El legado racista de los dioses astronautas

Hay pocas ideas tan perturbadoras como la de que seres de otros mundos construyeron las pirámides de Egipto, ayudaron a los pascuenses a levantar los moáis y guiaron a los nazcas a la hora de realizar los geoglifos del desierto peruano. Es perturbadora no porque vayamos a tener que reescribir los libros de historia, sino por su racismo: la llamada teoría de los antiguos astronautas atribuye sistemáticamente a entidades superiores grandes logros de culturas no europeas. Es una muestra nada inocente de un supremacismo blanco que mucha gente no percibe como tal debido a su disfraz alienígena…

Sigue en la revista Muy Interesante (Nº 476, enero de 2021).

Aquí no hay dragones

La leyenda 'Hic sunt dracones' en el globo de Hunt-Lenox. Foto: Universidad de Rochester.
La leyenda ‘Hic sunt dracones’ en el globo de Hunt-Lenox. Foto: Universidad de Rochester.

En agosto de 2016 me compré un micrófono. Había decidido, por fin, que iba a hacer un podcast. Una insensatez más en mi larga carrera de despropósitos y más teniendo en cuenta mi torpeza tecnológica. Pero estaba decidido. 

Compré un micrófono que me recomendó Eduardo Arcos, director de Hipertextual, pensé en un nombre para el podcast, diseñé un logotipo y hasta grabé la entrada y la salida de cada episodio. Se iba a llamar Aquí hay dragones, en honor a la sentencia que, según creía yo, aparece en muchos mapas antiguos para marcar el territorio inexplorado. Donde puede haber monstruos. Coincidirán conmigo en que es un buen nombre para un podcast dedicado a los misterios paranormales.

Lógicamente, en la primera entrega iba a explicar el porqué del nombre, como hice con este blog, Magonia, en junio de 2003. Así que me puse a buscar material para documentar una anécdota que conocía desde mis inicios en el escepticismo, allá por los años 80 del siglo pasado. De los orígenes del movimiento escéptico español, por cierto, espero hablar otro día.

'Dragón rojo', obra del artista japonés Katsushika Hokusai (1760-1849).
‘Dragón rojo’, obra del artista japonés Katsushika Hokusai (1760-1849).

Como tantas veces pasa en el periodismo, una profesión en la que cada día aprendes algo nuevo, buscando una cosa me encontré con otra. Porque no es verdad que en los antiguos mapas se marcara la terra incognita con la leyenda Aquí hay dragones. O, mejor dicho, Hic sunt dracones. En latín. Así que, entre el chasco y que mi decisión de lanzar un podcast no era tan firme como yo creía -a ver si esta vez lo es-, cogí el micrófono, lo volví a meter en su caja y lo guardé en un armario.

Hasta ayer, que lo saqué y, después de pensarlo, me propuse retomar la idea. Así que aquí tienen la primera entrega de Aquí no hay dragones, que tampoco es tan mal título y que encima hace honor a la verdad. Les cuento…

Según la Wikipedia, ese pozo de sabiduría del que todos bebemos más de lo que deberíamos, “Aquí hay dragones es una frase que se utiliza para referirse a territorios inexplorados o peligrosos, de acuerdo con la práctica medieval de poner serpientes marinas y otras criaturas mitológicas en los mapas de zonas desconocidas”. Añade la enciclopedia libre que esta expresión se encuentra en el llamado globo de Hunt-Lenox, que data de entre 1503 y 1507, y que, leo literalmente, “mapas anteriores contienen una gran variedad de referencias a criaturas míticas y reales, pero el mapamundi de Lenox es especialmente conocido por contener esta indicación”. 

Vale, bien, hasta aquí no había problemas. Además hay un montón de sitios en internet que repiten, con ligeras variaciones, que la frase se utiliza en mapas medievales para marcar los límites de la tierra conocida. No está mal. Podría haberme reafirmado en mi creencia y haberme animado a tirar para adelante. Es decir, a poner en marcha este podcast.

El problema es que rara vez me conformo con el primer resultado del buscador de Google o con lo que dice la Wikipedia. Si el tema realmente me interesa o tengo que escribir sobre él, me gusta ir a las fuentes originales, o lo más cerca posible de ellas, no porque sea un erudito ni un purista, sino porque, si te quedas con lo primero que sale en una búsqueda en Internet, hay muchas probabilidades de que des por cierta información que no lo es. Y también, para qué negarlo, porque me divierte la búsqueda. Algunas de las historias sobre lo paranormal más sorprendentes con las que me he topado -espero contarlas aquí- las he descubierto tirando del hilo a partir de frases aisladas publicadas en revistas y libros viejos en búsquedas que a veces me han llevado hasta meses.

No fue este el caso. En lo que se refiere a los dragones y los mapas, todo fue mucho más sencillo. En cuestión de minutos, saltando de un sitio a otro, encontré varias anotaciones, incluida alguna entrada de la Wikipedia, en las que se desmonta el mito de que la expresión Aquí hay dragones se usara habitualmente en mapas antiguos.

Aquí no hay dragones.
Aquí no hay dragones.

Porque resulta que no hay constancia de que ningún mapa contenga la leyenda Hic sunt dracones. Ni uno. Seguro que usted ya lo ha adivinado: solo aparece en el globo de Hunt-Lenox, que forma parte de la colección de la Biblioteca Pública de Nueva York y es una de las primeras esferas terrestres conocidas. Y, encima, la frase de marras no se encuentra en un lugar cualquiera del globo. Podían haberla puesto en donde tendrían que estar Norteamérica, Australia o la Antártida, territorios entonces desconocidos. Pero no, está en el sudeste asiático, cerca de donde está la isla indonesia de Komodo. Así que es posible que ese Aquí hay dragones se refiera al llamado dragón de Komodo, un lagarto que puede alcanzar los 3 metros de longitud. 

Más allá del de Komodo, dragones, lo que se dice dragones, no se conocen en el mundo real, aunque sean animales omnipresentes en mitologías muy distantes en el espacio y en el tiempo… 

Pero esa es otra historia…

Episodio 1 y único de Aquí no hay dragones, un podcast de Luis Alfonso Gámez:

Posdata: esta vez tampoco ha podido ser y esta prueba se queda en eso, en una prueba -hecha hace muchos meses con la mejor intención de continuidad-; pero la quería compartir con ustedes, audio incluido.

El último heredero de Houdini

Fue un mazazo. Poco antes de la medianoche del 20 de octubre, salto en Twitter la noticia: James Randi ha muerto. Como en esa red social a la gente se la mata y resucita con facilidad, al principio quise pensar que se trataba de un bulo. Era consciente de la avanzada edad de Randi y de su delicado estado de salud, pero quería creer. Segundos después, di con un tuit de Penn Jillete que confirmaba lo peor. «Randi, Randi, Randi, Randi. Es increíble lo mucho que te echo de menos. No imagino que este sentimiento vaya a desaparecer nunca. Randi», lamentaba la mitad parlanchina del dúo mágico Penn & Teller. «Un día triste para la verdad y la valentía. James Randi, un amigo y héroe, ha muerto hoy a los 92 años», escribía el físico Lawrence Krauss. «Lloro a James Randi, mago de clase mundial, némesis bienhumorada de doblacucharas, espiritistas y otros charlatanes», decía el biólogo Richard Dawkins

Sigue en la revista Muy Interesante (Nº 475, diciembre de 2020).

El quién es quién de los ufonautas

Ufonautas cabezones de la clasificación hecha por Jader U. Pereira en los años 70.
Ufonautas cabezones de la clasificación hecha por Jader U. Pereira en los años 70.

Kalna, Hedonto, Plut, Caldon. ¿Le dicen algo estos nombres? Seguramente, no. Corresponden a extraterrestres que, según la literatura ufológica, han contactado con nosotros desde el siglo pasado. Uno de los primeros fue Orthon, que el 20 de noviembre de 1952 se presentó con su platillo volante a George Adamski en el desierto de California. Venusiano, atractivo y campechano, eligió a un cocinero de hamburguesería como el humano al que transmitir la advertencia de nuestros vecinos de que dejáramos de jugar con armas nucleares. lo mismo que meses antes nos habían pedido Klaatu en la película Ultimátum a la Tierra. Sin hache, Orton es un ummita, uno de los alienígenas infiltrados entre nosotros que a mediados 60 empezaron a contar sus aventuras por carta al grupo madrileño de tertulianos liderado por el contactado Fernando Sesma.

'An alien who's who', de Martin Kottmeyer.
‘An alien who’s who’, de Martin Kottmeyer.

Estos nombres y otros muchos aparecen en An alien who’s who (2008), obra en la que Martin S. Kottmeyer lista los ufonautas, los tripulantes de los ovnis, que supuestamente nos han visitado en las últimas décadas. Por orden alfabético, el primero es A, un kladen que surgió del televisor del contactado David Hamel y se lo llevó astralmente hasta su platillo volante, y el último, Zyloo, del planeta Siton, un emisario de un tribunal alienígena que nos informó de su retirada de la Tierra. Kottmeyer es un historiador de la ufología, no un creyente en que nos visitan seres de otros mundos en sus naves, e hizo este catálogo por diversión.

“No creo que los extraterrestres tengan algún significado pragmático para la Humanidad. No nos dan dado ninguna nueva tecnología. No nos han contado nada de interés científico que haya resultado ser verdad”, recuerda en la introducción. Este quién es quién de los extraterrestres es una obra menor -más un capricho para completistas que otra cosa- de Kottmeyer, que ha hecho importantes aportaciones a la comprensión del mito ovni, analizando con lupa hitos como la observación de Kenneth Arnold y la abducción de los Hill

La mayoría de ese material estaba hasta hace poco sólo disponible en inglés y no era fácil de encontrar, pero ahora un grupo de ufólogos serios hispanoamericanos, reunidos bajo el sello Coliseo Sentosa, ha empezado a publicar la obra de Kottemeyer en español. Ya han visto la luz dos volúmenes, Extraterrestres bajo la lupa (2020) y La gran ilusión extraterrestre (2020), y pronto habrá más. Son trabajos imprescindibles para cualquiera interesado en profundizar en el gran mito del siglo XX.

La travesura de un cura inglés que inspiró a Orson Welles para ‘La guerra de los mundos’

El padre Ronald Knox.
El padre Ronald Knox.

“Los 96 metros de la torre del reloj acaban de caer al suelo, junto con el famoso reloj, el Big Ben… Informes recientes dicen que la multitud ha capturado al señor Wotherspoon, ministro de Tráfico, cuando trataba de huir disfrazado. Lo han colgado de una farola en Vauxhall”, alertaba un locutor de radio a los londinenses el sábado 16 de enero de 1926. Había estallado una revuelta bolchevique en la capital británica y, minutos antes del linchamiento del miembro del Gobierno, BBC Radio, entonces una compañía privada que operaba en régimen de monopolio, había interrumpido la emisión de una conferencia sobre literatura del siglo XVII para informar de los disturbios. 

Los boletines de urgencia hablaban de una masa de desempleados que había arrasado la Galería Nacional, volado el hotel Savoy y el Parlamento, y provocado una masacre en el parque de San Jaime. Los oyentes escucharon durante 12 minutos explosiones y los gritos de la multitud, y bombardearon a los periódicos con llamadas telefónicas. Creían que Londres era escenario de una revolución similar a la rusa de 1917, pero todo era una ficción. Autor de novelas de detectives, el sacerdote católico Ronald Knox no sólo había guionizado la revuelta, sino que también había sido quien desde Edimburgo había puesto voz al locutor que informaba de los hechos a la audiencia de BBC Radio.

Una parodia anunciada

El montaje había sido anunciado en la prensa como Broadcasting the barricades (Retransmitiendo las barricadas), a cargo del «reverendo padre Ronald Knox». Además, antes del inicio del programa a las 19.40 horas, la emisora había avisado a los oyentes de que lo que iban a escuchar era una ficción. Y el padre Knox salpicó la narración de detalles que dejaran claro que era una broma, como el nombre de algunos implicados –Wotherspoon suena en inglés como cuchara de agua– y que uno de los cabecillas de los sublevados fuera secretario del Movimiento Nacional para Abolir las Colas en el Teatro. Nada de eso evitó que, en un clima de inestabilidad política que culminaría en una huelga general del 4 al 13 de mayo, mucha gente cayera en el engaño. Sólo el hotel Savoy recibió cerca de 200 llamadas de clientes preguntando si estaba realmente en ruinas. 

'The New York Times' informó el 18 de enero de 1926 del pánico provocado en Londres por la emisión radiofónica del padre Knox.
‘The New York Times’ informó el 18 de enero de 1926 del pánico provocado en Londres por la emisión radiofónica del padre Knox.

El 18 de enero, The New York Times informaba de cómo una parodia de un informativo sobre una revuelta en Londres había alarmado a los británicos. La radio comercial tenía solo cuatro años de vida en Reino Unido y, como sucedió con La guerra de los mundos el 30 de octubre de 1938 en Estados Unidos, muchos oyentes habían sintonizado la emisora ya empezado el programa. Un año después, el 30 de junio de 1927, la estación de radio 5CL de Adelaida (Australia) emitió durante 16 minutos lo que parecía el inicio de un ataque aéreo a la ciudad, con la interrupción de una actuación musical y el sonido de bombas y disparos. Había sido anunciado los días anteriores como un programa especial, pero aún así las centralitas de la Policía y los periódicos recibieron numerosas llamadas de ciudadanos aterrorizados.

«Saqué la idea de un programa de la BBC que se había emitido el año anterior (sic), cuando un sacerdote católico contó cómo unos comunistas se habían apoderado de Londres y mucha gente lo creyó. Y pensé que sería divertido hacerlo a gran escala. Hagámoslo desde el espacio exterior: así es como se me ocurrió la idea», contaba décadas después Orson Welles a Peter Bogdanovich respecto a su dramatización de La guerra de los mundos para la CBS. El montaje, magníficamente guionizado por Howard Koch, que luego ganó un Oscar por Casablanca, tuvo bastante más eco que el del padre Knox porque la radio era en 1938 ya un medio pujante y la prensa estadounidense exageró el pánico para intentar minar la credibilidad de un competidor.