Juan José Benítez

30 años del ovni de Canarias

El ovni de Canarias del 5 de marzo de 1979.

La ufología española vivió su época dorada a finales de los años 70. No había ciudad de mediano tamaño que no tuviera su grupo de aficionados, la prensa generalista todavía informaba de avistamientos; había un programa de radio –Medianoche, de Antonio José Alés, en la Cadena SER- centrado prácticamente en el fenómeno y que fue donde se inventaron las alertas ovni; otro de televisión –Más Allá, de Fernando Jiménez del Oso, en TVE- dedicado a lo sobrenatural; dos revistas de quiosco –Mundo Desconocido y Karma.7– sobre misterios; y multitud de fanzines sobre platillos volantes, entre los que destacaban Vimana y Stendek, publicaciones del santanderino Centro Investigador de Objetos Volantes Extraterrestres (CIOVE) y del barcelonés Centro de Estudios Interplanetarios (CEI), respectivamente.

Así informó 'El Correo' del ovni de Canarias del 5 de marzo de 1979.El problema número uno de la ciencia moderna, como se llamaba la sección dedicada a los ovnis en Mundo Desconocido, estaba de moda cuando decenas de miles de personas presenciaron un extraordinario fenómeno celeste en Canarias al anochecer del 5 de marzo de 1979. “Un extraño atardecer cautiva las miradas de muchos habitantes de las islas, que ven una especie de estelas multicolores o líneas zigzagueantes con intensa luminosidad en dirección oeste”, escribían en 2001 Vicente-Juan Ballester Olmos y Ricardo Campo en la Revista de Aeronáutica y Astronáutica. De repente, surge en esa zona del cielo “una especie de aguja luminosa que comienza a subir, crecer y ensancharse hasta formar una enorme campana o copa luminosa y brillante, dejando atrás una estela en zigzag”. Y, cuando el objeto desaparece, deja atrás estelas similares a las del principio. La larga duración del fenómeno permitió que haya muchas fotografías y miles de testigos de lo que pasó a la historia como el ovni de Canarias, y atrajo la atención de numerosos medios de comunicación y del Ejército del Aire, que estudió el caso y elaboró un informe de 229 páginas desclasificado en 1995.

“¿Qué fue lo observado y fotografiado aquella noche del 5 de marzo de 1979? Repito, en mi opinión, una nave que nada tiene que ver con nuestra tecnología y, consecuentemente, con nuestra civilización. Un vehículo espacial ajeno a la Tierra. Empleando la terminología popular -y sin ningún tipo de recelo o miedo-, una nave extraterrestre”, escribía Juan José Benítez en Mundo Desconocido (Nº 75) en septiembre de 1982. El periodista rechazaba la posibilidad de que el ovni fuera un misil lanzado desde un submarino, tal como había defendido desde el principio, entre otros, el ufólogo valenciano Vicente-Juan Ballester Olmos, apoyándose, entre otras cosas, en un análisis por ordenador de las fotografías. Andreas Faber-Kaiser, director de la revista, decía en el mismo número que tampoco estaba de acuerdo “con la hipótesis de que lo visto en Canarias fuera un misil. En absoluto. Simplemente, porque para demostrarme que una barra de pan se parece a otra, me tienen que poner junto a la primera barra de pan, otra barra de pan igual. Y lo que me están poniendo es un panecillo, que evidentemente no es una barra de pan”.

Antonio Ribera, el padre de la ufología española, discrepaba de Benítez y Faber-Kaiser, y recordaba que él había mostrado a “varios investigadores” una imagen de un libro de Wernher von Braun que “reproducía la tercera etapa de un Saturno 5 fotografiada por una cámara Baker-Nun, y presentaba un asombroso parecido con una de las fotos del supuesto ovni [de Canarias] publicadas en la revista Diez Minutos“. El autor de El gran enigma de los platillos volantes (1966) suscribía “enteramente” las conclusiones de Ballester Olmos, quien en el mismo ejemplar de Mundo Desconocido advertía de que sostener que el objeto era un ovni “supone mantener la peculiar idea de que existen objetos volantes que, a pesar de ser iguales a nuestros misiles, siguen siendo no identificables, lo cual es una afirmación cercana al delirio… o a la mera invención sensacionalista”. Ballester Olmos y Miguel Guasp mantenían ese mismo dictamen en 1981 en su libro Los ovnis y la ciencia.

El cielo de Canarias, iluminado el 5 de marzo de 1979

El informe militar del suceso no dio ninguna explicación convencional, pero la opinión de un alto mando apunta en esa dirección en una comunicación confidencial hasta 1995. “Mi criterio personal es que el fenómeno ha sido producido por dos misiles de extraordinaria potencia y calibre, lanzados desde la zona que indica el informe”, explicaba por escrito el general jefe del Mando Aéreo de Canarias al jefe del Estado Mayor del Aire. El militar creía que los responsables del lanzamiento habían sido los soviéticos.

La defensa de la naturaleza extraterrestre del fenómeno ha tenido durante años dos abanderados: Benítez y el ufólogo canario José Gregorio González, quien ha descartado en repetidas ocasiones la hipótesis del misil. “Hasta que no aparezcan pruebas irrefutables que confirmen la hipotesis del misil, el ovni de Canarias seguirá siendo uno de los grandes enigmas de la ufología española, quedando abierta pues la puerta a cualquier otra hipótesis alternativa. A lo peor, ni el tiempo lo aclara”, escribía el segundo en su libro Los ovnis en Canarias en 1995, cuando ya la única duda razonable era quién había lanzado el misil, y volvió a reafirmarse en esa línea en 2003.

El ovni de Canarias del 5 de marzo de 1979.Además de las decenas de fotos de fenómenos similares identificados como causados por lanzamientos de misiles, Claude Poher, ingeniero del Centro Nacional de Estudios Espaciales (CNES), francés presenció el fenómeno desde un barco y concluyó que se trataba de “algún tipo de misil”; Desmond King-Hele, del Ministerio de Defensa británico, indicó a Ballester Olmos y Campo que las fotos correspondían a “un lanzamiento no declarado”, y dos científicos rusos se expresaron en el mismo sentido. La duda acerca de si lo de Canarias fueron ingenios soviéticos o estadounidenses se zanjó en 1998, cuando el aficionado alemán Gunter Krebs facilitó a Ballester Olmos datos de lanzamientos de misiles Poseidón desde submarinos estadounidenses en el Atlántico Norte, obtenidos por Jonathan McDowell, del Centro de Astrofísica Harvard-Smithsonian.

La información de McDowell servía para identificar no sólo el ovni canario de marzo de 1979, sino también los vistos en las islas el 22 de noviembre de 1974, el 22 de junio de 1976, el 19 de noviembre de 1976 y el 24 de marzo de 1977. Ricardo Campo, miembro del Círculo Escéptico y la Fundación Anomalía, cree que “se prueba así, una vez más, la falsificación histórica a la que se han visto sometidos estos episodios por parte de quienes perpetúan falsos misterios”. La mente cerrada de mi amigo es incapaz de admitir que algo que parece un misil y que ha sido visto justo cuando se lanzaban misiles desde un submarino es en realidad una nave extraterrestre saliendo, me imagino, de una de las bases submarinas alienígenas que había cerca de Canarias, cuya existencia defendía Fernando Jiménez del Oso. Ay, estos negativistas…

La cara oculta de 42 misterios

Se acabó. La sección veraniega La cara oculta del misterio ya es historia. Han sido casi tres meses de dedicación a ella, sin abandonar totalmente otras obligaciones, pero centrado en escribir las 42 entregas que se han publicado en El Correo a diario desde el 21 de julio. Ha habido mucha gente sin la cual esto no hubiera sido posible: mis jefes, que aceptaron la propuesta; mis compañeros de sección, quienes no sólo han revisado cuidadosamente los originales, sino que además han dado ideas de posibles temas a tratar; el equipo de diseño del periódico, que me ha aguantado y resuelto las páginas de un modo fantástico; Iker Ayestarán, cuyas ilustraciones me han encantado; la periodista Luisa Idoate, quien leyó todos los textos en bruto e hizo sugerencias y correcciones imprescindibles; el historiador José Luis Calvo, quien me ha aclarado muchas dudas y corregido numerosos errores; también han hecho interesantes sugerencias Fernando L. Frías, Julio Arrieta, Ricardo Campo y Luis R. González; y Mikel Iturralde, director de El Correo Digital, se leyó un par de textos que me preocupaban e hizo oportunas puntualizaciones.

Quedan muchos temas todavía ahí fuera. Al principio, temí que no iba a haber material para seleccionar con comodidad y variedad. Al final, surgían ideas según iba escribiendo. Muchas han quedado en el cajón. No exagero si digo que, a vuela pluma, se me ocurre otra cuarentena de misterios si me siento a pensar un poco. ¿Cuáles? Permítanme que me los reserve por si en un futuro vuelvo a la carga. De momento, les dejo con las miniaturas de las 42 páginas de la sección para que vean cómo quedaron en el periódico, cómo las vieron los más de 500.000 lectores diarios de El Correo en papel. Cada miniatura enlaza con el texto correspondiente publicado en esta bitácora. Todas juntas impresionan; por lo menos, a mí.

Un aeropuerto prehistórico.Aluniza como puedas.Si eres un espíritu da dos golpes.El tercer ojo.Las calaveras del poder.La aldea maldita.El pueblo más marciano.Conspiracion en el espacio.En busca de la Atlántida.Cerebros reducidos.Militares, secretos y platillos volantes.Mensajes en los sembrados.Espíritus en el plató.Pirámides en Canarias.Desaparecidos sin rastro.Catastrofe en Siberia.Raquel Welch contra los dinosaurios.Lincoln y JFK, presidentes clónicos.Los extraterrestres más españoles.Las huellas del Éxodo.Pasión marciana.El efecto Geller.La tumba del faraón.El hombre mono norteamericano.Los dogones y el enigma de Sirio.América vikingaRuinas lunares.El embajador de la galaxia.Los gigantes de Pascua.Víctimas del diván.Operando sin bisturí.Caras de cemento.Las hadas de Arthur Conan Doyle.El milagro de Guadalupe.Sexo interplanetario.El poder del Zodiaco.La gran inundación.La prueba de la Resurreción.El mapa de los dioses astronautas.El terror de las cabras.¿Hay alguien ahí?Y el mundo se acabó.

Los gigantes de Pascua

Es un pequeño triángulo de tierra en medio de una inmensidad azul. La isla de Pascua está considerada uno de los lugares más remotos de nuestro planeta: se encuentra en mitad del Pacífico, a 3.700 kilómetros -cinco horas en avión- al oeste de Chile y a 1.900 al este del archipiélago de las Pitcairn. A pesar de ese aislamiento y de sus reducidas dimensiones -tiene 163 kilómetros cuadrados, una cuarta parte que la ciudad de Madrid-, es famosa en todo el mundo gracias a los moáis, las casi 900 estatuas que la salpican desde el volcán en cuya ladera fueron talladas hasta los altares costeros desde los cuales miran al mar.

De origen volcánico, la isla debe su nombre a que fue descubierta por el holandés Jakob Roggeveen el 5 de abril de 1722, domingo de Pascua de Resurreción. Los tres barcos de la expedición habían partido de Chile y tardado diecisiete días en llegar a Pascua, donde se encontraron con un grupo humano de la Edad de Piedra. ¿Cómo habían llegado hasta allí con unas simples canoas? Y lo más llamativo: ¿cómo habían levantado las estatuas? “En un principio las imágenes de piedra nos llenaron de asombro porque no podíamos comprender cómo estas gentes, que carecían de madera fuerte y pesada para construir cualquier tipo de maquinaria, así como de sogas resistentes, habían conseguido, no obstante, erigir unas imágenes semejantes, que al menos tenían 10 metros de alto y eran proporcionalmente gruesas”, escribió el navegante en su diario.

Por arte de magia

Monumental. Cinco de los siete moáis del Ahu Akivi, construido en la isla de Pascua entre 1440 y 1600. Foto: Terry L. Hunt.El tamaño medio de los moáis es de 4 metros y el peso, de 13 toneladas, aunque hay figuras de hasta 82 toneladas. “De ninguna manera se puede admitir que tan enormes trozos de lava hayan sido despejados con primitivas y diminutas hachas de piedra”, plantea Erich von Däniken en su libro El mensaje de los dioses (1973). Para el autor suizo, “cosmonautas de otro mundo visitaron a los nativos y les suministraron herramientas perfeccionadas, que podían manejar los sacerdotes o hechiceros”. Cuando los visitantes se marcharon, explica Von Däniken, sus herramientas acabaron estropeándose y de ahí las figuras a medio esculpir que invaden la ladera del volcán Rano Raraku, la cantera de donde salieron los moáis.

Juan José Benítez sostiene, por su parte, que las estatuas son una obra humana hecha con útiles de piedra, como dicen los arqueólogos; pero añade que hay un enigma: cómo se transportaron hasta sus ubicaciones definitivas. “El gran fallo de cuantos han intentado explicar el traslado de los moáis de forma convencional aparece al echar mano de la madera”, argumenta el ufólogo, para quien dar por hecho que ésta fue alguna vez “un bien abundante en la isla” es un “grave error”. Y añade que el único árbol existente en Pascua, el toromiro, no podía ayudar en una tarea para la cual se necesitarían “cientos o miles de hombres”. “Era el poder más excepcional del rey, o de los sacerdotes, el que levantaba las estatuas en la cantera, desplazándolas por el aire”, asegura.

Tras una visita a Pascua en 1877, el etnólogo francés Alphonse Pinart describió todo el proceso de talla y traslado de los moáis en el Bulletin de la Société de Géographie de París, sin recurrir ni a los extraterrestres ni a superpoderes. Seis años después, el geógrafo Ricardo Beltrán y Rózpide se hacía eco del hallazgo de Pinart en el Boletín de la Sociedad Geográfica de Madrid: “Escogían siempre una roca en plano inclinado; en la misma roca tallaban la escultura, perforaban después la piedra por debajo de la estatua con tantos agujeros como fueran necesarios para separarla de la roca, y la hacían resbalar sobre la pendiente hasta el lugar en que debía erigirse, donde habían ahondado lo suficiente para enterrar la parte inferior de la estatua, quedando sólo el busto al exterior”.

Madera y cuerdas

Los hallazgos de esquirlas de piedra y útiles de obsidiana junto a las figuras a medio tallar del Rano Raraku confirman la hipótesis de Pinart. Porque los moáis no son tan duros como los pinta Von Däniken. No sólo es que la toba volcánica se puede trabajar con piedra, sino que, además, es extraordinariamente frágil. Tanto que en marzo pasado un turista finlandés arrancó una oreja a una de las estatuas ¡sólo con sus manos! ¿Y el transporte? Es cierto que hoy en día no hay madera en Pascua; pero sí la hubo en el pasado y, en contra de lo que mantiene Benítez, era apta para construir trineos sobre los que llevar las figuras a kilómetros de distancia.

El explorador noruego Thor Heyerdahl visitó Pascua en 1955 y puso a prueba las ideas de Pinart. Con una docena de hombres, levantó un moái de 25 toneladas en la playa de Anakena en dieciocho días. Utilizó para ello cuerdas, palancas y piedras, lo mismo que tuvieron a su alcance los antiguos pascuenses. Levantaban un poco la figura con las palancas y metían piedras bajo ella para sostenerla en esa posición; volvían a levantarla otro poco con las palancas y metían más piedras; y así sucesivamente hasta que alcanzaba la vertical. Heyerdahl calculó que una docena de indígenas podría tallar con sus herramientas de piedra una estatua mediana en un año. Luego, se transportaba hasta su emplazamiento sobre trineos de madera de los que decenas de hombres tiraban con cuerdas.

Porque en Pascua había madera en abundancia cuando llegaron a la isla los primeros humanos hacia 1200, según la datación de muestras del yacimiento más antiguo de la isla. Los análisis de pólenes han revelado que en aquella época crecían en la isla árboles de hasta 30 metros de altura; aunque duraron poco. Los recién llegados empezaron a esculpir estatuas y a talar masivamente árboles y palmeras para calentarse, construir canoas y transportar las figuras. La febril actividad les llevó a diezmar los recursos naturales de la pequeña isla y al declive cultural. Cuando desembarcó Roggeveen en 1722 sólo las gigantescas esculturas quedaban como prueba de la extraordinaria cultura de los talladores de moáis.


El libro

Colapso (2005): El geógrafo Jared Diamond, autor del magistral Armas, gérmenes y acero (1997), explora la historia de sociedades desaparecidas, como la maya, la vikinga de Groenlandia y la pascuense.

Ruinas lunares

Miles de espectadores de TVE vieron el 11 de enero de 2004 a Neil Armstrong y Buzz Aldrin explorando edificios en ruinas en el Mar de la Tranquilidad, en la Luna. Imágenes inéditas, se leía sobreimpresionado. Y Juan José Benítez decía: “Ésta fue la verdad, la única y secreta verdad. Aquel 21 de julio de 1969, Armstrong y Aldrin se alejaron escasos metros del módulo, filmando esta increíble construcción. Esta película, de 14 minutos, jamás fue difundida por la NASA”. Numerosas copias del fragmento de la filmación emitido por TVE pueden verse en la actualidad en YouTube, bajo títulos como Vídeo censurado del viaje a la Luna y Construcciones en la Luna ocultadas por la NASA.

El ufólogo navarro sostiene que hace 39 años “el mundo, una vez más, fue engañado”, que nos ocultaron el hallazgo de ruinas alienígenas en el satélite terrestre. A él se lo contó “un alto militar norteamericano”, ya fallecido, cuya identidad nunca ha revelado y que consiguió hacerse con una copia de la película rodada en el Mar de la Tranquilidad, la que muchos creen todavía que se vio en TVE hace cuatro años. Un documento único porque los vestigios extraterrestres ya no existen: Washington los destruyó con bombas atómicas. Pero el militar desconocido no es el único que afirma que los astronautas encontraron construcciones en la Luna.

Un espía inexistente

Quien primero habló a Benítez de las ruinas lunares fue Carlos Paz Wells, un peruano que en los años 70 decía estar en contacto con seres de otros mundos. “Tenemos constancia de que los norteamericanos también conocen la existencia de las antiguas instalaciones de la Confederación (una unión planetaria al estilo de Star trek). Y, según los guías, los lanzamientos realizados por los distintos Apollos de pequeñas bombas nucleares contra la superficie de la Luna no tenían la única finalidad de medir los posibles movimientos telúricos del satélite. Muy al contrario. La verdadera intención de los norteamericanos era destruir dichas instalaciones, cuyas posiciones conocían de antemano”, afirmaba Paz en Ovnis: SOS a la Humanidad (1975), la obra de Benítez dedicada a las andanzas del Instituto Peruano de Relaciones Interplanetarias (IPRI).

Otra fuente, terrestre, confirmó poco después a Benítez la pasada presencia alienígena en la Luna. En 1979 llegó a las librerías españolas la obra Bases de ovnis en la Tierra. Su autor, Douglas O’Brien, decía ser un espía de la CIA arrepentido afincado en nuestro país. El libro era en realidad una novela firmada con pseudónimo por Javier Esteban, entonces un joven de veintiún años. “Para escribir la novela era preciso crear historias con fechas, lugares, etcétera. Para evitar la tarea de inventar miles de datos, acudí a las hemerotecas y tomé nota de miles de diversas fuentes: periódicos, revistas… De esta forma, incluía datos auténticos de sucesos ocurridos, tales como accidentes de aviones militares, expulsiones de diplomáticos, detenciones de espías, etcétera”.

Esteban salpicó su relato del espía arrepentido de accidentes de ovnis y asesinatos. Varios ufólogos contactaron con él creyendo que hablaban con un ex agente de la CIA, y el joven les siguió el juego. Algunas de sus historias acabaron publicadas en periódicos, revistas esotéricas y libros de platillos volantes como hechos reales. Revelaba en su libro, entre otras cosas, que, tras descubrirse “cinco bases o lugares de estacionamiento distintos de ovnis en la Luna”, EE UU las había destruido con bombas atómicas. “Lo gracioso del asunto es imaginar a personas en su sano juicio investigando la verosimilitud de tales disparates”, recuerda el autor de Bases de ovnis en la Tierra.

De Guipúzcoa a la Luna

Como en toda conspiración que se precie, en ésta también hay de por medio un presunto empleado de la NASA. Se llamaba Alan Davis y murió en Sevilla hace unos años. Decía ser ingeniero de telecomunicaciones y que, en la noche de la llegada del hombre a la Luna, había visto en la estación de la NASA de isla de Antigua unas imágenes que ocultó al resto del mundo. Según varios ufólogos, era el encargado en la base caribeña de cortar la señal de televisión si sucedía algo inconveniente, y es lo que hizo cuando los astronautas del Apollo 11 se dieron de bruces con los edificios extraterrestres. “Es mentira. Nadie podía cortar la señal. Todo eso de las ruinas en la Luna no son nada más que tonterías”, sentencia Luis Ruiz de Gopegui, director de la Estación de Seguimiento de Fresnedillas de la NASA en tiempos del proyecto Apollo.

La instalación madrileña era una de las tres estaciones claves en las comunicaciones con los astronautas, junto con las de California (EE UU) y Canberra (Australia). “En el momento del alunizaje, correspondió a Fresnedillas estar en contacto con la nave. Cuando Armstrong y Aldrin abandonaron el módulo lunar, era California”, indica Ruiz de Gopegui. Los conspiranoicos argumentan que la NASA ocultó -¿para qué?- la existencia de los edificios y que hay que creer a Alan Davis. “¿Por qué se va a dudar de una persona que tiene esa valentía?”, dice uno de sus amigos. Por una razón muy simple, porque ni él ni nadie ha presentado nunca una sola prueba que respalde sus extraordinarias afirmaciones, equiparables a las de quienes sostienen que ningún avión se estrelló contra el Pentágono el 11-S.

Y es que la película que mostró Benítez en la penúltima entrega de la serie Planeta encantado no es una documento grabado en la Luna, a pesar de que apareciera sobreimpresionada la leyenda Imágenes inéditas. La filmación es una recreación, un encargo del ufólogo a Dibulitoon Studio, una firma de animación radicada en Irún. Los astronautas que recorrían edificios en la Luna eran guipuzcoanos. Ésa es la verdad, la única y pública verdad.


El libro

Bad astronomy (2002): El astrónomo Phil Plait habla sobre algunas falsas ideas populares vinculadas con las astronomía y la astronáutica. Es una obra viva que se actualiza en su blog.

Publicado originalmente en el diario El Correo.