Sensibilidad química múltiple

‘El wifi me mata y la homeopatía me cura’, mañana en la Universidad del País Vasco

El wifi me mata y la homeopatía me cura. El peligro de creer en pseudociencias y pseudoterapias es el título de la charla que daré mañana, a las 15.30 horas, en el Salón de Grados de la Facultad de Medicina y Enfermería de la Universidad del País Vasco, en Leioa. La intervención se enmarca dentro de los seminarios científicos conmemorativos de los 50 años de esa facultad y es consecuencia de una invitación del vicedecano de Desarrollo y Ordenación de Grados, José Vicente Lafuente, y del decano de la Facultad de Medicina y Enfermería, Joseba Pineda. En la charla, expondré la realidad de pseudoterapias como el reiki y la homeopatía, además de algunas prácticas cuestionables de ciertos profesionales de la salud que fomentan la creencia en enfermedades inexistentes, como la hipersensibilidad electromagnética y la sensibilidad química múltiple, alrededor de las que se han montado negocios más que cuestionables a veces avalados por profesores universitarios.

El ‘Telediario’ fomenta la quimiofobia y la histeria electromagnética

Es algo tristemente habitual: se reúnen para promocionar su negocio los expertos en una pseudociencia, y un gran medio los trata como si fueran científicos y lo que dicen mereciera algún crédito. Ha ocurrido en el pasado con ufólogos, parapsicólogos, sindonólogos y practicantes de todo tipo de pseudoterapias, y ayer les tocó a los autodenominados medicos ambientales, a quienes el Telediario de La 1 dedicó una sonrojante pieza calcada de una de La Sexta de 2012. El motivo, como hace tres años, era la celebración en Madrid de un congreso de medicina ambiental, destinado, según la entidad organizadora -la Fundación Alborada-, a “aquellas personas interesadas en cómo el entorno afecta al desarrollo de patologías como la sensibilidad química múltiple, fibromialgia, fatiga crónica, electrosensibilidad, trastornos hormonales, autismo y un amplio conjunto de enfermedades cada vez más comunes”.

La autora de la información comenzaba diciendo que hay entre nosotros personas que no soportan el cóctel compuesto por la polución, los pesticidas en los alimentos y las sustancias tóxicas “en comida, productos de limpieza, cosmética, perfumes…”. Dejando a un lado los productos de limpieza, sería de agradecer que la periodista se hubiera dejado de generalidades y hubiera  precisado en qué alimentos, cosméticos y perfumes hay “sustancias tóxicas” para que las autoridades sanitarias tomaran cartas en el asunto. No lo hizo porque ese preámbulo era el gancho alarmista e infundado para vender dos males inexistentes: la sensiblidad química múltiple (SQM) y la hipersensiblidad electromagnética.

La SQM fue identificada en los años 50 por el alergólogo estadounidense Theron G. Randolph, quien en 1965 fundó lo que hoy es la Academia Estadounidense de Medicina Ambiental. Según él, hay personas a las que ponen enfermas las sustancias químicas sintéticas. No las tóxicas, sino cualquier sustancia a un nivel muy por debajo del considerado seguro. Sufren tanto que llegan a tener que aislarse del plástico, de los colorantes, de las fibras sintéticas… Del mundo artificial. Quienes, por su parte, dicen padecer hipersensibilidad electromagnética creen que las ondas de radiofrecuencia están detrás de numerosos síntomas -dolores de cabeza, insomnio, cansancio, malestar general…- e incluso de enfermedades graves como el cáncer. Lo cierto es que ninguna de estas dos patologias existe como tal. Los enfermos son personas que sufren, aunque la causa de su mal no sean las ondas o las sustancias químicas de síntesis, sino la creencia en que aquéllas o éstas son peligrosas. Como hay gente que cree estar enferma, hay desaprensivos que hacen negocio de esa creencia: geobiólogos -antes llamados zahorís-, médicos ambientalistas, asesores legales y vendedores de remedios para males imaginarios.

Composición química de una manzana.Detrás del denominado VIII Congreso Internacional de Medicina Ambiental, celebrado en Madrid el pasado fin de semana, no hay instituciones científicas, sino organizaciones que se dedican al negocio de asesorar a presuntos afectados, defenderles legalmente, hacer auditorias medioambientales y venderles todo tipo de cachivaches frente a una amenaza inexistente, además de clínicas alternativas con sus correspondientes tratamientos mágicos. Al médico estadounidense William Rea, a quien TVE presentaba ayer como “el primer catedrático de medicina ambiental del mundo” y que pinta un panorama apocalíptico causado por las sustancias químicas de síntesis, la Junta Médica de Texas le acusó de utilizar test pseudocientíficos, hacer diagnósticos erróneos, practicar tratamientos “irracionales”, no informar a sus pacientes de que lo que hace no está probado y ejercer especialidades para las que no está preparado, tal como indica Stephen Barrett. ¡Ah!, por cierto, la medicina ambiental es una especialidad tan reconocida científicamente como la ufología, la parapsicología y la lectura de las líneas de la mano.

“La solución es volver a recuperar alimentos más naturales y alejarnos de los productos elaborados con excesivos químicos”, concluye la reportera. No sé lo que son “excesivos químicos” -¿los que tiene una manzana?-, pero sí que ahora vivimos más y mejor que cuando estábamos más integrados en la naturaleza, como pueden estar en algunos países del mundo subdesarrollado. Si mi colega quiere volver a lo natural y jugarse la vida, que lo haga, pero un medio de comunicación público no debe fomentar histerias ni dar cabida a tonterías pseudocientíficas y la quimifobia. TVE tendría que cuidar más la información científica para que nadie colara con esa etiqueta lo que no son sino supercherías.

El abogado antiantenas Agustín Bocos, ‘La Vanguardia’ y el periodismo de clic

“No se olvide de apagar el wifi por la noche”, alertaba el abogado Agustín Bocos el 10 de octubre de 2011 en “La Contra” de La Vanguardia. Su discurso era la habitual mezcla de mentiras y medias verdades con las que se alimenta la histeria electromagnética. “Ya hay estudios que relacionan la hiperactividad, las cefaleas y el mal dormir infantil con estas ondas”, decía Bocos. Falso. Tras décadas de investigación, no se ha encontrado ninguna prueba que relacione las ondas de radiofrecuencia con enfermedad alguna, cáncer incluido. Sin embargo, el letrado vendía la idea de que los casos de leucemia infantil detectados hace años en un colegio de Valladolid se debían a unas antenas de telefonía próximas al centro cuando lo descartaron dos informes científicos, uno en 2002 y otro al año siguiente. Tres años y medio después, el periódico catalán se reafirma en su apoyo al letrado antiantenas y sus disparates.

Agustín Bocos es abogado de la Fundación Vivo Sano, entidad que forma parte de un entramado de organizaciones que camuflan su marginalidad con una multiplicidad de nombres tras los cuales siempre están las mismas personas. Fomentan la venta de asesorías legales, tratamientos médicos mágicos y soluciones domésticas inútiles para enfermedades inexistentes, como la hipersensibilidad electromagnética y la sensibilidad química múltiple. Sus víctimas son personas que sufren, aunque la causa de su mal no sean las ondas o las sustancias químicas de síntesis, y que a ellos les importan un bledo: su objetivo es hacer negocio a toda costa. Y La Vanguardia les hizo hace casi cuatro años una publicidad impagable.

Anuncio del encuentro digital del abogado antiantenas Agustín Bocos con los lectores de 'La Vanguardia'.“Ima Sanchís le realizó una entrevista [a Bocos] en “La Contra” en el año 2011 y desde entonces no ha dejado de acumular visitas, situándose entre lo más visto de la web cada día desde entonces. En redes sociales, el enlace ha sido compartido más de 5.000 veces en Twitter y suma más de 210.000 Me gusta en Facebook”, aseguraba el diario ayer en su edición digital. Y anunciaba un encuentro virtual de sus lectores con el personaje: “La Vanguardia vuelve a entrevistar al abogado y ofrece a sus lectores la posibilidad de hacerle llegar sus propias consultas a través del correo participación@lavanguardia.es, mediante Twitter con la etiqueta #ApagaElWifi o en los comentarios al pie de esta noticia. Tienes tiempo hasta el martes 27 de febrero”.

Es cierto. La entrevista a Bocos ha sido en Internet un éxito de larga duración. No hay semana en la que no resucite en las redes sociales. Pero eso no es óbice para volver a servir de altavoz de las afirmaciones anticientíficas del personaje. En todo caso, justificaría que un científico respondiera a las dudas de los lectores y acabara con los temores infundados. Con los miedos inventados por Bocos y sus colegas. Lástima de ocasión perdida: con su renovado apoyo al abogado antiantenas y sus disparetes, La Vanguardia vuelve a sacrificar la verdad científica a la superstición en el altar del periodismo de clic.

La sensibilidad química múltiple, en Hala Bedi Irratia

Koldo Alzola y yo hablamos el 16 de octubre en Suelta la olla, en Hala Bedi Irratia, de sensibilidad química múltiple, en la primera entrega del curso 2014-2015 de Gámez over, intervenciones que también emiten Eguzki-Pamplona, Uhinak (Ayala), Txapa (Bergara), Eztanda (Sakana), Arraio (Zarautz), Zintzilik (Orereta), Itxungi (Arrasate), Kkinzona (Urretxu-Zumarraga) y Txindurri Irratia (Lautada).

La sensibilidad química múltiple no está reconocida como enfermedad en España ni en ningún otro país

La falsa noticia del reconocimiento oficial de la SQM en España, tal como la dio en su web el diario 'Deia'.“España reconoce oficialmente la sensibilidad química múltiple, la enfermedad de las personas burbuja“, decía el 24 de septiembre una nota de prensa del Fondo para la Defensa de la Salud Ambiental (Fodesam). Añadía que se había incluido en la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE) porque “ésta es la fórmula autorizada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) para que un Gobierno -bajo ciertas pautas- pueda oficializar las dolencias de sus ciudadanos que ella aún no ha catalogado a nivel internacional. De esta forma, España se suma a la lista de países que reconocen la SQM, como Alemania (2000), Austria (2001), Japón (2009), Suiza (2010) y Dinamarca (2012)”. Al día siguiente, recibí varios mensajes de correo en los que parientes de presuntos afectados por SQM me informaban de la noticia y comprobé que algunos medios reproducían tal cual el comunicado de Fodesam, transmitiendo la idea de que la SQM es ya en España, oficialmente, una enfermedad más. ¿Es así? No.

La SQM fue identificada en los años 50 por el alergólogo estadounidense Theron G. Randolph. Según él, hay personas a quienes las sustancias químicas sintéticas les ponen enfermas. No las tóxicas, sino cualquier sustancia a un nivel muy por debajo del considerado seguro. Sufren tanto que llegan a tener que aislarse del plástico, de los colorantes, de las fibras sintéticas… Del mundo artificial. Las ideas y métodos de Randolph carecían de base científica cuando las formuló y, como se destacaba en 1995 en su obituario de The New York Times, con el paso el tiempo tampoco han conseguido el reconocimiento de sus colegas.

“Muchas personas con diagnóstico de SQM sufren mucho y son muy difíciles de tratar. Las investigaciones bien diseñadas sugieren que la mayoría de ellos tienen un desorden psicosomático por el que desarrollan múltiples síntomas en respuesta al estrés. Si esto es cierto -y creo que lo es- los pacientes de la ecología clínica corren el riesgo de diagnósticos erróneos, malos tratamientos, explotación financiera y retrasos de la atención médica y psiquiátrica. Además, las compañías de seguros, los empleadores, otros contribuyentes y, en definitiva, todos los ciudadanos se ven asediados por dudosas afirmaciones de invalidez y daños. Para proteger al público, las juntas estatales de licencias [médicas] deberían analizar las actividades de los ecólogos clínicos y decidir si la calidad general de su cuidado es suficiente para que se mantengan en la práctica médica”, resume Stephen Barrett, experto en pseudomedicinas y pseudoterapias. Es la opinión mayoritaria en la comunidad científica.

Ni ha sido reconocida ni se espera que lo vaya ser

Dos cosas me llamaron la atención del presunto reconocimiento de la SQM por el Gobierno español: que todo lo que había era un comunicado de parte interesada -el colectivo de supuestos afectados y quienes les respaldan- y que, hasta donde yo sabía, no se había publicado recientemente nada que demostrara que la enfemedad existe fuera de las mentes de los pacientes. Así que hice una cosa muy simple, el 25 de septiembre pregunté al Ministerio de Sanidad si era cierto que había reconocido la SQM como enfermedad. Después de recibir el viernes pasado una primera respuesta en la que se negaba tal extremo, pedí a los técnicos de la Dirección General de Salud Pública, Calidad e Innovación que, por favor, me aclararan algunas dudas, lo que hicieron ayer.

“La Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE) es la herramienta de diagnóstico estándar para la epidemiología, la gestión de la salud y fines clínicos. Esto incluye el análisis de la situación sanitaria general de grupos de población. Se utiliza para controlar la incidencia y prevalencia de las enfermedades y otros problemas de salud, y proporciona un cuadro de la situación de salud general de los países y poblaciones”, dice en su web la OMS. “El propósito  es permitir el registro, el análisis y la comparación de los datos de mortalidad y morbilidad entre diferentes países, convirtiendo los literales diagnósticos en códigos que faciliten su posterior recuperación para el análisis de la información”, explica el Ministerio de Sanidad, y puntualiza que la CIE la elabora la OMS, “la estructura de la clasificación no puede ser modificada por ningún país ni organización” y que, aunque “algunos países incorporan nuevos términos diagnósticos y localismos en los índices alfabéticos” -algo que está permitido-, “esta inserción de términos no supone ninguna inclusión ni creación de nuevos códigos, ni por tanto el reconocimiento de nuevas enfermedades, sólo simplifica la búsqueda del código apropiado”.

“No existe en ninguna de las clasificaciones internacionales de enfermedades un código específico para la SQM”, advierte el departamento que dirige Ana Mato. “En principio, parece que las próximas clasificaciones internacionales tampoco van a contar con un código específico para la SQM. En el borrador de lo que será CIE10 MC [acrónimo de Clasificación Internacional de Enfermedades, Décima Revisión, Modificación Clínica], no cuenta con un código propio. Por lo tanto, la sensibilidad química múltiple (SQM) no está reconocida ni clasificada en la CIE”, añaden. Puntualizan que la entrada del índice alfabético no adjudica nada de forma extraoficial ni reconoce una determinada patología o deja de hacerlo, “sólo facilita la búsqueda del código, el código que siempre le ha correspondido: 995.3 Alergia, no especificada“. Y aclaran que “la inclusión de la SQM en el índice alfabético del CIE9 MC lo que persigue es darle un número extraoficial  (extra CIE) a fin de registrar los casos de esa posible dolencia. No significa reconocimiento -eso depende la OMS-, sino que es un paso para facilitar el que se conozca su posible incidencia en España, aun cuando no sea una enfermedad reconocida. Otros países -como Alemania- hacen lo mismo”.

¿Conclusión? La SQM no está reconocida como enfermedad ni en España ni en ningún otro país, ni está previsto que la OMS vaya a reconocerla como tal. Lo más que hacen algunos países, como España, es atribuirle un código a la “posible dolencia” para conocer “su posible incidencia” entre la población, “aun cuando no sea una enfermedad reconocida”. Lamentablemente, nada de esto acabará con el sufrimiento, muy real, de los enfermos, víctimas muchas veces de profesionales de la salud sin escrúpulos que se lucran con la venta de tratamientos y remedios para enfermedades inexistentes como ésta y la hipersensibilidad electromagnética.