Ovnis y secretismo gubernamental

Catorce pilotos, ex mandos militares y funcionarios de varios países pidieron el martes en el Club de la Prensa de Washington al Gobierno de Estados Unidos que reanude el estudio de las observaciones de platillos volantes interrumpido con el cierre del llamado Proyecto Libro Azul, hace casi cuarenta años. En 1969 y tras veintiún años de pesquisas oficiales, la Fuerza Aérea estadounidense dio carpetazo a la investigación de los ovnis al concluir que ni eran producto de una tecnología avanzada ni suponían un peligro para la seguridad nacional. Agencias gubernamentales como la CIA y el FBI han hecho pública desde entonces gran cantidad de información de la que se desprende que a los mandos de los platillos volantes no hay ninguna inteligencia extraterrestre. Sin embargo, el grupo reunido hace unos días en Washington -cuyos miembros contaron a los periodistas sus vivencias personales tras los ovnis- y otros muchos están convencidos de que se oculta la verdad, y lo seguirían pensando aunque les abrieran de par en par las puertas de todos los archivos secretos. Sólo admitirán una respuesta: que los ovnis son naves de otros mundos. Lo contrario es para ellos un imposible y significa que el Gobierno de turno miente.

La historia no es nueva. En mayo de 2001, ocurrió algo parecido, también el Club de la Prensa de Washington. Un grupo de ufólogos, denominado Proyecto Revelación, convocó a los medios de comunicación para hacerles “importantes revelaciones sobre la realidad del fenómeno ovni”. En el estrado, una veintena de ex funcionarios del Gobierno estadounidense, algunos de ellos militares; en el patio de butacas, representantes de los principales periódicos y de una docena de cadenas de televisión, a la espera de pruebas. “Es el fin de la infancia de la especie humana. Ha llegado la hora de que nos convirtamos en adultos maduros entre las civilizaciones cósmicas que están ahí fuera”, anunció Steven Greer, director del grupo. Sus acompañantes comenzaron entonces a narrar las típicas visiones de platillos volantes habituales desde 1947. Eludieron cualquier referencia a secuestros o a encuentros sexuales con los visitantes; pero la conspiración estaba allí.

Greer cree que los testimonios expuestos -no se presentó otra cosa ni hace seis años ni el martes pasado- “demuestran, de una vez por todas, que no estamos solos”. Ni en la Tierra. “Por lo menos desde los años 40, y quizá desde los 30, ha habido vehículos espaciales de origen extraterrestre que fueron derribados, ocupados y estudiados”, dijo el director del Proyecto Revelación. Uno de sus compañeros fue más allá. Clifford Stone, sargento retirado, afirmó que hay catalogados nada menos que 57 tipos de alienígenas y aseguró haber visto a los malheridos tripulantes de esas naves, que tienen debilidad por accidentarse en EE UU, cuyo Gobierno oculta la verdad al mundo. Uno de esos aparatos sería el que se estrelló en Roswell, Nuevo México, en 1947. Greer indicó que, del estudio de éste y otros platillos siniestrados, EE UU y Reino Unido han obtenido grandes frutos. El líder del Proyecto Revelación también lo es del Centro para el Estudio de la Inteligencia Extraterrestre (CSETI), entidad “dedicada a establecer relaciones pacíficas y continuadas con formas de vida extraterrestre”. Como se ve, todo muy serio.

Conspiración liberadora

¿Qué pruebas tienen de lo que dicen quienes hicieron hace seis años esas extraordinarias afirmaciones y quienes han pedido hace unos días al Gobierno de EE UU que lidere la investigación ovni en el mundo? Las mismas que todos los ufólogos que han anunciado alguna vez disponer de pruebas de que los ovnis son naves extraterrestres. Ninguna. Si las tuvieran, no se limitarían a mostrar fotografías y películas más que dudosas ni recurrirían a la manida conspiración gubernamental, que tan bien les ha venido desde el nacimiento del mito para justificar la falta de pruebas y hacer recaer la carga de la prueba en quienes sostienen que no hay nada extraordinario en los ovnis, en vez de en quienes afirman que nos visitan extraterrestres, que andan secuestrando gente por ahí y le hacen todo tipo de perrerías. La conspiración es la coartada perfecta. Libera a los ufólogos de la carga de la prueba: ellos no tienen que demostrar que nos visitan seres de otros mundos; son los científicos los que lo saben y lo están ocultando.

Por eso, cada cierto tiempo surge un grupo de ex cualquier cosa que, ansiosos de publicidad gratuita, hacen rimbombantes anuncios en Washington y durante unos días salen en algunos medios de comunicación -cada vez menos y cada vez más como una excentricidad- repitiendo un cuento conocido desde hace sesenta años. Porque fue en enero de 1950 cuando Donald E. Keyhoe, comandante retirado de la Infantería de Marina de EE UU y autor del primer libro sobre el tema, The flying saucers are real (1950), publicó un artículo en la revista True que sentó los dos pilares básicos de la ufología: el origen alienígena de los ovnis y el tan socorrido secretismo gubernamental, cuyo final reclaman ahora los catorce pilotos, ex mandos militares y funcionarios de Washington.

Lamentablemente para ellos, el secretismo gubernamental hace tiempo que no existe en países como EE UU, Reino Unido, Francia y España, donde los archivos oficiales sobre avistamientos de platillos volantes se han hecho públicos sin que se haya encontrado rastro de ET. Los ovnis “son una mezcla de fenómenos naturales y de origen humano, en vez de una prueba de vida extraterrestre”, indican las conclusiones de un estudio oficial hecho público hace un año en Reino Unido y que abarca más de treinta años de avistamientos. “No existen pruebas que sugieran que los fenómenos sean hostiles o estén bajo algún tipo de control diferente a las fuerzas de la naturaleza”, sentenciaban los autores del trabajo, en la misma línea que todos los proyectos de investigación de los países citados. Nada de esto impedirá, no obstante, que ufólogos y creyentes sigan con su cantinela y vuelvan en un futuro próximo a contar anécdotas tan reales como las visiones de hadas y las apariciones demoniacas en el Club de la Prensa de Washington, al que los conspiranoicos han cogido gusto en los últimos tiempos.