Elizabeth Loftus

Implantan falsos recuerdos en ratones

Investigadores del Centro RIKEN-MIT de Genética de Circuitos Neurales de Estados Unidos han conseguido implantar memorias falsas en ratones y que se activen en los animales las mismas regiones cerebrales que reaccionan ante recuerdos de amenazas reales, publica hoy la revista Science. “En cierto sentido, el animal parece haber sentido el recuerdo falso como si fuera real“, ha dicho Xi Liu, uno de los firmantes del artículo. Los autores del trabajo creen que servirá para avanzar en el conocimiento de cómo y por qué se forman las memorias falsas en los humanos.

Al igual que los replicantes de Blade runner (1982) recordaban una infancia que nunca vivieron, nosotros recordamos a veces cosas que no han sucedido. De hecho, nunca revivimos el pasado tal como fue porque nuestro cerebro no funciona como una grabadora de audio, vídeo y otras sensaciones. Nuestros recuerdos se almacenan en conjuntos de neuronas que pueden compararse con las piezas de un juego de construcción, explican los investigadores. Cuando recordamos algo, añaden, reconstruimos el pasado a partir de esos bloques de datos, pero el mero hecho de acceder a un recuerdo lo modifica y distorsiona. Por eso, los testimonios no son en sí una fuente fiable. “Casi tres cuartas partes de las primeras 250 personas exoneradas por pruebas de ADN en EE UU fueron víctimas de testimonios defectuosos de testigos presenciales”, señalan los autores.

El nuevo estudio proporciona el primer modelo animal para estudiar los falsos y auténticos recuerdos a escala de celular. Susumu Tonegawa y su equipo han implantado en ratones modificados genéticamente recuerdos falsos mediante la manipulación de conjuntos de neuronas del hipocampo, la parte del cerebro clave en la creación y almacenamiento de memorias. Tonegawa ganó el Nobel de Medicina en 1987 por el “descubrimiento de los principios genéticos para la generación de la diversidad de anticuerpos” y ahora dirige el Centro RIKEN-MIT de Genética de Circuitos Neurales en el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT).

Así fue el experimento para cerar falsos recuerdos en ratones. Imagen: Collective Next.

Los neurocientíficos pusieron los animales en un entorno seguro -la caja A, azul en el gráfico-, identificaron las células del recuerdo de ese entorno -los círculos blancos- y las programaron para que respondieran a pulsos de luz. Al día siguiente, trasladaron a los ratones a otra caja -la B, o roja en el gráfico- y activaron mediante luz esas células del hipocampo para que los animales rememoraran la caja A. Entonces, mientras los ratones recordaban la caja A, les daban pequeñas descargas eléctricas en las patas. Cuando, el tercer día, devolvían a los animales a la caja A -la azul, la segura-, sentían miedo a pesar de que nunca habían sufrido ningún daño en ella. Además, después de colocar al animal en otro entorno diferente, los investigadores descubrieron que, al iluminar las células del hipocampo asociadas artificialmente con el miedo, podían reactivar el falso recuerdo a voluntad.

“Los seres humanos somos animales altamente imaginativos. Al igual que nuestros ratones, un suceso desagradable o agradable podría asociarse con una experiencia pasada que uno tiene en mente en ese momento, con lo que se forma un recuerdo falso -ha indicado Tonegawa-. La memoria no es una copia de papel carbón, sino una reconstrucción del mundo que hemos experimentado. Nuestra esperanza es que, al proponer una explicación neural de cómo se pueden generar falsos recuerdos, se utilice este tipo de conocimiento para informar, por ejemplo, a un tribunal acerca de lo poco fiables que pueden ser los testimonio de testigos”, ha añadido el científico. Por si cupiera alguna duda, los autores destacan en su artículo que, “en los humanos, las distorsiones e ilusiones de la memoria ocurren frecuentemente”.

Las ‘Guerras de la Memoria’

“El mayor de los escándalos de la psiquiatría norteamericana del siglo XX es la creciente manía de miles de terapeutas ineptos, consejeros familiares y trabajadores sociales de provocar falsos recuerdos de abusos sexuales infantiles”, sentenciaba en 1994 el divulgador científico Martin Gardner. En los años 80 y 90, decenas de familias se rompieron en EE UU y Canadá después de que algunos de sus miembros revivieran bajo hipnosis episodios de abusos infantiles que habrían reprimido. Sin más prueba que esos recuerdos, algunos padres y educadores acabaron en la cárcel después de haber admitido su culpa tras  intensos interrogatorios policiales.

Y estallaron las Guerras de la Memoria. En ellas, un grupo de psicólogos cognitivos liderado por Elizabeth Loftus, entonces en la Universidad de Washington, se enfrentó a quienes sostenían que los recuerdos recuperados correspondían a hechos reales. Loftus defendía que no, que la memoria es muy maleable y que esos terribles recuerdos habían sido implantados por los propios terapeutas. Además, los psicólogos saben desde hace décadas que, sometida a presión, una persona es capaz de confesar un crimen que no ha cometido. Si usted no lo cree, vea el tercer episodio de Los Experimentos de Derren Brown, en el cual el mentalista convence a un inocente de que ha cometido un asesinato y piense que podría darse el caso de que usted fuera ese inocente.

Loftus y sus colegas han demostrado en reiteradas ocasiones que la memoria es fácil de manipular. Han convencido a adultos de que de niños se perdieron en una gran superficie, cuando eso nunca ocurrió, de que vieron a Bugs Bunny en un parque de atracciones de la Warner y de que una manifestación pacífica fue en realidad muy violenta, además de haber descubierto que verse en una escena lleva a muchas personas a pensar que la han vivido. Hasta Loftus fue víctima involuntaria de las jugarretas de la memoria. El día de su 44 cumpleaños, un tío le recordó cómo, a los 14 años, ella había encontrado a su madre ahogada en una piscina. La psicóloga no se acordaba de nada; pero en los días siguientes revivió el suceso hasta la angustia. Creía haberlo reprimido. No fue así. Su tío se había confundido. Ella no había encontrado a su madre muerta, pero un simple comentario le había hecho recordar algo que no había pasado.

“La información errónea puede invadir nuestra memoria cuando hablamos con otros, somos interrogados o leemos o vemos en los medios información sobre algo que hemos experimentado”, indica Loftus. Por eso hay gente que está convencida de haber sido secuestrada por extraterrestres o haber vivido en el Antiguo Egipto. Esos falsos recuerdos, más fáciles de implantar bajo hipnosis por ser ese un estado en el que uno es muy sugestionable, suelen corresponderse con las expectativas del terapeuta de turno. Si el hipnotizador es ufólogo, el recuerdo reprimido del paciente se corresponderá con la captura por  extraterrestres; si es un creyente en vidas pasadas, el cliente puede ser un héroe de la Revolución Francesa o de la Reconquista; y, si es un fundamentalista religioso, habrá asistido a algún terrible ritual satánico oficiado por conciudadanos de los que nunca hubiera sospechado algo así. Lo terrible es que, cuando estamos convencidos de haber vivido algo que en realidad no hemos vivido, no hay forma de que nos demos cuenta de nuestro error sin ayuda. Y, aún con ella, nos costará.

Víctimas del diván

El día de su 44 cumpleaños, un tío recordó a Elizabeth Loftus uno de los episodios más dramáticos de su vida: cómo a los 14 años encontró a su madre ahogada en una piscina. Ella no se acordaba de nada, pero los detalles afloraron durante los días siguientes hasta angustiarla. Loftus es psicóloga. Sabe cómo funciona la memoria: es una de las mayores expertas mundiales en la materia. Sus investigaciones han revelado que recordar algo no significa que haya sucedido, que la memoria puede manipularse hasta extremos increíbles, como ocurre en Blade runner (1982) y Desafío total (1990).

Hay quienes, entre nosotros, están convencidos de haber tenido vidas anteriores, haber sido secuestrados por extraterrestres y haber participado en rituales satánicos. ¿Qué pasa cuando no hay más prueba de un hecho traumático que el recuerdo sacado del olvido por un terapeuta? ¿Tener memoria de algo demuestra que pasó? No. Y creer lo contrario puede tener dramáticas consecuencias. “El mayor de los escándalos de la psiquiatría norteamericana del siglo XX es la creciente manía de miles de terapeutas ineptos, consejeros familiares y trabajadores sociales de provocar falsos recuerdos de abusos sexuales infantiles”, sentenciaba en 1994 el divulgador científico Martin Gardner.

Tragedias olvidadas

Cientos de familias se rompieron en Estados Unidos y Canadá, en los años 80 y 90, tras convencer terapeutas y psiquiatras a muchos pacientes de que de niños habían sufrido abusos y reprimido los recuerdos, a modo de autoprotección. No existían más pruebas que los testimonios de unas víctimas que habían empezado a revivir sus dramas bajo hipnosis, los efectos del suero de la verdad y otras cuestionables técnicas de sugestión. Hubo casos que llegaron a los tribunales y se zanjaron con largas condenas de cárcel para unos padres o educadores hasta entonces modélicos. Se convirtieron en villanos de la noche a la mañana y, aunque al principio negaron las acusaciones, al final muchos acabaron por admitir la culpa.

Científicos como Loftus han probado, sin embargo, que la recuperación de recuerdos perdidos es poco fiable, que recreamos el pasado cada vez que lo revivimos, añadiendo nuevos detalles. “Los participantes (en un experimento) vieron un accidente de automóvil en un cruce con una señal de stop. Después, se sugirió a la mitad de ellos que se trataba de un ceda el paso. Cuando más tarde les preguntamos qué señal de tráfico había en la intersección, aquéllos que habían sido sugestionados tendieron a decir que un ceda el paso. Los que no recibieron información falsa fueron mucho más precisos en su recuerdo de la señal”, explica la psicóloga.

Stephen Lindsay, de la Universidad de Victoria (Canadá), probó hace seis años que verse en una escena lleva a muchas personas a pensar que la han vivido. En un experimento, se enseñaron a veinte individuos fotos de su niñez procedentes del álbum familiar y una manipulada digitalmente con el protagonista montado en un globo aerostático, algo que nunca había pasado. Al ver la foto trucada, la mitad de los sujetos recordó la vivencia inventada. A finales del año pasado, un grupo de psicólogos liderado por Loftus demostró que fotos de sucesos históricos retocadas pueden alterar nuestro recuerdo de esos hechos: sólo con incluir un encapuchado y un antidisturbios en una imagen de una manifestación pacífica de la que tuvimos noticia en su día, se convierte en nuestra memoria en una protesta violenta y con heridos.

A gusto del hipnólogo

A diferencia de las abducciones, los abusos sexuales en la infancia son reales. El debate científico se centra en si bastan las rememoraciones obtenidas mediante hipnosis y otras técnicas de sugestión para condenar a alguien, como ha pasado en EE UU. ¿Por qué? Porque, como demuestran las pruebas de laboratorio, los recuerdos pueden tergiversarse. “La información errónea puede invadir nuestra memoria cuando hablamos con otros, somos interrogados o leemos o vemos en los medios información sobre algo que hemos experimentado”, indica Loftus. Así se explica que haya quien recuerde, en la consulta del terapeuta, haber sido víctima de abusos y sufrido abortos a pesar de que un examen médico demuestra que es virgen, y que inocentes acaben confesando crímenes que nunca cometieron.

El suceso protagonista de los recuerdos del paciente depende de las inclinaciones del hipnólogo: los ufólogos tienden a descubrir abducciones; los parapsicólogos, experiencias de vidas pasadas; los clérigos, rituales satánicos; algunos psiquiatras y terapeutas, abusos sexuales infantiles… Es lo que cada uno de ellos busca y hacia lo que dirige sus tendenciosas preguntas. “La hipnosis es una mala herramienta para averiguar la verdad porque es un estado en el que uno es especialmente sugestionable y puede dar lugar a confusiones y a la creación de falsos recuerdos”, asegura Susan Clancy, psicóloga de la Universidad de Harvard y autora del libro Abducted. How people come to believe they were kidnapped by aliens (Abducidos. Cómo llega la gente a creer que ha sido secuestrada por alienígenas. 2005).

Tras su 44 cumpleaños, Elizabeth Loftus recordó traumáticamente el hallazgo, cuando era una niña, de su madre muerta. Rememoró el descubrimiento del cuerpo flotando boca abajo en la piscina, el coche patrulla con sus luces, la camilla con el cadáver cubierto por una sábana blanca… Hasta que días después su hermano la sacó del error: su tío se había confundido; ella no había encontrado a su madre muerta. Un comentario inocente de un pariente había bastado para convencer a la psicóloga estudiosa de la memoria de que había vivido una experiencia que en realidad nunca vivió. “La idea más horripilante es que aquello que creemos con todo nuestro corazón no es necesariamente la verdad”, advierte Loftus.


El libro

The myth of repressed memory: false memories and allegations of sexual abuse (1996): Una aproximación rigurosa al escándalo de la manipulación de la memoria y sus repercusiones.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

Recuerdos retocados

La foto de una protesta pacifista en Roma en 2003, y la retocada con los antidisturbios y los manifestantes enmascarados. Foto: Universidad de California.

Los psicólogos saben desde hace años que nuestra memoria no funciona como la de un ordenador, sino que cada vez que recordamos algo lo recreamos. Y saben que esas reconstrucciones están expuestas a influencias externas que hacen que incorporemos a ellas personas, cosas, colores, ruidos… En casos extremos, pueden ser totalmente falsas: se ha probado experimentalmente que una de cada cuatro personas recuerda que de niño se perdió en una gran superficie, aunque nunca pasara, si la historia se la cuenta un familiar de un modo convincente.

Científicos canadienses y neozelandeses demostraron hace tres años que montajes fotográficos en los que aparecemos haciendo cosas que nunca hicimos pueden llevarnos a recordar que eso nos pasó en realidad. Ahora, tres psicólogos italianos y estadounidesnes han concluido que fotos de hechos históricos retocadas pueden alterar nuestro recuerdo de esos sucesos y nuestra actitud futura hacia otros similares. El trabajo, publicado en la revista Applied Cognitive Psychology, pone en evidencia “el poder de cualquiera para distorsionar nuestros recuerdos y da a los medios de comunicación otra razón para regular este tipo de manipulación, además de las razones éticas”, afirma Elizabeth Loftus, psicóloga de la Universidad de California y coautora del trabajo.

Gentío en Tiananmen

Loftus y los psicólogos italianos Dario Sacchi y Franca Agnoli, ambos de la Universidad de Padua, usaron en su experimento dos fotografías: la famosa de un estudiante chino solo frente a los tanques en 1989 en la plaza de Tiananmen, en Pekín; y otra de una protesta pacifista contra la guerra de Irak en Roma en 2003. A la versión retocada de la primera le añadieron cientos de personas observando el desfile de blindados desde los laterales; en la segunda, insertaron antidisturbios y manifestantes encapuchados, y taparon un cartel en el que se leía la palabra peace (paz, en inglés).

Los investigadores enseñaron a los 299 participantes -reclutados en Italia entre personas de 19 a 84 años- la foto original o la manipulada de alguno de los dos hechos y luego les preguntaron cuánta gente pensaban que había participado en el suceso, cómo habían respondido las autoridades y si había sido muy violento. A pesar de que los dos hechos resultaban familiares a los sujetos -la protesta romana había sucedido un año antes de la prueba-, aquéllos que vieron las fotos retocadas las asumieron como imágenes fidedignas de lo ocurrido. Así, los que tuvieron en sus manos la foto retocada de la manifestación de Roma recordaban que había sido violenta y había habido daños y heridos. Además, todos los que vieron los trucajes se mostraron menos dispuestos que los que no a participar en futuras protestas.

“Una de las principales conclusiones es que ver imagenes modificadas afecta no sólo al modo en que la gente recuerda sucesos pasados, sino también a sus actitudes e intenciones futuras”, destaca Agnolli. Para Loftus, el retoque fotográfico es una posible herramienta de manipulación de masas. “Es potencialmente una forma de ingeniería humana que podría aplicarse contra nuestro conocimiento y deseos, y por eso debemos estar vigilantes”.

En 2004, en la última campaña presidencial de EE UU, el candidato demócrata John Kerry fue víctima de un montaje fotográfico en el que se le veía en una protesta pacifista junto a Jane Fonda a principios de los años 70. Nunca había estado allí, pero mucha gente continuó pensando que sí mucho después de que se revelara el fraude.

Memoria de replicante

“Si les damos un pasado, creamos un apoyo para sus emociones y, consecuentemente, podemos controlarlos mejor”, explica el magnate Eldon Tyrell (Joe Turkel) a Rick Deckard (Harrison Ford) al principio de Blade runner (1982) acerca de los replicantes, los androides que el ser humano utiliza como esclavos en las colonias espaciales. “Recuerdos, usted habla de recuerdos”, responde el cazarrecompensas. El fabricante de humanos artificiales crea también recuerdos para sus creaciones, algo que desde 1982 han hecho muchos terapeutas en Estados Unidos en casos de abusos de menores, posesiones demoniacas y secuestros por parte de extraterrestres.

El pasado inventado es para los replicantes de la película de Ridley Scott -que ha vuelto a las carteleras esta semana con motivo del estreno de su versión definitiva- un asidero y, a la vez, un grillete. Para reforzar esos falsos recuerdos, Tyrell proporciona a cada uno de ellos fotografías que parecen salidas de un álbum familiar. Para Rachael (Sean Young), la androide que no sabe que lo es, son la prueba de su humanidad, como para Deckard.

Publicado originalmente en el diario El Correo.