Hermanas Fox

El espiritismo, en M80 Radio

Juan Luis CanoMaría Gómez y yo hablamos el lunes del espiritismo, en la novena entrega de la temporada de mi colaboración semanal en ¡Arriba España!, en M80 Radio. Si quiere, puede escuchar el programa completo.

‘El archivo del misterio’: el origen del espiritismo

“Si no crees, tienes que verlo”. Con este eslogan promocionaba Telecinco en 2010 el programa Más Allá de la vida. En él, la médium británica Anne Germain ponía en contacto a personajes populares con sus muertos, previo pago de dinero a los famosos. Desde el principio quedó claro que aquello era un montaje -muy rentable- en el que se mezclaban la lectura fría, la documentación de revistas del corazón y las generalidades que soltaba la vidente con su desvergüenza y la de sus compañeros de aventura. Pude comprobar en directo que Anne Germain escenificaba su engaño muy mal, pero es que, encima, no había inventado nada.

Maggie, Kate y Leah, las hermanas Fox.Los médiums televisivos llevan décadas triunfando en Estados Unidos de la mano de desaprensivos como John Edward y James Van Praagh. Son los herederos digitales de dos niñas, Kate y Maggie Fox, que en 1848 gastaron a su madre una broma del April Fools Day (el Día de los Inocentes anglosajón) en una cabaña de Hydesville (Nueva York). Las pequeñas hacían por la noche ruido con las articulaciones de los pies, pero la mujer creyó que los sonidos eran manifestaciones de un espíritu. Una hermana mayor, Ann Leah, vio el negocio, se convirtió en la representante de las niñas, y el trío empezó a cobrar por poner a la gente en contacto con sus difuntos. Las ganancias fueron dese el principio enormes: traducido a dinero actual, entre 2.700 y 4.000 dólares al día. Con ese horizonte de negocio, los médiums se multiplicaron rápidamente por Occidente y, cuando las niñas confesaron el fraude décadas después, el espiritismo era ya una religión imparable.

Junto con los vendedores de curas milagrosas, los videntes que aseguran hablar con los muertos son los charlatanes que más me asquean. Son carroñeros que se alimentan de algo tan humano como el dolor por la pérdida de un ser querido. Carecen de escrúpulos y se ríen a la cara de sus víctimas, gente como usted y como yo que ha sufrido una pérdida y que siente que algo le falta. Ningún calificativo hace justicia a tanta indecencia y nadie está libre de caer en un engaño así. Le pasó a Arthur Conan Doyle, le pasa al actor Ted Danson y le ocurre a mucha gente normal y corriente a nuestro alrededor. Yo tuve oportunidad de comprobarlo cuando asistí al espectáculo de Anne Germain previo pago de 80 euros.

Si quieren profundizar en el caso de las hermanas Fox, pueden hacerlo en mi libro El peligro de creer. Les adelanto que fue el capítulo que más me costó por las dificultades a la hora de consultar documentos y libros de la época, pero también el que más me satisfizo cuando conseguí montar un puzle que creo que explica bastante bien los hechos.

La güija, un inofensivo juego de mesa

Imagen de un salón parisino en 1853, con personas jugando a las mesas parlantes, publicada por la revista francesa 'L'Illustration'.

La tabla o cartón con letras y números por la cual, desde hace generaciones, adolescentes de todo el mundo intentan -y algunos lo consiguen- hacer correr una vaso con el poder de la mente nació como un juguete en el siglo XIX. La güija fue el último eslabón evolutivo de los tableros parlantes de los albores del espiritismo, gracias a los cuales podían recibirse mensajes complejos de los espíritus sin el desgaste físico que suponían en muchas ocasiones las mesas tambaleantes o giratorias.

Poco después de que David Fox se pusiera, en 1851 en Hydesville, a recitar el alfabeto y pedir al espíritu que contactaba con sus hermanas Maggie y Kate que diera golpes al sonar la letra correcta, surgió el fenómeno de las mesas parlantes. Un grupo de personas se sentaba alrededor de una mesa, preferiblemente de tres patas, con las manos apoyadas en ella y se concentraba para que ésta se tambaleara y diera golpes con sus patas o girara en un sentido determinado, después de establecer un código de comunicación con el supuesto espíritu. Los participantes tenían que esperar a veces mucho tiempo hasta que el mueble empezaba a girar, pero el espectáculo podía acabar con los reunidos corriendo alrededor de la mesa hasta que ésta iba tan rápido que perdían el contacto físico y se paraba.

Para mensajes más complejos que un sí o no, se recurría al orden de las letras en el alfabeto. “El objeto móvil daba una cantidad de golpes que correspondía al número de orden de cada letra. Se llegaba así a formar palabras y frases que respondían a las preguntas que se habían formulado”, explica Allan Kardec, pseudónimo del pedagogo y espiritista francés Hippolyte Léon Denizard Rivail, en El libro de los espíritus (1857). A mediados de 1853, las mesas parlantes causaban sensación en Estados Unidos y Europa Occidental, incluida España.

Según Kardec, fueron los propios espíritus los que animaron a sus seguidores a “adaptar un lápiz a una cesta u otro objeto” para superar el “lento e incómodo” sistema de las mesas tambaleantes o giratorias. “Dicho consejo fue transmitido simultáneamente en Estados Unidos, en Francia y en otros países. Éstos son los términos en que lo recibió en París, el 10 de junio de 1853, uno de los más fervientes adeptos de la doctrina, que hacía ya varios años -desde 1849- se ocupaba de la evocación de los espíritus: «Ve al cuarto de al lado y toma la cestita; átale un lápiz; colócala sobre el papel; pon los dedos en el borde». Unos instantes más tarde, la cesta se puso en movimiento y el lápiz escribió de modo muy legible esta frase: «Esto que os he dicho, os prohibo expresamente que se lo digáis a nadie; la primera vez que escriba, lo haré mejor»”.

De la escritura automática al tablero alfabético

La primera 'güija' de Kennard Novelty Company.Los espiritistas no guardaron el secreto, modificaron el dispositivo para su comodidad -sustituyendo la cesta por una tablilla a la que habitualmente se referirán como planchette, lo que podría apuntar al origen francés de la técnica o ser simple esnobismo- y empezaron a recibir largos discursos desde el Más Allá. Con forma de corazón, el dispositivo típico era una tablilla con dos ruedas bajo cada una de las aurículas y un agujero en la punta para meter un lápiz como tercer punto de apoyo. El médium posaba la mano sobre la tablilla, ésta empezaba a moverse por la mesa, y el lápiz a escribir, por voluntad de los espíritus. Si el uso de las mesas tambaleantes resultaba tedioso, el resultado de la escritura automática mediante tablilla era muchas veces difícil de leer, así que algunos espiritistas optaron por sujetar el lápiz directamente con la mano y otros empezaron a utilizarr la tablilla como indicador sobre un tablero con las letras del alfabeto, los diez números y expresiones como , no y adiós. Había nacido la güija.

Tal como la conocemos hoy, la güija apareció en la segunda mitad del siglo XIX. ¿Exactamente cuándo? Nadie ha llegado a precisarlo. En octubre de 1871, el médico y zoólogo inglés William Benjamin Carpenter cuenta, en Quarterly Review, el caso de dos mujeres de su confianza que se comunicaban con los espíritus mediante el “original método” de unir a la tablilla un puntero, “de tal modo que indicara las letras y números sobre una cartulina”. “Una de ellas era una firme creyente en la realidad de su comunicación con el mundo de los espíritus, y su planchette estaba en continuo movimiento bajo sus manos, indicando letras y números en la cartulina como si se tratara de un telégrafo sobre el que actúa la comunicación galvánica”, dice al recordar una sesión a la que asistió con otros dos amigos médicos.

Carpenter estaba convencido de que ése y otros hechos aparentemente paranormales tenían explicación psicológica y no requerían de ningún tipo de fenómeno sobrenatural. Así que le dijo a la mujer que creía que era su cerebro, a través de sus músculos, el que movía la tablilla. Y le sugirió una manera fácil de comprobarlo: la vendaba los ojos, hacían preguntas a los espíritus y, si realmente la guiaban, la planchette respondería coherentemente, aunque la médium estuviera cegada. “Si son sus propias manos las que mueven la tablilla, ésta no dará respuestas lógicas excepto bajo la guía de su vista”, le advirtió. La mujer rechazó someterse al experimento.

Ésa es la realidad de la güija: los espíritus aciertan cuando los participantes ven el tablero y alguno de ellos conoce la respuesta a las preguntas. Es sólo un juego que, cuando todos los reunidos alrededor de la mesa son honrados, funciona por el efecto ideomotor, que hace que nuestras creencias y expectativas se reflejen en movimientos musculares inconscientes y, cuando hay algún pícaro entre los participantes, por la voluntad de éste.

Marca registrada

Primera página de la patente de la güija, de 1891.La güija fue al principio algo artesanal que la gente confeccionaba pintando letras y números en un tablero de cartón o madera, pero pronto hubo un gremio que vio en ella un negocio: el juguetero. El 28 de mayo de 1890, Elijah Bond presenta en Baltimore (Maryland, Estados Unidos) una solicitud de patente como juguete de la “ouija o tablero de la fortuna egipcio”. El fin del juego, explica el autoproclamado inventor del artilugio, es que “dos o más personas puedan divertirse haciendo preguntas de cualquier tipo para que las conteste el dispositivo utilizado, operado por el toque de la mano, de manera que las respuestas se obtengan a través de las letras de un tablero”. Le adjudicaron la patente número 446.054 el 10 de febrero del año siguiente en beneficio de Charles W. Kennard y William H.A. Maupin, dos de los socios de la juguetera Kennard Novelty Company, firma de Baltimore que siete días antes había registrado la marca ouija.

La compañía empieza a vender su “maravilloso tablero parlante” de madera a 1,5 dólares, presentándolo en la caja como algo “misterioso y entretenido”, “divertido, científico e instructivo”. Es un gran negocio. Abren fábricas en Baltimore, Nueva York, Chicago y Londres, y en 1892 Bond y Kennard abandonan la empresa por discrepancias con el resto de los accionistas. Uno de ellos, William Fuld queda al frente de la rebautizada Ouija Novelty Company. Los socios mayoritarios licencian en 1898 la comercialización de la güija, los tableros parlantes se multiplican y los beneficios aumentan. Fuld intenta reescribir la historia para pasar a ella como el inventor del juguete -el 27 de febrero de 1927, The New York Times titula su obituario: “El inventor del tablero de la ouija muere al caer de un tejado”- y acaba haciéndose con los derechos de la patente y la marca, que sus herederos venden en 1966 a la juguetera Parker Brothers, hoy parte de Hasbro.

A pesar de la insistencia con que los divulgadores de lo paranormal hablan de los peligros de la güija, de la que dicen algunos que “permitiría abrir de par en par las puertas hacia dimensiones cercanas e imperceptibles a la nuestra”, éstos son tan reales como los de los juegos de rol. Desde el nacimiento del juguete, se conocen casos de personas demasiado susceptibles o desequilibradas a las que los mensajes de la güija han perturbado, pero son minoría. La mayoría lo tomó durante décadas como un inocente divertimento hasta que William Peter Blatty hizo que una sesión de güija fuera el detonante de la posesión de la joven Regan MacNeil, la endemoniada más famosa.

La historia de El exorcista está tan basada en hechos reales como una aventura de Indiana Jones. Y lo mismo pasa con la película Ouija, que ahora llega a los cines españoles para sembrar el terror en las salas . Es cierto que los hechos en los que basó su relato Blatty comenzaron después de una sesión de güija, pero también lo es que el muchacho que los protagonizó no hizo ninguna de las cosas que hace en la película Linda Blair -ni hablar lenguas desocnocidas para él, ni levitar, ni girar la cabeza, ni nada- y, según el escritor estadounidense Mark Opsasnick -que le conoció-, sufría “de algo que la moderna psiquiatría podía haber diagnosticado correctamente”.

El espiritismo nació como una broma infantil del 1 de abril

El herrero John Fox, su esposa Margaret y sus dos hijas pequeñas, Kate y Maggie, de 11 y 14 años, se mudaron a Hydesville, un pueblo próximo a Rochester (Nueva York, Estados Unidos), a mediados de diciembre 1847. Tres meses después, se empezaron a escuchar extraños golpes en la habitación donde dormían todos, la pareja buscó su origen por la casa y no encontró nada.

“El 30 de marzo nos molestaron toda la noche. Los ruidos se oían en toda la casa. Mi marido salió del cuarto y se puso al otro lado de la puertas mientras que yo me quedaba dentro, y los golpes se produjeron en la puerta que había entre nosotros. Oímos pasos en la despensa y bajando las escaleras. No podíamos descansar y llegué a la conclusión de que la casa estaba encantada por algún espíritu infeliz e inquieto. Había oído hablar muchas veces de esas cosas, pero nunca había visto nada parecido”, escribió días después la mujer en una declaración.

Al día siguiente, 31 de marzo, decidieron acostarse pronto con la intención de ignorar los ruidos y descansar. John Fox no estaba todavía en el cuarto cuando comenzaron los golpes. Las pequeñas, según su madre, “trataban de hacer ruidos similares con los dedos”. “Mi hija menor, Kate, dijo mientras daba palmadas: «Señor Splitfoot [nombre coloquial dado al Diablo], haz lo que haga». El sonido inmediatamente le respondió con el mismo número de golpes. Cuando se detuvo, el sonido cesó por un corto espacio de tiempo y, entonces, Margaretta dijo dando palmadas: «Ahora, como hago yo. Cuenta uno, dos, tres, cuatro». Y los golpes volvieron a sonar como antes. [A Maggie] Le daba miedo repetirlo. Kate dijo entonces en su simplicidad infantil: «¡Oh, mamá! Sé lo que pasa. Mañana es el April Fools Day (el Día de los Inocentes anglosajón, que se celebra el 1 de abril) y alguien intenta tomarnos el pelo»”.

Los espíritus, puestos a prueba

Maggie, Kate y Leah, las hermanas Fox.Margaret Fox no creyó a su hija de 11 años y se le ocurrió un modo de “poner una prueba” el origen de los golpes. “Le pregunté al ruido las edades de mis hijos, sucesivamente. Al instante, me dio cada una de las edades de mis hijos correctamente, haciendo una pausa entre cada uno de ellos el tiempo suficiente para individualizar hasta el séptimo, cuando hizo una pausa más larga y luego dio tres más golpes contundentes correspondientes a la edad del pequeño que murió, mi hijo menor”. Y Margaret preguntó: “¿Es un ser humano el que responde a mis preguntas tan correctamente?” Al no recibir ninguna respuesta, lanzó la siguiente pregunta: “¿Eres un espíritu? Si lo eres, da dos golpes”. Y se escucharon dos golpes.

Así nació el espiritismo. Poco después, los Fox idearon un sencillo sistema de comunicación: tres golpes significaban ; uno, no. Y, más tarde, uno de los hijos mayores, David, ideó un método que permitía a los espíritus construir frases: recitaba el alfabeto y pedía que se señalara con un golpe la letra apropiada. Fue así como desde el Más Allá indicaron a las pequeñas Kate y Maggie que debían dedicarse a la mediumnidad. Lo hicieron, ganaron muchísimo dinero y crearon escuela. Todos los médiums, desde el más humilde hasta John Edward y Anne Germain, se aprovechan del dolor ajeno y del miedo a la muerte para timar a incautos, tal como hacían las hermanas Fox, la fundadoras del espiritismo, ya en el siglo XIX.

Desde el principio hubo quien sospechó que todo era un engaño y, al final, así lo reconoció Maggie en la Academia de Música de Nueva York el 21 de octubre de 1888. “Estoy aquí esta noche, como una de las fundadoras del espiritismo, para denunciarlo como un fraude de principio a fin, como la más enfermiza de las supersticiones y la blasfemia más malvada que ha conocido el mundo”, dijo en un repleto auditorio antes de hacer una demostración pública de sus trucos, el primero de los cuales era hacer crujir los huesos de los dedos de los pies. “Queríamos aterrorizar a nuestra querida madre, que era una mujer muy buena y muy impresionable”, añadió. Kate lo había advertido. “¡Oh, mamá! Sé lo que pasa. Mañana es el April Fools Day y alguien intenta tomarnos el pelo”, había dicho a su madre la noche que nació el espiritismo. La mujer no le creyó y una broma infantil dio lugar a uno de los grandes negocios del engaño, el de la comunicación con los muertos.