Hadas de Cottingley

Arthur Conan Doyle y el espiritismo, en la HispaCon 2017

Cartel de la HispaCon 2017.Arthur Conan Doyle y su fe espiritista protagonizarán la charla que daré en el marco de la HispaCon 2017. Será a las 12 horas del 19 de noviembre en la sala de exposiciones de la Casa de la Cultura de Navacerrada (Madrid). Hablaré de cómo surgen el espiritismo moderno y la pasión por esa práctica en el padre de Sherlock Holmes. Habrá misterio, magia, dinosaurios y hadas, y espero sorprender a los asistentes, aunque el programa no lo pone fácil.

Hace muchos años que quería asistir al Congreso Nacional de Fantasía y Ciencia Ficción, pero, por diversas razones, nunca había podido hacerlo. Por eso, cuando la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror (AEFCFT) me invitó a ser uno de los ponentes del encuentro de este año, acepté sin pensármelo. Tenía la justificación perfecta para asistir a una HispaCon. Propuse a la organización tres posibles temas relacionados con la ciencia ficción y las creencias paranormales, y eligieron el de la relación de Doyle con el espiritismo, que da para hablar largo y tendido de muchas cosas.

Ah, el sábado 18 de noviembre por la tarde, firmaré en la HispaCon ejemplares de mi libro El peligro de creer (2015) en el puesto de la Librería Ícaro.

Muere Geoffrey Crawley, el fotógrafo que demostró la falsedad de las fotos de las hadas de Cottingley

Geoffrey Crawley, el fotógrafo que probó científicamente la falsedad de las fotos de las hadas de Cottingley, murió el viernes tras una larga enfermedad, según informa el British Journal of Photography (BJP). La investigación de este experto sobre las imágenes tomadas por las niñas Elsie Wright y Frances Griffiths en una zona boscosa del norte de Inglaterra, entre 1917 y 1920, reveló que las fotos eran un fraude realizado a partir de siluetas de papel de hadas recortadas y sujetadas con alfileres.

Frances, con las pequeñas hadas.Crawley reventó así definitivamente, en una serie de artículos publicados en BJP entre 1982 y 1983, una historia fantástica en la que creyó fervientemente en su día Arthur Conan Doyle. El creador de Sherlock Holmes escribió un libro, El misterio de las hadas (1921), en el que defendió la autenticidad de las imágenes, aunque, como había dicho desde el principio Arthur Wright, padre de una de las niñas, “para explicar estas fotografías de hadas lo que se requiere no es un conocimiento de los fenómenos ocultos, sino de los niños”. Cuando Crawley comunicó sus conclusiones a una ya adulta Elsie, ésta le contó cómo, una vez que Conan Doyle y otros empezaron a proclamar a los cuatro vientos la autenticidad de las fotos, ellas se sintieron incapaces de contar la verdad. El misterio de las hadas había sido fruto de una broma infantil que se les había ido de las manos a sus autoras.

“Por supuesto que existen las hadas, así como Papá Noel. El problema llega cuando se intenta hacerlas corpóreas. Son bellos conceptos poéticos que nos llevan fuera de este mundo real, a veces demasiado feo. Conan Doyle, después de los horrores de la Primera Guerra Mundial, en la que perdió a su hijo, quería proponer la existencia de una realidad donde pueden existir los espíritus”, escribió Crawley hace diez años en el BJP, que ayer recordaba estas frases en la necrológica de quien fue su director.

Las hadas de Arthur Conan Doyle

Las hadas abandonaron nuestros bosques hace décadas. Pero antes, entre 1917 y 1920, dos adolescentes se fotografiaron con varias de ellas en una zona boscosa del norte de Inglaterra. Las imágenes cautivaron a Arthur Conan Doyle, quien dedicó al fenómeno su obra El misterio de las hadas (1921). “Es posible que los hechos que vamos a contar en este libro saquen a la luz la estafa más fabulosa jamás hecha al público, pero tal vez el futuro, por el contrario, muestre que estos hechos constituyen un hito de la historia de la Humanidad”, indicaba al comienzo del ensayo el padre de Sherlock Holmes.

Doyle creía que las instantáneas correspondían a un fenómeno real, ya que, “antes incluso del descubrimiento de las fotografías de hadas, se habían recogido gran número de testimonios irrefutables sobre la vida de estas pequeñas criaturas”. Espiritista confeso, investigó el caso junto al teósofo Edward Gardner. Para el novelista, era cuestión de tiempo que la existencia de los seres del bosque, como la de los espíritus, fuera admitida por la ciencia. “Habrá cada vez más cámaras fotográficas. Aparecerán otros casos bien autentificados. Estos pequeños seres que parecen vivir a nuestro lado, que no se distinguen de nosotros más que por una ligera diferencia de vibración, nos resultarán familiares”, auguraba.

Jugando en el bosque

Frances, con las pequeñas hadas.Elsie Wright y Frances Griffiths tenían 16 y 10 años, respectivamente, cuando se encontraron con las hadas en el bosque de Cottingley, cerca de casa de los padres de la primera. Frances acababa de llegar a Reino Unido desde Sudáfrica, donde se había criado, y le estaba costando adaptarse a la vida en las islas. Por fortuna, tenía a su prima Elsie, con quien en julio de 1917 pasaba horas jugando en el arroyo próximo a la residencia familiar. Un día, después de decir a sus madres que les gustaba ir al bosque porque allí se encontraban con las hadas, ante la incredulidad de las mujeres, Elsie cogió prestada la cámara de fotos de su padre, Arthur Wright, para demostrar que era verdad. Cuando las niñas regresaron, en el cuarto oscuro apareció la imagen de Frances con cuatro pequeñas hadas aladas bailando en primer plano sobre la maleza.

Arthur Wright, ingeniero eléctrico y fotógrafo aficionado, no se dejó llevar por el entusiasmo de las pequeñas y achacó la presencia de las hadas a la habilidad artística de su hija. Creía que todo era una broma, que las hadas las había dibujado ella y luego habían puesto las siluetas recortadas delante de su prima. No le faltaban razones para sospechar. Elsie llevaba años dibujando hadas -le apasionaban-, iba desde los 13 a la Escuela de Bellas Artes de Bradford y trabajaba en un laboratorio fotográfico haciendo montajes para las familias de los soldados caídos en las trincheras europeas. Las madres de las niñas no lo tenían tan claro. Y lo tuvieron mucho menos cuando en septiembre las niñas consiguieron la segunda imagen de un ser del bosque.

Los protagonistas, en esta ocasión, eran la mayor de las primas, sentada en la hierba, y un duende. “Elsie jugaba con el gnomo y lo invitaba a que subiese sobre sus rodillas. El gnomo saltaba en el preciso momento en que Frances, que tenía la cámara fotográfica, apretó el disparador. Se describe al gnomo con leotardos, jersey marrón tirando a rojo y gorro rojo puntiagudo. Las alas, suaves y cubiertas de plumón, de color neutro, se parecen más a las de los coleópteros que a las de las hadas. Cuando no hay ruido, se oye de cuando en cuando la música de la flauta de Pan que tiene en su mano izquierda, poco más que un tintineo”, explica Doyle. A partir de ese momento, Wright no volvió a dejar la cámara a las chicas.

Seres de libro

Elsie, con el gnomo juguetón.La historia de las hadas de Cottingley habría acabado ahí de no ser porque Polly Wright, la madre de Elsie, era aficionada al ocultismo. En 1919, en una conferencia de la Sociedad Teosófica, organización esotérica fundada por Helena Blavatsky, Polly Wright comentó al conferenciante que había visto fotos de hadas reales. La noticia llegó al líder teósofo Edward Gardner y de éste a Doyle en mayo de 1920. El escritor estaba preparando entonces un artículo sobre las hadas para el número de Navidad de The Strand Magazine. Cuando la revista salió a la venta, las hadas del bosque de Cottingley se convirtieron en una atracción periodística.

Tras consultar a varios especialistas, Doyle y Gardner concluyeron que las fotos eran auténticas. Querían ver confirmadas sus creencias en seres extrarodinarios. Por eso, restaron importancia a los testimonios de quienes sospechaban que las imágenes eran trucajes. Así, en el prefacio de El misterio de las hadas, el novelista advertía: “A los escépticos les pido que no se dejen engañar por el sofisma consistente en decir que, puesto que un profesional del fraude que sea diestro en el arte de la falsificación puede reproducir un objeto semejante al original, también éste, por consiguiente, se ha conseguido de manera fraudulenta”.

Doyle prefería creer que dos adolescentes habían fotografiado hadas a seguir las pistas que apuntaban a una de las niñas como autora del engaño, que tuvo una segunda parte con tres fotos más obtenidas en 1920. Porque fue Elsie quien dio vida a los seres del bosque de Cottingely. La composición formada por las cuatro hadas que bailan frente a Frances es una copia de una ilustración de un libro infantil de 1915: dibujó las hadas, les puso unas alas, recortó las siluetas y las sujetó delante de su prima con alfileres de sombrero. A los 80 años, Elsie confesó a la revista The Unexplained que las cinco fotos eran montajes; Frances puntualizó que sólo lo eran las cuatro primeras. Como había adelantado el 5 de enero de 1921 el diario australiano The Truth, y antes Arthur Wright, “para explicar estas fotografías de hadas lo que se requiere no es un conocimiento de los fenómenos ocultos, sino de los niños”. Gardner y Doyle demostraron que carecían de ese conocimiento; aunque andaban sobrados de fe.


El libro

El misterio de las hadas (1922): Nada mejor que leer el original de Arthur Conan Doyle para comprobar hasta dónde llegaba la credulidad del escritor.

Cajal y el espiritismo

Santiago Ramón y Cajal.“Continúa la moda inexplicable de la teosofía y del espiritismo. Pena da pensar que, en los absurdos de la moderna brujería, hayan caído hombres de ciencia como Crookes y Richet, y filósofos como Krause y W. James. Yo confieso, un poco avergonzado, mi irreductible escepticismo. Y me fundo, aparte ciertas razones serias (comprobación de las supercherías de los médiums e imposibilidad de demostrar la identidad de los aparecidos), en los siguientes frívolos motivos: en ninguna de las invocaciones de ultratumba publicadas en libros y revistas espiritistas he encontrado una suegra duende turbando la felicidad de su yerno, ni un espectro de poeta chirle infernando, con bromas pesadas, la vida de sus críticos”, dejó escrito Santiago Ramón y Cajal en su libro Charlas de café. Pensamientos, anécdotas y confidencias (1920).

Cuenta Antonio Calvo Roy, en Cajal. Triunfar a toda costa (1999), que el neurocientífico investigó los fenómenos hoy llamados paranormales con los mismos resultados que Harry Houdini. “Bastaba que yo asistiera a una sesión de adivinación, de sugestión mental, de doble vista, comunicación con los espíritus, posesión demoniaca, etc., para que, a la luz de la más sencilla crítica, se disiparan cual humo todas las propiedades maravillosas de los médiums o de las histéricas zahoríes. Lo admirable de aquellas sesiones no eran los sujetos, sino la increíble ingenuidad de los asistentes“, escribió en Historia de mi labor científica (1905). Es lo que pasa cuando uno se acerca al mundo del misterio a examinar las pruebas.

El científico aragonés, de cuyo Nobel se cumple este año el centenario, fue un adelantado a la hora de tratar de comprobar qué había de cierto y de falso en la comunicación con el Más Allá, y también al abordar desde el humor las creencias paranormales, con su lamento sobre la inexplicable inocuidad del espíritu de la suegra. Años después, Houdini se convirtió en el azote de los espiritistas. Tras la muerte de la madre del ilusionista, Jean Leckie, médium y segunda esposa de Arthur Conan Doyle -el padre de Sherlock Holmes y amigo de Houdini-, pretendió entrar en contacto con ella. El supuesto espíritu de la madre del mago se comunicó a través de Doyle en inglés, cuando siempre hablaba con su hijo en yiddish, no recordó que el día de la sesión era el de su cumpleaños y olvidó mencionar a su también difunto marido. Para Houdini, aquello demostró que la mediumnidad de Jean Leckie era una patraña.

A partir de ese momento, el famoso escapista se dedicó a la denuncia de los engañabobos que se lucraban poniendo a los ingenuos en contacto con sus familiares muertos. Escribió un libro, A magician among the spirits (1924), en el que cuenta sus experiencias con los médiums y otro, Miracle mongers and their methods (1920), en el que desvela los trucos de otros charlatanes. El broche final de su labor escéptica se lo llevó a la tumba. Acordó en secreto con su esposa, Bess, un código mediante el que se comunicaría con ella después de muerto, si es que tal cosa era posible. La viuda del mago asistió a numerosas sesiones de espiritismo durante diez años; en ninguna se manifestó el auténtico Houdini. El ilusionista fue el precursor de una corriente de pensamiento que tiene ahora su máximo exponente como organización en el Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP) -integrado por destacados intelecuales y varios premios Nobel- y como individuo en James Randi, el mago que desenmascaró a Uri Geller.

Elsie -una de las niñas protagonistas del fraude de Cottingley- y el gnomo, en septiembre de 1917. Arthur Conan Doyle, que era un crédulo irredento, representa el reverso de la moneda. Creía que Houdini tenía poderes paranormales y que los utilizaba en sus espectáculos, y firmó un libro, El misterio de las hadas (1922), en el que dio por auténticas las fotos de las hadas de Cottingley, hechas por dos niñas con imágenes recortadas de revistas, según confesó una de ellas en 1982. La obra es tan disparatada que una reciente edición española lleva una faja con la siguiente leyenda: “Un libro sorprendente, y por momentos francamente tronchante, por el autor de Sherlock Holmes”.

En España, lamentablemente, ningún científico ni pensador de prestigio ha cogido hasta ahora con decisión el testigo de de Santiago Ramón y Cajal en la lucha contra la superstición. Los hay, como Eudald Carbonell, codirector de las excavaciones de Atapuerca, que no dudan en criticar duramente la pseudociencia próxima a su especialidad -en el caso del investigador catalán, el creacionismo en todas sus variantes-; pero aún no existe en nuestro país un científico de renombre que plante cara a los vendedores de misterios en general, al estilo de Carl Sagan, Richard Dawkins y otros destacados miembros del CSICOP.