Ciencia patológica

Iruña Veleia, un escándalo que pudo evitarse

El Calvario de Iruña Veleia, con el ‘RIP’ sobre Jesús crucificado, y otra pieza con inscripciones.

Recuerdo cómo me enteré de los extraordinarios hallazgos de Iruña Veleia. Me refiero al primer Calvario de la cristiandad y a las inscripciones en escritura jeroglífica atribuidas a los alumnos de un preceptor egipcio en la Álava romana. Fue en la tarde del 8 de junio de 2006 cuando llegué a mi mesa en la redacción de El Correo y mi entonces jefe me dijo que íbamos a abrir la sección de Vivir –así se llamaba la actual Culturas y sociedad– con un gran descubrimiento arqueológico hecho en Álava. “¿Dónde se ha publicado?, ¿en qué revista?”, pregunté. Me respondió que lo habían presentado en una rueda de prensa patrocinada por Euskotren y me contó de qué se trataba. Yo torcí el morro. No me acuerdo si realmente o sólo mentalmente…

Sigue en el diario El Correo (suscripción).

El escándalo de Iruña-Veleia, en Punto Radio Bilbao

Julio Arrieta, periodista y arqueólogo, Almudena Cacho y yo hablamos el 26 de noviembre en Protagonistas Bizkaia, en Punto Radio Bilbao, del fraude de Iruña-Veleia, en la octava entrega del espacio que la emisora de Vocento dedica semanalmente al pensamiento crítico.

Iruña-Veleia: una lección para los medios

Supe de los hallazgos de Iruña-Veleia una tarde a mi llegada a la redacción de El Correo. Y pregunté: “¿Dónde se han publicado?, ¿en qué revista aparecen?”. Me respondieron que en ninguna, que de los descubrimientos -que iban “a cambiar los libros de Historia”, en palabras de Eliseo Gil, director de las excavaciones- se había informado a la prensa. Mi reacción inmediata fue de escepticismo. Hice algunas llamadas a expertos y comprobé que no estaba sólo en mi incredulidad, suscitada en aquellos momentos más por la forma en que se habían dado a conocer los hallazgos que por el fondo. Porque en ciencia los avances se comunican en las revistas con revisión por pares, y no como las exclusivas de la prensa del corazón. Las revistas científicas únicamente aceptan un artículo después de que ha sido examinado con lupa por expertos en la materia (los pares del autor).Ese principio básico se incumplió respecto a los descubrimientos de Iruña-Veleia, lo que ya era suficiente para poner los espectaculares hallazgos en cuarentena.

Una de las piezas con inscripciones de Iruña-Veleia.Los mismos medios que siempre acogen con cautela descubrimientos médicos no contrastados, se lanzaron, sin embargo, desde el primer momento a especular sobre los orígenes del euskera, cómo en Álava se había desenterrado el primer Calvario, la presencia en el lugar de un preceptor egipcio… Que no se hubiera hecho eco de ello ninguna revista científica era lo de menos: los periodistas validábamos los hallazgos. Yo siempre decía lo mismo a quien me hablaba del asunto: que me olía mal por el modo en que se había anunciado y la ausencia de publicaciones. Así se lo comenté a los historiadores con quienes hablé del tema antes de que salieran en los medios los primeros expertos pidiendo cautela.

Dos años y medio después, queda claro que los medios metimos la pata hasta el fondo al dar por bueno algo que no lo era. Lo hicimos llevados seguramente por el entusiasmo de los titulares extraordinarios, una montaña rusa de la que es muy difícil bajarse una vez en marcha. Ahora, todos -yo, el primero- pedimos responsabilidades a las instituciones implicadas en este vergonzoso episodio, y nos olvidamos de que también nosotros tenemos nuestra parte de culpa. Porque lo que hicimos fue comprar mercancía defectuosa –un descarado fraude– y venderla como buena; porque lo que hicimos fue ignorar los principios que aplicamos a otras afirmaciones extraordinarias no fuera a ser que tuviéramos que rebajar el tono de los titulares. Podíamos haber hecho muchas cosas y muy fáciles, desde recordar al público que las cosas en ciencia no se hacen así hasta pedir a Gil y sus colaboradores los informes de unos presuntos análisis científicos de los que siempre han hablado, pero que nunca han mostrado. Preferimos callar y seguir el juego a quien ahora ha quedado en evidencia.

Iruña-Veleia: Eliseo Gil huye hacia adelante

Eliseo Gil, ayer, en la rueda de prensa. Foto: Rafa Gutiérrez.

Tras el dictamen de los expertos según el cual los hallazgos más espectaculares de Iruña-Veleia -el primer Calvario y los más antiguos grabados en euskera- son falsos, Eliseo Gil, director de las excavaciones, no tenía una salida digna: o bien estaba al tanto del engaño o bien había sido engañado. El mal menor era el segundo, presentarse como víctima de un montaje urdido por otros, como un ingenuo, aunque en cualquier caso su reputación científica quedara hecha trizas. Pues no, en la rueda de prensa que ha dado hoy y de la que Efe ya ha difundido el pertinente despacho, el arqueólogo se ha enrocado y ha descalificado el informe científico diciendo que está únicamente basado en “opiniones” y presentándose como víctima de un “linchamiento mediático”.Hubiera estado bien que hubiera explicado cómo puede aparecer una referencia a Descartes en una inscripción de los siglos III, IV ó V, cuando ese filósofo vivió en el XVII; cómo explica la referencia a Nefertiti, nombre que responde a una convención de hace un siglo; y los resultados de análisis químicos que demuestran que las inscripciones son recientes, entre otras cosas. Pero Gil no estaba ayer dispuesto a defenderse, sino a huir hacia adelante, y optó por un estilo peculiar de rueda de prensa, la que no admite preguntas, la que tanto gusta a todo aquél que no quiere dar explicaciones.

“Los hallazgos de Iruña-Veleia son una broma o una estafa”, sentenciaba Martín Almagro Gorbea, catedrático de Prehistoria de la Universidad Complutense y miembro de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, hace unos días en una magnífica entrevista firmada por María José Carrero. Era lo que opinaban muchos expertos desde el mismo momento en que se hicieron públicos los hallazgos. Pero a los entonces disidentes -autores como los filólogos Joaquín Gorrochategui y Joseba Lakarra e historiadores como Juan José Larrea- se les vio como traidores, como violadores de una ley del silencio con regustos mafiosos, como indicaba hace unos días Óscar B. Otalora.

El escándalo del que tan bien han informado María José Carrero, Francisco Góngora y Rosa Cancho hoy en las páginas de El Correo tiene indudablemente como primer responsable a Gil, pero no es el único culpable de que la arqueología vasca vuelva a hacer el ridículo dieciséis años después del caso Zubialde. Los responsables políticos de la Diputación alavesa cuando se anunció el hallazgo a bombo y platillo, y los dirigentes de Euskal Trenbide Sarea y Eusko Trenbideak -compañías dependientes del Departamento de Transportes y Obras Públicas del Gobierno vasco que han subvencionado las excavaciones desde 2001- tienen también su parte de culpa al no haber exigido las oportunas pruebas que han de acompañar a todo descubrimiento científico y caer seducidos ante los focos. El escándalo de Iruña-Veleia es una consecuencia de haber convertido la ciencia en espectáculo, del descontrol institucional, del todo vale con tal de salir en los medios, de saltarse los mecanismos de control y comprobación y llegar a extraordinarias conclusiones a partir de datos no confirmados. Es una vergüenza.

El fraude de Iruña-Veleia

Iruña-Veleia ha entrado por fin hoy en la historia de la ciencia. Pero lo ha hecho por la puerta de atrás. Un equipo de arqueólogos dirigido por Eliseo Gil presentó a la prensa en junio de 2006 las más antiguas inscripciones en euskera y el primer Calvario de la Historia, grabados en fragmentos de cerámica de los siglos III y IV desenterrados en ese lugar. Decían tener las pruebas que confirmaban tan extraordinarias afirmaciones. Ahora, el comité de expertos que ha estudiado durante meses las piezas del yacimiento alavés ha dictaminado que no hay pruebas que avalen lo sostenido por Gil y sus colaboradores. Aunque el informe no se ha hecho todavía público, he conseguido alguna información sobre su contenido.

Los arqueólogos trabajan en el yacimiento alavés de Iruña-Veleia. Foto: Iosu Onandia.

Especialistas de diferentes disciplinas científicas han presentado hoy durante cinco horas a la diputada de Cultura de Álava, Lorena López de Lacalle, las conclusiones de su trabajo sobre los restos de Iruña-Veleia. Uno a uno, los expertos se han pronunciado en la misma línea: los grabados en euskera y religiosos no son del siglo III o IV. “El dictamen ha sido unánime”, me ha explicado un asistente a la reunión. Los estudiosos deducen, a partir de los resultados de análisis químicos y otras pruebas, que los grabados en lengua vasca y con motivos religiosos son recientes, posiblemente tanto que no puede descartarse que fueran hechos poco antes de su hallazgo. El euskera no es posible que sea el de la época -“es imposible”- y la iconografía cristiana tampoco, según los estudiosos, ninguno de los cuales ha admitido la mínima posibilidad de autenticidad.

“Los descubrimientos del yacimiento alavés parecen demasiado buenos para ser ciertos, pero eso no quiere decir que no lo sean”, escribía aquí mismo hace dos años. Comparaba entonces el proceder de los investigadores alaveses, corriendo a la prensa a informar del hallazgo en vez de darlo a conocer antes en las publicaciones especializadas, con el de los químicos Martin Fleischmann y Stanley Pons, los descubridores en 1989 de la fusión fría que nunca fue. El tiempo y los expertos han demostrado ahora que los extraordinarios Calvario y grabados en euskera de Iruña-Veleia merecen tanto crédito como la fusión fría.

Fotografía del fragmento de cerámica con el supuesto primer Calvario.Quedan muchas incógnitas. Entre otras, la autoría del engaño. Igual nunca se conoce, pero lo que sí sabe todo el mundo ya es que la arqueología alavesa podía haber evitado su segundo sonrojo en menos de veinte años si los excavadores de Iruña-Veleia hubieran procedido correctamente y no hubieran acudido a los medios de comunicación con afirmaciones extraordinarias y sin pruebas. El informe que ha recibido hoy la Diputación alavesa -firmado por químicos, físicos, filólogos, historiadores del arte…- tenían que haberlo encargado Gil y su equipo hace dos años, antes de dar a conocer al mundo un hallazgo tan espectacular. Estamos ante una demostración palmaria de ciencia patológica y, como tal, pasará Iruña-Veleia a los libros de historia de la ciencia.

Este fraude es, además, el segundo de la arqueología alavesa en menos de veinte años. El anterior fueron las pinturas rupestres de la cueva de Zubialde, bendecidas por la plana mayor de la antropología vasca a instancias del poder político a principios de los años 90 y cuyo carácter fraudulento fue descubierto poco después. Esperemos que en el caso de la arqueología alavesa haya dos sin tres.