La invasión marciana de 1938

Les voy a contar una mentira: Orson Welles sembró el pánico en Estados Unidos en 1938 con la versión radiofónica de La guerra de los mundos. Les voy a contar otra: fue el primero en demostrar el gran poder de la radio como medio de comunicación de masas. Les voy a contar una verdad: el terror generalizado provocado por la ficticia invasión marciana fue un bulo. Les voy a contar otra: quienes creyeron en el ataque extraterrestre no se pararon a pensar…

Sigue en la revista Muy Interesante (Nº 486, noviembre de 2021).

Obsesionados con Marte

Cómo suponen los hombres de ciencia a los habitantes de Marte: según Percival Lowell (1), Richard A. Gregory (2), Robert Ball (3 y 4) y Emanuel Swedenborg (5). Revista ‘Alrededor del Mundo’ (1906) / Biblioteca Nacional de España
Revista ‘Alrededor del Mundo’ (1906) / Biblioteca Nacional de España

«¿Logrará Marconi escuchar a Marte?», se preguntaba el diario californiano The Morning Press el domingo 30 de julio de 1922. Hace 99 años, la incógnita no era si había o no vida en el planeta rojo, sino cuándo entraríamos en contacto. La idea generalizada, compartida por destacados científicos, era que el mundo vecino acogía una avanzada civilización. «Los hombres en Marte son altos porque la fuerza de la gravedad es menor. Son rubios porque la luz del día es menos intensa. Tienen extremidades menos poderosas. Tienen algunas de las características de nuestro tipo escandinavo, aunque muy probablemente tengan cráneos más grandes», especulaba el zoólogo Edmond Perrier, exdirector del Museo Nacional de Historia Natural francés. Dotados de una inteligencia sobrehumana, sospechaba que sus grandes ojos azules, narices y orejas no los harían atractivos para nosotros.

Durante el siglo XIX, los astrónomos llenaron el disco marciano de accidentes geográficos, unos reales y otros no tanto. El primer mapamundi lo publicaron los alemanes Johann Mädler y Wilhelm Beer en 1837, y en las décadas siguientes otros estudiosos distinguieron manchas oscuras y claras que identificaron con mares y continentes, respectivamente. Unas líneas, que a algunos les parecían rectas y a otros no, unían las regiones oscuras. El astrónomo italiano Giovanni Schiaparelli las bautizó como canali tras observarlas durante la oposición de 1877. Cada dos años, el Sol, la Tierra y Marte están en línea recta por ese orden, y la distancia entre los dos planetas puede reducirse a sólo 59 millones de kilómetros, frente a los 400 millones del máximo. Las llamadas oposiciones marcianas se aprovechan ahora para mandar misiones robóticas, como las tres que parten este verano. Para Schiaparelli, los canali no eran obra de seres inteligentes, sino producto de «la evolución del planeta, igual que en la Tierra el canal de la Mancha o el de Mozambique».

Una red planetaria de canales

Fue un millonario estadounidense aficionado a la astronomía, Percival Lowell, quien convirtió los inocentes canali en una demostración del ingenio marciano. Creía que eran artificiales, un desesperado intento de nuestros vecinos en la lucha contra la desertización de su mundo, una red planetaria de canales para transportar agua desde los casquetes polares hasta las latitudes medias. Lowell financió en 1894 la construcción de un observatorio astronómico en Flagstaff (Arizona) con el único fin de estudiar el planeta rojo y defendió en tres libros de éxito -el primero, Marte, se publicó en 1895- la idea de una civilización marciana agonizante. «Imaginaba el planeta habitado por una raza muy antigua y más sabia, quizás muy diferente de la nuestra. Creía que los cambios estacionales de las zonas oscuras se debían al desarrollo y marchitamiento de la vegetación. Creía que Marte era muy parecido a la Tierra. Total, creía demasiadas cosas», sentencia Carl Sagan en Cosmos (1980).

Transmutados en unos seres repugnantes, los sedientos marcianos de Lowell protagonizaron la primera invasión extraterrestre en La guerra de los mundos, de H.G. Wells, publicada en forma de serial en Pearson’s Magazine en 1897 y como libro un año después. «Espíritus que son a los nuestros lo que nuestros espíritus son a los de las bestias de alma perecedera; inteligencias vastas, frías e implacables», fracasaron en su intento de conquistar la Tierra, pero ya se habían adueñado de nuestras mentes. Su existencia era un hecho. En 1891, el premio Guzman, dotado con 100.000 francos de oro para quien se comunicara con otro mundo, excluía expresamente Marte por resultar demasiado fácil y, ocho años después, el genio serbio Nikola Tesla anunciaba que había captado señales de otro mundo en su laboratorio de Colorado Springs. Hoy se piensa que pudo ser una emisión de su principal rival, Guglielmo Marconi, e incluso una natural procedente de Júpiter.

Recorte de prensa que se pregunta si  Marconi conseguirá comunicar con los marcianos.
Recorte de prensa que se pregunta si Marconi conseguirá comunicar con los marcianos.

Hasta 1930, se sucedieron los intentos más o menos serios de hablar con los marcianos, sobre cuya apariencia elucubraba en 1906 la revista española Alrededor del Mundo, que advertía de que «todos (los científicos) convienen en que deben disfrutar de un intelecto muy superior al nuestro». La mejor prueba de esa superioridad eran los canales. Mientras en la Tierra nos había llevado años abrir los 80 kilómetros del de Panamá, ellos los hacían como quien tira líneas en un mapa. «Los marcianos han construido dos inmensos canales en dos años», informaba a toda página The New York Times en agosto de 1911. «Cada uno tiene miles de millas de longitud y unas veinte de ancho. En comparación, el cañón del Colorado es algo secundario», afirmaba la divulgadora científica Mary Proctor, que admiraba a los autores de tan «hercúlea tarea».

Telegramas a Marte

Tesla urgía al mundo en 1919 a entrar en contacto con «una raza inmensamente superior a la nuestra» para, antes de que se extinguiera, conocer «los secretos que deben haber descubierto en su lucha contra los elementos despiadados». Ese mismo año, Marconi creyó haber recibido un mensaje marciano, pero al final concluyó que probablemente se trataba de una emisión de otro experimentador de la radio. Y en 1924 el astrónomo David Todd, de la Universidad de Amherst, pidió a Washington que los militares guardaran silencio radiofónico en algunos momentos del 23 y el 24 de agosto para, en coincidencia con la máxima cercanía del planeta, intentar captar mensajes de nuestros vecinos. Los militares colaboraron en la operación de escucha, pero no se oyó nada. Tampoco recibieron respuesta en 1926 y 1928 sendos telegramas que mandó a su novia marciana, con la que decía comunicarse telepáticamente, el abogado británico Hugh Mansfield Robinson, de cuyas andanzas informaron The New York Times, La Vanguardia y El Pueblo Vasco, entre otros periódicos.

Hugh Mansfield Robinson, de pie con auriculares, intentando captar un mensaje de Marte en octubre de 1928. Abajo a la izquierda agachado, el ingeniero Archibald Low, uno de los pioneros de la televisión.
Hugh Mansfield Robinson, de pie con auriculares, intentando captar un mensaje de Marte en octubre de 1928

Al mismo tiempo, los libros de las aventuras de John Carter y las primeras revistas de ciencia ficción hacían soñar a los estadounidenses. «Recuerdo haber leído de niño, fascinado y emocionado, las novelas marcianas de Edgar Rice Burroughs. Viajé con John Carter, caballero aventurero de Virginia, hasta Barsoom, el nombre que daban a Marte sus habitantes. Seguí a manadas de bestias de carga con ocho patas, los thoat. Y conseguí la mano de la bella Dejah Thoris, princesa de Helium», rememoraba en 1980 el astrofísico Carl Sagan. Revistas como Amazing Stories, Argosy y Science Wonder Stories llenaron sus portadas de princesas, diablesas, tarzanes y monstruos marcianos de todo tipo y, en medio de esa invasión, Orson Welles y el Mercury Theatre recrearon La guerra de los mundos para la CBS el 30 de octubre de 1938.

La sesión de radioteatro, con el formato de un concierto interrumpido por los partes que informaban de un devastador ataque marciano, fue un éxito. A pesar de los repetidos avisos de que era una ficción, hubo quienes creyeron estar viviendo una invasión extraterrestre, pero el pánico no fue generalizado. Los sociólogos calculan hoy que los radioyentes «engañados» se redujeron a unas decenas de miles de Nueva Jersey y Nueva York, y que la extensión del terror fue magnificada interesadamente por la Prensa para presentar a la naciente radio, una temible competidora, como una amenaza para el público.

Nueve años después, se vieron los primeros platillos volantes y, en 1951, Robert Wise los convirtió en naves de otros mundos en Ultimátum a la Tierra, película protagonizada por un extraterrestre, Klaatu, que viene a advertirnos del peligro de las armas nucleares. A partir de ese momento, muchos ufólogos y supuestos contactados con extraterrestres defendieron que los platillos volantes procedían de Marte. Pero, cuando en 1965 la Mariner 4 sobrevoló el planeta, allí no había nada. Ni bases alienígenas, ni ciudades, ni vegetación, ni los canales del Marte de Percival Lowell. El real era un mundo frío y seco, desértico, muerto.

Cuando la ‘Mars Global Surveyor’ borró la esfinge de Cydonia

La cara de Marte fotografiada por la 'Viking 1' en 1976 y por la 'Mars Global Surveyor' en 2001. Fotos: NASA.
La cara de Marte fotografiada por la ‘Viking 1’ en 1976 y por la ‘Mars Global Surveyor’ en 2001. Fotos: NASA.

El orbitador de la Viking 1 sacó el 25 de julio de 1976 una foto de la región de Cydonia que durante más de dos décadas fue objeto de especulaciones en el mundillo paranormal y conspiranoico. Parecía verse en ella una gigantesca escultura de un rostro humano mirando al espacio, y algunos autores, como el estadounidense Richard Hoagland, acusaron a la NASA de ocultar la existencia de una civilización marciana.

Robert Bauval y Graham Hancock, herederos intelectuales de Erich von Däniken -quien atribuye a extraterrestres las grandes obras de culturas no europeas-, propusieron en 1998 que las formaciones de Cydonia, donde ellos veían también unas pirámides, eran el equivalente marciano a las edificaciones de la meseta de Guiza (Egipto). «Cuanto más detenidamente se examina, más evidente resulta que realmente podría tratarse de un conjunto de enormes monumentos en ruinas sobre la superficie de Marte», escribieron.

La sonda Mars Global Surveyor de la NASA fotografió la región en 1998, y allí no había ni esfinge ni pirámides. Al igual que había hecho la Mariner 4 en 1965 con los canales, las imágenes de la MGS y las de la Mars Reconnaissance Orbiter en 2007 borraron la cara y las pirámides de Marte. Como los planetólogos habían dicho desde el principio, se trataba de pareidolias, un fenómeno psicológico que hace que nuestro cerebro detecte patrones donde no los hay y, por ejemplo, veamos una cara en la corteza de un árbol o a la Virgen en una tostada quemada. La Guiza marciana sólo existía en la mente de quienes querían verla.

La travesura de un cura inglés que inspiró a Orson Welles para ‘La guerra de los mundos’

El padre Ronald Knox.
El padre Ronald Knox.

“Los 96 metros de la torre del reloj acaban de caer al suelo, junto con el famoso reloj, el Big Ben… Informes recientes dicen que la multitud ha capturado al señor Wotherspoon, ministro de Tráfico, cuando trataba de huir disfrazado. Lo han colgado de una farola en Vauxhall”, alertaba un locutor de radio a los londinenses el sábado 16 de enero de 1926. Había estallado una revuelta bolchevique en la capital británica y, minutos antes del linchamiento del miembro del Gobierno, BBC Radio, entonces una compañía privada que operaba en régimen de monopolio, había interrumpido la emisión de una conferencia sobre literatura del siglo XVII para informar de los disturbios. 

Los boletines de urgencia hablaban de una masa de desempleados que había arrasado la Galería Nacional, volado el hotel Savoy y el Parlamento, y provocado una masacre en el parque de San Jaime. Los oyentes escucharon durante 12 minutos explosiones y los gritos de la multitud, y bombardearon a los periódicos con llamadas telefónicas. Creían que Londres era escenario de una revolución similar a la rusa de 1917, pero todo era una ficción. Autor de novelas de detectives, el sacerdote católico Ronald Knox no sólo había guionizado la revuelta, sino que también había sido quien desde Edimburgo había puesto voz al locutor que informaba de los hechos a la audiencia de BBC Radio.

Una parodia anunciada

El montaje había sido anunciado en la prensa como Broadcasting the barricades (Retransmitiendo las barricadas), a cargo del «reverendo padre Ronald Knox». Además, antes del inicio del programa a las 19.40 horas, la emisora había avisado a los oyentes de que lo que iban a escuchar era una ficción. Y el padre Knox salpicó la narración de detalles que dejaran claro que era una broma, como el nombre de algunos implicados –Wotherspoon suena en inglés como cuchara de agua– y que uno de los cabecillas de los sublevados fuera secretario del Movimiento Nacional para Abolir las Colas en el Teatro. Nada de eso evitó que, en un clima de inestabilidad política que culminaría en una huelga general del 4 al 13 de mayo, mucha gente cayera en el engaño. Sólo el hotel Savoy recibió cerca de 200 llamadas de clientes preguntando si estaba realmente en ruinas. 

'The New York Times' informó el 18 de enero de 1926 del pánico provocado en Londres por la emisión radiofónica del padre Knox.
‘The New York Times’ informó el 18 de enero de 1926 del pánico provocado en Londres por la emisión radiofónica del padre Knox.

El 18 de enero, The New York Times informaba de cómo una parodia de un informativo sobre una revuelta en Londres había alarmado a los británicos. La radio comercial tenía solo cuatro años de vida en Reino Unido y, como sucedió con La guerra de los mundos el 30 de octubre de 1938 en Estados Unidos, muchos oyentes habían sintonizado la emisora ya empezado el programa. Un año después, el 30 de junio de 1927, la estación de radio 5CL de Adelaida (Australia) emitió durante 16 minutos lo que parecía el inicio de un ataque aéreo a la ciudad, con la interrupción de una actuación musical y el sonido de bombas y disparos. Había sido anunciado los días anteriores como un programa especial, pero aún así las centralitas de la Policía y los periódicos recibieron numerosas llamadas de ciudadanos aterrorizados.

«Saqué la idea de un programa de la BBC que se había emitido el año anterior (sic), cuando un sacerdote católico contó cómo unos comunistas se habían apoderado de Londres y mucha gente lo creyó. Y pensé que sería divertido hacerlo a gran escala. Hagámoslo desde el espacio exterior: así es como se me ocurrió la idea», contaba décadas después Orson Welles a Peter Bogdanovich respecto a su dramatización de La guerra de los mundos para la CBS. El montaje, magníficamente guionizado por Howard Koch, que luego ganó un Oscar por Casablanca, tuvo bastante más eco que el del padre Knox porque la radio era en 1938 ya un medio pujante y la prensa estadounidense exageró el pánico para intentar minar la credibilidad de un competidor.

Stalin, Mengele y el platillo volante de Roswell

Modelo a tamaño real de un A-12 puesto en lo alto de un pilar en el Área 51 para las pruebas de radar. Foto: CIA.Cualquier misterio gana si hay nazis de por medio. Bien lo saben las revistas esotéricas españolas, que desde hace décadas lucen cada dos por tres en sus portadas a Adolf Hitler o algún símbolo nazi para relacionar ese régimen con el Grial, el ocultismo, los platillos volantes, el Arca de la Alianza, las sectas… En su libro Área 51. La historia jamás contada de la base militar más secreta de América (2011), recientemente traducido al español, la periodista estadounidense Annie Jacobsen va más allá y achaca el caso de Roswell a un plan del sanguinario Iósif Stalin en el que habría participado el no menos sanguinario Josef Mengele. Comunistas, nazis y platillos volantes, ¿se puede pedir más?
El diario Roswell Daily Record informó el 8 de julio de 1947 en su primera página de que el Ejército estadounidense tenía en su poder un platillo volante que se había estrellado en un rancho cercano a Roswell, Nuevo México. Al día siguiente, sin embargo, los militares dijeron que los restos correspondían en realidad a piezas de un globo meteorológico y mostraron a la Prensa unos trozos de madera de balsa y papel de aluminio. Nadie creyó entonces que una nave extraterrestre se hubiera accidentado cerca de Roswell, y el caso cayó en el olvido hasta 1980, cuando Charles Berlitz y William Moore publicaron El incidente, libro en el que sostenían que no sólo se habían recuperado los restos de un ingenio de otro mundo, sino también cuerpos de sus tripulantes…
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Sin ‘La guerra de los mundos’ de Orson Welles, no existiría ‘Casablanca’

Orson Welles, durante la emisión de 'La guerra de los mundos'.Sin la versión radiofónica de Orson Welles de La guerra de los mundos, no existiría Casablanca (1942). O, por lo menos, la película protagonizada por Humphrey Bogart e Ingrid Bergman no sería la que es. Porque Howard Koch, uno de los tres guionistas del filme de Michael Curtiz, llegó a Hollywood gracias a la invasión extraterrestre del 30 de octubre de 1938. Aquella noche de hace 79 años, en un clima prebélico, muchos estadounidenses –aunque no tantos como se ha dicho posteriormente– creyeron estar viviendo a través de la radio un ataque marciano en directo gracias al ingenio de Welles y el Mercury Theatre, y el guion de Koch.
La consecuencia inmediata del revuelo que se montó en torno a la famosa emisión de radio de la CBS fue que Hollywood fichó a los principales implicados en el montaje y, mientras Welles y sus compañeros rodaron Ciudadano Kane (1941) -una de las grandes películas de todos los tiempos-, Koch firmó un contrato de siete años con la Warner Brothers. Al principio, cuenta el guionista en su libro La emisión del pánico (1970), el estudio no tenía muy claro qué podía escribir, pero con el tiempo le encomendaron un proyecto:

Finalmente, heredé algunas escenas y fragmentos de diálogos abandonados por dos escritores anteriores. Me pidieron que construyera una historia incorporando estos fragmentos para una producción cuyo comienzo estaba programado para dentro de dos meses. Con la cámara pisándome los talones, comencé a escribir desesperadamente, con la única y vaga noción de cuál era el orden de cada escena, deseando que una condujera a otra, y a otra y a otra y que la suma total, si vivía para entonces, equivaliera a una película que no fuera tan mala como para dar por finalizada mi breve carrera en Hollywood.

El resultado final fue Casablanca, película por la que Julius Epstein, Philip Epstein y Koch ganaron el Oscar al mejor guion adaptado. La cinta se llevó, además, los premios a mejor película y mejor director. 75 años después, y sin desmerecer las contribuciones de los hermanos Epstein, merece la pena recordar que, si no llega a ser por la adaptación radiofónica de Orson Welles de la novela de ciencia ficción de H.G. Wells, Casablanca sería otra película.