Jacques Vallée

‘Encuentros en la tercera fase’ y el mito de los platillos volantes: el vídeo de la charla

Aquí tienen el vídeo de ‘Encuentros en la tercera fase’ y el mito ovni, la charla que di el 4 de mayo en una jornada organizada por la Tertulia de Ciencia-Ficción de Bilbao (TerBi), de la que soy miembro.

Cuando R2D2 sobrevoló la Torre del Diablo y otras curiosidades de ‘Encuentros en la tercera fase’

Anuncio del estreno de 'Encuentros en la tercera fase' publicado en 'El Correo' el 17 de marzo de 1978.Encuentros en la tercera fase es la gran película sobre el fenómeno de los platillos volantes. Se estrenó en 1977, cuando la creencia en las visitas extraterrestres era más popular que nunca y la ufología no había caído todavía en la espiral de locura y descrédito a la que la acabarían conduciendo el caso de Roswell, el conspiracionismo más extremo y la moda de las abducciones. Cuando la película de Steven Spielberg llegó a los cines, lo hizo a lo grande y respondió a las expectativas depositadas en el joven genio de Duel (1971) y Tiburón (1975). Han pasado casi cuatro décadas y su retrato del mito ovni sigue vigente.

Encuentros en la tercera fase está llena de ufología y, como buena hija, ha influido en la ufología posterior, en especial, en lo que se refiere al prototipo de extraterrestre. Veamos algunas curiosidades que nos ayudan a entender mejor esta cinta memorable, en la que todo encaja a la perfección. Una película que costó 20 millones de dólares y lleva recaudados 337.

1. Firelight. Spielberg vivió la adolescencia a finales de los años 50 y principios de los 60, en plena fiebre de los platillos volantes en Estados Unidos. Los primeros los había visto Kenneth Arnold, un vendedor de equipos de extinción de incendios, sobre el monte Rainier el 24 de junio de 1947, seis meses después del nacimiento del primogénito de la pianista y restauradora Leah Adler y el ingeniero eléctrico Arnold Spielberg. Entonces, nadie pensaba que vinieran de otros mundos. Quien primero habló de visitantes alienígenas fue el mayor retirado Donald E. Keyhoe en un artículo para la revista True y en su libro The flying saucers are real (Los platillos volantes son reales), publicado en 1950 y en el cual también acusa al Gobierno estadounidense de ocultar la verdad sobre el fenómeno. Esos dos principios básicos de la ufología, el origen extraterrestre y el encubrimiento gubernamental, serán claves en Encuentros en la tercera fase.

Spielberg, con 17 años, prepara el rodaje de un despegue para 'Firelight'. Foto: Archivo de Steven Spielberg.

Ultimátum a la Tierra, la película de Robert Wise protagonizada por Michael Rennie, llega a los cines en 1951. En ella, un extraterrestre visita la Tierra para, en nombre de la Confederación Galáctica, exigir el fin de las pruebas nucleares, lo mismo que, un año después, transmite en el mundo real un venusiano a George Adamski, vendedor de hamburguesas que se convertirá en el primero de los contactados. Spielberg crece en un país donde hay gente que dice encontrarse cara a cara con alienígenas y se suceden los avistamientos de platillos volantes. Según sus biógrafos, su interés por los ovnis se dispara en 1957 cuando la familia vive en Phoenix (Arizona) y su padre se lo lleva una noche al desierto para ver un cometa. No hubo suerte, pero padre e hijo presenciaron una espectacular lluvia de estrellas fugaces. “Mi primera introducción al mundo que hay más allá de la Tierra…”, dijo años después el cineasta al recordar aquella experiencia.

Spielberg se adentra en el mundo de la ciencia ficción gracias a las revistas y libros de su padre, aficionado al género, y se entusiasma con películas como Ultimátum a la Tierra y Planeta prohibido (1956). Pero el detonante de su primera cinta sobre extraterrestres -que está en el germen de Encuentros en la tercera fase– fue que, durante una excursión de los Boy Scouts que se perdió, sus amigos vieron una luz extraña en el cielo. El adolescente Steven se sintió frustrado y se puso inmeditamente a escribir el guion de Firelight (Luz de fuego), un filme protagonizado por unos alienígenas, los altarianos, que visitan la Tierra para secuestrar humanos para un zoo.

Había ganado varios premios por una cinta bélica de 40 minutos titulada Escape to nowhere (Escapar a ninguna parte, 1961) y se asoció con su padre para reunir los 600 dólares que iba a costar la película. Tenía 16 años cuando,en junio de 1963, empezó el rodaje con un reparto compuesto de amigos, familiares y compañeros de clase. “La producción atrajo una gran atención y el Arizona Republic publicó dos artículos y una foto de la película”, indica Ray Morton en Close encounters of the third kind. The making of Steven Spielberg’s classic film (Encuentros en la tercera fase. El rodaje del clásico de Steven Spielberg, 2007). Y añade que el joven director empleó todo tipo de efectos para dar verosimilitud a la historia. La cinta duraba 135 minutos, se estrenó el 24 de marzo de 1964 en el Little Teathre de Phoenix y dio beneficios. “Cobramos la entrada a un dólar. Quinientas personas vinieron a ver la película y creo que alguna probablemente pagó 2 dólares, porque ganamos uno aquella noche”, recuerda Spielberg.

Firelight presenta los temas de intrusos sobrenaturales, la alienación suburbana y la huida, las familias rotas y los niños secuestrados, la aventura científica y la renovación espiritual que son familiares en la obra madura de Spielberg”, escribe Joseph McBride en Steven Spielberg: A Biography (Steven Spielberg: una biografía, 1999). Curiosamente, el creador del extraterrestre más entrañable de la historia debuta en la ciencia ficción con unos visitantes malvados. No pudo sustraerse del ambiente paranoico en el que se había criado y que caracteriza buena parte de la ciencia ficción cinematográfica estadounidense de los años 50. Por desgracia, de Firelight sólo han llegado fragmentos hasta nuestros días. Cuando empezaba en Hollywood, Spielberg la utilizaba como carta de presentación y, en una ocasión, dejó los rollos a una productora que quebró poco después y desapareció sin habérselos devuelto. En mayo de 1977, Spielberg reveló al ufólogo francés Jacques Vallé el origen de Encuentros en la tercera fase: “Ya hice esta película una vez. Nadie la vio. La hice en 8 milímetros cuando era adolescente”,  le dijo en clara referencia a Firelight.

'The ufo experience', de Joseph Allen Hynek.2. El por qué del nombre. Encuentros en la tercera fase es una traducción errónea de Close encounters of the third kind (Encuentros cercanos del tercer tipo). La película es un recorrido por la llamada clasificación de Joseph Allen Hynek (1910-1986), un astrónomo que, durante más de dos décadas, colaboró con la Fuerza Aérea de Estados Unidos en la investigación de casos de ovnis. Hynek se quitó la careta escéptica -en realidad, siempre había sido un creyente- a finales de los años 60 para convertirse en el padre de la denominada ufología científica y, en 1972, publicó The ufo experience (La experiencia ovni). En ese libro, divide los avistamientos de platillos volantes en observaciones lejanas y cercanas, siendo estas últimas las que tienen lugar a menos de 150 metros. Dentro de las primeras, distingue las luces nocturnas, los discos diurnos y los objetos detectados por radar, y entre las segundas están los encuentros cercanos del primer tipo -el objeto no interactúa ni con el testigo ni con el entorno-, los del segundo tipo -deja pruebas en forma de huellas, quemaduras…- y los del tercer tipo -se hacen visibles los tripulantes-, que son los que dan título a la película.

La acción arranca con el descubrimiento en el desierto de Sonora de los aviones del Vuelo 19, cinco torpederos TBM Avenger que, con sus catorce tripulantes, se esfumaron en el Atlántico, frente a Florida, el 5 de diciembre de 1945, cuando participaban en un vuelo de adiestramiento en orientación sin instrumental ni puntos de referencia. Este caso se hizo famoso en los años 70 de la mano de Charles Berlitz, quien lo atribuyó al misterioso triángulo de las Bermudas. La desaparición del Vuelo 19 se debió, en realidad, a una sucesión de errores de los jóvenes pilotos -todos, menos uno, novatos- en un día de “fuertes vientos y con el mar muy alborotado”. Desorientados, los aparatos cayeron al agua cuando se les acabó el combustible, y los aviadores murieron por el choque o ahogados. A fecha de hoy, no se han encontrado los aviones.

En Encuentros en la tercera fase, a los integrantes del Vuelo 19 les secuestraron visitantes de otros mundos, que los devuelven a la Tierra al final de la película. Entre el hallazgo de los aviones y el regreso de sus tripulantes, Spielberg recorre la clasificación de Hynek: vemos luces nocturnas, no discos diurnos -hubiera minado la apoteosis final-, sufrimos el efecto electromagnético cuando el automóvil del protagonista se topa con un ovni en una carretera de noche y asistimos a un espectacular primer contacto.

Joseph Allen Hynek, en 'Encuentros en la tercera fase'.

Entre los asistentes al apoteósico desenlace -que no sería tal sin la música de John Williams-, está Hynek. Protagoniza 8 segundos en los que se abre paso entre el gentío, con su barba de chivo, bata blanca y chupando una pipa. No aparece en los créditos, pero Columbia mencionó su Centro para el Estudio de los Ovnis (CUFOS) en el dossier de prensa y, además, pagó 2.000 suscripciones a su boletín por un total de 20.000 dólares. Pero la editorial de The Ufo experience demandó a la productora por violación de derechos de autor por el título de la película y eso acabó con las buenas relaciones entre Columbia y Hynek, según Jacques Vallée, el estudioso de los platillos volantes con mayor protagonismo en la cinta.

Joseph Allen Hynek y Jacques Vallée, en los años 70.3. Un ufólogo francés en la trastienda. Claude Lacombe, a quien da vida François Truffaut, es el científico que dirige la investigación ovni para el Gobierno estadounidense y está inspirado en un ufólogo de carne y hueso, Jacques Vallée, un francés que se trasladó a vivir a Estados Unidos hace 50 años. Informático y astrofísico de formación, y apasionado por los ovnis, conoció a Hynek en 1962 en la Universidad del Noroeste (Illinois) y, un año más tarde, se convirtió en su secretario. Ambos habían sido rosacruces en su juventud. Vallée acabó siendo la mano derecha de Hynek y es autor de Pasaporte a Magonia (1969), libro en el que propone que “los seres de los ovnis actuales pertenecen al mismo tipo de manifestaciones que se describían en siglos pasados secuestrando humanos y volando a través de los cielos”. Huye de la hipótesis extraterrestre y tiende un puente entre las visiones de la ufología y las de ángeles, demonios, hadas y elfos. Todas son, para él, manifestaciones de un fenómeno originado en una realidad alternativa.

Que Truffaut era el alter ego cinematográfico de Vallée es algo de lo que nos dimos cuenta todos los interesados en el tema ovni que vimos Encuentros en la tercera fase cuando se estrenó. “Por supuesto, [Lacombe] está basado en Jacques [Vallée]. He leído sus libros. Me parecía interesante la idea de un francés investigando sobre ovnis en Estados Unidos”,  le contó Spielberg en mayo de 1977 a la periodista Marcia Seligson, cuando preparaba un perfil del cineasta para la revista New West. Durante esa entrevista, Spielberg admitió, además, haber eliminado una escena en la cual Lacombe intenta aprender inglés tumbado en la cama de un hotel escuchando una cinta que ha comprado en Francia y en la que, por eso, la voz grabada habla inglés con acento francés. Algo divertidamente ridículo.

Vallée, el segundo por la izquierda, y Hynek, el cuarto, en una reunión con Kurt Waldheim en la ONU.

En el segundo volumen de sus memorias, Forbidden science. Journals: volume two 1970-1979 (Ciencia prohibida. Diarios: volumen dos 1970-1979, 2009), Vallée asegura, entre otras cosas, que Spielberg se rompió la cabeza hasta dar con el modo en que los extraterrestres transmitirían a los humanos el lugar elegido para el primer contacto. El cineasta le contó un día que había pasado horas reunido para nada con técnicos del Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA. “He oído todas las explicaciones de esos tíos de pelo largo con máquinas de millones de dólares y muchas luces parpadeantes, pero no he podido encontrar ningún sentido a su jerga. La escena tiene que ser gráfica, visual”, le decía al ufólogo francés. Según Vallée, él propuso a Spielberg que los alienígenas transmitieran una serie de números, éstos fueran las coordenadas del lugar del aterrizaje de la nave nodriza y el descubrimiento lo hiciera un técnico con un globo terrestre. Al final, será el intérprete de Lacombe, geógrafo de profesión, quien dé con la respuesta en medio del caos.

Hynek y Vallée son las dos grandes figuras ufológicas de los años 70. En noviembre de 1978, el primero habla ante la Asamblea General de la ONU y pide -en un discurso consensuado con Vallée y otro ufólogo frandés, Claude Poher- que se cree una agencia multinacional que estudie el fenómeno. Hynek está convencido de que detrás de los ovnis hay “alguna forma de inteligencia”, pero no tiene claro si se trata de extraterrestre, de “una realidad superior” o de la mente humana. Y aboga por “la creación de un mecanismo dentro de las Naciones Unidas para facilitar el intercambio y la traducción de los informes y estudios realizados en distintos países miembros”. La iniciativa, apadrinada por Eric Gairy, primer ministro de la isla de Grenada, no llegará a buen puerto, aunque dejará para la posteridad las fotos de los ufólogos reunidos con Kurt Waldheim, entonces secretario general de la ONU.

El extraterrestre que dibujó Barney Hill en la consulta del psiquiatra Benjamin Simon.4. La película que encumbró a los grises. ¿De dónde sale el extraterrestre menudo, gris, cabezón y de ojos almendrados? El prototipo actual de tripulante de un platillo volante es una evolución del retrato robot que hizo Barney Hill de los alienígenas que, según él, le secuestraron junto a su esposa, Betty, en septiembre 1961 en una carretera secundaria de New Hampshire. “Los hombres tenían la cabeza de forma rara, con el cráneo grande que se empequeñecía hacia la barbilla. Y sus ojos se alargaban, llegando casi hasta las sienes. […] La piel era grisácea, de aspecto casi metálico”, contó Barney, bajo hipnosis, al psiquiatra Benjamin Simon. Betty, que era asistente social, describió a los visitantes como de aspecto “mongoloide: ese tipo de cara redonda y frente ancha, algo basto. Su piel parecía de un gris azulado, pero probablemente era algo mas blanca”, según recoge el periodista John G. Fuller en su libro El viaje interrumpido (1966), que narra el secuestro de los Hill.

Ese visitante de grandes ojos almendrados y piel gris se hace popular gracias, sobre todo, a The ufo incident (El incidente ovni), el telefilme de 1975 en el cual James Earl Jones da vida a Barney y Estelle Parsons, a Betty. Los secuestros por extraterrestres se multiplican tras la emisión de The ufo incident por la NBC en prime time. Hasta 1975 se habían registrado unas cincuenta abducciones, todas denunciadas después que la del matrimonio de New Hampshire, mientras que de 1975 a 1977 salieron a la luz cien nuevas.

Extraterrestre de 'El escudo Bellero'.Un leñador, Travis Walton, aseguró en noviembre de 1975 que había sido secuestrado por alienígenas como los de los Hill y, dos años más tarde, Steven Spielberg puso a los cabezones de ojos rasgados a los mandos de las luminosas naves de Encuentros en la tercera fase. Muchos después, el estudioso del mito ovni Martin Kottmeyer descubrió que, doce días antes de que Barney dibujara el retrato del alienígena ante su psiquiatra, extraterrestres con esos ojos protagonizaron El escudo Bellero, un episodio de la serie The outer limits (Más allá del límite). Ése fue el detonante. Luego, su presencia en los medios y en obras de ficción de gran impacto popular, como la película de Spielberg y la serie Expediente X, hizo que el gris se impusiera sobre todos los demás alienígenas que habían protagonizado relatos de ovnis desde mediados de los años 50.

Por cierto, el doctor Simon nunca creyó que los Hill hubieran sido secuestrados por extraterrestres. Para él, la historia se había cocinado en la mente de una Betty interesada por los ovnis y obsesionada por unas pesadillas que creía basadas en hechos reales y con las que bombardeó a Barney durante meses, hasta que las incorporó a su memoria como falsos recuerdos. En la época que se rueda Encuentros en la tercera fase, gran parte de la comunidad ufológica considera los secuestros por extraterrrestres algo increíble. Spielberg, sin embargo, incorpora las abducciones a la trama como hilo conductor, aunque parecen tener más un fin espiritual que físico, alejadas de la supuesta experimentación con humanos que con el tiempo ganará terreno en la ufología más popular.

La nave nodriza de 'Encuentros en al tercera fase'. A la derecha, en el borde del 'cuenco', está R2D2. Foto: Museo Nacional del Aire y del Espacio de la Institución Smithsoniana.5. R2D2 sobrevuela la Torre del Diablo. La gran nave extraterrestre contiene algunas miniaturas incluidas por su diseñador a modo de broma: un autobús, un avión, un submarino, un buzón de correos, una tumba… y a R2D2. La silueta del droide astromecánico de La guerra de las galaxias es visible cuando el gigantesco ovni se eleva sobre la Torre del Diablo ante el asombro de Jillian Guiler, la madre del niño secuestrado por los visitantes. Si R2D2 está en Encuentros en la tercera fase, que se rodó prácticamente a la vez que La guerra de las galaxias, es porque la nave nodriza la diseñó Ralph McQuarrie. Este artista creó buena parte del universo visual de la trilogía original de Lucas -incluidos Darth Vader, R2D2, C3PO, Han Solo, Boba Fett, Obi-Wan Kenobi, Yoda…-, y también la estética de series como Battlestar Galactica (1978) y filmes como En busca del arca perdida (1981), ET (1982), Cocoon (1985) y Star Trek IV. Misión: salvar la Tierra (1986).

R2D2, en la gran nave nodriza en la Torre del Diablo.

6. Spielberg y Lucas intercambian beneficios. “Te daré el 2,5% de mis beneficios de La guerra de las galaxias si me das el 2,5% de los tuyos de Encuentros en la tercera fase“, propuso George Lucas a Steven Spielberg en agosto de 1976 durante una visita al hangar de Mobile (Alabama) donde se rodaba la escena final de la Torre del Diablo. Lucas estaba convencido de que la película de su amigo iba a ser un éxito de taquilla, mientras que la suya no la iba a ver nadie de más de 12 años. Spielberg aceptó y Lucas se confundió… en parte. Encuentros en la tercera fase fue un taquillazo que sacó a Columbia de la bancarrota, pero La guerra de las galaxias fue un fenómeno cultural que aún persiste. En el documental que acompaña la edición en DVD del trigésimo aniversario, Spielberg reconoce que hizo bastante mejor negocio que su amigo.

7. La fallida continuación de Encuentros en la tercera fase. Tras el éxito de taquilla, Columbia presionó a Spielberg para que rodara una secuela. Él no quería hacerlo, pero tampoco que pasara como con Tiburón, cuya segunda parte rechazó dirigir para Universal y acabó siendo un bodrio. Así que ofreció a Columbia una especie de continuación de Encuentros en la tercera fase. En realidad, no era tal: se iba a titular Night skies (Cielos nocturnos) e iba a contar la historia de un grupo de personas asedidadas por unos violentos extraterrestres en un rancho de la América profunda.

Boceto de la apariencia de los intrusos hecho por Gary F. Hodson, de la 101ª División Aerotransportada, con base en Fuerte Campbell.La trama se basaba en un suceso ovni, el caso de Kelly-Hopkinsville, ocurrido el 21 de agosto de 1955 en la granja Sutton, en Kentucky, cuando, después de ver a las 19 horas una luz en el cielo, un grupo de lugareños sufrió el supuesto asedio de alienígenas durante horas. Ya de noche, los aterrorizados granjeros, que dispararon a sus presuntos atacantes, salieron huyendo en sus coches hasta la comisaría de Hopkinsville, cuyos agentes no encontraron en el rancho prueba alguna ni del aterrizaje de una nave ni de la presencia de intrusos. “En esa parte del país, la gente de la extracción social y económica de los testigos «dispara primero y pregunta después»”, escribió Hynek en The ufo experience. Para él, fue desde un principio un caso “claramente absurdo, hasta el extremo de ofender al sentido común”.

Spielberg renunció al final a trasladar el caso de Kelly-Hopkinsville a la pantalla grande porque, después el rodaje de En busca del arca perdida, quería trabajar en algo más tranquilo. Y así nació ET.  Las descripciones de los alienígenas de Kentucky -criaturas flotantes, sin cuello, de ojos saltones, grandes orejas puntiagudas y largos brazos- sirvieron como modelo para los gremlins de la película de Joe Dante. Por cierto, los visitantes aterradores del caso de Kelly-Hopkinsville fueron seguramente una pareja de gran búho cornudo (Bubo virginianus), según el ufólogo francés Renaud Leclet y el escéptico estadounidense Joe Nickell.

8. Spielberg, el escéptico. “Ya no estoy tan seguro de la presencia de vida extraterrestre entre nosotros como veinte años atrás -admite el cineasta en una entrevista del ufólogo Álex Chionetti publicada en agosto de 2005 en la revista Año Cero-. En los 70 yo estaba absolutamente convencido de que estábamos siendo visitados. Es lo que reflejé durante el rodaje de Encuentros en la tercera fase, y después con ET. Pero no me han convencido mucho las evidencias que se han aportado desde entonces. A diferencia de los años 60 y 70, ahora poseemos millones de videocámaras y, no obstante, no hemos conseguido mejores evidencias. Las imágenes de los ovnis de hace treinta años no han cambiado y siguen siendo de objetos que no requieren necesariamente una tecnología extraterrestre. En Encuentros en la tercera fase había diversos tipos de no identificados, muchos imaginados por mí, pero otros basados en hechos reales. Sin embargo, en todo el material de estos años no he llegado a ver un caso que se acercara a alguna de mis interpretaciones del fenómeno”.

El entrevistador discrepó. “No estoy de acuerdo”, replicó, y añadió que en los últimos años las pruebas habían seguido acumulándose. “Bueno, me gustaría ver esos vídeos, ya que nadie me ha demostrado todavía que existan evidencias más fuertes… Naturalmente, no lo niego… Por favor, hágamelos llegar a través de su contacto con mi publicista”, respondió Spielberg al colaborador de Año Cero. Pruebas es lo que pedimos los escépticos a quienes hacen proposiciones extraordinarias como que nos visitan seres de otros mundos.

Nota

Este texto está basado en parte de la charla ‘Encuentros en la tercera fase’ y el mito ovni, que di el 4 de mayo en Bilbao en una jornada organizada por la Tertulia de Ciencia-Ficción de Bilbao (TerBi), de la cual soy miembro.

La cara oculta del padre de la ufología: el extraño caso del doctor Hynek y el señor Hyde

El astrónomo Joseph Allen Hynek (1910-1986) es el Pablo de Tarso de la ufología. El hombre al que invocan desde hace más de cuarenta años los creyentes en los platillos volantes para intentar dar a su afición una pátina científica. Durante más de dos décadas, colaboró con la Fuerza Aérea de Estados Unidos en los proyectos Signo, Rencor y Libro Azul, buscando explicaciones convencionales para las observaciones de ovnis. Era entonces la bestia negra de los ufólogos. Sin embargo, a finales de los años 60, se cayó públicamente del caballo de la incredulidad para convertirse en el padre de la denominada ufología científica. Ese hito fundacional del credo ovni es -como pasa con todas las religiones- una leyenda, asegura John Franch en “The secret life of J. Allen Hynek” (La vida secreta de J. Allen Hynek), un artículo publicado en el último número de The Skeptical Inquirer, la revista del Comité para la Investigación Escéptica (CSI). Los hechos parecen darle la razón.

“La aparente transformación del profesor [Hynek] de escéptico a defensor de los ovnis no fue la conversión que parece a primera vista”, dice Franch, basándose en las memorias de Jacques Vallée. El astrofísico y ufólogo francés y Hynek se conocieron en 1962 en la Universidad del Noroeste (Illinois, Estados Unidos) y, un año más tarde, el primero, entonces estudiante de informática, se convirtió en secretario del segundo, de quien acabaría siendo la mano derecha. En Vallée está inspirado Claude Lacombe, el personaje interpretado por François Truffaut en Encuentros en la tercera fase (1977), película de Steven Spielberg de la cual Hynek fue asesor -el título se basa en su clasificación de los avistamientos de ovnis- y en la que aparece 8 segundos abriéndose paso entre el gentío durante el aterrizaje de la gran nave extraterrestre en la Torre del Diablo. El Hynek científico, serio y riguroso, alejado del esoterismo, habitual de los libros de autores como Antonio Ribera, se transmuta en los recuerdos de Vallée en alguien interesado por lo oculto desde la adolescencia.

Joseph Allen Hynek, en 'Encuentros en la tercera fase'.

El rosacruz

Según Hynek confesó al informático francés, y recoge Franch, se hizo astrónomo para descubrir los límites de la ciencia, los fenómenos inexplicados para ésta. En la adolescencia, se interesó por los rosacruces y, en el instituto, se gastó 100 dólares de la época en The secret teachings of all ages: an encyclopedic outline of masonic, hermetic, qabbalistic and rosicrucian symbolical philosophy (Las enseñanzas secretas de todas las épocas: un esbozo enciclopédico de la filosofía simbólica masónica, hermética, cabalística y rosacruz. 1928), obra magna del escritor canadiense Manly Palmer Hall. “Todos mis compañeros de estudios pensaban que estaba loco porque no me había comprado una moto, como habían hecho ellos”, le confesaría años después a Vallée.

Detrás del aparentemente escéptico que empezó a colaborar con la Fuerza Aérea en 1948, muy poco después del avistamiento de Kenneth Arnold que dio nombre al fenómeno de  los platillos volantes, había, por tanto, un apasionado por el ocultismo y los fenómenos presuntamente inexplicables. Y no fue un pecadillo de juventud, según se desprende de lo que Vallée contaba en una entrevista radiofónica  en 1993 acerca de su pasado rosacruz compartido. “Yo estaba encantado de saber que durante muchos años él [se refiere a Hynek] también había recogido información de la tradición. Los dos, por cierto, habíamos llegado a la misma conclusión, que realmente no necesitábamos una organización para continuar esa investigación, ya que hay muchas fuentes de todo y ese tipo de investigación se hace mejor independientemente. Sin embargo, esas organizaciones eran muy sinceras y nos facilitaron un buen comienzo”.

Joseph Allen Hynek y Jacques Vallée, en los años 70.Vallée desvela en esa entrevista que Hynek y otro astrónomo estadounidense viajaron en 1958 a Francia para visitar al ufólogo Aimé Michel y “salieron convencidos de que había descubierto algo importante”. Michel fue el patriarca de la ufología gala. Desarrolló en colaboración con Jacques Bergier, coautor con Louis Pauwels de El retorno de los brujos (1960), la teoría de las ortotenias, según la cual los casos de ovnis de la oleada francesa de 1954 se ordenaban sobre líneas rectas, una especie de aerovías para platillos volantes. Al final, Vallée concluyó en 1966 que las ortotenias eran debidas al azar. Todo el trabajo de Michel ha demostrado con el tiempo ser tan inútil como el de otros muchos ufólogos, así que el presunto entusiasmo de Hynek y su colega era infundado.

Escepticismo de fachada

Ya en 1960 Hynek empezó a apuntar que los ovnis podían merecer un estudio científico serio. En una carta que el 17 de febrero de ese año dirigió a un general de la Fuerza Aérea, y que cita Franch, decía: “Sólo necesito recordarle que, hace menos de dos siglos, todo lo referente a los meteoritos se mantenía al margen de la astronomía legítima porque las historias que piedras que caen del cielo se consideraban cuentos de viejas. Si esos hechos hubieran recibido la suficiente atención por parte de los científicos de entonces, la productiva rama de la astronomía que ahora conocemos como meteorítica hubiera nacido un siglo antes de lo que lo hizo”. El ejemplo de los meteoritos, junto con el caso de Galileo, se convertirá con el tiempo en uno de los mantras de la ufología. Poco después, Vallée y Hynek montaron un grupo de discusión ovni. Según el francés, el astrónomo estadounidiense estaba sólo a la espera de un caso inexplicable cuya evidencia resultara tan abrumadora que obligara a la comunidad científica a aceptar el fenómeno ovni como real.

El agente de policía Lonnie Zamora.Llegó. Fue el avistamiento en el que el policía Lonnie Zamora se topó con un extraño objeto y dos humanoides a las afueras de Socorro (Nuevo México) en la tarde del 24 de abril de 1964. El patrullero seguía a un Chevrolet negro que circulaba “a excesiva velocidad” por las afueras de Socorro cuando escuchó una fuerte explosión, así que abandonó la persecución para investigar. A entre 150 y 200 metros de distancia del lugar de la explosión, vio lo que en principio le pareció un automóvil volcado y a “dos personas en trajes blanco de mecánico”. A unos 30 metros del ovni, concluyó que era un “objeto de forma ovalada”, “liso, sin ventanas ni puertas”, “como de aluminio, blanco”. Se bajó del coche, oyó otro estruendo, vio una llama bajo el objeto, que empezó a despegar, echó a correr y se cayó junto a su auto, perdiendo las gafas. Siguió corriendo, mirando atrás de vez en cuando y escuchando silbidos y crepitaciones. Poco después, el extraño ingenio se perdía entre las montañas.

Cuando Hynek investigó el suceso, se quedó perplejo por el testimonio del policía y las huellas de la nave encontradas en el terreno. “Es el caso mejor documentado de la historia y, a pesar de una investigación exhaustiva, todavía no hemos podido identificar el vehículo o el estímulo que atemorizó a Zamora hasta el pánico”, escribió dos años más tarde el mayor Héctor Quintanilla, director entonces del Proyecto Libro Azul. “De todos los encuentros cercanos del tercer tipo, éste es el que con más claridad sugiere la presencia de un aparato volador real y concreto, acompañado por ruidos y propulsión”, dice Hynek en su libro El informe Hynek (1977). Según sus biógrafos, fue uno de los casos que le dio el empujón definitivo para salir del armario ufológico. Hoy en día, sabemos, gracias a una carta descubierta entre la correspondencia del premio Nobel Linus Pauling, que el caso de Socorro fue una broma montada por estudiantes del Instituto de Tecnología y Minería de Nuevo México (NM Tech).

En marzo de 1966, Hynek se vio envuelto en un episodio que le hizo objeto de mofa en todo el país. Achacó provisionalmente unas luces nocturnas vistas en Michigan por decenas de personas al gas de los pantanos. Ese episodio le hizo llegar sentirse culpable de su “actitud escéptica”. Un mes después, compareció ante un comité de congresistas y pidió que se formara un panel científico para analizar el problema de los ovnis, lo que con el tiempo sería el Comité Condon, dirigido por el físico Edward U. Condon, financiado por la Fuerza Aérea y con sede en la Universidad de Colorado.

El informe final de ese grupo de expertos, que examinó información de los archivos militares y las organizaciones privadas, supuso en 1969 la puntilla a las aspiraciones de la ufología por hacerse un hueco entre las disciplinas científicas: “Nuestra conclusión general es que, en los últimos veintiún años, el estudio de los ovnis no ha aportado nada al conocimiento científico. La consideración cuidadosa de la información que está a nuestra disposición nos lleva a concluir que un estudio adicional de los ovnis no puede justificarse con la expectativa de que la ciencia vaya a avanzar gracias a ello”. Este mazazo lanzó definitivamente a la ufología a Hynek, cuyo escepticismo público hasta entonces Franch califica de simple fachada. “Estudioso de lo oculto durante mucho tiempo, estaba abierto a outré notions: por ejemplo, creía que había más planos de existencia que el físico e incluso respaldo afirmaciones referentes a la cirugía psíquica y la fotografía psíquica“, recuerda en The Skeptical Inquirer.

Carta a ‘Science’

El astrónomo escribió el 1 de agosto de 1966 una carta a Science, que la revista publicó el 21 de octubre siguiente (Vol. 154, Nº 3.747) bajo el título de “Ufo’s merit scientific study” (El merecido estudio científico de los ovnis). En ella, dice sentirse ante sus colegas “como el viajero a tierras exóticas y lugares remotos que se descarga de su obligación hacia aquéllos que quedaron en casa informándoles de las extrañas costumbres de los nativos”. Reconoce que la mayoría de los casos que ha investigado para la Fuerza Aérea corresponde a identificaciones erróneas, pero añade que “el residuo de casos ovni misteriosos” hace necesaria una investigación por científicos de todas las áreas, incluidas las sociales.

Carta de Joseph Allen Hynek a la revista 'Science'. Foto: 'Science'.

En la misiva, que ocupa una página entera de la revista, Hynek aclara siete -a su juicio- ideas erróneas, como que los ovnis sólo los ven los creyentes, que los testigos son siempre gente sin formación, que los científicos no los ven… Respecto a su posible origen extraterrestre, admite que es cierto que no hay pruebas de ello, pero sentencia que, “mientras sean no identificados, la cuestión debe obviamente permanecer abierta”; se pregunta si “¿estaremos cometiendo el mismo error que la Academia de Ciencias Francesa cuando rechazaba las historias de piedras que caen del cielo?”; y concluye apelando a la provisionalidad del saber científico. “He empezado a sentir que hay una tendencia en la ciencia del siglo XX a olvidar que habrá una ciencia del siglo XXI y una ciencia del siglo XXX, que considerarán nuestro actual conocimiento del Universo insuficiente. Sufrimos, tal vez, de provincianismo temporal, de una forma de arrogancia que siempre ha irritado a la posteridad”.

El residuo enigmático, la existencia de casos con testigos cualificados y la provisionalidad del conocimiento científico fueron durante décadas las balas de plata de la ufología. Unas balas tan efectistas de cara al público como inútiles en la realidad. El propio Hynek nunca fue capaz de cuantificar debidamente el residuo de avistamientos inexplicados tras la pertinente investigación. Lo mismo hablaba del 20% que del 1%. Da igual: el problema del residuo ufológico es que no demuestra por sí solo nada extraordinario, al igual que el residuo de crímenes inexplicados no prueba que anden por ahí sueltos vampiros, hombres lobo y otros monstruos. La experiencia ha demostrado que los presuntamente mejores testigos, los pilotos militares, son tan poco fiables que el resto. Por citar un caso clásico, en enero de 1948, Thomas F. Mantell, capitán de la Guardia Nacional Aérea de Kentucky, murió cuando perseguía con su avión un globo de un proyecto secreto creyendo que era un platillo volante. Y, aunque es cierto que el conocimiento científico es provisional, casi setenta años después de la observación de los primeros ovnis, sigue sin haber pruebas de que sean algo más que las hadas de la era espacial.

“Sabemos con seguridad que están aquí”

En cuanto se declaró ufólogo, Hynek se convirtió en un símbolo viviente. Era el científico escéptico a quien las pruebas habían convencido de la realidad de las visitas de seres de otros mundos. Porque el astrónomo se reveló como un devoto de la llamada hipótesis extraterrestres a pesar de que en muchas intervenciones públicas -como la carta a Science– se mostrara cauto. Hasta 1969, había hecho gala de una doble personalidad apasionada por lo oculto de puertas adentro y científica ortodoxa de puertas afuera; desde ese momento, hizo lo mismo dentro de la ufología. En los foros de aficionados a lo paranormal y los ovnis, daba rienda a ideas descabelladas; de cara a la opinión pública y, sobre todo, a la comunidad científica, era más prudente.

Así, en agosto de 1976, calificaba en la revista People las abducciones de “basura” y decía que ninguno de los protagonistas de esos sucesos había sido capaz de proporcionar información “fiable”. Sin embargo, en la revista Ufo Report de ese mismo mes aseguraba que, aunque los encuentros con humanoides al principio le habían provocado rechazo, “ningún científico debería descartar datos simplemente porque no le gustan”. En Ufo Report también indicaba que cada vez apoyaba “menos y menos la idea de que los ovnis estuvieran hechos de tuercas y tornillos”, mientras que en People aseguraba que había “muchas pruebas de que los ovnis están hechos de tuercas y tornillos. ¿Cómo se explica, si no, que los detecte el radar? ¿Cómo se explican las huellas sobre el terreno?”.

“No hay duda de que el fenómeno ovni exhibe inteligencia. Aunque yo, sencillamente, no sé de dónde proviene esa inteligencia. Puede venir de grandísimas distancias, y también puede ser que venga de un lugar más cercano, de una realidad paralela”, decía el 17 de diciembre de 1982 en CX 20 Radio Monte Carlo, una de las emisoras de radio con más audiencia de Uruguay. En esa misma entrevista, reproducida por Antonio Ribera en su libro Las máquinas del Cosmos (1983), se mostraba convencido de que los ovnis eran “muestras de una tecnología fuera de la terrestre” y de que esos visitantes llegaban a la Tierra “sin emplear ninguno de los medios técnicos que nosotros conocemos. Podemos suponer, por ejemplo, que han aprendido a manipular el espacio y el tiempo, o a ir desde su lugar físico, a través de otra dimensión, a nuestro lugar físico, o bien a enviar una forma mental que al llegar aquí se materializa. Lo único que sabemos con seguridad es que están aquí. Y la otra cosa que sabemos con seguridad es que son inteligentes”.

Opiniones al gusto

'The ufo experience', de Joseph Allen Hynek.Hynek fue, posiblemente desde el principio de la era ovni, un creyente en las visitas extraterrestres, aunque no se destapara como tal hasta que creyó tener pruebas que apoyaran su punto de vista. Pruebas como el fraudulento aterrizaje de Socorro. Pero, entonces, ¿por qué colaboró durante más de dos décadas con los militares? Para Bruce Rux, autor del libro Architects of the underworld (Arquitectos del inframundo, 1996), la integridad de Vallée a la hora de aproximarse al fenómeno ovni es “más evidente” que la de Hynek. “Parece como si Hynek hubiera estado dispuesto a desempeñar deliberadamente el papel de relaciones públicas de la Fuerza Aérea de relaciones públicas, poniéndose al frente de la comunidad científica, con el fin de que se le permitiera llevar a cabo su propia investigación privada. En otras palabras, que sacrificó la verdad de cara al público para que le dieran la oportunidad de descubrirla por sí mismo”, escribe Rux.  Suena conspiranoico, pero no es el único que lo dice. Es algo que apuntan autores creyentes y escépticos. Ciertamente, vista la trayectoria vital anterior y posterior de nuestro protagonista, resulta creíble que decidiera colaborar con los militares, aunque fuera a costa de sacrificar sus creencias, sólo para tener acceso a información privilegiada.

Tras su salto a la ufología, Hynek fundó en 1973 el Centro para el Estudio de los Ovnis (CUFOS) y escribió dos libros en solitario sobre el fenómeno, The Ufo Experience (La experiencia ovni, 1972) y The Hynek Ufo Report (El informe Hynek, 1977). En el primero, divide los avistamientos de platillos volantes en observaciones lejanas y cercanas, las que tienen lugar a menos de 150 metros. Dentro de las primeras, distingue las luces nocturnas, los discos diurnos y los objetos detectados por radar, mientras que divide las segundas en encuentros cercanos del primer tipo -el objeto no interactúa ni con el testigo ni con el entorno-, del segundo tipo -deja pruebas en forma de huellas, quemaduras…- y del tercer tipo -se hacen visibles los tripulantes-, que son los que dan título a la película de Spielberg.

Si como científico había mantenido en secreto su pasión por el ocultismo, como ufólogo también tuvo hasta el final un doble discurso que le sitúa, en muchas ocasiones, en el bando de la ufología más disparatada. Así, junto con Uri Geller e Ingo Swann, fue en junio de 1976 una de las estrellas de un congreso sobre experiencias extracorporales, precognición, sanación espiritual y otras patrañas. Y, en un discurso ante la Hermandad Fronteras Espirituales en julio de 1979, se sintió “más libre para discutir los aspectos más esotéricos de los ovnis” porque su audiencia había tenido “una cierta expansión de la conciencia” y estaba abierta a posibilidades a las cuales “una persona con una visión materialista, como los científicos en general, no lo están”. Aprovechó la ocasión para alabar los experimentos parapsicológicos de Joseph B. Rhine y, ya en su campo, especular con la posibilidad de que la inteligencia existente detrás de los ovnis procediera no de otro planeta, sino de una realidad paralela o hasta fuera una expresión “de nuestra energía psíquica de algún modo extraño”.

Hynek “habla sobre los ovnis de un modo cuando escribe para el Instituto Tecnológico de Massachusetts, cuando habla contigo y cuando habla con astrónomos, pero de otro muy diferente cuando lo hace ante creyentes en los ovnis”, apuntaba el periodista y escéptico Philip J. Klass a Kendrick Frazier, director de The Skeptical Inquirer, en una carta en 1983. Klass admiraba a James E. McDonald, físico y ufologo, porque tenía el mismo discurso siempre independientemente del foro en el que hablara y consideraba que, por su “honestidad intelectual”, merecía su respeto. Sin embargo, despreciaba profundamente a Hynek por adaptar sus opiniones a lo que le convenía en cada momento y lugar.

Así era el astrónomo Joseph Allen Hynek, el padre de la ufología.

Pasaporte a Magonia

Ilustración: Iker Ayestarán.

Los campesinos franceses creían hace 1.200 años que existía en las nubes una ciudad, llamada Magonia, en la que vivían unos brujos, los tempestarios, capaces de enviar tormentas para arruinar las cosechas. La creencia nació durante el reinado de Pipino el Breve (751-768), después de que los silfos, espíritus del aire, empezaron a manifestarse en el cielo, según recoge el abate Nicolás de Montfaucon de Villars (1635-1673) en sus Coloquios sobre las ciencias ocultas. “Se veía por los aires a esas admirables criaturas de aspecto humano, formadas de pronto en orden de batalla, desfilando, permaneciendo en armas, o acampadas bajo soberbios pabellones; o en navíos aéreos de admirable estructura en los que la flota volante navegaba a la deriva de los vientos”.

Cuenta Montfaucon de Villars que el miedo popular a los silfos fue refrendado por sabios y teólogos, hasta el punto de que Carlomagno y su hijo Ludovico Pío “impusieron severos castigos a estos pretendidos tiranos del aire”. Y que un día los vecinos de Lyon capturaron a tres hombres y una mujer que creían que habían llegado de Magonia en un barco volador. Los acusaban de ser magos enviados por un enemigo de Carlomagno para arrasar los campos e iban a lapidarlos cuando medió Agobardo, obispo de Lyon, quien dictaminó que no eran tempestarios, por lo que fueron liberados. El clérigo se pronunció contra esta superstición en su libro Contra insulsam vulgi opinionem de grandine et tonitruis (Contra las necias opiniones del vulgo sobre el granizo y el trueno).

El país de los ovnis

Magonia permaneció durante siglos en las nubes, ajena a los hombres, hasta que el ufólogo francés Jacques Vallée propuso en 1969 que “los seres de los ovnis actuales pertenecen al mismo tipo de manifestaciones que se describían en siglos pasados secuestrando humanos y volando a través de los cielos”. Lo hizo en Pasaporte a Magonia, una obra en la que tiende un puente entre las visiones extraterrestres y las de ángeles, demonios, hadas y elfos. Todas son, para él, manifestaciones de un mismo fenómeno.

En su libro Dimensions, Vallée escribió en 1989 que “Magonia constituye una suerte de universo paralelo que coexiste con el nuestro”. La idea de una realidad alternativa que estaría en el origen de cosas tan dispares como los ovnis, los monstruos y los fenómenos psíquicos tuvo en John Keel, un escritor esotérico estadounidense recientemente fallecido, uno de sus principales impulsores. Keel empezó como ufólogo, pero renegó en 1967 del origen extraterrestre de los platillos volantes para defender que son una manifestación ultraterrestre, “procedente de otro orden de existencia”, como el resto de los fenómenos paranormales.

Magonia está hoy en día por todos lados en forma de fantasmas, extraterrestres, profecías, desapariciones, curaciones milagrosas, monstruos y otros prodigios predicados por algunos como hechos incuestionables. ¿Pero lo son de verdad o estamos ante algo equiparable a los ejércitos que desfilaban por el cielo en tiempos de Pipino el Breve?

Publicado originalmente en el diario El Correo.

Treinta años de ‘Encuentros en la tercera fase’

Anuncio del estreno de 'Encuentros en la tercera fase' publicado en 'El Correo' el 17 de marzo de 1978.

Vi Encuentros en la tercera fase (1977) en el desaparecido cine Astoria de Bilbao en abril de 1978, meses después de haber alucinado en la misma sala con La guerra de las galaxias (1977). Salí de la proyección, a la que fui con mi hermano, impresionado por la historia y el despliegue de efectos especiales. Es posible -no lo puedo asegurar- que esta cinta me acabara por lanzar en los brazos del fenómeno de los platillos volantes, que consideré un auténtico enigma durante la adolescencia. Después, he visto la película de Steven Spielberg varias veces, aunque de otro modo, quizá porque es una obra con una carga religiosa que la enriquece a quien la ve con fe.

“Para aquéllos que no pueden creer en la Segunda Venida, ni en las esperanzas mesiánicas del judaísmo ortodoxo, ¡están los ovnis! Si la Tierra está siendo visitada por extraterrestres, si el cielo (como señala un sahdu indú en Encuentros) está cantando para nosotros, seguramente los alienígenas deben ser amistosos o ya nos habríamos enterado de lo contrario. Esta posibilidad infantil es la que ha mantenido en el candelero a los platillos volantes durante treinta años. ¡Treinta años! Exactamente la edad del señor Spielberg”, escribió Martin Gardner en 1978 en The New York Review of Books. En ese texto, publicado en español en La ciencia: lo bueno, lo malo y lo falso (1981), el divulgador científico y escéptico fustiga sin piedad la novelizaciónde la película firmada por el cineasta y califica el credo ufológico de religión pop.

Coincido con Gardner en que el libro de Spielberg se le cae a uno de las manos -fui incapaz de leerlo en su día y eso que he leído cosas muy, muy malas- y en que estamos ante una película equiparable a esas epopeyas religiosas con las que ciertas cadenas de televisión castigan a la audiencia en Navidad y Semana Santa, época esta última en la que mi debilidad es La vida de Brian (1979). Sin embargo, Encuentros en la tercera fase me sigue gustando, al igual que, a pesar de las críticas de muchos amigos escépticos, me encanta Expediente X. Por eso, celebro que, con motivo del trigésimo aniversario de su estreno en Estados Unidos, haya salido a la venta un paquete con la versión original, la especial, el montaje de 1998 y tres documentales.

Ufólogos en la pantalla grande

'The ufo experience', de Joseph Allen Hynek.El hombre que está en el origen de Encuentros en la tecera fase murió en abril de 1986, a los 75 años. Se llamaba Joseph Allen Hynek y era astrónomo. Fue asesor de los proyectos Signo, Imán, Rencor y Libro Azul, nombres en clave de los estudios sobre ovnis de la Fuerza Aérea de Estados Unidos entre 1947 y 1969. Explicaba convencionalmente sucesos en los que los ufólogos veían extraterrestres. Poco después de que la Fuerza Aérea abandonara en 1969 las investigaciones sobre platillos volantes por considerar que éstos ni eran producto de una tecnología avanzada ni una amenaza para EE UU, se cayó del caballo y se convirtió a la fe alienígena.

Hynek publicó en 1972 The ufo experience (La experiencia ovni). En este libro, divide los avistamientos de platillos volantes en observaciones lejanas y cercanas, siendo estas últimas las que tienen lugar a menos de 150 metros. Dentro de las primeras, distingue las luces nocturnas, los discos diurnos y los objetos detectados por radar, mientras que divide las segundas en encuentros cercanos del primer tipo -el objeto no interactúa ni con el testigo ni con el entorno-, del segundo tipo -deja pruebas en forma de huellas, quemaduras…- y del tercer tipo -se hacen visibles los tripulantes-, que son los que dan título a la película de ovnis más famosa.

Encuentros en la tercera fase -errónea traducción de Close encounters of the third kind– es un recorrido por la clasificación de Hynek, quien fue asesor técnico de la película. La acción arranca con las luces nocturnas, elude los discos diurnos -ver los ingenios alienígenas claramente hubiera minado la apoteosis final- y culmina con el descenso de los tripulantes de una gran nave en la Torre del Diablo, en Wyoming. Entre los asistentes a ese primer contacto, está Hynek, quien protagoniza 8 segundos de la cinta en los que se abre paso entre el gentío, con su barba de chivo, bata blanca y chupando una pipa. Pero hay otro ufólogo con mayor protagonismo en la trama.

Joseph Allen Hynek y Jacques Vallée, en los años 70.Interpretado por François Truffaut, el francés Claude Lacombe es quien descubre el lenguaje musical de los extraterrestres de Spielberg. El personaje está inspirado en Jacques Vallée, astrónomo y ufólogo galo que en 1969 se doctoró en Informática por la Universidad del Noroeste (Illinois), donde conoció a Hynek. Vallée es autor de Pasaporte a Magonia (1969), libro en el que propuso que “los seres de los ovnis actuales pertenecen al mismo tipo de manifestaciones que se describían en siglos pasados secuestrando humanos y volando a través de los cielos”. Ángeles, demonios, hadas, elfos y extraterrestres eran, para él, diferentes denominaciones para unos mismos entes de otra dimensión que han influido en la historia humana.

El prototipo de extraterrestre

El comienzo y parte del final de Encuentros en la tercera fase son guiños al misterio del triángulo de las Bermudas, fabricado por Charles Berlitz y otros autores con alergia a la verdad. Al principio, Lacombe identifica en el desierto mexicano de Sonora un escuadrón de aviones torpederos desaparecidos en aguas del Atlántico, frente a Florida, el 5 de diciembre de 1945, el llamado Vuelo 19. Los aparatos están intactos; sólo faltan las tripulaciones. Al final, los militares desaparecidos en 1945 descienden de la gran nave extraterrestre, y el ufólogo comprueba que no han envejecido. Lacombe y el electricista Roy Neary, interpretado por Richard Dreyfuss, viven sendas conversiones al credo alienígena: el primero, a través de la investigación de una sucesión de avistamientos; el segundo, por su obsesión tras un encuentro cercano del segundo tipo en el que un ovni vuelve loco el instrumental de su furgoneta.

Roy Neary, rodeado por los extraterrestres en 'Encuentros en la tercera fase'.Encuentros en la tercera fase fue para Spielberg una película especial. En aquella época, creía en las visitas alienígenas. Pero el tiempo no pasa en vano. “Ya no estoy tan seguro de la presencia de vida extraterrestre entre nosotros como veinte años atrás -admitía el cineasta hace dos años-. En los 70 yo estaba absolutamente convencido de que estábamos siendo visitados. Es lo que reflejé durante el rodaje de Encuentros en la tercera fase, y después con ET. Pero no me han convencido mucho las pruebas que se han aportado desde entonces. A diferencia de los años 60 y 70, ahora poseemos millones de videocámaras y, no obstante, no hemos conseguido mejores evidencias. Las imágenes de los ovnis de hace treinta años no han cambiado y siguen siendo de objetos que no requieren necesariamente una tecnología extraterrestre”.

La influencia de Encuentros en la tercera fase en la cultura popular es evidente. El prototipo actual de alienígena -flacucho, cabezón y gris- se impuso al resto gracias a esta película. “Spielberg triunfó tanto en la creación de la imagen canónica del ET postmoderno como en proporcionar una explicación a por qué no lo vemos: todo se debe a un encubrimiento gubernamental“, destaca el historiador del arte John F. Moffitt en su libro Picturing extraterrestrials. Alien images in modern mass culture (Dibujando extraterrestres. Imágenes alienígenas en la moderna cultura de masas). Desde el primer contacto de la Torre del Diablo, los extraterrestres son grises. Si no, no son creíbles.