Las enfermedades causadas por los parques eólicos tienen un origen psicológico

Los problemas de salud atribuidos por algunos colectivos a los parques eólicos son de origen psicogénico, según un estudio dirigido por Simon Chapman, profesor de Salud Pública de la Universidad de Sydney. Este investigador y sus colaboradores han examinado todas las reclamaciones hechas ante las compañías explotadoras de las 49 instalaciones de ese tipo existentes en Australia y concluido que su presunto impacto en la salud se debe a la actividad de los grupos que se oponen a ellas y a su eco en los medios de comunicación, que han colaborado en la difusión de esta nueva histeria. Se trataría, por tanto, de una enfermedad comunicada que se propaga gracias al efecto nocebo, la reacción negativa del paciente ante una sustancia inocua que considera dañina.
Los autores explican cómo se ha extendido por la Australia rural e Internet la idea de que la exposición a los aerogeneradores puede resultar perjudicial para la salud, «a menudo con floridas alegaciones». Un ejemplo de ello es un hoja informativa que exhibe en su web la Plataforma Europea contra los Parques Eólicos. «Cualquier persona que viva a una distancia inferior o igual a 6 kilómetros de un parque eólico debería ser avisada de las consecuencias que puede tener para su salud y calidad de vida», sentencia en ella Nina Pierpont, pediatra, esposa de un activista contra los aerogeneradores y autora del libro Wind turbine syndrome. A report on a natural experiment (El síndrome de los aerogeneradores. Un informe sobre un experimento natural).
Aerogeneradores en Estinnes, Bélgica.
Los impulsores de este síndrome sostienen que los parques eólicos producen un amplio abanico de males. Chris Back, senador liberal australiano, aseguraba hace menos de un año en su web que estas instalaciones pueden provocar presión en el oído, vértigo,  náuseas, mareos, dolores de cabeza, jaquecas, visión borrosa, taquicardia, irritabilidad, déficits cognitivos varios, incluidos problemas con la aritmética mental, dificultades para encontrar las palabras y la planificación de actividades específicas, déficit de memoria a corto plazo…, así como el agravamiento de patologías crónicas como la  diabetes, la hipertensión y los desórdenes autoinmunes. Aterrador, ¿verdad? Sólo hay un pero: al igual que en el caso de otras muestras de tecnofobia -como la llamada hipersensibilidad electromagnética-, las pruebas científicas no han confirmado ninguno de esos efectos. En realidad, «la evidencia de que el ruido y los infrasonidos de las turbinas causan problemas de salud es pobre», indica Chapman, quien recuerda lo importante que es dar un nombre aparentemente científico a una enfermedad de cara a su propagación de boca a oído.
El estudio australiano revela que, de los 49 parques eólicos del país, 31 no han recibido ninguna queja, que sólo 120 individuos -uno de cada 272 habitantes a menos de 5 kilómetros- dicen sufrir algún problema de salud y que el 68% de ellos vive en zonas donde los grupos antimolinos han sido muy activos. «La inmensa mayoría (82%) de las quejas sobre ruido y salud comenzó después de 2009 cuando los grupos contra los parques eólicos empezaron a incluir las preocupaciones sanitarias entre sus argumentos. En años anteriores, las quejas relacionadas con el ruido y la salud eran algo raro a pesar de que los parques eólicos con turbinas grandes y pequeñas llevaban funcionando tiempo». De hecho, los primeros aerogeneradores se pusieron en marcha en Australia en 1993.