Ciencia, superstición, incultura

“¡Qué escándalo! He descubierto que aquí se miente”

Al igual que el capitán Renault de ‘Casablanca’ descubre que en el local de Rick se juega, algunos periodistas han descubierto ahora que en el mundo se miente.“La culpa es de las redes sociales”. No me dirán que la sentencia no les suena familiar. De un tiempo a esta parte, el periodismo anda inquieto por la facilidad con que se expanden los bulos y las mentiras a través de las redes sociales. Muchas veces son los mismos que nos han alertado de la existencia de un juego -el de la ballena azul– que lleva a los adolescentes a suicidarse, del peligro de las borracheras femeninas por meterse en la vagina tampones empapados en vodka -el llamado tampodka-, del riesgo de que los teléfonos móviles provoquen cáncer y de las bondades de la homeopatía, por citar cuatro falsedades con gran predicamento mediático.

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca y el Brexit, dos victorias de la mentira y el populismo, han provocado un terremoto en torno a lo que se ha dado en llamar posverdad. Acuñado en 1992, el término, según el Diccionario Oxford, “denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”. Es un neologismo para rebautizar el impacto de uno de los usos de la mentira de toda la vida: la propaganda. Sin embargo, como si el uso propagandístico de falsedades fuera algo nuevo, algunos grandes medios dedican tribunas y reportajes a la posverdad, los bulos y las mentiras, incidiendo en que el peligro está en las redes sociales y el efecto eco, consecuencia de la creación de comunidades ideológicas aisladas del exterior, de burbujas impermeables a mensajes discrepantes.

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Rosa Montero: opinión basada en hechos falsos

“La opinión es libre, pero los hechos son sagrados”, escribió en 1921 el periodista inglés C.P. Scott, entonces director del Manchester Guardian, el actual The Guardian. El domingo, la periodista Rosa Montero publicó en El País Semanal un artículo de opinión basado en hechos alternativos, como se llama ahora a las mentiras. Titulado “Consumidores engañados y cautivos”, decía en él que la Revolución Verde tuvo su origen en el uso de semillas transgénicas, que eso dio lugar a un “nuevo gluten” que crea “cada día más casos de intolerancia” y que hay “una repentina obsesión científica” en nuestra sociedad con denunciar la homeopatía, dejando caer que detrás puede estar la industria farmacéutica. No voy a responder a cada una de esas falsedades, que demuestran que la autora habla desde la ignorancia, porque ya lo ha hecho Mauricio-José Schwarz. Me voy a centrar en un punto de su discurso y en la gravedad de que un medio de comunicación serio sirva de altavoz a mentiras, que es lo que más me preocupa.

“¿No les choca la repentina obsesión científica que le ha entrado a nuestra, en general, acientífica sociedad para denunciar la homeopatía? Llevamos meses de un machaque tan orquestado y pertinaz que no puede ser casual”, escribe la periodista. La “repentina obsesión” de algunos contra la homeopatía tiene en España más de 20 años, estando entre los pioneros el médico bilbaíno Víctor-Javier Sanz Larrínaga, que ya escribía artículos denunciando el carácter pseudocientífico de esa práctica en los años 90. Después, desde que empezaron los blogs, varios escépticos mantenemos un frente abierto contra la homeopatía. Yo, en particular, desde 2005, cuando decidí que también tenía que meterme en ese jardín. No recuerdo las charlas que he dado denunciando esa práctica y los artículos que he escrito -decenas- pueden consultarse aquí. Además, hace seis años se emitió en televisión el episodio de la serie Escépticos dedicado a la homeopatía, donde, con la ayuda de científicos y escépticos, Jose A. Pérez Ledo y yo denunciábamos el fraude y el peligro que supone. Que en el último año la lucha de mucha gente haya dado frutos ha sido gracias a las redes sociales, que han amplificado lo que llevamos diciendo años, y al trabajo de médicos y farmacéuticos que han encontrado en Internet el apoyo que necesitaban para combatir la anticiencia en sus respectivas profesiones. Nada más.

Montero afirma que la homeopatía es “una práctica barata y desde luego inocua”, cuando no es ni lo uno ni lo otro. Además de que se trata del azúcar más caro del mundo , se vende como si fuera capaz de curar algo, cuando es mentira. Es decir, es un timo. Al día siguiente de que la periodista publicara en El País Semanal su anticientífico alegato, la Real Academia Nacional de Farmacia hacía público ayer un documento en el que advierte de que la homeopatía no funciona y “puede crear falsas expectativas, sustituir a los tratamientos con eficacia demostrada, retrasar la consulta médica, etc., y pueden poner en riesgo la salud de los ciudadanos”. Ahí está el niño italiano que murió hace unos días porque le trataron una otitis con homeopatía en vez de con antibióticos. No es un caso aislado. Las medicinas alternativas son peligrosas, matan.

‘Trumpismo’ anticientífico

La columnista no tiene en su artículo ningún respeto por los hechos, un principio básico de la profesión. En lo que a transgénicos y homeopatía se refiere, lo suyo es el trumpismo. Pero eso no es lo más preocupante. Lo alarmante es que un periódico como El País acoja afirmaciones estúpidas y anticientíficas que pueden confundir a mucha gente y llevarla a tomar a decisiones peligrosas para su salud. Un medio de comunicación puede y debe dar espacio a opiniones diversas, porque la opinión debe de ser libre, pero los hechos son sagrados. Lo que hace Montero en su artículo es vender a sus lectores una realidad anticientífica alternativa al estilo de la de Donald Trump. ¿Es que nadie con un mínimo de conocimientos leyó el texto antes de mandarlo a la rotativa? Eso es lo realmente preocupante. No puede ser que un medio como El País dé algo por cierto sólo porque lo diga una de sus vacas sagradas. ¿Qué hubiera pasado si, siguiendo su razonamiento conspiranoico, la periodista hubiera dicho que está demostrado que el VIH no causa el sida y todo es un montaje de las farmacéuticas? Lo que sostiene en “Consumidores engañados y cautivos” es algo parecido, algo cuya falsedad puede comprobar cualquiera con sólo consultar la Wikipedia, por ejemplo. Montero ha demostrado que es incapaz de identificar fuentes fiables en las que basar sus opiniones.

Su ignorancia y la falta de controles editoriales del medio que la cobija han lanzado una bomba anticientífica que seguramente afectará a mucha gente que creerá en lo que Montero dice porque es ella y lo publica El País. ¿Consumidores engañados, confundidos y que pueden ser víctimas de abusos por personajes sin escrúpulos? Sí, los lectores de la columna de Rosa Montero en El País Semanal que confíen en ella y en el buen juicio del diario a la hora de elegirla como colaboradora.

El pene es el causante del cambio climático: un montaje como el de Sokal pone en ridículo los estudios de género

Arranque del 'artículo científico' de la revista 'Cogent Social Sciences' que defiende el pene como constructor social.El filósofo Peter Boghossian, de la Universidad Estatal de Portland, y el matemático James Lindsay han publicado en la revista Cogent Social Sciences un artículo en el que sostienen que el pene “está detrás de gran parte del cambio climático”. El texto es una broma titulada ‘The conceptual penis as a social construct’, que firman con los nombres ficticios de Jamie Lindsay y Peter Boyle, y que la revista presenta como artículo de investigación. La tesis que defienden los autores es que el pene “no se entiende mejor como el órgano sexual masculino o como un órgano reproductor masculino, sino como una construcción social que es a la vez perjudicial y problemática para la sociedad y las generaciones futuras. El pene conceptual presenta problemas significativos para la identidad de género y la identidad reproductiva dentro de la dinámica social y familiar, es excluyente para las comunidades marginadas basadas en el género o la identidad reproductiva, es una fuente duradera de abuso para las mujeres y otros grupos y personas marginados por el género, es la fuente universal de violación y es el conductor conceptual detrás de gran parte del cambio climático”.

Por si hubiera dudas sobre lo que los Boghossian y Lindsay pretenden con ‘The conceptual penis as a social construct’, han explicado en la revista The Skeptic que, “después de acabar el artículo, lo leyeron cuidadosamente para asegurarse de que no decía nada significativo y, como ninguno de los dos pudo determinar de que trataba realmente, lo consideramos un éxito”. No sólo el texto  es ridículo, sino que, además, las citas también carecen de sentido: algunas proceden de artículos sin relación con el tema, otras las incluyeron tras hacer búsquedas por palabras clave, las hay del Generador de Posmodernismo -un programa informático que produce imitaciones de textos posmodernos- y cinco proceden de revistas que no existen. Ah, por supuesto, ellos no se leyeron ni una línea de ninguna de las fuentes que citan.

Boghossian y Lindsay mandaron originalmente su trabajo a NORMA: International Journal for Masculinity Studies, una “revista internacional de investigación de alta calidad sobre la masculinidad en sus múltiples formas”, según se dice en la web de la publicación. La revista lo rechazó, pero no porque el trabajo fuera un disparate, sino porque sus editores creían que encajaba mejor en su cabecera hermana de acceso abierto Cogent Social Sciences, que se define como una publicación con “revisión por pares de alta calidad” y en la que hay que pagar para publicar. Y ahí ha visto la luz ‘The conceptual penis as a social construir’ con la bendición de Jamie Halsall, filósofo de la Universidad de Huddersfield, que, por lo visto, ni siquiera se molesto en comprobar si existe -no, no existe- el Grupo de Investigación Social Independiente del Sureste al que decían pertenecer los ficticios Jamie Lindsay y Peter Boyle. Vamos, que la revisión del original fue exhaustiva.

Veintiún años después de que los físicos Alan Sokal y Jean Bricmont colaran en Social Text un texto pseudocientífico y demostraran que una revista de humanidades posmoderna “publicará un artículo plagado de sinsentidos, siempre y cuando: a) suene bien; y b) apoye los prejuicios ideológicos de los editores (contra las ciencias exactas)”, Boghossian y Lindsay dejan claro que en los estudios de género pasa lo mismo. No hay nada como culpar al pene (al hombre) de todos los males como para que a uno le hagan la ola. Los autores de este desenmascaramiento creen que su broma demuestra más que la falta de rigor de los responsables de las dos revistas implicadas y cuestiona la integridad de buena parte del campo de los denominados estudios de género, infestado por el posmodernismo

Como apunta en su blog el biólogo Jerry Coyne, “las ciencias sociales se mantienen llenas de tonterías oscurantistas, un miasma académico. Por supuesto, no todas las personas o áreas de las ciencias sociales y las humanidades están llenas de tales tonterías, pero los estudios culturales, incluidos los de la mujer, son particularmente propensos a la combinación tóxica de jerga e ideología en aras de una erudición horrible”. 

No deja de tener su gracia que el pene, aunque sea como construcción social, socave la credibilidad de los estudios de género. Seguramente, algunos dirán que es una conspiración machista.

El juego de la ballena azul, en M80 Radio

Juan Luis CanoMaría Gómez y yo hablamos el lunes sobre el juego de la ballena azul, en la trigésima primera entrega de la temporada de mi colaboración semanal en ¡Arriba España!, en M80 Radio. Si quiere, puede escuchar el programa completo.

Los españoles y la homeopatía y la acupuntura, en M80 Radio

Juan Luis CanoMaría Gómez y yo hablamos el lunes sobre cómo la mitad de los españoles cree en la homeopatía y la acupuntura, en la trigésima entrega de la temporada de mi colaboración semanal en ¡Arriba España!, en M80 Radio. Si quiere, puede escuchar el programa completo.