José Miguel Mulet

Congreso escéptico en Valencia a principios de abril

Cartel de I congreso de pensamiento crítico y divulgación científica.El Aula Magna de la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación de la Universidad de Valencia acogerá el 5 y 6 de abril el I congreso de pensamiento crítico y divulgación científica. Organizado por el Departamento de Lógica y Filosofía de la Ciencia, la Cátedra para la Divulgación de la Ciencia y la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación de la institución académica, el encuentro “tiene un marcado carácter transversal, fomentando los intercambios entre diversos campos, como son la ciencia, el periodismo y la filosofía, e incorporando a editoriales y asociaciones de divulgación y pensamiento escéptico”.

Mi ponencia, programada a las 19 horas del 5 de abril, se titula El peligro de creer. Defenderé en ella que creer en lo sobrenatural puede perjudicarnos psicológica y físicamente, y dañarnos como individuos y como sociedad. Hablaré de espiritismo, astrología, parapsicología, medicinas alternativas y enfermedades inventadas por desaprensivos. Es mi plan inicial, que puede variar según lo que cuenten los colegas que me anteceden. Porque las jornadas contarán, además, con la participación del médico y filósofo Sven Ove Hanson; los filósofos Jesús Alcolea, Johan Braeckman y Luis Vega; el abogado de Fernando L. Frías, miembro del Círculo Escéptico; el biólogo Fernando Cervera; el bioquímico José Miguel Mulet; y el psicólogo Ramón Nogueras.

La entrada al congreso escéptico de Valencia es libre hasta completar el aforo y, amén de las charlas, habrá presentaciones de varias asociaciones de divulgación, un taller, una exposición artística y un mercado de libros en el que no faltarán ejemplares de El peligro de creer, por cortesía de Léeme Libros.

Los transgénicos son peligrosos, dice un libro de ciencias de Bachillerato

Los transgénicos pueden propiciar las aparición de nuevas especies con consecuencias desconocidas, reducen la biodiversidad y su consumo podría ser peligroso para el ser humano. Es el mensaje del libro de Cultura científica para 1º de Bachillerato de McGraw Hill Education. Los autores exponen en dos páginas lo que es la biotecnología y sus beneficios y, a modo de conclusión sobre los transgénicos, dicen:

Portada del libro de Cultura científica de 1º de Bachillerato de McGraw Hill.

Junto a innegables beneficios, la utilización de organismos transgénicos presenta inconvenientes no desdeñables. Destacan la posible aparición de especies nuevas cuyo nicho ecológico se desconoce, el tránsito de genes de unos organismos a otros, la reducción de la biodiversidad, el desarrollo de resistencias en insectos y el crecimiento de malas hierbas, con efectos en los ecosistemas imprevisibles e irreversibles [en negrita en el original]. Su consumo también podría acarrear riesgos sanitarios y alergias aún no evaluados. Además, podrían incrementar las diferencias socioeconómicas entre países ricos y pobres.

Si en el párrafo anterior cambiamos transgénicos por organismos domesticados, sería igual de cierto. Y de falso. Porque todo lo que cultivamos y criamos, casi todo lo que compramos en el supermercado y en la tienda de agricultura natural bendecida por Greenpeace, es artificial en el sentido de que lo hemos modificado genéticamente durante siglos. Llevamos manipulando genes, talando bosques y disminuyendo la biodiversidad a través de la agricultura y ganadería desde hace unos 10.000 años. Al principio, modificábamos organismos como quien mezcla las cartas de una baraja con la esperanza de que le salga arriba el as de corazones. A veces, salía; otras muchas, no. Ahora, la biotecnología permite mezclar las cartas de tal modo que arriba nos salga siempre la que queramos.

¿Por qué es eso más peligroso que cruzar dos especies de plantas como se ha hecho desde hace miles de años sin tener claro cuál iba a ser el resultado? ¿Por qué es más peligroso modificar plantas para que sean resistentes al ataque de ciertos insectos que usar toneladas de insecticidas? Como me contaba hace años en una entrevista la bioquímica Pilar Carbonero, “todos los riesgos achacados a los transgénicos existen desde que la agricultura es agricultura”. Que esos prejuicios se alimenten en un manual escolar resulta inquietante.

En contra de lo que alerta este libro de Bachillerato, comer transgénicos no entraña ningún peligro. “Una vez comercializado, un transgénico es tan seguro o más que un cultivo convencional o ecológico. Los transgénicos están más controlados que los productos agrícolas que compramos normalmente en el supermercado -procedentes de explotaciones convencionales o ecológicas- porque, en estos casos, la legislación es muy poco exigente, muy light“, me decía la bioquímica vasca Mertxe de Renobales en 2011. Y es que, como recordaba en su libro Comer sin miedo el bioquímico José Miguel Mulet, la mayoría de las intoxicaciones alimentarias que hemos sufrido en Europa en los últimos años han tenido su origen en productos ecológicos.

Estaría bien saber de dónde han sacado los autores de este texto escolar unas conclusiones que parecen extraídas del manual del perfecto ecólatra. El polémico párrafo lo ha cazado un profesor de biología de Secundaria, alarmado porque “miles y miles de alumnos se llevarán a casa esta idea, que seguramente no será desmentida por la mayoría de profesores, que no tiene formación adecuada. Me parece que algo se debería hacer al respecto. Es muy grave. Otros libros de esta materia de otras editoriales también siembran falsedades y alarmismos. Se supone que esta asignatura es para fomentar la cultura científica, no para lo contrario”.

J.M. Mulet presenta ‘Medicina sin engaños’ en Bilbao el viernes

El bioquímico José Miguel Mulet, entre tomateras en el Instituto de Biología Molecular y Celular de Plantas de Valencia. Foto: Irene Marsilla.La Biblioteca de Bidebarrieta acogerá el viernes, a las 19 horas, la presentación de Medicina sin engaños, de José Miguel Mulet, en el marco de la 45ª Feria del Libro de Bilbao. Como ya ocurrió con su anterior libro, el acto consistirá en una conferencia del bioquímico y divulgador valenciano, a quien tendré el honor de presentar. “Es indudable que gran parte de nuestro bienestar se debe a los avances de la medicina. Sin embargo, las opciones al margen de la medicina tradicional son cada vez más numerosas -flores de Bach, aromaterapia, acupuntura-, a la vez que crecen las dudas sobre su fiabilidad. En la conferencia haré un recorrido por la historia de la medicina y pondré en evidencia algunos engaños y cómo ciertas prácticas constituyen un mero negocio a costa de la salud y el dinero de las personas que acuden a ellas. ¿Tienen base científica el psicoanálisis, las llamadas medicinas naturales o la homeopatía? ¿Y las medicinas tradicionales?”, pregunta el científico.

Quien quiera llevarse a casa un ejemplar firmado de Medicina sin engaños podrá comprarlo a la entrada de la sala y pedir al autor la dedicatoria al final de la charla. Mulet tiene otras dos obras imprescindibles en toda biblioteca escéptica: Los productos naturales ¡vaya timo! (2011) y Comer sin miedo (2014).

Mulet, contra las falsas medicinas

'Medicina sin engaños', de José Miguel Mulet.El tercer libro de José Miguel Mulet no decepcionará a quienes disfrutaron con Los productos naturales ¡vaya timo! (2011) y Comer sin miedo (2014). Tras derribar los mitos de lo natural y los peligros de la comida en Occidente, el bioquímico y divulgador valenciano arremete contra las mal llamadas medicinas alternativas, prácticas tan populares como inútiles y peligrosas que, sin embargo, cuentan con el respaldo de muchos profesionales de la salud y, por supuesto, de una parte significativa de la analfabeta, científicamente hablando, clase política española.

Cuando J.M. -nos conocemos desde hace años y siempre le he llamado así- me comentó en febrero de 2014 que estaba embarcado en este libro, me alegré. Aunque hay obras específicas, como las dedicadas a la acupuntura y la homeopatía por Víctor-Javier Sanz Larrínaga, faltaba una general sobre el sector de las pseudoterapias y él era, a mi juicio, el autor ideal. ¿Por qué? Porque J.M. tiene una capacidad de comunicar que para sí la quisieran muchos. Cuando en noviembre pasado hablábamos de nuestros respectivos proyectos en un restaurante valenciano y me dijo el título del libro, me pareció un acierto total. Titular bien es lo más difícil del mundo, como sabe todo periodista. El título es lo primero que ve el público y, si no le llama la atención, ya puedes haber escrito algo memorable que pasará desapercibido. No es el caso que nos ocupa.

Medicina sin engaños se lee de un tirón. La primera parte está dedicada a la medicina y es imprescindible para captar el mensaje que intenta transmitir el autor. Al principio, era la parte que menos me interesaba, pero, una vez acabada la obra, me dí cuenta de que esas páginas son imprescindibles. El libro estaría cojo sin que J.M. nos explicara los orígenes de la medicina, en qué consiste ésta y por qué desconfiamos de ella, a pesar de que gracias a ella -y a las mejoras en la higiene, el saneamiento y el control de los alimentos-, vivimos mejor y más que nuestros antepasados y, por supuesto, que nuestros congéneres cuya salud depende de medicinas tradicionales. En las dos partes dedicadas a la pseudoterapias, el autor desmonta grandes fraudes contemporáneos como la homeopatía, el reiki y la quiropráctica, además de presentar algunos casos terribles de víctimas de estas prácticas. Y el epílogo es un decálogo para evitar a los charlatanes de la pseudomedicina, para ayudarnos a conservar nuestra salud y nuestro dinero.

Quien le conoce o ha asistido a alguna de sus conferencias escuchará muchas veces a lo largo del libro la voz de J.M., que ha sufrido durante un reciente viaje a Argentina el boicot de los fanáticos anticiencia. Por ejemplo, cuando dice respecto al ecoterrorista y vendedor de plantas milagrosas Josep Pàmies: “Guau, este señor cultiva plantas ilegales que evitan la quimioterapia. Digo yo que con el coste que tiene el tratamiento del  cáncer para la sanidad pública, esto es un chollo, ¿no? Ponemos varios huertecitos al lado de los hospitales y dejamos de comprar pastillas”. O cuando llama la atención sobre el inexplicable atractivo de las denominadas medicinas tradicionales: “Si hace siglos que en Occidente no vamos al médico para que nos ponga sanguijuelas, ¿para qué vas a que te pongan agujas?”.

Las 359 páginas de Medicina sin engaños tendrían que ser lectura obligatoria en las universidades donde se forman los futuros profesionales de la salud y del periodismo. En el caso de los primeros, para que como colectivo rechacen toda terapia sin base científica, expulsen de la profesión a los médicos y enfermeros que las practiquen y dejen de jugar con la salud de los ciudadanos; en el de los segundos, para que los medios de comunicación no sean altavoces publicitarios de todo tipo de estafas, como ocurre con demasiada frecuencia. Si algún día -no creo que yo lo vea- una universidad española se anima a introducir el pensamiento crítico en la formación de sus alumnos como una asignatura transversal -es decir, presente en todas las carreras-, esta obra de J.M. debería figurar entre las imprescindibles.

José Miguel Mulet (2015): Medicina sin engaños. (Col. “Imago mundi”). Destino. Barcelona. 359 páginas.

“No hay ninguna prueba de que comer ecológico sea mejor para la salud”, dice José Miguel Mulet

José Miguel Mulet es profesor de la Universidad Politécnica de Valencia e investigador del Instituto de Biología Molecular y Celular de Plantas, y también la bestia negra de la denominada agricultura ecológica. Con su primer libro, Los productos naturales ¡vaya timo! (Laetoli, 2011), saltó con fuerza a la arena de la divulgación para defender las bondades de la biotecnología aplicada a nuestra dieta. Ahora, en Comer sin miedo (Destino), desmonta las mentiras y mitos del mundo de la alimentación y avisa, entre otras cosas, de que hay más tecnología en un tomate de la tienda de la esquina que en un iPhone.

-¿Come mucha gente con miedo en España?

-En España y en todo el mundo. Sólo tienes que abrir el correo electrónico y verás que continuamente te llegan mensajes diciendo que tal alimento es cancerígeno, que los conservantes nos están envenenando… Circula mucha información sobre supuestos peligros de determinados alimentos.

-¿Cuál es la última locura que le ha llegado?

-Como están de moda dietas que sostienen que la leche es lo peor de lo peor, no hay día que no se diga una cosa mala de ella. Como locura peligrosa, que el cáncer puede curarse con una dieta.

-¿La leche es tan mala como dicen quienes recalcan que somos el único mamífero que la toma de adulto?

-También somos el único mamífero que hace bacalao al pil pil, y nadie se plantea que sea malo. Obviamente, la gente con intolerancia a la lactosa o álergica leche no debe tomarla. Pero, al margen de esas excepciones, es un alimento tan válido como cualquier otro. Los mamíferos adultos no beben leche en la naturaleza porque no pueden disponer de ella, pero ponle un plato de leche a un gato y ya verás. También los animales comen carne cruda y nosotros, asada.

-Por esas mismas, también podrían argumentar que no estamos hechos para comer carne asada, ¿no?

-Claro. Sin embargo, según algunos antropólogos, comer carne asada es lo que nos ha hecho inteligentes, porque facilita la digestión, se asimilan mejor algunos nutrientes… Es una teoría del antropólogo Richard Wrangham, con quien no todo el mundo está de acuerdo.

-¿Qué tiene que ver la carne cocinada con la inteligencia?

-Nuestro cerebro consume muchísima energía; es un órgano muy caro de mantener. Es como un aparato eléctrico que consuma el 25% de toda la energía de casa. Las digestiones más rápidas y fáciles pudieron permitir aumentar la cantidad de energía que obteníamos del alimento y, a la vez, acortar los intestinos, y el excedente energético pudo ir a parar al cerebro que, entonces, pudo mantener nuevas funciones.

-¿Hemos comido alguna vez más seguro que ahora?

­-Con los datos en la mano, no. Sólo hay que ver que hace 40 años en España había gente que se moría de cólera. Hoy, gracias a la seguridad alimentaria, que incluye el agua, el cólera no existe.

El bioquímico José Miguel Mulet, entre tomateras en el Instituto de Biología Molecular y Celular de Plantas de Valencia. Foto: Irene Marsilla.

Conservantes y colorantes

-Entonces, ¿por qué tenemos esa sensación de inseguridad?

-Porque hay etiquetas que nos informan. Cuando comes cosas sin etiqueta, parece que no tengan nada; pero los conservantes se han utilizado toda la vida. Y menos mal, porque, si no, mucha más gente hubiera muerto. Ahora están regulados, se han prohibido los que pueden dar algún problema y sabemos exactamente qué cantidades podemos utilizar de cada uno.

Sin embargo, mucha gente considera que la leyenda “sin conservantes ni colorantes” es un plus de calidad.

-Sí. Sin embargo, a mí me asusta. La gente piensa que “sin conservantes ni colorantes” es sinónimo de calidad, pero no lo es. Además, muchas veces tampoco es del todo cierto que no los lleven. Por ejemplo, en la etiqueta de un pan de molde que se vende como 100% natural, no sale ningún número E. Eso podía llevarte a pensar que no lleva ni conservantes ni colorantes. Un conservante es el ácido acético. Si lo usas, tienes que poner ácido acético-E260. En ese pan de molde ponen vinagre, uno de cuyos componentes es el ácido acético. Al final, llegas al mismo sitio, aunque hagas trampas.

-Algunos dicen que nunca hemos comido tan artificial y que hay que volver a la alimentación natural.

-En alimentación, lo natural no existe. Toda la vida hemos comido artificial. Si el hombre dejara de existir de repente, las especies vegetales y animales domesticadas desaparecerían con él.

-Entonces, ¿la agricultura y la ganadería ecológicas…?

-La agricultura y la ganadería ecológicas son buenas intenciones pésimamente desarrolladas. Hacer una agricultura y una ganadería más respetuosas con el medio ambiente es una iniciativa muy buena. Pero siempre han importado más el rollito espiritual y la ideología que la evidencia científica. Ahora, el problema es que producción ecológica es la que se adapta al reglamento europeo de producción ecológica, que muchas veces no tiene en cuenta la evidencia científica. Al final, en ese reglamento lo preponderante es que todo lo que metas sea natural.

-Dice en Comer sin miedo que un producto no se considera ecológico porque su cultivo sea más respetuoso con el medio ambiente o emita menos CO2, sino sólo por encajar en ese reglamento.

-Es que es así. Cuando consume ecológico, la gente muchas veces no sabe realmente lo que está comprando. Según las encuestas de consumo, más de un 70% de la gente que empieza a comprar productos ecológicos lo hace porque piensa que van a ser mejores para su salud.

-¿Y no lo son?

-No, no hay ninguna evidencia científica de que un producto ecológico sea mejor para la salud que uno convencional.

-Pero son bastante más caros.

-Lo ecológico es muy caro porque los métodos de producción que permite el reglamento europeo están obsoletos y son muy poco eficientes. Si la producción de cualquier cosa es muy poco eficiente, el precio sube. No permite, por ejemplo, ciertos fitosanitarios. Un error típico es creer que un producto ecológico no ha sido tratado con pesticidas, cuando, sin embargo, lleva los que autoriza el reglamento. El problema es que los autorizados son los llamados naturales y no siempre son los mejores. Hay pesticidas sintéticos que funcionan mejor y van mejor a las plantas, pero, como no te dejan utilizarlos, tienes que usar los peores. Eso sí, naturales.

Alertas alimentarias

-Usted afirma que la mayoría de las intoxicaciones alimentarias que hemos sufrido en Europa en los últimos años han tenido su origen en productos ecológicos.

-La intoxicación más grave fue la mal llamada crisis del pepino, que tuvo su origen en brotes de fenogreco ecológico. Murieron unas 40 personas y hubo 4.000 hospitalizaciones por un producto ecológico. Luego, hemos tenido más alarmas que no han llegado a los medios, pero han provocado hospitalizaciones. Por ejemplo, una retirada de huevos ecológicos en Alemania porque iban cargados de dioxinas. También tuvimos una contaminación de trigo sarraceno ecológico en Francia con siete hospitalizados, y no fue la primera vez. El consumo de productos ecológicos es minoritario porque son muy caros y, sin embargo, es más fácil que haya alertas por productos ecológicos contaminados que por convencionales.

-¿Por qué? ¿Están menos controlados?

-Porque es más difícil controlarlos, ya que son producciones pequeñas que, muchas veces, también se distribuyen a pequeña escala. Además, el reglamento europeo, al que sólo preocupa si algo es natural o artificial, permite prácticas con riesgo sanitario, como el abono con estiércol.

-¿Es más seguro no comer productos ecológicos?

-No quiero asustar a la gente. Para asustar a la gente, ya están los grupos ecologistas. La comida en Europa es segura. Pero sí es verdad que, con las estadísticas en la mano, es un poco más segura la convencional que la ecológica.

-Con esas mismas estadísticas, usted sostiene que en diecisiete años de transgénicos no ha habido ningún problema en Europa.

-Ni en todo el mundo.

-¿Cómo se explica, entonces, la oposición a los transgénicos?

-Es algo propiamente europeo. Si vas a Estados Unidos, allí ni siquiera Greenpeace hace campaña contra los transgénicos. Cualquier lector puede visitar la página web de Greenpeace Internacional y comprobar que en la portada no sale nada contra los transgénicos, como sí sale en la de Greenpeace España.

-¿Está diciendo que Greenpeace mantiene un discurso diferente según el país?

-Sí. En Europa son mucho más radicales. En EE UU son más tibios y ni siquiera llevan el tema a la portada de su web. ¿A qué se debe la oposición europea a los transgénicos? Hay motivos históricos. La de los transgénicos es una tecnología estadounidense y, en un principio, las grandes empresas europeas quisieron bloquear las fronteras a esos productos para protegerse frente a sus competidores y vieron con buenos ojos las campañas ecologistas. Eso pasó en 1995. Ahora, esas mismas compañías se han dado cuenta de que no pueden recuperar el terreno perdido porque las leyes europeas no les dejan hacer nada.

-¿En serio?

-Sí. Están atadas de pies y manos porque el proceso para conseguir autorización para un producto transgénico es carísimo y, además, no garantiza que, después de invertir cientos de millones de euros en su desarrollo, te lo vayan a aprobar. BASF estuvo doce años trabajando con una patata transgénica, la Amflora, que produce un almidón ideal para algunas aplicaciones industriales. Al final, consiguió la aprobación y, de repente, Alemania se sacó de la manga nuevas leyes y controles. ¿Qué hizo BASF? Cerró toda la división de investigación en plantas y se la llevó a EE UU.

-¿Eso no pone el futuro agrícola europeo en manos de EE UU?

-Exacto. Porque, además, los transgénicos ya están en Europa. Los importamos. El algodón de los billetes de euro es transgénico. A nuestros agricultores no les dejamos utilizarlo, pero importamos el producto elaborado. Estamos ahogando al campo. No le estamos dejando competir en igualdad de condiciones.

-La oposición se centra en los transgénicos creados en laboratorio, pero, en realidad, llevamos comiendo organismos genéticamente modificados por nosotros miles de años, ¿no?

-Sí. El trigo, por ejemplo, es un híbrido de tres especies; son tres genomas de tres organismos diferentes fusionados. Es lo que se llama un paleotransgénico. Hemos modificado el genoma de todo lo que comemos. La diferencia es que, en el caso de los transgénicos, sabemos exactamente lo que hacemos.

¿Productos autóctonos?

'Comer sin miedo', de José Miguel Mulet.-Explíquese.

-En un transgénico, cogemos un trozo de ADN de un organismo –que le proporciona resistencia a un insecto o tolerancia a un herbicida– y se lo ponemos a otro. Sabemos, en todo momento, lo que cambiamos. Antiguamente, las especies también se mejoraban. El maíz que cultivamos no se parece en nada al teosinte, su antepasado silvestre. ¿Cómo se hacía? Cuando alguien se encontraba con una mutación espontánea que hacía al espiga más grande o de un color más bonito, la seleccionaba y la utilizaba para semilla. Luego, en los años 50, aceleramos ese proceso natural usando radiactividad para provocar mutaciones y seleccionar las plantas más interesantes entre ellas. Ahí no sabes lo que ha pasado.

-Sólo ves el producto final, y la planta puede haber sufrido otras mutaciones no deseadas, ¿no?

-Eso es. Y podía suceder que consiguieras una planta preciosa y sólo después te dieras cuenta de que acumulaba un tóxico, como ocurrió con una variedad de puerros que tuvo que retirarse. Mediante este procedimiento, que parece tan marciano, es como se han conseguido todas las legumbres, frutas y verduras que hay en los supermercados.

-Lo que compramos y creemos que es de toda la vida.

-Eso se ha hecho bombardeando el genoma a lo bestia, llevándote luego las semillas al campo y viendo la planta que salía y decidiendo, por ejemplo, cultivar un nuevo pimiento amarillo, en vez de rojo o verde.

-Hablando de pimientos, es muy divertido ver que casi todo el mundo considera los de su región como autóctonos.

-Sí, cuando los pimientos vienen de América. Para más inri, dicen: “Es que yo quiero consumir variedades locales”. Perdona, tu variedad local, en algún momento, fue foránea.

-Si quisiéramos comer productos naturales y autóctonos, tendríamos que renunciar al tomate, el pimiento, la patata…

-Si vas más atrás en el tiempo, de la mayoría de los cultivos. Las cinco zonas de donde vienen las especies de las que nos alimentamos son el Creciente Fértil (Oriente Próximo), África ecuatorial, Mesoamérica, los Andes y la región australasiática. En Europa, surgen las manzanas, algunas variedades de frutas del bosque y poco más. Lo tendríamos muy complicado para una alimentación equilibrada.

Publicado originalmente en el diario El Correo.