, dice la bioquímica. El maíz Bt, por ejemplo, es un transgénico que produce una proteína de origen bacteriano que hace que, cuando lo muerde el taladro -una plaga en Estados Unidos, Argentina y comunidades autónomas como Aragón, Cataluña Extremadura y Navarra-, el insecto muera. El Bt del nombre se refiere a Bacillus thuringiensis, la bacteria que produce un veneno natural para ciertos insectos. Pues, bien, los ecologistas se oponen al uso este maíz por ser transgénico, pero la denominada agricultura ecológica fumiga sus plantaciones de maíz con Bacillus thuringiensis que al emplearse así es mucho menos efectiva.

La ingeniería genética permite a los científicos mejoradores de plantas saber en todo momento lo que hacen: qué gen han modificado o cambiado y revertir el proceso si fuera preciso. En casi 20 años de investigación y uso de transgénicos no se ha registrado en todo el mundo ningún problema sanitario ni ecológico, y eso que son objeto de férreos controles. “Pasan montones de pruebas antes de salir al mercado. Son tan seguros o más que un cultivo convencional o ecológico”. De hecho, muchas intoxicaciones alimentarias registradas en Europa en los últimos años ha tenido su origen en la agricultura ecológica, incluida la mal llamada crisis del pepino español de 2011, que se saldó con la muerte de 34 personas -32 de ellas en Alemania- y más de 850 afectados, además de generar cientos de millones de pérdidas al campo español. Los causantes habían sido, en realidad, productos ecológicos alemanes.

Cuando hace unos meses acabaron su investigación sobre los transgénicos, los alumnos del colegio La Salle de Beasain llegaron a la conclusión de que los peligros que se asocian a ellos carecen de fundamento. “Y, además, ahora son más críticos no sólo con la información sobre transgénicos, sino en general. Han aprendido a leer las etiquetas de los productos y también, gracias a Mertxe (de Renobales), a que no se debe hablar sin saber”, dice Miren Peláez.

 

El control de las grandes empresas

Ante la falta de argumentos científicos contra los transgénicos, la oposición suele hacer hincapié en que su uso dejaría la alimentación mundial en manos de las grandes corporaciones de la biotecnología. Nadie lo niega, pero es que la alimentación mundial ya está en manos de las multinaciones. Y no sólo la alimentación. “¿De qué marca es tu móvil?, ¿y tu coche?, ¿y tu televisor?”, pregunta Mertxe de Renobales cuando sale a colación el tema.

La oposición popular a los transgénicos en Europa, cuyo éxito se debe a campañas que fomentan el miedo, ha hecho que la UE ponga tantas trabas a este campo de investigación que grandes compañías como BASF han trasladado su actividad en esta área a EE UU. Si nada cambia, en un mundo con más de 7.400 millones de habitantes y creciendo, en el que los transgénicos son claves para garantizar la alimentación sin ampliar la superficie cultivable y dañar más el medio ambiente, los agricultores y consumidores europeos serán los grandes perdedores.

 

109 premios Nobel contra Greenpeace

“Greenpeace ha encabezado la oposición al arroz dorado, que tiene el potencial de reducir o eliminar gran parte de las muertes y las enfermedades causadas por la deficiencia de vitamina A que se ceban con las personas más pobres de África y el sudeste asiático”, lamentaban 109 premios Nobel en junio en una carta abierta. Y añadían: “¿Cuántas personas pobres deben morir en el mundo antes de que consideremos esto un crimen contra la Humanidad?”.

Según la OMS, 250 millones de niños sufren de falta de vitamina A y cada año pierden por ello la vista entre 250.000 y 500.000 de 5 años, de los que la mitad fallece durante el año siguiente. La dieta de esos niños se basa fundamentalmente en el arroz, que carece de beta-caroteno, precursor de esa vitamina que está presente, por ejemplo, en la zanahoria. El arroz dorado produce beta-caroteno. Es un transgénico desarrollado en 1999 por Ingo Potrykus y Peter Beyer, que renunciaron a la patente para su uso humanitario. “Puede salvar a todos esos niños”, dice Mertxe de Renobales. Sin embargo, nunca ha llegado al Sudeste asiático por la oposición de Greenpeace, porque según ellos es es un caballo de Troya para introducir más cultivos transgénicos y su eficacia no está probada, lo contrario de lo que sostiene la comunidad científica.

Richard Dawkins y el populismo, en M80 Radio

Juan Luis CanoMaría Gómez y yo hablamos el lunes sobre Richard Dawkins y el populismo, en la decimoséptima entrega de la temporada de mi colaboración semanal en ¡Arriba España!, en M80 Radio. Si quiere, puede escuchar el programa completo.

“Me preocupa la tendencia siniestra hacia el populismo ignorante y fanático”, dice Richard Dawkins

Richard Dawkins, en la Conferencia de Ateos Estadounidenses de 2008. Foto: Mike Cornwell.“En Bruselas, el corazón de la Europa ilustrada, me avergüenzo de ser inglés después de la catástrofe del Brexit“, dijo el biólogo y divulgador científico Richard Dawkins (Nairobi, 1941) hace unas semanas en la biblioteca del Parlamento Europeo. Azote de la religión desde la publicación de su libro El espejismo de Dios (2006) -traducido a 35 idiomas y del que se han vendido más de 3 millones de ejemplares-, visitó la capital belga para intervenir en Euromind, un foro sobre ciencia y humanismo creado por la europarlamentaria Teresa Giménez Barbat. “Estoy en contra de la religión porque nos enseña a estar satisfechos con no entender el mundo”, ha escrito este científico educado en la fe anglicana que recuerda que “todos somos ateos respecto a la mayoría de dioses en los que la Humanidad ha creído alguna vez. Algunos simplemente vamos un dios más allá”.

Dawkins tiene una extraordinaria capacidad para contagiar su pasión por la ciencia a través de sus libros, vídeos y conferencias, y aborrece las respuestas falsas a la curiosidad humana. Por eso lucha desde hace décadas contra la pseudociencia y la superstición, como en su día hicieron su admirado Carl Sagan -de cuya muerte acaban de cumplirse 20 años-, Isaac Asimov y Martin Gardner, miembros como él del Comité para la Investigación Escéptica (CSI), una organización que promueve el pensamiento crítico. La Fundación Richard Dawkins para la Razón y la Ciencia, que nació en 2006, acaba de fusionarse con el Centro para la Investigación (CfI), del que depende el CSI y que promueve “la ciencia, la razón, la libertad de investigación y los valores humanistas”. “No saber es bueno; es algo con lo que podemos trabajar”, dice el biólogo en alusión al objetivo último de la ciencia: explicar la realidad. Recuperado de un ictus que sufrió en febrero en su casa de Oxford y recientemente separado de su tercera esposa, el pensador inglés habla en esta entrevista de algunos de los temas que más le preocupan.

– ¿Las victorias del Brexit y de Donald Trump son accidentales o nos indican por dónde van a ir las cosas en el futuro?

– Son representativas de una tendencia siniestra, que me preocupa, hacia el populismo y la desconfianza en los expertos. Uno de los líderes del Brexit, Michael Gove, dijo a la gente: “No confíen en los expertos; ustedes son los expertos”. No es así. El pueblo británico no es experto. Y en Estados Unidos ha pasado lo mismo. Me preocupa esta tendencia siniestra hacia el populismo ignorante y fanático, un problema que espero que sea temporal.

– Pero puede extenderse a otros países europeos.

– Sí. A Francia, Holanda… Espero que no pase.

– Al día siguiente del referéndum sobre el Brexit y de las elecciones estadounidenses, muchos no nos podíamos creer los resultados.

– Yo tampoco.

– Es increíble que EE UU vaya  a ser gobernado por antievolucionistas, negacionistas del cambio climático y supremacistas blancos.

– Sí. Trump parece ser tan voluble que no es posible saber hacia dónde va a saltar. Lo veo como una especie de delincuente juvenil, un narcisista irresponsable, una broma como presidente… No es posible saber qué políticas va a seguir. Puede cambiar de opinión en cualquier momento.

– ¿No está perdiendo la razón demasiado terreno en Occidente?

– Creo que es algo temporal. Hay que mirar al largo plazo, en el que nos movemos en la dirección correcta, aunque ahora hayamos dado  un paso en la errónea. El problema del cambio climático es especialmente preocupante porque es a largo plazo y podría ser muy tarde cuando se corrigieran las cosas. En Estados Unidos, el otro problema a largo plazo es el Tribunal Supremo porque sus miembros no se jubilan y, por eso, cubrir una vacante (algo que Trump tiene ahora en sus manos) tendrá efectos durante muchos años.

La pseudociencia

– ¿Cómo explica que ahora que disfrutamos de más esperanza de vida que nunca gracias a la ciencia y la tecnología haya mucha gente en las sociedades desarrolladas que confíe en la medicinas alternativa y los remedios mágicos?

– Entiendo su preocupación, pero no soy psicólogo ni sociólogo, ni soy un experto en por qué la gente cree en disparates.

– ¿Qué le parece que la legislación europea permita que los productos homeopáticos se vendan como medicamentos sin tener que demostrar que curan nada?

– Los fármacos de verdad tienen que demostrar que funcionan, deben someterse a rigurosos test antes de recibir el visto bueno de las agencias nacionales de medicamentos, mientras que la medicina alternativa no tiene que hacerlo. Es evidente la doble vara de medir. Los efectos de la homeopatía y otras prácticas similares pueden explicarse por el placebo. Además, los médicos de verdad están sobrecargados de trabajo, deben atender a un paciente cada pocos minutos y carecen de tiempo para sentarse con él y decirle cosas reconfortantes, como hacen los homeópatas.

Las tres sociedades científicas de farmacéuticos españolas han reconocido hace poco que la homeopatía no funciona. ¿La comunidad científica no tarda demasiado en reaccionar ante la anticiencia?

– Sí. En el caso de los productos homeopáticos, no es que no funcionen, es que no pueden funcionar porque no tienen nada. La única posibilidad de que funcionaran sería que el agua tuviera memoria, algo que es un disparate y nadie ha demostrado. Si alguien lo demostrara, ganaría el premio Nobel de Física.

– Pero sería muy, muy peligroso que el agua tuviera memoria, ¿no?

– Jajajaja… Sí. Este vaso de agua -dice apuntando el que tiene en la mesa- contiene al menos una molécula que pasó a través de la vejiga de Julio César o de Oliver Cromwell.

– Divulgadores como Carl Sagan, Martin Gardner y usted han dedicado mucho tiempo y esfuerzo a la lucha contra la pseudociencia. Alguien puede pensar que no hay nada malo en creer en el espiritismo, los platillos volantes y los poderes paranormales.

– Algunas personas han destacado que creer en esas cosas puede tener efectos perjudiciales directos. Yo soy más partidario de la aproximación al problema de Carl Sagan: esa gente se está perdiendo muchas cosas porque la realidad es tan maravillosa y fascinante que creer en tonterías resulta empobrecedor. Como educador, creo que es terrible que haya gente que malgaste su tiempo así cuando podría estar estudiando ciencia de verdad.

– ¿Explicar por qué creemos en cosas increíbles sirve para saber más sobre nosotros mismos?

– Supongo que sí. No soy psicólogo, pero me gustaría saber por qué a la gente le seducen esas cosas. La respuesta podría estar en la educación. Necesitamos más educación.

 Ariane Sherine, creadora de la campaña del autobús ateo, con Richard Dawkins en su lanzamiento en Londres en 2009. Foto: Zoe Margolis.

Ciencia y religión

– Usted considera que ciencia y religión no pueden ser compatibles.

– Muchos científicos piensan que sí. Yo no. Es importante distinguir entre creencias evidentemente ridículas como el creacionismo, en las que podemos ver una incompatibilidad clara, y la incompatibilidad más sutil que para mí existe entre la ciencia y la religión más respetable. Hasta cuando no se trata de un creacionismo ingenuo, cuando la creencia es solo en un dios que creó el Universo, hay incompatibilidad.

– Hay quien cree en un dios que puso en marcha el Universo y no hizo nada más. Ese dios no explica nada, ¿no?

– No, no es necesario. La evolución explica cómo la ilusión compleja de un diseño es producto de mecanismos naturales. El darwinismo explica la vida, que es el gran ejemplo de ilusión compleja de diseño. Llevarse al creador al origen del Universo no solo resulta innecesario, sino que además socava la tarea científica, cuyo objetivo es explicar cómo se produce la ilusión de diseño.

– Si hay un dios, no hay por qué buscar explicaciones a nada.

– Exactamente.

– ¿Cree que todo en la realidad se va a poder explicar desde un punto de vista naturalista, científico?

– No lo sé. Es una pregunta abierta. Puede haber preguntas que nunca podamos responder. Lo que sí podemos decir es que, si hay algo que la ciencia no puede explicar, no se podrá explicar de otro modo. Es totalmente ilógico pensar que, si la ciencia no puede explicar algo, lo podrá explicar la religión. Yo creo que algún día la física lo explicará todo, pero, incluso si no lo hace, la religión nunca lo hará.

– ¿La religión es siempre el camino equivocado para explicar las cosas?

– Sí.

– Europa es un crisol de gente de diferentes orígenes, culturas y creencias. ¿Cómo puede protegerse frente a los fundamentalismos sin violar los principios de igualdad y libertad que están en su esencia?

– En general, somos personas buenas y tolerantes que no quieren ser elitistas. ¿Cómo podemos protegernos de la locura sin convertirnos en exclusivistas y elitistas? Yo he empezado a pensar que no me importa que me llamen elitista. La gente necesita educación.

– Con gente mejor educada, ¿Trump no sería presidente y el Brexit habría fracasado?

– Sí.

– Si un fundamentalista musulmán potencialmente peligroso estuviera a las puertas de Europa, ¿deberíamos dejarle entrar?

– Somos personas buenas y tolerantes; no debemos discriminar a nadie por su credo. Para mí es importante distinguir entre los musulmanes, la mayoría buenas personas, y el islam en sí, que creo que es una doctrina perniciosa y malvada.

– ¿Y el cristianismo?

– También, pero menos peligrosa.

– Incluso en Occidente, ser ateo en Europa no es lo mismo que serlo en EE UU. ¿Veremos pronto a un ateo en la Casa Blanca?

– Hoy es algo imposible. Ningún miembro del Congreso de EE UU, y son 535, admite abiertamente ser ateo, cuando obviamente muchos lo son. En este sentido, las estadísticas en EE UU se están moviendo en la dirección correcta. Más del 20% de la población no abraza ninguna religión. Eso no significa que todos sean ateos, pero muchos lo son. Sospecho que puede haber habido ya un presidente ateo en EE UU, pero no lo ha podido admitir. Creo que eso llegará, pero ahora es imposible. En EE UU mi fundación apoya una campaña, llamada Abiertamente laico, para animar a los no creyentes a que salgan del armario y se muestren públicamente orgullosos de su ateísmo con el objetivo de que eso lleve a otros -especialmente, a los políticos- a seguir sus pasos.

– Ahora mismo, ¿es más fácil en EE UU ser un homosexual declarado que un ateo declarado?

– Sí, lo es.