Rodríguez Zapatero contra el laicismo

José Luis Rodríguez Zapatero aplaude a Barack Obama, en el Desayuno de Oración. Foto: Reuters.

Vergüenza, indignación, ridículo. Es lo que he sentido hace doce horas cuando José Luis Rodríguez Zapatero ha intervenido en el Desayuno de Oración en Washington. Otra vez un presidente del Gobierno español se ha rebajado, y nos ha rebajado a todos, para salir en la foto con un presidente de Estados Unidos. No me entiendan mal: no soy antiyanqui; nunca lo he sido. Tengo muy buenos amigos en EE UU, admiro y envidio sanamente las cosas que en ese país hacen bien y hay otras que no me gustan, y deseo que cambien. Lo que me ha avergonzado es que el jefe del Ejecutivo de España, país constitucionalmente aconfesional, se preste tan descaradamente a un paripé religioso organizado por un grupo ultraconservador.
Habrá quien justifique a Rodríguez Zapatero por el hecho de que su mensaje ha sido un canto al pluralismo, la tolerancia y la convivencia. Si hubiera sido únicamente eso, habría estado bien, aunque no habría dejado de ser otro discurso más de los muchos buenistas con los que nos suele castigar. Pero es que ha sido mucho más. Para empezar, estamos ante un acto tan marcadamente religioso, mágico, que se ha abierto con un «Unamos nuestros corazones en oración» y se ha cerrado con un «En nombre de Cristo». En medio, el inquilino de La Moncloa ha demostrado en, varias ocasiones, una sonrojante torpeza.
Nada más tomar la palabra, ha dicho a su audiencia: «Permítanme que les hable en castellano, en la lengua en la que por primera vez se rezó al Dios del Evangelio en esta tierra». Ha sido ésta una manera bastante burda e ignorante de intentar disfrazar que es incapaz siquiera de defenderse en inglés, porque, en la época del Descubrimiento y la Conquista, los cristianos rezaban en latín. Además, al citar expresamente el Evangelio, ha reconocido implícitamente que el Desayuno de Oración es una celebración cristiana, confesional en la que puede que pinte algo el ciudadano José Luis Rodríguez Zapatero -él sabrá-, pero no el presidente del Gobierno en calidad de tal.
España, «sobre todo cristiana»
Decir que España es «una de las naciones más antiguas del orbe» y que «fue en el pasado ejemplo de convivencia entre las tres religiones del Libro, Judaísmo, Cristianismo e Islam», es pasarse cuatro o cinco pueblos, aunque eso tampoco me preocupa mucho. Es normal que un nacionalismo alardee de ser más algo que el vecino y, ante los jóvenes de EE UU, el dirigente español se ha enorgullecido infantilmente de que el país que representa es más viejo -una especie de hermano mayor- y ha sido en el pasado un ejemplo de convivencia (que se lo pregunten a los judios). Lo que me resulta intolerable e insultante es que Rodríguez Zapatero haya cristianizado España oficialmente. España es -ha dicho citando a Carlos Fuentes- «la más multicultural de las tierras de Europa, España celta e ibera, fenicia, griega, romana, judía, árabe y cristiana». Y ha añadido acto seguido: «sobre todo cristiana». No. España es un país de cuyo patrimonio forman parte todas esas tradiciones culturales y entre cuyos ciudadanos hay creyentes en variadas religiones y no creyentes. La España cristiana, la reserva espiritual de Occidente, dejó de existir hace mucho tiempo y gracias a eso somos hoy más libres de lo que lo fueron nuestros padres, puede haber uniones homosexuales, las parejas pueden separarse y rehacer sus vidas, y las mujeres que quieren pueden abortar, entre otras cosas.
La tercera demostración de torpeza presidencial ha sido la lectura de un fragmento del Antiguo Testamento editado a su gusto. Rodríguez Zapatero ha leído el siguiente pasaje del capítulo 24 del Deuteronomio: «No explotarás al jornalero pobre y necesitado, ya sea uno de tus compatriotas o un extranjero que vive en alguna de las ciudades de tu país. Págale su jornal ese mismo día antes de que se ponga el sol porque está necesitado y su vida depende de su jornal». Me parece un texto muy apropiado para que se lo aplique quien quiere endurecer las condiciones de la jubilación para todos, menos para el grupo privilegiado del que forma parte, el de los responsables políticos que se retiran con envidiables pensiones cotizando menos años que nadie. Pero, fíjense si soy generoso, tampoco es eso lo que más me ha molestado de la lectura. Me ha molestado que el presidente lea la Biblia en una reunión religiosa ultraconservadora e intente disimular el auténtico mensaje del texto elegido. Como ateo, cuando no me queda más remedio que asistir a un acto religioso por respeto a quien lo protagoniza -vivo o muerto-, guardo la más estricta neutralidad; ni hago nada ofensivo por respeto ni simulo rezar para que no me tachen, con razón, de falsario. A mi juicio, Rodríguez Zapatero ha sido hoy esto último por partida doble al leer un libro como si fuera sagrado para él, agnóstico declarado, y al eliminar tramposamente la última frase del fragmento elegido. Tenía que haber acabado diciendo: «Así no clamará contra ti a Yahvé, y no te cargarás con un pecado». Pero no lo ha hecho para evitarse citar al dios de los judios y dejar claro que la razón última por la cual hay que ser justos con los trabajadores es porque, si no, Dios puede castigarte.
Mi última queja concreta es que haya usado en un momento determinado la palabra plegaria para referirse a su intervención, como si la solución a los problemas nos fuera a caer del Cielo. Entiendo que él lo desee, pero el pensamiento mágico no nos va a sacar a los españoles del agujero en el que nos han metido quienes, desde los poderes públicos, alimentaron la cultura del ladrillazo, inflaron la burbuja inmobiliaria hasta límites increíbles y negaron que existiera hasta después de que reventara. Los españoles, cada uno con su credo y con su no-credo, no pagamos a Rodríguez Zapatero y sus colegas para que recen a ningún dios, sino para que trabajen. Si no, que se vayan a rezar a otra parte. Y, por favor, que el presidente deje de vendernos la idea de que defiende el laicismo. No es así. Hoy lo ha vuelto a demostrar. Rodríguez Zapatero aplaudiendo a Barack Obama en el Desayuno de Oración me produce tanta vergüenza y rechazo como José María Aznar hablando texano o viajando a las Azores para agradar a George W. Bush.