La ‘hipersensibilidad electromagnética’ es tan real como la licantropía y las posesiones demoniacas

El Juzgado de lo Social número 24 de Madrid ha concedido la incapacidad permanente y absoluta a una mujer de 42 años, Minerva Palomar, por sufrir el síndrome de fatiga crónica y de hipersensibilidad electromagnética y ambiental. Y los periodistas nos hemos lanzado a decir cosas como que la hipersensibilidad electromagnética afecta a uno de cada mil españoles y que es “una patología aún no reconocida plenamente y cuyos enfermos suelen sufrir, además, la incomprensión o escepticismo de muchos médicos que desconocen su existencia”. No sé de qué estudios sale esa tasa de incidencia, que implica que casi 50.000 personas sufre el mal en España, pero sí sé que la enfermedad es tan real como la licantropía y las posesiones demoniacas, por citar sólo dos ejemplos.

La hipersensibilidad electromagnética es un supuesto mal que hace que algunas personas padezcan una gran variedad de síntomas debidos, según ellas, a la exposición a las ondas de telefonía y de instalaciones inalámbricas, las líneas de alta tensión… La primera vez que oí hablar de ella fue en mayo de 2007, a raíz de un reportaje de la BBC -Wi-Fi: a warning signal (Wi-Fi: una señal de alarma)- que alimentaba la histeria antiantenas y en el cual se defendía su existencia y que la causaban las emisiones de radiofrecuencia artificiales que nos rodean. Desde entonces, las cosas no han cambiado. Un reducidísimo grupo de médicos y los habituales vendedores de productos milagro repiten machaconamente, en cuanto tienen oportunidad, que estamos ante una epidemia silenciosa y que las ondas electromagnéticas de los móviles, el microondas y la tele provocan a mucha gente insomnio, vómitos, eczemas, mareos y un largo etcétera de síntomas incapacitantes. Los estudios científicos niegan sistemáticamente que eso sea así.

Un metaanálisis titulado “Electromagnetic hypersensitivity: a systematic review of provocation studies” (Hipersensibilidad electromagnética: una revisión sistemática de los estudios de provocación), realizado por James Rubin, Jayati Das-Munshi y Simon Wessely, investigadores del Instituto de Psiquiatría de la Universidad del Rey, de Londres, y publicado en 2005 en Psychosomatic Medicine, revista de la Sociedad Americana de Medicina Psicosomática, examinó 31 estudios hechos a 725 afectados de hipersensibilidad electromagnética y descubrió que 24 de los estudios no dieron con ninguna prueba de la existencia de la patología y que, de los 7 aparentemente favorables a su existencia, los resultados de 3 se debían a errores estadísticos, los de otros 2 eran mutuamente incompatibles y los de 2 no habían podido ser replicados por sus autores, algo básico en ciencia. Así que los autores concluyeron que esa presunta enfermedad “no está relacionada con la presencia de campos electromagnéticos”, aunque quienes dicen padecerla sufran efectos muy reales cuyas causas tendrían un origen psicosomático. En los últimos seis años, nada ha cambiado.

Hasta la Organización Mundial de la Salud (OMS), la misma cuyos expertos clasificaron en mayo los móviles como posiblemente cancerígenos sin dar ninguna prueba, mantiene, en un documento de junio pasado, que la hipersensibilidad electromagnética no tiene su origen en las ondas de radiocomunicación:

“En varios estudios se han investigado los efectos de los campos de radiofrecuencia en la actividad eléctrica cerebral, la función cognitiva, el sueño, el ritmo cardíaco y la presión arterial en voluntarios. Hasta la fecha, esos estudios parecen indicar que no hay pruebas fehacientes de que la exposición a campos de radiofrecuencia de nivel inferior a los que provocan el calentamiento de los tejidos tenga efectos perjudiciales para la salud. Además, tampoco se ha conseguido probar que exista una relación causal entre la exposición a campos electromagnéticos y ciertos síntomas notificados por los propios pacientes, fenómeno conocido como hipersensibilidad electromagnética.”

Numerosos son los casos en los que electrosensibles, como también se denominan estas personas, se sienten a morir ante una antena de telefonía instalada en un edificio que en realidad no está conectada a la red, pero ellos creen que sí. Como escribía hace cuatro años Pepe Cervera, “las enfermedades se pueden inventar, y una vez inventadas siempre hay quien acaba por sugestionarse hasta enfermar y quien se beneficia de curarlas”. La hipersensibilidad electromagnética existe únicamente en la medida en que hay gente que cree que la sufre, como pasa con las posesiones demoniacas, y se aprovechan de ella pseudocientíficos y vendedores de inútiles protectores frente a las ondas que hacen su agosto gracias, también, al periodismo irresponsable y alarmista que, ante una afirmación extraordinaria, cae rendido en brazos del charlatán de turno que le da titulares increíbles y nunca consulta con científicos de verdad porque la historia se puede ir abajo. Y, si no, que se lo pregunten a los responsables de los informativos de La Sexta que hoy han convertido en espectáculo a Minerva Palomar, una pobre mujer que vive en un infierno creado por su creencia en algo que no existe, como Satanás.