El fraude de Rom Houben y su coma consciente

Rom Houben, con su facilitadora y su madre. Foto: AP.

La primera vez que oí hablar de Rom Houben fue el lunes en un informativo de televisión. Así me enteré de que el hombre, un belga de 46 años que ha pasado los últimos 23 diagnosticado y tratado como si estuviera en coma irreversible, dice ahora que en realidad ha estado todo ese tiempo consciente, atrapado en su cuerpo y sin poder comunicarse con el exterior. Me pareció una historia terrible, demasiado buena desde el punto de vista periodístico para ser cierta, así que, aunque me olía mal, decidí esperar a leer lo que decía Houben antes de llegar a ninguna conclusión. Y ése fue mi primer error: quedarme con el titular periodístico y deducir de él que el hombre había despertado del coma. Al día siguiente comprobé que Houben sigue, aparentemente, en el estado vegetativo en que quedó después de un accidente de tráfico hace 23 años y que él nunca ha dicho nada, aunque los medios nos empeñemos en lo contrario. Ya anteayer, me quedó claro que toda esta historia es tan falsa como la del meteorito letón, aunque los periódicos sigamos hoy hablando de «la increíble elocuencia del paciente en coma» y cosas parecidas, para regocijo de quienes ven en este caso un argumento de peso contra la eutanasia.

La historia de Houben es trágica, y sus declaraciones impactantes. Algunas de las recogidas por los medios son las siguientes: «Me convertí en el testigo de mi propio sufrimiento mientras los médicos y las enfermeras intentaban hablarme, hasta que, finalmente, tiraron la toalla»; «En algunos momentos la soledad fue horrible, pero sabía que mi familia creía en mí»; «No olvidaré nunca el día en que finalmente descubrieron lo que no funcionaba, fue mi segundo nacimiento»; «Noto una gran diferencia ahora que he regresado y estoy en contacto de nuevo con el mundo»; «Ahora quiero leer, hablar con mis amigos por medio del ordenador y aprovechar mi vida, ahora que la gente sabe que no estoy muerto». Lamentablemente, estas frases no demuestran nada porque ni las ha dicho ni las ha tecleado el enfermo. Los testimonios del comatoso consciente son producto de una práctica llamada comunicación facilitada, que tiene la misma fiabilidad que la ouija, con la cual comparte principios. No exagero o, por lo menos, no tanto como la prensa, la radio y la televisión entregadas a este caso .

Según su familia, después de dos décadas de silencio, Houben se comunica ahora con ellos a través de una asistenta o facilitadora y un teclado de ordenador. La facilitadora sostiene con un mano un dedo del hombre, lo pasa sobre las teclas y pulsa aquella sobre la que dice sentir una ligera presión del dedo del paciente. Así compone frases tan terribles como: «Gritaba sin que nadie me pudiera escuchar». La comunicación facilitada es una técnica más que cuestionable que algunos empezaron a practicar en los años 90 como medio para que se expresaran autistas, retrasados mentales y gente con graves lesiones cerebrales, todos aislados del mundo exterior. El problema es que las pruebas experimentales hechas hasta el momento han demostrado que, en este tipo de comunicación, la voz que se oye no es la del impedido, sino la del facilitador. Por eso, la Asociación Psicológica Americana, la Asociación para el Tratamiento Científico del Autismo, la Asociación Americana para las Discapacidades Intelecuales y de Desarrollo y la Academia Americana de Psiquiatría Infantil y Adolescente, entre otras instituciones, consideran que la comunicación facilitada carece de crédito y que recurrir a ella vulnera toda ética. Por lo menos, hasta que se pruebe lo contrario, algo que parece muy sencillo.

«Se enseña una imagen de un objeto (por ejemplo, un gato) al facilitador y otra diferente de un objeto (por ejemplo, un perro) a Houben. ¡No se deja que uno vea las fotos del otro! Y se ve lo que se teclea: ¿gato o perro? Como control, se enseña a los dos la misma y se ve lo que se teclea. Predicción: se tecleará siempre lo que vea el facilitador. ¿Alguien puede, por favor, hacer este sencillo test?», pedía anteayer Michael Shermer, director de la revista Skeptic. Shermer recuerda que, siempre que se han hecho experimentos en esa línea con niños autistas, lo tecleado ha coincidido el 100% de las veces con lo visto por el facilitador y con lo visto por el incapacitado sólo cuando ambos ven la misma imagen.

Tecleando dormido

Steven Novella, neurólogo de la Universidad de Yale, coincide en que hay pocas dudas de que «la comunicación es obra del facilitador, no de Houben». Y propone otro experimento simple que demostraría que es el paciente quien habla: que el facilitador no sepa ni inglés ni flamenco, lenguas que conoce Houben, y teclee respuestas coherentes en alguno de esos idiomas siguiendo las indicaciones del dedo del enfermo. Arthur Caplan, director del Centro de Bioética de la Universidad de Pensilvania, considera que estamos ante algo parecido a la ouija y añade que, «dadas sus lesiones [cerebrales], Houben no debería ser capaz de generar ningún tipo de presión en los dedos. Y, si puede hacerlo, ¿por qué nadie más ha detectado esta capacidad en los últimos 23 años?».

En los vídeos en los que se ve al hombre comunicándose a través de su facilitadora, teclea a toda velocidad, aunque hay veces que no está mirando al teclado y otras que ¡está dormido! ¿Cómo narices va a elegir la letra idónea si no ve el teclado o tiene los ojos cerrados? «Es todo falso, una farsa, una mentira: ¡y el facilitador lo sabe! Y no, este hombre no va a escribir un libro, pero el facilitador sí y, si esta farsa no se detiene, hará una fortuna con él», sentencia el ilusionista y desenmascarador de fraudes James Randi.

La fe de la madre del hombre en que su hijo siga dentro de esa cabeza después de 23 años es comprensible; pero no hay ninguna pista que apunte a tal posibilidad. Novella admite que Steven Laureys, el neurólogo que dice haber detectado funciones intactas en el cerebro de Houben, es un auténtico experto. Y reconoce que podríamos estar ante un caso raro del síndrome de cautiverio, en el que un lesionado cerebral es consciente de lo que pasa a su alrededor, pero es incapaz de comunicarse con el exterior. Sin embargo, añade Novella que todavía nadie ha demostrado ni que nos encontremos ante un síndrome de cautiverio ni que el hombre haya pasado 23 años erróneamente diagnosticado como paciente en estado vegetativo cuando estaba consciente. De lo que, por el contrario, no hay duda algunas es de que todas las afirmaciones que los medios hemos atribuido a Houben son falsas, obra de la perversa comunicación facilitada.

No sé si algún periodico, radio o televisión de los que han aireado este caso se dignará a contar la verdad en los próximos días o si dejarán las cosas como están, causando más desesperación aún en los familiares de los pacientes en coma, llevándoles a gastarse dinero y depositar su fe en inútiles sistemas de comunicación, y proporcionando falsos argumentos a quienes desde el fundamentalismo religioso se oponen a la eutanasia, como hizo el Vaticano en el caso de Eluana Englaro. «¿Cuántos Roms habrá en el mundo? ¿Cuántos enfermos serán desvalorizados por tener una discapacidad? Ahora Rom tiene 46 años y no quedan dudas que nos enseña muchas cosas, la más importante sin duda: «Quiero vivir»», adelantan en el blog de la asociación integrista española Hazte Oír. Pero lo cierto es que no hay ninguna prueba de que Rom Houben haya dicho nada desde hace 23 años ni de que vaya a hacerlo alguna vez. Y no importa quién lo haya contado.

Publicado por Luis Alfonso Gámez

Luis Alfonso Gámez es periodista.