Así firmas, así eres: el engaño de la grafología

Las campañas electorales son terreno abonado para la estupidez. Si en España los medios de comunicación suelen dar importancia al signo del Zodíaco de los candidatos, en Estados Unidos se están fijando estos días en sus firmas. A través de Efe y de AFP, me entero de que análisis grafológicos revelan que la de Barak Obama refleja su dualidad racial; la de Hillary Clinton denota elegancia y energía; y la de John McCain, vigor. Es más, tras verlas yo diría que la del primero refleja que aspira al cambio; la de la segunda, que es una mujer obsesionada con lograr su objetivo; y la del tercero, que sufre de alopecia. Y eso que no soy grafólogo titulado.

Los practicantes de la grafología aseguran que pueden deducir el carácter de una persona a partir de cómo escribe, de si las mayúsculas son muy grandes, las letras van separadas, las líneas se inclinan hacia uno u otro lado… En vez de leer la personalidad en las líneas de la mano, la leen en la letra manuscrita. No hay que confundirlos con los peritos calígrafos, los expertos forenses que certifican, por ejemplo, si alguien es el autor o no de un manuscrito que se le atribuye. Los grafólogos son otra cosa.

Firmas de Hillary Clinton, John McCain y Barack Obama. Foto: AFP.Dicen los grafólogos que la letra refleja la personalidad y en eso se basan para haberse hecho un hueco en el mercado de la selección de personal. Hay ofertas de trabajo en la prensa española que piden el currículo del aspirante manuscrito, porque someten el texto a análisis por parte de estos expertos. Los estudios controlados demuestran, sin embargo, que, si no cuentan con más información que la letra impresa, los grafólogos no aciertan sobre el autor de un texto más que los legos. Porque, vamos a ver, ¿acaso ustedes no dirían sobre las firmas de Obama, Clinton y McCain lo que han leído antes? Seguro que sí porque les conocen y saben que son características que encajan con ellos. Por eso mismo, lo que digan ellos los grafólogos importa una higa.

Los grafólogos aciertan lo obvio, como recuerda Robert Todd Carroll en The Skeptic’s Dictionary, y pueden deducir -como cualquiera- cosas de lo que hemos escrito -un currículo contiene mucha información-, pero no de cómo lo hemos escrito. La grafología tiene tanto fundamento como cualquier otro tipo de videncia y, sin embargo, cuenta con una inquietante halo de credibilidad.

Cambiar la escritura para cambiar la personalidad

Hace unos días, me enteraba en El Correo, por ejemplo, de que “con la escritura podemos cambiar la conducta y formar niños más amables”. Lo decía una tal Pilar Besumán, que se presentaba como psicografóloga que había trabajado en el colegio madrileño Los Rosales, donde estudió el príncipe Felipe, y en el equipo de selección de personal de una multinacional. Esta apelación a la autoridad me pareció tan falaz como una de Txumari Alfaro, quien justificó recientemente ante las cámaras de Euskal Telebista lo bueno que es beberse la orina diciendo que lo hacía Gandhi y fue premio Nobel. Ni Besumán ha demostrado nunca ante nadie no creyente sus poderes ni Gandhi era Nobel de Medicina. También ha habido algún Nobel pederasta y que yo sepa a nadie se le ha ocurrido reivindicar ese comportamiento sexual porque un laureado que lo practicara.

Lo de modificar la conducta cambiando la letra, de ser cierto, tendría repercusiones interesantes. ¿Hay una caligrafía buena, que nos haga ciudadanos modélicos? Si es así, ¿por qué no obligar a adoptarla a todos los reclusos y así reformarles? Me llama la atención que ningún colega se pare a pensar en cosas de este estilo y se las pregunte al grafólogo de turno, o que lleve diez muestras de letra con mensajes anodinos -copias del primer párrafo de una misma noticia de periódico- correspondientes a diez personas y pida al experto que caracterice a cada uno de los autores. Habría que diseñar bien la prueba, pero sería un buen punto de partida si queremos hacer un periodismo que vaya más allá de la repetición de tópicos nunca demostrados y sea útil a los ciudadanos.