Anticiencia

El gran negocio de las vacunas

Enfermos en pulmones de acero en la sala de la polio del Centro Nacional de Rahabilitación Rancho Los Amigos (California), en 1953.“El negocio de las vacunas pronto será la primera fuente de ingresos de las principales compañías farmacéuticas”, sentenciaba en enero de 2016 el autor de una información publicada en Global Research, una web conspiranoica y antiglobalización. La inmunización generalizada, suelen decir los antivacunas, responde a la voracidad de la industria farmacéutica y la complicidad de los gestores públicos más que a necesidades de salud pública. En las vacunas hay un gran negocio; es verdad. Las farmacéuticas quieren ganar dinero con sus inversiones y trabajo, lo mismo que el panadero, el quiosquero, el camarero, el fabricante de su móvil, usted y yo. ¿Pero ganan tanto con este tipo de medicamentos?

La Organización Mundial de la Salud (OMS) asegura que el negocio de las vacunas ascendía en 2010 a unos 25.000 millones de dólares frente a los 5.000 de diez años antes. Gracias al crecimiento de los mercados chino, alemán, indio y japonés, así como a las campañas de donación, ese subsector moverá unos 35.000 millones de dólares en 2020. Es mucho dinero, aunque en 2010 las ventas de vacunas sólo suponían entre el 2% y el 3% del mercado farmacéutico global y están muy lejos de ser “la primera fuente de ingresos de las más grandes compañías farmacéuticas”. En 2016 GSK -la compañía líder en vacunas con cerca del 23% del mercado- debió a ellas el 16% de sus beneficios, muy por detrás del resto de los medicamentos (58%) y los productos de salud bucodental, nutrición y otros  (26%).

Las farmacéuticas ganan dinero con las vacunas, pero estos fármacos, que han evitado y evitan millones de muertes, también han resultado por eso perjudiciales para muchos. La OMS calcula que “la inmunización previene cada año entre 2 y 3 millones de defunciones por difteria, tétanos, tos ferina y sarampión”, y que, “si se mejorara la cobertura vacunal mundial, se podrían evitar otros 1,5 millones” de muertes. Las vacunas han acabado con la viruela, que sólo en el siglo XX mató a más de 300 millones de personas. Han puesto contra las cuerdas a la poliomielitis, que llenaba hace 60 años en Estados Unidos hangares de pulmones de acero para tratar a los enfermos con parálisis de los músculos que ayudan a la respiración y en 1988 dejaba paralíticos a casi mil niños al día en todo el mundo. Y han salvado 20,3 millones de personas de morir por sarampión entre 2000 y 2015. Así que los fabricantes de ataúdes -que diría el televisivo doctor House- y de pulmones de acero han visto perjudicados sus negocios por ellas. Triste, ¿verdad?

Un dólar en vacunas ahorra hasta 44

Adamu Yusif, un niño nigeriano de 15 años víctima de la polio, con sus compañeros de clase. Foto: Fundación Bill y Melinda Gates.Según un estudio publicado en la revista Health Affairs por investigadores de la Escuela de Salud Pública Johns Hopkins Bloomberg, cada dólar invertido en vacunas supone un ahorro de hasta 44. Sachiko Ozawa y sus colaboradores examinaron el impacto económico previsto de un programa de vacunación contra diez enfermedades en 94 países de bajos y medianos ingresos entre 2011 y 2020. Concluyeron que los 34.000 millones de dólares necesarios para llevar a cabo la iniciativa supondrán a la larga un ahorro de 586.000 millones en gastos por enfermedad y hasta 1,53 billones en general. Otro trabajo sobre el impacto de la vacunación en EE UU, publicado en Pediatrics, ha determinado que la inmunización de los nacidos en 2009 contra 13 enfermedades supone para EE UU evitar 20 millones de casos de males prevenibles y 42.000 muertes prematuras, con unos beneficios netos para el país de 69.000 millones de dólares.

Cuando era niño, un compañero de clase llevaba hierros en las piernas a causa de la polio, había mucha gente con la cara picada por la viruela y pasar el sarampión, la varicela y la tos ferina era algo común. Gracias a las vacunas, hoy no ocurre eso. En el País Vasco, la última víctima de la polio fue una niña gitana  que sufría parálisis de la pierna y el brazo derechos, Fue en 1985. “Pocas medidas de salud pública pueden compararse con el impacto de las vacunas. La vacunación ha reducido la enfermedad, la discapacidad y la muerte a causa de una serie de enfermedades infecciosas”, escribían hace unas semanas Walter A. Orenstein y Rafi Ahmed en un editorial de la revista Proceedings of the National Academy of Sciences en el que destacaban que estos fármacos son una de las herramientas para la prevención de la enfermedad “con mejor relación coste-efectividad”

Que gracias a las vacunas no se den en las sociedades desarrolladas casos de sarampión, paperas, rubéola, polio y otras enfermedades, lleva a algunos a pensar que esas patologías ya no existen. No es así, como demuestra el último brote de sarampión en Europa a consecuencia del avance del movimiento antivacunas. En países como Rumanía, Italia, Francia y otros, la cobertura vacunal ha bajado del 95%, y el sarampión -“una de las principales causas de muerte entre los niños pequeños”, según la OMS- tiene el campo más libre que nunca cuando se creía que estaba en vías de erradicación. El éxito de las vacunas lleva a gente con poca memoria a pensar que ciertas enfermedades han desaparecido cuando no es verdad. Están agazapadas a la espera de que bajemos las defensas.

Casos anuales de enfermedades en EE UU antes y después de la era vacunal. Gráfico: Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades.Los antivacunas se benefician de que todos los demás estamos vacunados y los virus no pueden propagarse libremente. Por eso son raros, afortunadamente, en países como España los casos de niños que enferman y mueren por sarampión, difteria y otros males. Pero, si la cobertura vacunal baja, los antivacunas no sólo pondrán en peligro a sus hijos, sino también a aquéllos que, por razones médicas, no puedan vacunarse, hayan perdido la inmunidad o tengan las defensas bajas. Esa inmunidad de rebaño, basada en la solidaridad colectiva, puede perderse por la actitud egoísta e insolidaria de unos pocos. Es lo que sucedió en diciembre de 2014 en Disneylandia, donde los bajos índices de vacunación dispararon un brote de sarampión que se saldó con más de cien casos. Y en Japón a finales de los años 70, cuando se desplomó la tasa de vacunación contra la tos ferina y en 1979 la contrajeron más de 13.000 personas y 41 murieron, cuando seis años antes no se había registrado ningún fallecimiento y sólo 393 casos de la enfermedad.

El fraude antivacunas

El médico británico Andrew Wakefield falseó en 1998 los resultados de un estudio clínico y aseguró en la revista The Lancet  que la vacuna triple vírica -contra el sarampión, la rubéola y las paperas- causaba autismo. Resultó ser un fraude perpetrado para ganar millones fomentando el miedo a las vacunas. Él, que acabó siendo inhabilitado, y sus socios calculaban que iban a embolsarse hasta 33 millones de euros anuales en EE UU y Reino Unido sólo con la comercialización de pruebas para la detección de la enterocolitis autística, enfermedad cuya existencia no ha sido probada y que fue descrita por él y sus colaboradores en el mismo artículo de The Lancet en el que conectaban la  vacuna triple vírica con el autismo. El efecto de la repercusión mediática de su trabajo, considerado uno de los grandes fraudes científicos de la Historia, fue el desplome de las tasas de vacunación en Reino Unido, EE UU y otros países.

¿Qué se puede hacer ante esto además de campañas de concienciación? En Australia, quienes no inmunizan a sus hijos no tienen derecho a beneficios fiscales que se aplican hasta que los menores cumplen cinco años y California aprobó en 2015 una ley que prohíbe la escolarización de los niños que no estén vacunados. En España, podrían aplicarse esas dos medidas. Además, los colegios de médicos deberían sancionar a los profesionales que fomenten la antivacunación; la Justicia tendría que considerar la no vacunación infantil como una forma de maltrato; y los medios públicos dejar de dar cancha a los antivacunas y que no se repita lo que hacía hace poco TVE y en 2012 ETB. Por último, dado que la biología permite en la actualidad identificar al individuo origen de un brote, infeccioso también podría legislarse para que, si se trata de un niño que no ha sido vacunado por voluntad de sus padres, éstos hagan frente a todos los gastos ocasionados por su decisión y no se detraiga ese dinero del de todos.

¿Van a hacer nuestros políticos algo en la línea de lo antedicho o esperarán a que enfermen y mueran más niños por infecciones evitables? ¿Van a ser contundentes las sociedades científicas españolas y, como ha hecho la Asociación Médica Estadounidense, abogar por la vacunación obligatoria? Porque las vacunas son un gran negocio para todos y no deberíamos renunciar a él.

Los detectores de explosivos basados en el zahorismo, en Radio Vitoria

Pilar Ruiz de Larrea y yo hablamos el lunes sobre los detectores de explosivos basados en el zahorismo, en la trigésima novena entrega de la temporada de mi colaboración semana en El mirador, en Radio Vitoria.

4.000 muertos en Irak desde 2007 por los detectores de explosivos basados en el zahorismo

Un policía iraquí usa el ADE 651 en el centro de Bagdad en febrero de 2010. Foto: AP.Tras el atentado con camión bomba que mató en Bagdad a 157 personas el pasado fin de semana, el primer ministro iraquí, Haidar al-Abadi, ha ordenado por fin la retirada de los detectores de explosivos basados en el zahorismo que han usado las fuerzas de seguridad del país durante casi diez años y abrir un investigación por corrupción por el gasto de decenas de millones de dólares en la compra de esos inútiles dispositivos a la firma británica ATSC, del empresario James McCormick, condenado en 2013 a 10 años de cárcel en su país por este fraude. Ha habido unos 4.000 muertos en Irak desde 2007 en atentados que podían haberse evitado si las fuerzas de seguridad hubieran empleado sistemas de detección convencionales y no los de McCormick basados en la magia.

Un zahorí es alguien que asegura tener el don de localizar en el subsuelo desde agua hasta metales preciosos y, a veces, de diagnosticar enfermedades, así como de detectar variaciones en una energía que únicamente él capta. También se les conoce como rabdomantes, radiestesistas y geobiólogos, denominación esta última con la que intentan rodearse de un halo científico y engañar a quienes tienen un miedo infundado a los efectos para la salud de las ondas de radiofrecuencia. En realidad, cuando no hay fraude, la varilla o el péndulo del zahorí se mueve debido a que las creencias y expectativas de quien lo maneja se reflejan en movimientos musculares inconscientes. El médico y zoólogo inglés William Benjamin Carpenter (1813-1885) bautizó este fenómeno como efecto ideomotor en 1852, aunque se conocía desde décadas antes, y está en el origen de otros aparentes prodigios, como la güija.

El ADE 651 de McCormick consiste en una empuñadura de plástico y una varilla, y carece de batería u otra fuente de energía y de componentes electrónicos. ¿Qué es lo que hace que funcione, según el fabricante? “La teoría detrás de la radiestesia y la teoría detrás de la forma en que detectamos explosivos es muy similar”, admitió McCormick en su día en la BBC. ATSC aseguraba que sus equipos podían detectar “todas las drogas conocidas y sustancias que contengan explosivos”, y las olían a 650 metros de distancia en tierra y hasta a 5.000 metros desde el aire. Era mentira.

El detector de explosivos de McCormick saltó a la fama el 3 de noviembre de 2009 cuando The New York Times alertó de su uso en Bagdad y de que militares estadounidenses consideraban que no era más que una varita de zahorí disfrazada de equipo de alta tecnología. El teniente coronel retirado Hal Bidlack, de la Fuerza Aérea estadounidense, decía que funcionaba “según los mismos principios que la güija”, y Dale Murray, jefe del departamento de los Laboratorios Sandia que prueba dispositivos militares, explicaba que su funcionamiento carecía de bases científicas y tenía la misma efectividad a la hora de detectar bombas que cualquiera por azar. En 2008, el diario The Times ya había demostrado que el ADE 651 era incapaz de detectar material pirotécnico metido en una bolsa de papel a pocos metros de distancia. Y el 22 de enero de 2010, expertos de la Universidad de Cambridge desmontaron uno de esos ingenios y constataron ante las cámaras del programa Newsnight de la BBC que carecía de componentes para hacer lo que el fabricante sostenía. Para esa fecha, el Ministerio del Interior iraquí había gastado ya más de 85 millones de dólares en dotar a sus fuerzas de seguridad del dispositivo.

La corrupción

El ADE 651 de James McCormick.Aunque las víctimas de las bombas terroristas no dejaban de aumentar, al responsable iraquí para el control de explosivos, general Jehad al-Jabiri, las pruebas le importaban un bledo. “Sé más de explosivos que nadie en el mundo”, declaraba en noviembre de 2009 a The New York Times, y añadía que prefería el detector de ATSC a los perros adiestrados porque los controles con éstos son más lentos. ¿La ventaja? Que los canes descubren mediante el olfato las bombas que ni siquiera huele el caro detector británico. El 22 de febrero de 2010, el Gobierno de Bagdad se reafirmó en su intención de seguir utilizando el aparato porque, según ellos, funcionaba. Igual ahora sabemos a cantidad de cuánto dinero funcionarios y políticos corruptos se prestaron al juego de McCormick a cambio de facilitar sus barbaridades a los terroristas. Según The Guardian, la mayoría de las bombas que desde 2007 han matado a unas 4.000 personas y herido a decenas de miles en Bagdad entraron en la ciudad por puntos de control en donde se usaban los falsos detectores de explosivos. La superstición mata.

En mayo de 2013, el empresario fue condenado a 10 años de cárcel por un tribunal británico que le consideró culpable de fraude por la venta de los aparatos, cuyo precio oscilaba entre 11.000 y 40.000 euros la unidad. Sus equipos, dijo el juez, “han creado (en Irak) una falsa sensación de seguridad” y han provocado indirectamente numerosos muertos y heridos. “El dispositivo era inútil, el beneficio indignante y su culpabilidad como estafador tiene que ser considerada de primer orden”, sentenció el magistrado. Desmontada la estafa en origen, quedaba hacerlo en destino, en alguno de los países que han pagado millones por unos dispositivos inútiles para cualquiera con dos dedos de frente; es decir, acabar con los funcionarios corruptos que se lucran con la adquisición de los falsos detectores de bombas, Irak ha dado ya el primer paso en esa línea.Tarde, pero lo ha dado

¿Ocurrirá algo parecido en México? Las fuerzas de seguridad de ese país han utilizado el equipo de ATSC y otros similares para detectar drogas, explosivos y armas, con el éxito por todos conocido. En Oaxaca, por ejemplo, se seguían usando dispositivos de este tipo en 2014, denunciaba entonces el bloguero mexicano Andrés Tonini. ¿Van a hacer algo las autoridades de los países donde McCormick y otros estafadores han hecho su agosto con estas varitas mágicas o seguirán permitiendo que funcionarios y políticos corruptos pongan en peligro las vidas de miles de personas?

‘El archivo del misterio’: los zahorís

Miles de personas han muerto en los últimos años en Irak y otros países en guerra, declarada o soterrada, por la confianza de militares y servicios policiales en detectores de explosivos, armas y drogas basados en los principios del zahorismo. ¿Pero qué es el zahorismo? Un zahorí es alguien que dice tener el don de localizar en el subsuelo agua y otras sustancias y, a veces, de diagnosticar enfermedades y encontrar personas desaparecidas gracias a una energía que únicamente él capta. Se les conoce también como rabdomantes, radiestesistas y geobiólogos, denominación esta última con la que intentan rodearse de un halo científico quienes se oponen a las ondas de radiofrecuencia o hacen negocio con el feng shui. Tradicionalmente, los zahorís han solido llevar en las manos péndulos, varillas metálicas o ramas de madera con forma de Y, cuyo movimiento indicaría la presencia de lo que buscan.

Los primeros experimentos científicos sobre el zahorismo se remontan a ginales del siglo XIX y, a pesar del tiempo transcurrido, ningún practicante de esta ténica ha sido jamás capaz de demostrar que hace lo que dice que hace. Pruebas sencillas, en las que se han puesto delante de ellos recipientes con agua u otras sustancias y se les ha pedido que identifiquen los contenidos con su arte, han dejado claro que los zahorís son incapaces de detectar nada. El artilugio que llevan en sus manos se mueve  por un fenómeno psicológico que hace que nuestras creencias y expectativas se reflejen en movimientos musculares inconscientes. El médico y zoólogo inglés William Benjamin Carpenter (1813-1885) bautizó ese fenómeno como efecto ideomotor en 1852, aunque se conocía desde décadas antes, y está en el origen de otros aparentes prodigios como las mesas giratorias, la comunicación facilitada y la güija. Aún así, los zahorís -de quienes he hablado en la novena entrega de El archivo del misterio de Órbita Laika (La 2)- encuentran agua con frecuencia, pero eso no debería sorprendernos.

“Hay agua bajo la superficie de la Tierra prácticamente en todos los sitios. Esto explica por qué muchos zahorís parecen tener éxito”, indica el Servicio Geológico de Estados Unidos. En contra de lo que mucha gente cree, la mayoría del agua subterránea no se encuentra en forma de pequeños o grandes cursos o depósitos, sino embebida entre las rocas. Por eso, si usted contrata a un rabdomante para que le diga dónde excavar un pozo en una finca, acabará encontrándola, pero puede que tenga que profundizar más que si hubiera confiado en un geólogo. Además de perder dinero, creer en el zahorismo puede tener consecuencias terribles.

El peligro de la magia

El fraudulento detector de bombas ADE 651, fabricado y comercializado por el millonario británico James McCormick.En mayo de 2013, el millonario británico James McCormick, fabricante y vendedor de detectores de bombas basados en el zahorismo que se habían utilizado en Irak, fue condenado a 10 años de cárcel por un tribunal británico que le consideró culpable de fraude por la venta de los aparatos, cuyo precio oscilaba entre 11.000 y 40.000 euros la unidad. Sus equipos, dijo el juez, “han creado (en Irak) una fasa sensación de seguridad” y han provocado indirectamente numerosos muertos y heridos. “El dispositivo era inútil, el beneficio indignante y su culpabilidad como estafador tiene que ser considerada de primer orden”, sentenció el magistrado.

Los equipos de McCormick -uno de ellos, el ADE 651, pueden verlo junto a estas líneas- consistían en una carcasa de plástico vacía con una varilla metálica y sin ningún tipo de fuente de energía. Funcionan “según los mismos principios que la güija”, ironizaba en 2009 en The New York Times el teniente coronel retirado Hal Bidlack, de la Fuerza Aérea de Estados Unidos. Sin embargo, en noviembre de 2009, el responsable iraquí para el control de explosivos, general Jehad al-Jabiri, decía que no le importaban  las pruebas científicas  y que prefería recurrir al ADE 651 que a perros adiestrados porque las inspecciones eran más rápidas. El resultado de tanta rapidez  fue cientos de explosiones y de muertes que podían haberse evitado.

Hoy en día, dispositivos similares a los de McCormick se siguen usando en países como México y Egipto para detectar drogas, explosivos y armas, con el éxito previsible. ¿Mi sospecha? Que hay funcionarios corruptos entre quienes deciden la compra de estas varillas de zahorí disfrazadas de alta tecnología.

Sin pinchazo, no hay guardería: un periódico saca adelante en Australia una ley contra los antivacunas

Las guarderías de Nueva Gales del Sur, estado australiano con 7,2 millones de habitantes cuya capital es Sydney, pueden rechazar legalmente a todo niño que no haya recibido las vacunas obligatorias. Las únicas excepciones a la norma, promulgada la semana pasada por el Gobierno regional, son los pequeños que no pueden ser inmunizados por razones médicas e, inexplicablemente, aquéllos para quienes la vacunación va contra las creencias religiosas. La nueva ley ha sido consecuencia de una iniciativa de los diarios The Daily Telegraph y The Sunday Telegraph, su edición dominical

La periodista Claire Harvey buscaba una guardería en Nueva Gales del Sur cuando se le ocurrió que podía ponerse en marcha una campaña periodística contra la antivacunación. Lo propuso a los directores de The Daily Telegraph y The Sunday Telegraph, y le dieron luz verde.  Ambos periódicos lanzaron el 5 de mayo la iniciativa No jab, no play (No hay pinchazo, no hay juego), cuyo objetivo principal era “prohibir la presencia de niños no vacunados en las guarderías y los centros de preescolar”, porque ponen en peligro a los bebés más pequeños, a los enfermos de cáncer y a niños inmunodeprimidos.

Imagen de la campaña 'No jab, no, play' (No hay pinchazo, no hay juego).

The Sunday Telegraph destacaba aquel día que hay zonas de Nueva Gales del Sur donde la tasa de inmunización es inferior al 85%, “a pesar de la evidencia científica indiscutible de que el programa de vacunación ha salvado miles de vidas y ha erradicado enfermedades que hace que sólo una generación mutilaban a los niños, como la poliomielitis”. El diario alertaba de que hay nueve zonas de la región donde las autoridades sanitarias creen que existe riesgo de brotes de “enfermedades prevenibles y potencialmente mortales, como el sarampión y la varicela”. Y el presidente de la Asociación Médica australiana, Steve Hambleton, auguraba una próxima muerte de un niño por sarampión si la tasa de vacunación se seguía manteniendo por debajo del 95%. “Desgraciadamente, veremos una muerte”.

Periodismo comprometido

Durante quince días, cuenta Kyle Sturgess en la web del Comité para la Investigación Escéptica (CSI), los dos periódicos publicaron tragedias familiares consecuencia de la antivacunación y, pronto, la mecha encendió en otros medios y salto a la arena política. Al final, la presión fue tan intensa que la ministra de Salud de Nueva Gales del Sur, la conservadora Jillian Skinner, tuvo la semana pasada que tomar medidas y endurecer la legislación, algo en contra de lo que se había manifestado el mismo día que se lanzaba la campaña.  “Podríamos considerar en el futuro medidas adicionales para maximizar las tasas de vacunación, pero el Gobierno de Nueva Gales del Sur no tiene en la actualidad planes para legislar sobre la inmunización obligatoria”, había dicho la política el 5 de mayo.

Los antivacunas han contraatacado aprovechando el hueco religioso que deja la nueva ley. Así, la activista Meryl Dorey, presidenta de la Red Australiana de Vacunación, ha animado a los padres a unirse a la Iglesia de la Vida Consciente, creada en 2008 con el único objetivo de eludir las leyes provacunación mediante la exención religiosa. Aunque la ministra Skinner ha dicho que no puede hacer nada para evitar el fraude, el líder de la oposición, John Robertson, declaraba a The Daily Telegraph estar horrorizado por el agujero legal. Así que la batalla continúa. Harvey ha advertido de que van a continuar peleando para que la legislación se endurezca no sólo a escala regional, sino en toda Australia, donde desde este año los antivacunas ya pagan más impuestos.

Quien no vacuna a sus hijos por capricho pone en peligro la salud de todos y no se puede ir de rositas. Ni en Australia ni en España, donde algunos profesionales de la salud ya piden que se castigue con multas y sanciones penales a los padres que no inmunicen a sus hijos. Además del daño directo a las personas, los brotes de enfermedades prevenibles ocasionan gastos a las arcas públicas. Así, en 2011, la contención de un brote de sarampión en Utah (Estados Unidos), con sólo nueve infectados, tuvo un coste cercano a los de 300.000 dólares, según la epidemióloga Karyn Leniek. Dado que la ciencia permite en la actualidad determinar el individuo origen de un brote, sería deseable que se legislara para que, si se trata de un niño que no ha sido vacunado por voluntad de sus padres, éstos hagan frente a todos los gastos ocasionados por su irresponsable decisión.

El movimiento antivacunación tiene su origen en una fraudulenta investigación del médico británico Andrew Wakefield, quien se inventó en un artículo publicado en 1998, en la revista The Lancetla falsa conexión entre la vacuna triple vírica -contra el sarampión, la rubéola y las paperas- y el autismo. En enero de 2011 y después de siete años de investigación, el periodista Brian Deer desveló en el British Medical Journal que Wakefield planificó una serie de negocios para obtener millones aprovechándose del miedo hacia las vacunas que su fraudulenta investigación iba a infundir entre el público. Su investigación sobre la triple vírica y el autismo está considerada como uno de los más grandes fraudes científicos de la historia y ha propiciado caídas en los índices de vacunación en Reino Unido, Estados Unidos y otros países desarrollados -incluida España-, y brotes víricos que ya se han cobrado vidas.