Los dogones y ‘El conde Lucanor’

Quienes defendemos que la historia del misterio de Sirio y los dogones responde a un episodio de contaminación cultural, y no al contacto con seres de otros mundos, contamos desde hace años con otro ejemplo más próximo. Supe de él gracias al periodista Iván Orio, cuando lo contó en El Correo en 2003. Seis años después, me he vuelto a topar con ‘El cuento errante’ ordenando papeles y me ha sorprendido no haber contado la historia aquí. No me ha soprenddo no haberla visto publicada en ninguna revista esotérica porque son fieles a la máxima de Juan José Benítez según la cual «los enigmas no deben ser desvelados». Y es que, si no, de qué iban a vivir los recicladores de falsos misterios que ya lo eran cuando se publicaban en revistas como Planète y Mundo Desconocido, por citar dos publicaciones desaparecidas hace décadas. 
Los antropólogos franceses Marcel Griaule y Germaine Dieterlen propusieron en 1950 que la mitología de los dogones, una primitiva tribu de Mali, giraba alrededor de Sirio B, una estrella invisible sin telescopio y que no se descubrió hasta mediados del siglo XIX. En 1976, Robert K.G. Temple aventuró en su libro El misterio de Sirio que hombres-peces de este sistema habían fundado la civilización dogon y transmitido el conocimiento de la existencia de Sirio B. La idea entusiasmó a autores como Erich von Däniken y Juan José Benítez, quien dedicó a esta historia uno de los capítulos de su serie Planeta encantado. Lo cierto es que lo que los dogones saben de Sirio no va más allá de lo que se sabía en la época en que Griaule convivió con ellos, incluidas falsas ideas como que Sirio B es la estrella más pesada del Universo. Los dogones contaron en 1991 al antropólogo Walter Van Beek que todo lo que sabían de Sirio B se lo había contado Griaule, con lo que el misterio quedó definitivamente resuelto, aunque algunos autores sin escrúpulos prefieran pasar por alto este detalle. Pero los dogones no sólo han absorbido de Occidente el conocimiento de la existencia Sirio B…
Pablo Zapata, escritor navarro y profesor de Secundaria, es un apasionado de los cuentos y, durante un viaje a Mali en 2003, escuchó una fábula que un anciano dogon contaba a su nieto que le dejó «a cuadros». Trataba de un niño rico que pedía ayuda a sus amigos también ricos para ocultar el cadáver de otro niño, pero era al final un amigo pobre el que se prestaba a ayudarle. En realidad, no existía el cadáver, no había ningún muerto, y era todo una estratagema para poner a prueba a los amigos. El experto identificó el relato como una versión de ‘Lo que sucedió a uno que probaba a sus amigos’, uno de los cuentos moralizantes de El conde Lucanor, la obra de Don Juan Manuel (1282-1348). La historia se había transmitido oralmente en Mali de generación en generación no se sabe desde cuándo. Dos años antes, Zapata había escuchado otra versión del mismo relato a un anciano en el Atlas, en Marruecos. ¿Cuándo llegó esta fábula a los dogones? Ése es el auténtico misterio, cuándo se produjo el trasvase de este cuento del mismo modo que mucho después ocurriría con los conocimientos de la invisible a simple vista Sirio B, con la salvedad de que en este segundo caso los propios indígenas admiten que saben que saben lo que saben porque se lo contó Griaule.

Los dogones y el enigma de Sirio

Sirio es la estrella más brillante del cielo y era muy importante para los antiguos egipcios: después de meses bajo el horizonte, su reaparición en el cielo vespertino marcaba el inicio de la crecida anual del Nilo. Tiene una compañera, Sirio B, invisible a simple vista y que no se descubrió hasta mediados del siglo XIX. Sin embargo, forma parte, algunos dicen que desde tiempo inmemorial, del sistema de creencias de los dogones, un primitivo pueblo de Mali (África occidental) cuya cosmogonía se presenta como una de las mejores pruebas de contactos con extraterrestres en la Antigüedad.
Los conocimientos astronómicos de los dogones asombraron en la primera mitad del siglo pasado a los antropólogos franceses Marcel Griaule y Germaine Dieterlen. El primero había establecido contacto con la tribu en 1931, y los dos publicaron en 1950, en el Journal de la Société des Africanistes, un artículo en el cual sostenían que los mitos dogones de la creación del mundo giraban alrededor de Sirio y de su estrella compañera. No aventuraban cómo podía haber llegado una cultura precientífica, sin telescopio, a conocer esa estrella; pero el enigma estaba ahí: ¿cómo sabían los dogones que Sirio tiene una pareja?
Superhombres
Poblado dogon. Foto: Dario Menasce.Griaule y Dieterlen explicaban que, vinculada al periodo orbital de Sirio B, los dogones celebran la ceremonia Sigui, «cuyo propósito es la renovación del mundo». A partir de sus hallazgos, Robert K.G. Temple propuso en 1976, en El misterio de Sirio, que hombres-peces procedentes de ese sistema estelar no sólo habían trasmitido a los dogones sus conocimientos astronómicos, sino que además habían fundado su civilización. Para el escritor estadounidense, los visitantes «se parecerían un poco a las sirenas y los tritones, y podrían asemejarse, de alguna manera, a nuestros inteligentes amigos los delfines». La idea fue acogida con júbilo por Erich von Däniken y otros, y todavía hoy es defendida por ufólogos como Juan José Benítez, para quien hace mil años los extraterrestres seleccionaron a los dogones más capacitados, los secuestraron y los adiestraron «como superhombres, como hombres santos».
La tribu africana sabía, según Griaule y Dieterlen, que Sirio tiene una compañera y también que esa estrella invisible es muy densa y completa una órbita alrededor de su hermana cada 50 años. La astronomía ha confirmado ambos extremos. Sirio B fue, de hecho, la primera enana blanca identificada como tal. Una enana blanca es una estrella tan densa que un centímetro cúbico de su materia pesa una tonelada. «A primera vista, la leyenda de Sirio elaborada por los dogones parece ser la prueba más seria en favor de un antiguo contacto con alguna civilización extraterrestre avanzada», escribió Carl Sagan en su libro El cerebro de Broca (1974).
Suelen citar esta frase quienes abogan por un origen alienígena de la cosmogonía dogon, olvidando que va seguida de una puntualización que hace que cambie de significado: «No obstante -continúa el astrofísico-, si examinamos con más atención el tema, no debemos pasar por alto que la tradición astronómica de los dogones es puramente oral, que con absoluta certeza no podemos remontarla más allá de los años 30 y que sus diagramas no son otra cosa que dibujos trazados con un palo en la arena». La clave es que no hay constancia de la cosmogonía siriaca de los dogones con anterioridad al artículo de Griaule y Dieterlen en 1950.
Antropología chapucera
A principios del siglo pasado, Sirio B era ya una vieja conocida de los astrónomos. Su existencia había sido propuesta en 1844 por el alemán Friedrich Bessel. Creía que los bamboleos que sufría Sirio en su movimiento se debían a la presencia de una estrella compañera y calculó que el dúo tardaba unos 50 años en completar una órbita alrededor de su centro de masas. Dieciocho años después, el astro invisible fue visto por el estadounidense Alvan G. Clark mientras probaba un nuevo telescopio. Quedaba claro que Sirio era un sistema binario, compuesto por dos estrellas. Y también parece claro ahora que los dogones no sabían nada de Sirio B hasta la llegada de los antropólogos franceses.
Los visionarios más entusiastas suelen olvidar que la cosmogonía de esta tribu africana está llena de errores. Los dogones creen, según Griaule y Dieterlen, que Sirio B es la estrella más pequeña y pesada del Universo, algo que era cierto en los años 30 del siglo pasado; pero no ahora. Desde entonces se han descubierto centenares de enanas blancas más pesadas y las estrellas de neutrones, objetos todavía más densos. En el Universo de los dogones, Júpiter tiene cuatro satélites y Saturno, con sus anillos, es el planeta más lejano; pero el primero tiene más de 60 lunas y el segundo no es el planeta más lejano: más allá están Urano y Neptuno.
Resulta poco creíble atribuir todos esos errores y omisiones a unos avanzados visitantes interplanetarios cuando hay a mano una explicación más lógica: que la historia de Sirio B y los dogones es un ejemplo de contaminación cultural, de transmisión por parte de los investigadores de conocimientos que los investigados acaban incorporando a su acervo como propios. El antropólogo Walter Van Beek descubrió hace casi veinte años, cuando habló con los informantes dogones de Griaule, que el conocimiento que tenían de la estrella compañera de Sirio se lo había transmitido el antropólogo francés, quien era aficionado a la astrononomía. «Todos los interrogados coincidían en que todo lo que sabían de la estrella procedía de Griaule», concluyó Van Beek. Y el resultado de una investigación antropológica chapucera se convirtió con los años en la mejor prueba de visitas alienígenas en el pasado.

El libro

El cerebro de Broca (1974): Carl Sagan no sólo fue un gran divulgador científico, sino también un desenmascarador de falsos enigmas. Este libro tiene una sección dedicada a ellos y un capítulo, al misterio de Sirio.
Publicado originalmente en el diario El Correo.

Los hombres-peces de Sirio viajan en carros de supermercado interestelares

Hombres-peces del sistema estelar de Sirio llegaron a la Tierra hace unos mil años, entraron en contacto con el pueblo dogon en lo que hoy es Mali y prometieron regresar. Es el último descubrimiento de Juan José Benítez, quien recrea el desembarco alienígena en una escena de Planeta encantado, la serie que emite Televisión Española (TVE). El tercer episodio de esta superproducción, Los señores del agua, está dedicado al misterio de Sirio y llega a ser tedioso cuando, durante minutos y minutos, el periodista juega al documental etnográfico para que la historia de los dogones y la estrella Sirio B, invisible al ojo desnudo, no se agote en diez minutos.
La historia de Sirio, la estrella más brillante del cielo, sus dos invisibles compañeras y los dogon tiene más de medio siglo. Los primeros que la contaron fueron los antropólogos franceses Marcel Griaule y Germaine Dieterlen. En 1950, publicaron en el Journal de la Société des Africanistes un artículo, titulado «Un sistema sudanés de Sirio», en el que afirmaban que la cosmogonía de la tribu africana giraba en gran parte alrededor de Sirio –sigu tolo en la lengua dogon- y dos estrellas compañeras, según habían narrado varios ancianos a Griaule. Sirio B no pudo ser fotografiada hasta 1970 y Sirio C fue descubierta en 1995. Entonces, ¿cómo sabían los primitivos dogon de su existencia? Griaule y Dieterlen no hicieron en el artículo original mención alguna a lo extraordinario del conocimiento de los dogon, destaca el arqueólogo belga Filip Coppens en el artículo sobre el enigma de The encyclopedia of extraterresstrial encounters, una indispensable obra colectiva dirigida por Ronald D. Story. Fue Robert K.G. Temple, autor de El misterio de Sirio (1977), el primero que llamó la atención sobre el fantástico conocimiento de ese pueblo africano y lo atribuyó a visitantes extraterrestres, aunque ahora Benítez diga que él ya se dio cuenta de la trascendencia del trabajo de Griaule y Dieterlen en 1972, y quedó «desconcertado y fascinado».
El intento de apropiación del descubrimiento del enigma es sólo el primero de los desmanes cometidos por el periodista en Los señores del agua. Benítez no cita en el documental a Temple en ningún momento y presenta una versión de los trabajos de Griaule y Dieterlen que poco tiene que ver con la realidad. Así, afirma que el primero «supo de la increíble cosmogonía dogon» en 1931 y destaca que, por aquel entonces, Sirio B no había sido fotografiado y era, por tanto, «imposible que la tribu estuviera al corriente del hallazgo». La verdad es que Griaule recibió la primera noticia de las creencias siriacas de Ogotemmel, un viejo dogon ciego, en 1946 y, por otro lado, la existencia de Sirio B era conocida por la ciencia desde 1862 y varios observadores creyeron ver Sirio C entre 1920 y 1930.
Para quienes lo han estudiado con seriedad, la clave del misterio estriba en que no hay nada en la cosmogonía atribuida a los dogon que no supiera la ciencia en 1931, cuando Griaule empezó su investigación en Mali. Como indica Carl Sagan en El cerebro de Broca (1974), los conocimientos astronómicos de ese pueblo africano incluían, además, la existencia de los cuatro satélites interiores de Júpiter y de los anillos de Saturno, así como que la órbita de los planetas es elíptica. Todo ello se sabía ya en 1930. Sin embargo, los dogon no conocían los anillos de Urano, descubiertos en 1977, lo que, apunta Sagan, «propicia la tesis de que sus informadores no fueron extraterrestres, sino europeos». Seguramente, se trató de un fenómeno de asimilación cultural, de transmisión de información por parte de un misionero o un explorador antes de la llegada de Griaule. «El pueblo dogon obsequió al visitante con su mitología sobre la estrella. Luego, con una sonrisa, llenos de expectación, tal vez preguntasen al visitante por su mito sobre Sirio, interesándose por la leyenda de un pueblo extranjero sobre tan importante estrella», lucubraba el astrofísico a principios de los años 70, al tiempo que recordaba que «por entonces la oscura compañera de Sirio era una sensación astronómica de moda».
Pudo ocurrir eso o que, como apunta Coppens, Marcel Griaule, quien era aficionado a la astronomía, fuera el origen de todo. Posteriormente, ningún otro antropólogo ha encontrado pruebas de ese conocimiento astronómico procedente de visitantes de Sirio. Walter van Beek, un antropólogo belga que pasó once años con los dogon, no halló rastro alguno de ese saber secreto que Griaule atribuía a un 15% de los indígenas. Además, hablando con los informadores originales del investigador francés, descubrió que discrepaban entre ellos sobre qué estrella era sigu tolo, la que Griaule había tomado por Sirio B. Para unos, se trataba de una estrella invisible; para otros, de Venus. «Todos coincidían, no obstante, en que lo que habían aprendido de la estrella se lo había enseñado Griaule», afirma Van Beek. ¿Y qué dice Benítez?
El periodista navarro no cuenta nada de esto en el episodio de Planeta encantado dedicado al misterio de Sirio, del que pasa media hora de aburrida etnografía de enciclopedia antes de ver al primer anciano dogon sentado junto al escritor. Los viejos de la tribu le cuentan entonces a las primeras de cambio -¡a ver si aprenden los antropólogos!- la historia de los hombres-peces que llegaron a la Tierra en una nave espacial con forma de carro de supermercado interestelar, pero sin ruedas. Y el escritor concluye que el encuentro entre los dioses y los dogon tuvo lugar hace unos mil años y está en el origen de la cosmogonía siriaca de Griaule. Hay tres momentos en los que el ridículo llena la pantalla: cuando se recrea la llegada de los habitantes de Sirio a Mali; cuando Benítez saca de la cartera fotos de ovnis, se las enseña a los ancianos, y éstos le dicen que son como la nave de los dioses y que, si él tiene las imágenes, es porque es un hombre sabio; y cuando el periodista relaciona el símbolo que corona las máscaras rituales dogon con el de los ummitas, los extraterrestres inventados por José Luis Jordán Peña que algunos ufólogos creen que viven entre nosotros desde hace décadas. Por lo demás, para vender sus extraterrestres, Benítez oculta a los espectadores todas las investigaciones serias que se han hecho tras la de Griaule. A fin de cuentas, ése es el negocio en el que lleva metido más de tres décadas y por el que parece apostar una televisión pública a la que, como al autor navarro, da la impresión de que la verdad importa un bledo.