¿Vienen los vascos de Atapuerca?

'El misterio vasco', de Louis Charpentier.El origen de los vascos -entendidos como los que hablan euskera- ha sido objeto de las especulaciones más disparatadas desde hace casi un siglo. En 1923, el prehistoriador catalán Pedro Bosch-Gimpera escribió un artículo, titulado “El problema etnológico vasco y la arqueología”, en el que sostenía que “el pueblo vasco es en realidad el descendiente del antiguo grupo de la cultura pirenaica, cuyos orígenes se remontan al pueblo indígena del norte de España del Paleolítico Superior”. A mediados del siglo pasado, basándose en la preponderancia del factor Rh negativo entre los vascos, el químico y hematólogo británico Arthur Ernest Mourant propuso que son los únicos descendientes puros de los cazadores-recolectores del Paleolítico, de los europeos originales. Con el paso del tiempo, la genética ha demostrado que esas dos hipótesis son ensoñaciones.
El sábado, el novelista y antropólogo Álvaro Bermejo situó a los primeros vascoparlantes en Atapuerca. «Una vez le preguntaron a Jorge Oteiza de donde venían los vascos. Su respuesta fue genuina: «Los vascos siempre estuvieron aquí». Es muy posible que el origen del pueblo vasco esté en Atapuerca», decía el escritor en El Diario Vasco. Aunque, a partir de la lectura de la entrevista, da la impresión de que Bermejo afirma que los vascos son de origen europeo -de Atapuerca- mientras que el resto de los humanos son, en última instancia, africanos, el novelista ha puntualizado en Cultura 3.0 que no sostiene que «la huella genética de Homo antecessor tenga nada en común con la genética vasca». Y ha añadido: «Si en 20000 antes de nuestra era ya había una etnia protovasca asentada en esta tierra, como afirman los estudios cientificos de Forster y Oppenheimer, es muy posible que tuvieran comunicación con quien quiera que habitase entonces en Atapuerca. Posible es la palabra clave de la entrevista».
Comparto con el filósofo Eduardo Zugasti, autor de la nota crítica que ha provocado el comentario de Bermejo, mi hartazgo por la manipulación que cierto sector del nacionalismo ha hecho de los orígenes de los vascos para arrimar el ascua a su sardina territorial. Aunque Bermejo no tenga esa intención, su afirmación es tan carente de fundamento como otras que no dudaríamos en tildar de disparatadas y que sitúan a los primeros vascos en la Atlántida y hasta en otros planetas. Y la referencia a Oteiza tiene tanto valor argumental como una a Juan José Benítez en una conversación sobre vida en otros mundos, porque una cosa es la escultura de Oteiza -que puede gustar o no- y otra sus delirios etnicistas.
Recién llegados
Aunque hubo un lehendakari, Juan José Ibarretxe, que repetía en cuanto tenía oportunidad que los vascos llevan 7.000 años donde ahora están, lo cierto es que  son unos recién llegados. No hay pruebas de la presencia de la lengua vasca en la región antes del siglo II, cuando se supone que inmigrantes de Aquitania o el Pirineo la traen a lo que hoy es Euskadi. Antes que ellos, vivieron aquí los indoeuropeos, a quienes deben sus nombres ríos como el Nervión y Deba, y, después,  los romanos, que conquistaron la cornisa cantábrica -toda- para garantizar el suministro por mar de las tropas destinadas al norte del continente y abrir rutas comerciales, y fundaron buena parte de los puertos actuales.
No hay tampoco ni una prueba que apoye la conexión entre los vascos actuales y pobladores paleolíticos de Atapuerca. En la ficción, casi todo vale y, en su novela El clan de Atapuerca, Bermejo puede incluir protagonistas con nombres vascos y hasta hacerles hablar euskera, aunque eso no significa ni que los primeros ni que la lengua existieran. Entiendo que decir que «es posible que el origen de los vascos esté en Atapuerca» sirva para vender libros en Euskadi, donde parece que todavía andamos necesitados de pasados míticos; pero la historia es otra cosa. La continuidad de un linaje vasco desde la Prehistoria hasta la actualidad tiene a su favor tantas pruebas como la existencia de Astérix y Obélix. Es pura especulación; como lo de la raza vasca ansiada por José Miguel de Barandiarán, cuya contaminación se intuye en Bermejo cuando habla de una etnia protovasca hace 20.000 años.

Los vascos no se diferencian genéticamente del resto de los españoles

Dirigentes del PNV disfrazados de personajes de los cómics de Goscinny y Uderzo. Foto: Borja Agudo.«Los vascos no se diferencian genéticamente del resto de las poblaciones de la Península Ibérica», sentencia Hafid Laayouni, de la Unidad de Biología Evolutiva de la Universidad Pompeu Fabra. Junto con Francesc Calafell y Jaume Bertranpetit, acaba de publicar en la revista Human Genetics los resultados de un trabajo que hace añicos el mito del origen de los vascos. El título del artículo lo dice todo: «A genome-wide survey does not show the genetic distinctiveness of Basques» (Un estudio a la escala del genoma no muestra el carácter genético distintivo de los vascos).
Laayouni y sus colegas han comparado el ADN de 300 individuos de 10 regiones españolas «a fin de aclarar la relación genética de los vascos con las poblaciones de su entorno». En 1923 el prehistoriador catalán Pedro Bosch-Gimpera escribió un artículo, titulado «El problema etnológico vasco y la arqueología», en el que sostenía que «el pueblo vasco es en realidad el descendiente del antiguo grupo de la cultura pirenaica, cuyos orígenes se remontan al pueblo indígena del norte de España del Paleolítico Superior». A mediados del siglo pasado, basándose en la preponderancia del factor Rh negativo entre los vascos, el químico y hematólogo británico Arthur Ernest Mourant propuso que son los únicos descendientes puros de los cazadores-recolectores del Paleolítico, de los europeos originales. El resto de los habitantes del continente eran, en su opinión, producto de la mezcla entre esa población paleolítica y los emigrantes que trajeron después la agricultura al continente desde Oriente Próximo. La singularidad del euskera parecía apuntar en esa dirección.
La idea del origen ancestral y diferenciado de los vascos fue acogida con júbilo por el nacionalismo porque implicaba que la historia y la ciencia respaldaban sus pretensiones territoriales. Y el origen del pueblo vasco se rodeó de un halo enigmático que, por ejemplo, llevó al pseudohistoriador Louis Charpentier a escribir un libro titulado El misterio vasco (1975), reeditado el año pasado como El linaje cromagnon. En él, decía que «el pueblo vasco ha conseguido, a lo largo de los siglos, conservar y desarrollar su cultura de origen cromagnonoide», y que los celtas no cruzaron sus tierras porque eran «territorio sagrado para los descendientes de la raza cromagnon» y, luego, los romanos firmaron tratados con los indígenas, quienes «aceptaron la instalación de factorías y establecimientos [romanos], que en nada perjudicaron su soberanía». Sólo faltaban Astérix y Obélix en esa romántica visión de la prehistoria que llevó durante décadas a la inteligentsia vasca a negar la romanización del territorio.
El estudio de Laayouni, Calafell y Bertranpetit destruye esa visión mítica tan del gusto de cierto nacionalismo. «Los vascos no pueden considerarse un grupo aislado desde una perspectiva genética, y las interpretaciones sobre su origen deben revisarse», sostienen los autores. Entonces, ¿cómo se explican las peculiaridades detectadas por estudios anteriores que respaldaban a la singularidad vasca? Según ellos, a que las consideradas características de la vasquidad -incluido el Rh negativo- se deben a que los genes implicados «son objetivos obvios de la selección natural en las poblaciones ancestrales, incluso a una escala microgeográfica». Es decir, que la peculiaridad genética de los vascos no estriba en su origen -el mismo que el del resto de los europeos-, sino en los factores ambientales y patógenos a que han estado expuestos durante su estancia en el Viejo Continente. «Nuestro análisis muestra que, desde el punto de vista del genoma, los vascos no se diferencian de otras poblaciones ibéricas», escriben los biólogos en Human Genetics.

El cuento de los 7.000 años del pueblo vasco

El lehendakari Juan José Ibarretxe, durante la rueda de prensa posterior a su último encuentro con José Luis Rodríguez Zapatero. Foto: Efe.

Juan José Ibarretxe lo ha vuelto a hacer. Ayer, en la presentación de Jakiunde, la Academia de las Ciencias, de las Artes y de las Letras, repitió uno de sus mantras preferidos. Tras destacar que la portada del último número de la revista Nature recoge un descubrimiento en el que ha participado el físico Pedro Miguel Etxenike y mencionar la repercusión mundial del museo Guggenheim de Bilbao, dijo: «Parece mentira que un pueblo de 7.000 años haya necesitado de la innovación en materia de cultura para tener su sitio en el mundo». En las últimas semanas, el lehendakari ha hablado de los 7.000 años de antigüedad de los vascos en las campas de Foronda, ante los afiliados de su partido, y a la salida de su última reunión con José Luis Rodríguez Zapatero en La Moncloa. Así que no se trata de un error, sino de una idea firmemente arraigada en la visión del mundo del inquilino de Ajuria-Enea. ¿Pero tiene alguna base real lo que dijo en el acto de constitución de la Academia impulsada por Eusko Ikaskuntza-Sociedad de Estudios Vascos?
«Eso ya no se lo cree nadie», sentencia un historiador al que he pedido su opinión. A mí me sonaba desde el principio a algo tan cierto como que el primer ser humano fue modelado con arcilla por un superhéroe de barba blanca y muy mala uva, pero la persistencia del lehendakari en la idea me ha llevado a consultar con un experto, no fuera que Ibarretxe contara con información privilegiada de algún hallazgo revolucionario de última hora. No, esa información no existe. El jefe del Ejecutivo vasco se basa en lecturas viejas y desfasadas.
El origen de la idea se remonta a 1923, cuando Pedro Bosch Gimpera dictó una serie de conferencias en Bilbao, invitado por Eusko Ikaskuntza-Sociedad de Estudios Vascos. El prehistoriador catalán defendía, tal como puede leerse en su trabajo ‘El problema etnológico vasco y la arqueología‘ -publicado en la Revista Internacional de los Estudios Vascos-, que los vascos aparecieron en el Paleolítico Superior, entre 35000 y 8500 aC, y que desde entonces han vivido en la misma tierra casi prácticamente ajenos a influencias externas. «El pueblo vasco -escribió- es en realidad el descendiente del antiguo grupo de la cultura pirenaica, cuyos orígenes se remontan al pueblo indígena del norte de España del Paleolítico Superior». Las ideas del famoso prehistoriador fueron recibidas con júbilo por el nacionalismo vasco y, con el tiempo, tuvieron su continuidad en antropólogos como Telesforo Aranzadi y José Miguel de Barandiarán.
Error grande y memoria corta
Hoy en día, la continuidad de un linaje vasco desde la Prehistoria hasta la actualidad se considera tan probada como la existencia de Astérix y Obélix. Entonces, ¿por qué el lehendakari sigue con esa cantinela? «Creo que no hay mala fe. Es, simplemente, que hay gente que no lee y repite tópicos. Es algo equiparable a lo de las meigas, una tradición que se mantiene», me explicaba el historiador consultado. Quizá alguien tenga que advertir al lehendakari de que topónimos como Deba y Nervión son de origen indoeuropeo, no vasco; de que no hay la mínima constancia de la presencia del euskera en la región hasta el siglo II; y de que ésta es una tierra por la que ha pasado mucha gente a lo largo de la Historia. Harían bien los asesores de Ibarretxe en rogarle que no vuelva a repetir la cantinela de los 7.000 años de los vascos: cada vez que lo hace, incurre en un error histórico equiparable a situar a Franco en tiempos de las pirámides.
Decir que hasta ahora los vascos no hemos tenido nuestro sitio en el mundo es otro despropósito. La memoria del lehendakari es muy corta, ya que ahí están -sin ánimo completistaJuan Sebastián Elcano, Ignacio de Loyola, Lope de Aguirre, Miguel López de Legazpi, Pedro López de Ayala, Juan Crisóstomo de Arriaga, Miguel de Unamuno, Pío Baroja, Ramiro de Maeztu, Cosme Damián Churruca, Ignacio Zuloaga, Xabier Zubiri, Eduardo Chillida… Y, si de lo que se trata es de haber sido portada de Nature, el astrofísico Agustín Sánchez Lavega y el paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga lo fueron hace más de una década. Sánchez Lavega es el único español que tiene en su haber dos portadas en la revista: en 1991, por la aparición de una gigantesca tormenta en el ecuador de Saturno que confirmaba una predicción suya; y en 2003, por el descubrimiento de que los vientos ecuatoriales del planeta se habían frenado bruscamente desde el paso de las Voyager. Arsuaga, por su parte, lo fue en 1993, por el hallazgo del cráneo más completo del registro fósil humano, el conocido como Miguelón.