Reliquias

El Santo Grial leonés: cuando la fe acapara titulares, la Historia salta por la ventana

Dos historiadores firman un libro en el que sostienen que el durante siglos venerado como cáliz de la Última Cena está en la basílica de San Isidoro de León. Casualidades de la vida, la investigación la han pagado la Junta de Castilla y León y la Fundación MonteLeón, así que todo queda en casa. Y los medios locales y confesionales están embriagados. A la habitual ausencia de espíritu crítico ante afirmaciones extraordinarias, se suma en este caso el plus de fervor que acompaña a casi toda noticia religiosa. Y así hemos leído en los últimos días titulares memorables como “El Grial mete a León en la leyenda”, “La reina doña Urraca de Zamora donó el Santo Grial a una iglesia de León”, “Historiadores aseguran haber encontrado el Santo Grial, la copa utilizada por Jesús en la Santa Cena”, “León escondía desde hace casi mil años el primer cáliz que se creyó que era de Cristo”  -un texto alejado del sensacionalismo beato, aún dando por bueno el estudio; la clave es el uso del verbo creer– y hasta “Franco bebió del Santo Grial en León”. Y Indiana Jones jugándose el tipo entre nazis… Pero vayamos con los hechos.

El cáliz de doña Urraca o Santo Grial de León. Foto: AFP.Margarita Torres, profesora de historia medieval de la Universidad de León, y el historiador del arte José Miguel Ortega del Río defienden, en su libro Los reyes del Grial, que el llamado cáliz de doña Urraca incluye la copa de la que los primeros cristianos creían que bebió Jesús de Nazaret en la última cena con sus apóstoles antes de ser apresado y crucificado. Dicen que la reliquia es el cuenco superior de ágata de la copa. Según dos pergaminos consultados por los autores en la biblioteca cairota de la Universidad de Al-Azhar, la pieza estaba formada en un principio por un cuenco de ágata de época grecorromana y permaneció durante siglos en la iglesia del Santo Sepulcro. Tras el saqueo de ésta, acabó en manos del califa de Egipto, que se la regaló en el siglo XI al emir de la taifa de Denia como agradecimiento por haberle auxiliado con víveres durante una hambruna. Poco más tarde, el emir se la envió como muestra de buena voluntad a Fernando I de León (1016-1065), y con el paso del tiempo la pieza llegó a su hija Urraca (1033-1101). Ésta recubrió el cuenco con oro y piedras preciosas, dando lugar a un cáliz que está en la basílica de San Isidoro de León desde hace casi mil años.

Los autores de Los reyes del Grial, que saldrá a la venta el lunes, aseguran que pueden demostrar “científicamente” que “la copa que la comunidad cristiana de Jerusalén en el siglo XI consideraba que era el cáliz de Cristo se encuentra ubicada en la basílica de San Isidoro de León”. Habrá que leer el libro para ver si lo hacen, pero que esa pieza fuera la que los cristianos de Jerusalén o los autores de los pergaminos consultados consideraban el cáliz de Cristo no implica que lo fuera realmente. También hoy podemos afirmar que la sábana santa de Turín es la tela que se exponía en Lirey (Francia) en el siglo XIV, aunque sabemos que no pudo cubrir el cuerpo de Jesús de Nazaret, tal como demostró el análisis del radiocarbono en 1989. Si los autores de Los reyes del Grial van más allá y sostienen que estamos ante la copa usada por Jesús en la Última Cena, como ha recogido la Prensa en algunos titulares, estaríamos ante un ejemplo de  pseudohistoria.

Estos días se ha recordado que fue el arqueólogo Antonio Beltrán el primero que encontró “sorprendentes analogías arqueológicas” entre el Santo Grial y el cáliz de doña Urraca, y también “el primero que las utilizó en favor de la autenticidad del Cáliz de la Cena”. Pero es que Beltrán también dictaminó en su día que la pieza superior del Santo Cáliz de Valencia -otro candidato a Grial- databa del cambio de era y “bien pudo estar en la mesa de la Santa Cena y ser la que Jesucristo utilizó”. En julio de 2006, Benedicto XVI veneró la copa de Valencia y la utilizó para oficiar misa. Torres y Ortega del Río reconocen que sólo en Europa hay unos 200 griales. El de León es uno más.

La mayoría de los historiadores considera el Santo Grial una leyenda de origen celta, vinculada a los míticos recipientes que proporcionaban alimentos en abundancia y asimilada por el cristianismo en la Edad Media. Quien primero habló del Grial como tal fue Chretién de Troyes en el poema de Perceval, del siglo XII, donde no queda claro qué tipo de recipiente es. Posiblemente poco después, el cuerno de la abundancia se transmutó en el cáliz de la Última Cena y el recipiente en el que José de Arimatea habría recogido la sangre de Jesús de la herida abierta por el lanzazo del soldado romano. Así habría empezado la leyenda que vincula la copa a Jesús de Nazaret y dio lugar a la multiplicación de griales en una Edad Media en la que la fabricación de reliquias fue una muy rentable industria y llegó a haber decenas de, por ejemplo, santos prepucios. El Santo Grial de León es tan auténtico como la pluma de arcángel -no está claro si de san Miguel o san Gabriel- guardada en el monasterio valenciano de Liria.

Ciencia de chirigota: un terremoto dibujó la sábana santa y modificó la cantidad de carbono 14

Con los sindonólogos -los estudiosos de la sábana santa– pasa como con los ufólogos: cuando crees que han llegado al máximo nivel de estulticia posible, se superan. A la fantástica energía de la Resurrección, la falsa tridimensionalidad de la imagen del hombre de la sábana, las inventadas figuritas de sus ojos, la inexistente perfección anatómica, el examen del sudario que nunca hizo la NASA y la resurrección de Willard Libby para desacreditar el uso del método del carbono 14 en este caso, tres científicos italianos suman un nuevo disparate en un hilarante artículo publicado en la revista Meccanica.

Alberto Carpinteri, Giuseppe Lacidogna y Oscar Borla, del Politécnico de Turín, se preguntan en su trabajo: “Is the shroud of Turin in relation to the Old Jerusalem historical earthquake?” (¿Está el sudario de Turín relacionado con el terremoto histórico del Viejo Jerusalén?). Y concluyen:

“Recientes detecciones de emisión de neutrones han llevado a considerar la corteza de la Tierra como una fuente relevante de variaciones en el flujo de neutrones. A partir de estas evidencias experimentales, los autores han considerado la hipótesis de que las emisiones de neutrones de un terremoto histórico dieran lugar a efectos apreciables sobre las fibras de lino del sudario. Teniendo en cuenta los documentos históricos que atestiguan la un desastroso terremoto en el Viejo Jerusalen en el año 33, los autores asumen que un evento sísmico de magnitud que oscila entre 8 y 9 grados en la escala de Richter podría haber producido un flujo de neutrones térmicos de hasta 1010 cm-2 s-1. A través de la captura térmica de neutrones por núcleos de nitrógeno, este evento puede haber contribuido tanto a la formación de la imagen como al incremento de C14 en las fibras de lino de la sábana santa.”

Vista de la imagen frontal de la sábana santa. Foto: AP.

Un caso único

Los neutrones habrían grabado la imagen del hombre de la sábana y, además, alterado la cantidad de carbono 14 hasta el punto de rejuvenecerla más de mil años y hacer que la tela fuera datada erróneamente en 1988. Por si no lo recuerdan, la datación por radiocarbono, realizada por tres laboratorios de Estados Unidos, Reino Unido y Suiza, fechó “el lino del sudario de Turín entre 1260 y 1390 (±10 años), con una fiabilidad del 95%”, lo que implica que no pudo envolver ningún cuerpo en el siglo I. El resultado del análisis se publicó en la revista Nature sin que, hasta el momento, haya sido refutado en ninguna publicación científica.

En el caso del estudio de Carpinteri, Lacidogna y Borla, es todo muy impresionante, empezando porque se haya publicado en una revista que se califica de científica. ¿Por qué? Porque desde tiempos de Jesús de Nazaret ha habido bastantes terremotos de la magnitud indicada por los autores, e incluso más fuertes. Recuerden, por citar uno, el de Fukushima del 11 de marzo de 2011, que desplazó el eje de la Tierra unos 10 centímetros. Si lo que sostienen estos sindonólogos fuera cierto, en los últimos dos milenios tenían que haberse generado miles y miles de sábanas santas en todo el mundo. Allá donde todo un terremoto fuerte pillara a alguien en la cama, ¡sábana santa que te crió! Pero no ha sido así: sólo tenemos una, la de Turín. Si es un fenómeno físico normal -me refiero a no milagroso-, ¿cómo explican los autores la ausencia de otros sudarios así dibujados? Sencillamente, no lo hacen.

Tampoco dicen por qué esas emisiones de neutrones habrían alterado la cantidad de carbono 14 en la sábana de Turín y sólo en ella. ¿Por qué no hay más piezas arqueológicas que presenten una cantidad de radiocarbono discordante en más de mil años con la fecha a la que históricamente corresponden? Es más, ¿por qué no hay otras piezas de esa época y de la región afectada? Los autores sostienen que el mismo terremoto que dibujó la imagen del sudario “también habría destruido la ciudad de Nicea y el puerto de Megara, situado al oeste del istmo de Corinto”. Es decir, los daños catastróficos habrían afectado a un área impensablemente grande, ya que el istmo de Corinto y Jerusalen están separados por unos 1.400 kilómetros. No sólo no hay constancia documental de una catástrofe de esa magnitud -equiparable a la de la mítica Atlántida-, sino que, de haber ocurrido y haber sido ocultada al mundo por vayan a saber ustedes quiénes, qué medios y razones, tenía que haber miles de piezas arqueológicas con el carbono 14 alterado. Y no es así: sólo está, una vez más, la sábana santa.

“La gente ha estado midiendo [el carbono 14] en materiales de esa edad desde hace décadas y nunca nadie se ha encontrado con algo así”, ha indicado Gordon Cook, geoquímico de la Universidad de Glasgow, a LiveScience. Y lo mismo ha dicho Christopher Ramsey, director de la Unidad de Acelerador de Radiocarbono de Oxford: “Una de las cuestiones que habría que abordar es por qué ese material se ve afectado, pero otro material arqueológico y geológico no. Hay una enorme cantidad de fechas de radiocarbono de la región para material arqueológico mucho más antiguo, que no muestran este tipo de intensa producción de radiocarbono in situ (y serían mucho más sensibles a tales efectos)”. Ramsey ha añadido en LiveScience que nunca ha habido problemas a la hora de datar mediante el radiocarbono objetos procedentes de regiones sismicamente activas.

Dante como fuente histórica

Carpinteri, Lacidogna y Borla hacen gala de una gran devoción, equiparable a la ignorancia y dejadez de los presuntos revisores del original. ¿Saben que usan como fuente para documentar que hubo un terremoto cuando el cuerpo de Jesús reposaba en el sepulcro? Los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan -aunque sólo el de Mateo cita un temblor de Tierra-; la Narración del Pseudo José de Arimatea -que data del siglo XIII y de la que citan unas líneas-; y un texto del historiador cristiano Sexto Julio Africano, del siglo II, que nadie en su sano juicio consideraría fuentes fiables sobre hechos históricos. Pero eso no es lo más sorprendente.

“Ese suceso es también mencionado por Dante Alighieri, en el Canto XXI de El Inferno [Divina comedia], como el terremoto más violento que nunca había sacudido la Tierra: «Luego nos dijo: «Mas andar por este escollo no se puede, pues yace todo despedazado el arco sexto; y si queréis seguir más adelante podéis andar aquí, por esta escarpa: hay otro escollo cerca, que es la ruta. Ayer, cinco horas más que en esta hora, mil y doscientos y sesenta y seis años hizo, que aquí se hundió el camino» (El Infierno, Canto XXI: 106-114). Como la mayoría de los estudiosos cree que el viaje de Dante empezó en el aniversario de la muerte de Cristo, durante el Jubileo de 1300, la cronología se remonta al año 33, viernes, cuando, según la tradición, Cristo fue condenado a muerte. Por lo tanto, fue el terremoto después de la muerte de Cristo el que causó desastres y accidentes, incluyendo los del Santuario de Jerusalén y el ala del Templo de Salomón”. Sí, han leído bien, los autores consideran que la obra de un poeta italiano del siglo XIII es una fuente fidedigna sobre lo que pasó 1.300 años antes. Es más, parece que se creen que Dante viajó realmente al Infierno. Siguiendo esa misma lógica, Carpinteri, Lacidogna y Borla podían haber defendido en Meccanica que la alteración en el carbono 14 del sudario de Turín se debe a un escape de radiación de la nave extraterrestre que sobrevoló Palestina en tiempos de Jesús, según documenta La vida de Brian (1979).

La única fuente fiable que citan para ese gran terremoto del año 33, que para ellos sería la causa última de todo en el caso de la sábana santa, es que la Agencia Nacional del Oceáno y la Atmósfera (NOAA) de Estados Unidos tiene en su base de datos de fuertes seísmo uno registrado ese año en Palestina. Vale, pero un año tiene 365 días y, además, que Jesús de Nazaret muriera en el año 33 es algo en lo que ni siquiera están de acuerdo los expertos.

¿Cabe mayor despropósito? Sí, sólo es cuestión de tiempo. Recuerden que estamos hablando de sindonología, esa pseudociencia que tiene como único objeto de estudio una tela de 4,32 metros de longitud y 1,10 de anchura en la cual se habría imprimido por arte de magia la imagen del cadáver de Jesús. Además de los resultados del carbono 14, los creyentes en la autenticidad del lienzo -como Carpinteri, Lacidogna y Borla- suelen dejar a un lado que no existan pruebas de la existencia de la tela anteriores a mediados del siglo XIV; la admisión en 1390 de Clemente VII, papa de Avignon, de que “la figura o representación no es el verdadero Sudario de Nuestro Señor, sino que se trata de una pintura o un cuadro de la Sábana Santa”; y las imposibilidades físicas de la figura, como que las piernas estén estiradas en la imagen frontal, pero se vea la planta del pie izquierdo en la dorsal. Por no hablar de réplicas como la hecha, por medios no milagrosos, por el químico italiano Luigi Garlaschelli en 2009 a partir del cuerpo de un voluntario y el rostro de un bajorrelieve.

La sábana santa y otras reliquias, en Hala Bedi Irratia

Javi Urkiza y yo hablamos el jueves pasado en Suelta la Olla, en Hala Bedi Irratia, de la sábana santa y otras reliquias, en la quinta entrega del curso 2013-2014 de Gámez Over, intervenciones que también emiten Eguzki-Pamplona, Uhinak (Ayala), Txapa (Bergara), Eztanda (Sakana), Arraio (Zarautz), Zintzilik (Orereta), Itxungi (Arrasate), Kkinzona (Urretxu-Zumarraga) y Txindurri Irratia (Lautada).

La exposición del Antiquarium de Sevilla sobre la sábana santa es un cúmulo de falsedades

Los responsables de la exposición La sábana santa, abierta en el Antiquarium de Sevilla hasta el 28 de junio, han marcado un nuevo hito en la escandalosa historia de la sindonología, la pseudociencia que tiene como objeto de sus especulaciones la falsa reliquia de Turín: se han inventado una postura imposible del cuerpo que habría cubierto la tela para que encaje con la imagen de la pieza de lino. Obviamente, son tantas las incongruencias de la figura del sudario de Turín, los agujeros de su historia y de su supuesta validación científica que ni aún haciendo trampas logran su objetivo.

La sábana santa es una pieza de lino de 4,32 metros de longitud y 1,10 de anchura, en la que se ven la parte frontal y dorsal del cuerpo de un hombre barbado. El hombre de la sábana santa, que superaría los 1,80 metros de altura y los 80 kilos de peso, está en una postura imposible. Mientras que en la imagen frontal aparece relajado, con las piernas totalmente estiradas, en la vista dorsal está impresa la planta del pie derecho, lo que exigiría que hubiera doblado una rodilla. En el rostro no hay ninguna simetría y la larga melena no cae hacia la nuca, sino que se mantiene suspendida en el aire como por arte de magia. Pero aún hay más. La distancia entre la parte superior de la frente y la parte trasera del cráneo es ridícula y, además, cuando alguien se tumba de espaldas, las nalgas quedan aplastadas contra la superficie en la que el cuerpo reposa y eso no ocurre con la figura de la sábana, que, en el colmo del puritanismo, oculta los genitales con las manos, algo imposible. Si no me cree, pruebe a tumbarse en una superficie plana y taparse los genitales con las manos sin levantar los hombros del suelo.

El hombre de la sabana, según el escultor y sindonólogo Juan Manuel Miñarro.

Ante tanta incongruencia, los promotores de la muestra han puesto al hombre de la sábana en una postura semiencogida, con las piernas dobladas y la cabeza como si estuviera apoyada en una almohada invisible. Así, izan los hombros de la figura al aire y consiguen que nuestro protagonista se cubra los genitales. Y el escultor Juan Manuel Miñarro, miembro del pseudocientífico Centro Español de Sindonología (CES), ha hecho la correspondiente talla. ¡Milagro! Bueno, más bien, trampa descarada. Ellos aseguran que, gracias a esa postura que se han sacado de la manga, “el resultado es un perfecto amortajamiento judio” y que “cuerpo y sábana son compatibles” y coinciden las heridas, las proporciones… Sin embargo, el pelo sigue flotando mágicamente y no cayendo, las nalgas aplastadas continúan sin estarlo en la imagen y tampoco se explica cómo es posible que en la tela la distancia entre las partes anterior y posterior de la cabeza ronde los 12 centímetros.

Postura ad hoc

“Lo que no dicen es que esa historia del cadáver con posturita es una hipótesis ad hoc para tratar de explicar los defectos anatómicos que algunos llevábamos años señalando -apunta el historiador José Luis calvo-. Como se dieron cuenta de que la postura resultante es absurda si estuviéramos hablando de un cadáver real, los sindonólogos se inventaron una nueva hipótesis ad hoc: una piedra sepulcral semejante a una bañera y tallada de tal forma que obligase al cuerpo a adoptar esa postura. Por supuesto, cuando les preguntas dónde se ha encontrado una piedra sepulcral judía semejante a ese artefacto, lo único que obtenías era la callada por respuesta, algo obvio. Para los judíos de la época, el entierro tenía dos fases: en la primera, el cuerpo era depositado amortajado sobre la lápida sepulcral sólo hasta la putrefacción del cadáver. Entonces, los huesos eran depositados es una cista (una urna tallada en piedra caliza). Dado que esta primera fase era temporal, no tiene ningún sentido que alguien se gastase una cantidad importante de dinero tallando la lápida para que el cuerpo estuviera cómodo“.

Osarios judios de tiempos de Jesús de Nazaret en el Museo Hecht, de la Universidad de Haifa.Otro problema de la nueva postura es que, además, invalida las conclusiones -nunca avaladas por la ciencia- del creyente Proyecto para la Investigación del Sudario de Turín (STURP). En 1978, tras someter una fotografía de la reliquia a un analizador de imágenes VP-8, John Jackson y Eric Jumper concluyeron que la imagen de la sábana santa era tridimensional. Sólo había un problema: habían adaptado los datos a lo que buscaban después de que “el primer resultado obtenido fue el de una imagen humana en tres dimensiones distorsionada en varios lugares”, tal como explicaba el periodista científico Michel Rouzé en 1983. Jackson y Jumper modificaron, entonces, los datos para evitar que el resultado fuera una imagen grotesca y obtener la representación tridimensional ideal que tenían en mente desde el principio para Jesús de Nazaret. ¿Y qué tiene que ver esto con la postura de la escultura sevillana? Pues que Jackson y Jumper usaron en su experimento un modelo humano tumbado sobre una superficie plana y con las piernas estiradas. “Los autores de la exposición se cargan también la historieta sindonológica de que la impresión sólo tuvo lugar hasta una distancia máxima -otro invento ad hoc para justificar que no aparezca en la imagen parte del cráneo- porque, si las rodillas hubieran estado flexionadas, la sábana hubiera quedado mucho más alejada de las piernas que de la cabeza”, indica Calvo.

Y además, “si ya era raro un judío de la época de 1,8 metros, si tuviera las rodillas flexionadas y la cabeza alzada, la altura real rondaría los 1,95 o 2 metros”, apunta el historiador. Jesús sería un gigante, físicamente hablando, lo que podría caber dentro de lo posible, pero genera otro grave problema. “La piedra sepulcral tendría que haber sido tallada  más o menos a medida -la postura sería completamente distinta en otro caso-, pero, en el caso de Jesús, según los Evangelios, éste fue enterrado en un sepulcro que no era suyo, sino de José de Arimatea. Ya es coincidencia que José tuviera una talla semejante a la de Jesús y que ambas fueran excepcionales, tanto que no sé que haya ningún resto de judío de la época con tal estatura”, destaca Calvo. Además, que el cuerpo fuera depositado en el sepulcro tal cual tampoco casa con la tradición. “Un cadáver sin afeitar y sin lavar no puede ser un entierro judío normal porque el rito del lavado purificador es obligatorio tanto entonces como hoy”.

Mentiras y más mentiras

Los promotores de la muestra sevillana -“estos tipos se hacen trampas jugando al solitario”, ironiza Calvo- no sólo falsean las pruebas, sino que también mienten descaradamente cuando dicen cosas como que “la ciencia forense ha demostrado que esta tela en algún momento de su historia cubrió a un hombre que sufrió una tortura que se corresponde con los datos que mantiene el cristianismo”, que “la imagen es anatómicamente correcta”, que “posee nueve características a las que la ciencia no puede dar explicación”, que “hay elementos que certtifican que la sábana ya existía antes de la datación del carbono 14”, que “los datos son atroces y la ciencia forense no deja duda, la sábana santa envolvió el cuerpo de un hombre que sufrió una tortura extrema”.

Para empezar, lo que la ciencia ha demostrado, y está publicado en la revista Nature desde 1989, es que el lino de la tela data de “entre 1260 y 1390 (±10 años), con una fiabilidad del 95%”, según el carbono 14. Con ese dato objetivo debería bastar, pero es que tampoco hay ninguna prueba de la existencia de la reliquia antes de esa época, la presunta sangre ha resultado ser pintura y la iconografía, los materiales y las técnicas empleadas sitúan la confección de la reliquia en Francia a mediados del siglo XIV. Es decir, es un invento medieval realizado, muy posiblemente, a partir de un bajorrelieve. En más de un siglo de presuntos estudios, los sindonólogos no han publicado en una revista con revisión por pares ni un artículo que respalde que el sudario de Turín sea de la época de Jesús de Nazaret y, desde 1989, ni un estudio ha refutado los datos del carbono 14, que son sólo la puntilla a la disparatada historia de la pieza.

Nada de esto se cuenta en la muestra del museo arqueológico sevillano, patrocinada por el Ayuntamiento de la ciudad y la Archidiócesis de Sevilla, como el año pasado lo estuvo en Málaga por las correspondientes instituciones locales. La verdad les es ajena a los sindonólogos en general y a los promotores de la exposición sevillana en particular, que venden un montón de mentiras a quienes pagan 6 (precio reducido) u 8 euros por entrar a la muestra. Y que el Antiquarium acoja una exposición de estas características no sólo desprestigia a ese museo, sino que, además, es un insulto a la arqueología y la historia.

La ‘sabanasantología’ exige fe y tiene la bendición científica de la Universidad de Valencia

El arzobispo de Valencia, Carlos Osorio, animó el lunes a los participantes en el I Congreso Internacional sobre la Sábana Santa en España a “seguir investigando y dándonos datos importantes para que podamos conocer mejor esta reliquia que nos remite a Nuestro Señor Jesucristo”. El prelado, que clausuró el encuentro en la Facultad de Medicina de la Universidad de Valencia, destacó el hecho de que éste se hubiera celebrado “en un ámbito público y universitario, con científicos”. Minutos antes, el presidente de las Cortes Valencianas, Juan Cotino, había hecho su particular profesión de fe diciendo que en ese congreso había hablado “el mundo científico”, felicitándose de que se hubieran podido escucharse “con argumentos científicos realidades” que, para los creyentes, “conducen a Jesucristo”. Alto y claro mensaje a los escépticos: no importa lo que diga la ciencia, nosotros haremos nuestra particular lectura religiosa de los hechos para que acaben diciendo lo que queremos. ¿Porque qué dice la ciencia sobre el sudario de Turín?

A día de hoy, los únicos estudios científicos hechos sobre la sábana santa -los del microanalista forense Walter McCrone y el análisis del radiocarbono de 1989- han resultado devastadores para la sindonología. En 1979 y 1980, McCrone no detectó en la tela ni una gota de sangre y sí muestras de bermellón y rojo de rubia, pinturas utilizadas en la Edad Media, y auguró que, si algún día se hacía la prueba del carbono 14, ésta dictaminaría que había sido confeccionada entre “el 14 de agosto de 1356, diez años más o menos”. Vittorio Pesce, antropólogo de la Universidad de Bari, mantenía meses antes de la datación por radiocarbono que la reliquia había sido fabricada entre 1250 y 1350. Ambos expertos se basaban para dar esas fechas en la iconografía, los materiales y las técnicas empleadas por el artista, y en que nada se sabía de la supuesta reliquia antes de su aparición en Francia a mediados del siglo XIV. Dieron en la diana. La prueba del carbono 14, realizada en 1988 por tres laboratorios independientes de Estados Unidos, Reino Unido y Suiza, fechó “el lino del sudario de Turín entre 1260 y 1390 (±10 años), con una fiabilidad del 95%”.

Afirmaciones sin pruebas

La sábana santa, durante la ostensión de 2010. Foto: Efe.Desde la publicación de los resultados del radiocarbono en la revista Nature, los sindonólogos han centrado sus esfuerzos en desacreditar dicha prueba en sus congresos y en los medios, aunque no han publicado en ninguna revista científica investigación alguna que invalide la datación de 1988. Y tengan en cuenta que hay muchas otras evidencias que dejan claro que la sábana santa es una falsificación medieval. Afirmaciones como la del químico Robert Villarreal, quien dijo el lunes en Valencia que la muestra empleada para el carbono 14 contenía “algodón, el cual no existe en absoluto en la tela de lino original”, presuponen que los encargados de cortar la pieza hace veintidós años, bajo la supervisión del Vaticano, actuaron de mala fe y que los investigadores de los tres laboratorios implicados estaban compinchados. Conspiranoia en estado puro.

Además, ¿cómo ha llegado Villarreal a esa conclusión -que había algodón- si el método de análisis conllevó la destrucción total de las muestras? Si tiene pruebas de lo que dice, que las presente en una revista científica, que es donde hay que hacerlo. Y lo mismo cabe decir del anuncio de Marzia Boi, bióloga de la Universidad de las Islas Baleares que asegura haber encontrado en la tela restos de “ungüentos y flores que se utilizaban para ritos funerarios hace 2.000 años”. Hasta que no se demuestre lo contrario en una publicación con revisión por pares, el hallazgo de Boi es equiparable al del reverendo Francis Filas, que veía monedas romanas en los ojos de la figura de la sábana, donde nadie más las encuentra, y al de Max Frei, palinólogo suizo que aseguró en su día haber encontrado en el sudario  polen de plantas de Oriente Próximo, descubrimiento que tampoco fue corroborado.

Naturalmente, es mucho más fácil hacer afirmaciones extraordinarias en reuniones de creyentes como la de Valencia, con misa dominical incluida a cargo del arzobispo, que aportar pruebas que las apoyen. Es mucho más fácil utilizar medios de comunicación para seguir mintiendo sobre la vinculación de la NASA con la falsa reliquia, cuando la agencia espacial estadounidense nunca la examinó, que presentar argumentos y evidencias a favor de lo que se sostiene y que dictamine la ciencia. Es mucho más fácil resucitar periódicamente la trola de que Willard Libby, nobel de Química en 1960 por el descubrimiento del método de radiocarbono, dijo en 1989 que el análisis se había hecho mal, cuando había muerto nueve años antes, que demostrar la invalidez de esa prueba. Por cierto, de quien primero escuché esta mentira fue de Celestino Cano, presidente en 1989 del Centro Español de Sindonología (CES), entidad organizadora del congreso valenciano. Es a estos pseudocientíficos a los que ha bendecido estos días, además del Arzobispado de Valencia, la Universidad valenciana con la concesión de dos créditos de libre elección a quienes han acudido al encuentro.