“La medicina alternativa no existe”, dice el experto Wallace Sampson

“La medicina alternativa no existe. Hemos examinado la mayoría de sus prácticas y, bioquímica o físicamente hablando, sus supuestos efectos están entre lo altamente improbable y lo imposible”, sentenciaba Wallace Sampson, profesor emérito de medicina en la Universidad de Stanford, en el San Francisco Chronicle en agosto de 2006. Considerado una autoridad en oncología, patología y hematología, Sampson dirigía la Scientific Review of Alternative Medicine, una publicación con revisión por pares dedicada al análisis de las denominadas terapias alternativas. “El propósito de la Scientific Review of Alternative Medicine es aplicar las mejores herramientas de la ciencia y la razón para determinar si las hipótesis son válidas y los tratamientos efectivos. No se rechazará ninguna afirmación porque encaje o no porque encaja o no con algún paradigma. Buscará simplemente respuestas justificadas a dos preguntas: «¿Es verdad?» y «¿Este tratamiento funciona?»”, se explica en la web de la revista, nacida en 1997 por iniciativa de Sampson y Paul Kurtz, el que fue fundador y presidente durante décadas del Comité para la Investigación Escéptica (CSI).

Sampson aseguraba en la información citada que ni siquiera la acupuntura, cuyo corpus doctrinal -recuerda- se ha establecido en Europa durante los últimos cien años, tiene una mínima utilidad terapéutica. A su juicio, lo que ocuirre con esta práctica es que la atención del cliente se desvía de los síntomas hacia las agujas. “No tiene ningún efecto sobre el proceso de la enfermedad, pero afecta a la percepción de los síntomas”. Y, con buen tino, se preguntaba: “¿Qué pasaría si la acupuntura no existiera?”. La respuesta es: nada. Ése es su impacto en nuestras vidas. Imagínese, sin embargo, lo que pasaría de no existir los antibióticos, las vacunas, las radiografías, la radioterapia… ¿Saben cuántas terapias han desarrollado en más de veinte años los dos grandes centros de investigación sobre las medicinas alternativas de los Institutos Nacionales de la Salud (NIH) de Estados Unidos? Ninguna. Y eso que el Centro Nacional para la Salud Complementaria e Integral (NCCIH), fundado 1992, y la Oficina de Medicina Complementaria y Alternativa para el Cáncer (OCCAM), creada en 1998, han gastado desde su nacimiento miles de millones de dólares. Ahora mismo, cuestan al contribuyente estadounidense unos 240 millones de dólares al año. ¿Hasta cuándo se va a seguir tirando dinero a la basura?

“La medicina alternativa no existe”, decía con razón Sampson en esta -vieja, pero actual- información de la que me he enterado a través del CSI. Como tampoco existen, como suele recordar el periodista científico Mauricio-José Schwarz, la ingeniería alternativa, la quimica alternativa… Huya de la medicina alternativa, complementaria, integrativa o cómo la llamen en el futuro. Por un lado, hay medicina; por otro, cosas que intentan hacerse pasar por ella sin haber demostrado su efectividad. Como la democracia que se adjetiva, la medicina que se adjetiva es un sucedáneo.