John Nevil Maskelyne, el mago de la era victoriana que desenmascaraba médiums

John Nevil Maskelyne.El primer mago que se dedicó a desenmascarar médiums fue John Nevil Maskelyne (1839-1917). «Si nos preguntaran «¿Qué ha probado la investigación respecto al espiritismo?», honestamente sólo podríamos responder: «Que es un fraude, una falsedad, una locura y nada más»», sentenciaba en su libro The supernatural? (¿Lo sobrenatural?, 1892), firmado conjuntamente con el psiquiatra Lionel A. Weatherly. «No existe, ni nunca ha existido, un médium de ninguna clase que no haya usado trucos o engaños», concluía después de décadas de investigación el que, con el tiempo, sería el patriarca de una famosa estirpe de ilusionistas.
Nacido en Cheltenham (Reino Unido) en 1839, John Nevil Maskelyne tenía 9 años cuando, en Estados Unidos, Kate y Maggie Fox empezaron a simular que contactaban con los espíritus. Las niñas atribuían a mensajes del Más Allá los chasquidos que hacían, en realidad, con los dedos de los pies. Cuarenta años después de su debut como médium, Maggie confesaba el fraude el 21 de octubre de 1888 en la Academia de Música de Nueva York, donde denunció el espiritismo como «la más enfermiza de las supersticiones y la blasfemia más malvada que ha conocido el mundo”. Ya era tarde para frenar el avance del nuevo credo: llenaba los bolsillos de decenas de miles de pícaros.
La conjura de los magos

Maskelyne se topó con el espiritismo cuando, ya en la veintena, trabajaba como aprendiz en un taller de relojería de Cheltenham donde cultivaba otra de sus grandes pasiones, la de los ingenios mecánicos. Fabricante de varios autómatas, fue un importante inventor en la Inglaterra victoriana. A él se debe, por ejemplo, la cerradura de los baños públicos de Londres que sólo se abría si se metía un penique por una ranura.
Jasper Maskelyne, su nieto y también ilusionista, cuenta en White magic: the story of Maskelynes (Magia blanca: la historia de los Maskelyne, 1936) que un día entró en el taller un hombre con pelo largo y barba que llevaba a reparar un raro aparato. «Le explicó con cierto detalle [a Maskelyne] que se había roto un muelle y que quería que lo cambiara, pero desvió hábilmente cualquier pregunta sobre su finalidad». Cuando regresó a por la máquina, el misterioso individuo trató de comprar el silencio del muchacho con medio soberano de oro, pero el joven, que creía tener delante a un ladrón de casas, «rechazó amablemente el soborno».
Maskelyne formaba parte de un grupo de aficionados a la magia. Dos días después de su segundo encuentro con el enigmático personaje, en una de las reuniones, uno de sus amigos informó de que un espiritista estadounidense estaba actuando en Devinzes y hacía que las «manos invisibles» de los muertos respondieran a las preguntas de los vivos mediante golpes en una mesa. La descripción física del médium se correspondía con la del visitante del taller, y el aprendiz de relojero dedujo que el aparato que había arreglado permitía que alguien golpeara a hurtadillas la mesa sin que la audiencia se diera cuenta. Se lo contó a sus amigos y, aquella noche, los jóvenes magos se conjuraron: denunciarían públicamente a todos los médiums que emplearan trucos.
Los hermanos Davenport

Como Devinzes estaba lejos para ellos, decidieron esperar a que algún espiritista recalara por Cheltenham. Entretanto, Maskelyne empezó a ofrecer espectáculos de magia con su amigo George Albert Cooke, quien sería su socio hasta su muerte en 1905. A principios de 1865, corrió el rumor de que iban a visitar la ciudad dos médiums estadounidenses, los hermanos Ira Erastus y William Henry Davenport. Los lugareños pidieron entonces a los jóvenes magos que, para preservar el buen nombre de Cheltenham, se unieran al comité que iba a controlar que los espiritistas realmente hicieran lo que decían hacer y no recurrieran a trucos. Maskelyne y sus amigos aceptaron el reto.
Los Davenport actuaron en Cheltenham el 7 de marzo de 1865. «Era una demostración rutinaria de los hermanos dentro de su gira provincial. Sin embargo, tuvo una influencia indirecta en la escena mágica de la Inglaterra victoriana mayor que ninguna otra actuación de ese siglo», sentencia Geoffrey Lamb en Victorian magic (Magia victoriana, 1976). En su espectáculo, los médiums se metían en un armario de tres puertas, sentados frente a frente, y atados entre sí y de pies y manos con una cuerda. Uno de ellos estaba tras la puerta izquierda; el otro, tras la derecha; y, detrás de la central, había una guitarra, una trompeta, un violín, una pandereta y dos campanas. Cuando se cerraban las puertas y las luces se apagaban, empezaban a sonar los instrumentos y, cuando la luz volvía y se abría el armario, los Davenport seguían atados.
Los hermanos Davenport, en el armario que utilizaban en su espectáculo espiritista.
Maskelyne acudió a la actuación de los médiums «con la mente abierta; estaba dispuesto a admitir que la comunicación con los muertos era real. Pero no estaba dispuesto a dejar pasar ningún truco que pudiera descubrir, porque el espiritismo estaba atrayendo a muchísima gente infeliz que había perdido a sus seres queridos y estaba predispuesta a la credulidad cuando los Davenport y su amigo expresbiteriano [J.B. Ferguson, el cómplice de los médiums] les ofrecían elocuencia y el sonido de campanas a cambio de una cara entrada», explica Jasper Maskelyne.
Una «pequeña sorpresa»
La representación comenzó como era habitual. Ferguson explicó a la audiencia que los espíritus temen la luz y sólo pueden comunicarse en la oscuridad. Después, los Davenport fueron atados entre sí, de pies y manos, y a la bancada; y los nudos examinados por el comité de ciudadanos, que también inspeccionó el armario. Se apagaron las luces y se corrieron las cortinas para evitar que un rayo de luz incomodara a los espíritus que harían sonar los instrumentos y, como había ocurrido en otras ocasiones, en un momento determinado lanzarían algún instrumento fuera del armario por la puerta central. Pero Maskelyne, quien estaba cerca del escenario, tenía un plan.
«Esperaba una pequeña sorpresa que había planeado con la ayuda de otro miembro de nuestro club de magia. Cuando creí que la puerta central se iba a abrir, golpeé el suelo con un pie. A mi señal, un amigo hizo que la cortina que cegaba una de las ventanas se corriera un poco, dejando entrar un lanzazo del sol de la tarde justo cuando la puerta central se abría y los instrumentos empezaban a volar hacia afuera. En la luz, vi claramente a Ira Davenport lanzar los instrumentos fuera del armario», recordaría después el mago. Maskelyne pidió inmediatamente que se encendieran las luces, Ferguson intentó convencerle de que arreglaran las cosas en privado. No lo consiguió. Se hizo la luz, y los Davenport estaban sentados en el armario atados de pies y manos, pero el joven mago se levantó y dijo a sus paisanos: «Señoras y caballeros, he descubierto cómo hacen el truco».
Ira Davenport y Harry Houdini, el 5 de julio de 1911.Maskelyne explicó a sus conciudadanos que se trataba de una cuestión de destreza y se comprometió a reproducir los efectos de los médiums después del oportuno entrenamiento. Tres meses más tarde, el 19 de junio de 1865, él y Cooke replicaron todos los prodigios de los Davenport y exhibieron algunos más ¡a plena luz del día y sin la ayuda de los espíritus! «Tanto se pareció la representación a la original que los espiritistas no tuvieron otra alternativa que referirse a nosotros como los médiums más poderosos, algo que era para ellos más rentable que negar la ayuda de los espíritus», recordaba en 1892 el ilusionista. En 1911, Harry Houdini visitó a Ira Davenport en Maysville (Nueva York), y éste le confesó que su espectáculo se basaba en trucos y le explicó cuál era el método que empleaban él y su hermano para liberarse de las ataduras y, después, volvérselas a poner rápidamente. Lo cuenta Houdini en su libro A magician among the spirits (Un mago entre los espíritus, 1924).
Cuestión de dinero y cerebro
En 1883 y 1884, Maskelyne ofreció en el Salón Egipcio de Piccadilly, en Londres, más de 200 representaciones en las que reproducía y explicaba cada truco mediúmnico. Los Davenport fueron sólo los primeros embaucadores que cazó. Hasta su muerte, desenmascaró a innumerables médiums y, además, creó escuela: Houdini y James Randi recogerían su testigo, sucesivamente, en la lucha contra el engaño paranormal.
«He hecho lo mismo que Houdini y Maskelyne. Lo mismo. Hace poco, recibí en California una gran distinción del Castillo Mágico, una muy famosa fraternidad de magos. Me galardonaron por mi trayectoria profesional. Fue en un gran teatro de Los Ángeles lleno de ilusionistas. Al agradecer el premio, aproveché la oportunidad para recordar que la Sociedad de Magos Americanos, de la que fue presidente Harry Houdini, y la Hermandad Internacional de Magos tuvieron en su momento sendos comités dedicados a la lucha contra el ocultismo en los medios», me contaba hace un año Randi.
De Randi han dicho desde las filas de la credulidad que tiene superpoderes. Nada nuevo. «J.N. [Maskelyne] era constantemente acusado, a menudo por personas que deberían haber tenido más inteligencia, de ser capaz de descubrir los trucos de los médiums y de otros, como demostró en el caso de los Davenport, simplemente porque estaba aliado con el Padre del Engaño», escribe su nieto en White magic: the story of Maskelynes. El mago de la era victoriana que desenmascaraba médiums resumía el principio básico doctrinal del «gigantesco engaño» del espiritismo en que «aquéllos que tienen mucho dinero y nada de cerebro están hechos para aquéllos que tienen mucho cerebro y nada de dinero». Una sentencia que podría aplicarse, en general, al gran negocio de la pseudociencia y la superstición.

La estela de Houdini

Como dice Margaret Matheson (Sigourney Weaver) en Luces rojas, la película de Rodrigo Cortés, hay dos clases de dotados: los que creen tener algún poder psíquico y los que creen que no podemos detectar sus trucos. A eso se reduce el misterio de lo paranormal desde Nina Kulagina hasta Anne Germain: a la simulación, al autoengaño y al engaño.
Desde que nacieron el espiritismo y la parapsicología en el siglo XIX, ha habido quienes han abordado esos fenómenos con un sano escepticismo. Uno de los primeros fue Harry Houdini. El famoso mago dedicó buena parte de su vida a desenmascarar a los médiums y presuntos dotados que se cruzaban en su camino. Ni uno fue capaz de colarle sus trucos como poderes sobrenaturales.
Décadas después, el gran James Randi puso en evidencia a Uri Geller, que no en vano fue ilusionista de sala de fiestas en Israel antes que dotado. Ya un anciano encantador, Randi es todavía capaz de duplicar cualquier truco de Geller y de hacer cosas mucho más sorprendentes.
Dársela con queso al lego y al científico es muy fácil para el Simon Silver (Robert De Niro) de turno. Engañar a un ilusionista, no. Doblar cucharas, adivinar dibujos metidos en sobres, simular ver el futuro o hablar con los muertos está al alcance de cualquiera con el suficiente entrenamiento… y sin poderes.
No conozco ningún aparente fenómeno paranormal que no pueda replicar un ilusionista, ni a ningún dotado que haya dejado a Randi u otro mago con la boca abierta. La única diferencia entre un ilusionista y un dotado es que el segundo dice que no usa trucos. Es mentira.

La ilusión de lo increíble

He visto cosas increíbles: desaparecer un elefante en un escenario, encenderse un cigarrillo al acercarlo a un cenicero vacío, adivinar el resultado un número de una suma antes de conocer los sumandos. Aunque parecen milagros, no lo son. Sé que detrás de cada uno de esos prodigios hay una explicación racional, pero nunca me ha importado ignorarla. Cada vez que veo un espectáculo de magia, disfruto de la ilusión de lo increíble, de lo para mí inexplicado, que no inexplicable. No busco el truco, como no lo hago ante los efectos especiales de una película.
Entre el ilusionista y su público existe siempre un pacto: el artista se compromete a simular prodigios; el espectador, a seguirle el juego. Los ilusionistas viven de hacernos creer en lo increíble, pero están en las antípodas de los psíquicos y los investigadores de lo paranormal. Mientras que los primeros nos advierten de que lo suyo tiene truco, los segundos quieren hacernos creer que vivimos en un mundo lleno de prodigios. Hay gente que admite que el ilusionista David Copperfield nunca ha hecho desaparecer la Estatua de la Libertad, aunque parezca que así ha sido, y cree, sin embargo, que Uri Geller dobla cucharas sólo con el poder de la mente. Si el mago estadounidense se dedicará a romper cuberterías, dirían que hay gato encerrado; pero como lo hace Geller…
El mundo de lo paranormal es un mundo de engaños donde se vende lo inexplicado como inexplicable. Todos los dotados -desde las hermanas Fox, fundadoras del espiritismo a mediados del siglo XIX- han tenido su principal enemigo en los ilusionistas, por una razón muy simple: éstos viven de engañar a la gente y saben cómo hacerlo. El famoso Harry Houdini fue hace un siglo la bestia negra de los psíquicos, como hoy lo es James Randi, mago capaz de duplicar todos los fenómenos paranormales que han hecho famoso a Geller, desde doblar cucharas hasta adivinar qué ha dibujado alguien a sus espaldas. Cuando lo hace Randi, tampoco nadie habla de poderes extraordinarios.
Ray Hyman, profesor de psicología de la Universidad de Oregon, se hizo pasar una vez por echador de cartas en un programa de radio y abrió los micrófonos a los oyentes para que le preguntaran qué les iba a deparar el futuro. El resultado fue extraordinario: todos le dieron un sobresaliente en sus predicciones. Hyman, en realidad, sólo había puesto en práctica lo que se conoce como lectura fría, una técnica que consiste en sonsacar información al consultante para devolvérsela como si fuera un hallazgo nuestro. Es lo que hacen los adivinos en la tele, la radio y sus gabinetes, preguntar al cliente y deducir cosas de sus respuestas, apariencia, gestos… Fíjense la próxima vez que vean a un brujo en acción en un medio de comunicación cómo necesita que el pagano le facilite información, cómo no puede deducir por sí mismo ni siquiera la edad de su interlocutor.
No hay nada paranormal en la lectura fría. Cualquiera puede aprender sus principios y vivir de la ingenuidad del prójimo. En España, lo hacen miles de personas que echan el tarot, leen la bola de cristal o hacen cartas astrales. Y hay quien cree en sus poderes, pero niega que un ilusionista sea capaz de hacer desaparecer de verdad la Estatua de la Libertad, cuando en el fondo hablamos de lo mismo, de la ilusión de lo increíble. A mí me gusta que me asombren, no que me engañen. ¿Y a usted?
Publicado originalmente en A Ciencia Cierta.

La sabiduría de los brujos

Gabriel Naranjo difícilmente olvidará el milagro que Mark Plummer, un gigantón australiano, hizo ante sus ojos en mayo de 1987. A los postres de una cena en una cafetería de San Sebastián, Plummer pidió a uno de los comensales que sujetara una cuchara por los extremos con las manos mientras él frotaba con dos dedos el cuello del cubierto e intentaba reblandecerlo mentalmente. Segundos después, la cuchara se doblaba como si fuera de mantequilla. Naranjo, un vecino de Berriz preocupado por el avance de la charlatanería, aprendió aquella noche el truco que practica en cualquier cita gastronómica a la menor oportunidad, para terror de los camareros.
«Si aprende a engañar a los demás, estará mejor preparado para descubrir la palabrería de los vendedores de ilusiones que intentan persuadirle de sus conocimientos fuera de lo común, tanto en el ámbito de la salud como en el de la vida sentimental o la política», dicen Georges Charpak y Henri Broch en Conviértase en brujo, conviértase en sabio (Ediciones B), obra que llegó en febrero a las librerías españolas. Naranjo está convencido de que quien sabe torcer cucharas y llaves con ‘el poder de la mente’ no sólo deja de tragarse los cuentos de Uri Geller y compañía, sino que además, siempre que presencia un milagro, se pregunta irremediablemente dónde está el truco.
Explotar la ignorancia
Charpak, premio Nobel de Física de 1992, y Broch, profesor de esa disciplina en la Universidad de Niza-Sophia Antipolis, han escrito un divertido y profundo alegato contra la superchería, del que en Francia se han vendido más de 300.000 ejemplares. «Sólo deseamos comentar algunas experiencias de brujería banal practicadas alegremente en familia y mostrar de este modo cómo engañan algunos brujos modernos al pobre mundo», argumentan. Persiguen en realidad un fin más elevado, ya que creen que lo que está en riesgo es la esencia de la democracia, como advirtió Carl Sagan en El mundo y sus demonios.
Los autores de Conviértase en brujo, conviértase en sabio sienten el mismo «gran respeto» por la salud del planeta que por los auténticos prestidigitadores, los que no venden su destreza como un misterioso poder, sino como una habilidad. Y el mismo desprecio por los embaucadores del misterio que por quienes desde grupos de presión sacrifican la verdad en el altar del alarmismo. Parten de que «una sociedad verdaderamente democrática presupone necesariamente ciudadanos plenamente aptos para la reflexión» y que, por ello, resulta grave que el espíritu crítico se encuentre «ahogado por la credulidad». No les inquieta que la gente se preocupe por la nocividad de fuentes de energía o de ciertos inventos -«nos parece lógico, y en el fondo tranquilizador»-, sino «ver cómo dirigentes más o menos bienintencionados explotan su ignorancia y sus miedos para conducirlos a tomar decisiones quizá catastróficas para el planeta».
Un ejemplo de esa explotación de la ignorancia «como un potente incentivo político» ha sido, para los físicos franceses, el caso del uranio empobrecido usado en bombas en la guerra del Golfo y en Kosovo. Se han gastado millones de euros en analizar los efectos nocivos de un material cuya radiactividad es «inferior a la que se respira a cuatro patas sobre la hierba con la nariz pegada a las flores del campo, a causa de un gas radiactivo natural, el radón, que acompaña la desintegración natural del uranio presente en toda la corteza terrestre y en muchas casas». No citan episodios similares que vienen automáticamente a la mente del lector, como la satanización de los microondas, los móviles y las antenas de telefonía.
Asombrar a los amigos
Georges Charpak y Henri Broch explican varias de las artimañanas de los doblacucharas, telépatas, profetas, videntes y astrólogos que han invadido el universo audiovisual, en algunos casos en incumplimiento de la directiva europea de televisión sin fronteras (Directiva 89/552/CEE). La norma considera «ilícitas la publicidad y la televenta que inciten a la violencia o a comportamientos antisociales, que apelen al miedo o a la superstición».
Transmitir información telepáticamente, atravesarse la lengua con una aguja y que ni le duela ni quede marca, caminar descalzo sobre brasas y elaborar horóscopos son algunos de los trucos que aprenden cada año los 350 estudiantes de ciencias que se apuntan a los cursos de pensamiento crítico que imparte Broch en el Henri Broch. Los físicos se los enseñan al lector para asombrar a sus amistades, y algo más. «Es necesario haber participado uno mismo en ciertas escenificaciones para ver hasta dónde puede llegar la credulidad humana».
El éxito de los brujos se cimenta en hacernos ver lo que quieren que veamos. Gabriel Naranjo, cofundador de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico, convence a sus compañeros de mesa de que la cuchara que va a torcer está intacta, como cuando salió de fábrica. Sólo lo parece. Mientras su interlocutor sujeta la pieza por los extremos, él la agarra por el cuello con el índice y el pulgar. Tira hacia arriba y hacia abajo con fuerza -no la suficiente para romperla-, y la cuchara se dobla y acaba por partirse. ¿Milagro? No, en realidad estaba casi rota desde el principio.

«Hay muchos magos que se pasan a El Lado Oscuro»

Son dos caras de la misma moneda. «Hay muchos magos que se pasan a El Lado Oscuro y usan los secretos del ilusionismo para engañar y no para crear ilusión», dice Jorge Blass. Capaz de hacer aparecer de la nada una bola de bolos, el joven ilusionista madrileño reconoce que no han faltado quienes le han preguntado en alguna ocasión si tiene poderes sobrenaturales. No sólo carece de ellos, sino que además es escéptico respecto a su existencia. «No creo en lo paranormal».
Tampoco José Luis Ballesteros cree en la telepatía, la adivinación, la telequinesis, ni cosas parecidas. «Ni como ilusionista ni como persona». Retirado de la magia desde 1988, se dedicó durante un tiempo a la caza de magos disfrazados de psíquicos, como asesor de la Sociedad Española de Parapsicología, cuyo presidente, Ramos Perera, desenmascaró a Uri Geller en 1975 en un libro hoy imposible de encontrar. «Geller no tiene poderes; es un ilusionista -afirma Ballesteros-. Cada uno tiene derecho a montarse la vida como quiera siempre que no perjudique a terceros, como hacen los curanderos».
«Puedo repetir todos los efectos de Uri Geller», afirma Blass, antes de recordar que quien lo hizo hace casi treinta años fue su colega. Ballesteros viajó por toda España con Perera, haciendo demostraciones de sus poderes. Incluso apareció dos veces en Más Allá, el programa de televisión de Fernando Jiménez del Oso, donde dejó claro que un ilusionista puede pasar por un dotado en cuanto quiere y no hay un colega cerca. «A un ilusionista es muy difícil que se la den», apunta Blass. La historia de lo paranormal está llena de dotados cuyos poderes se esfuman en cuanto entra en la sala un mago.
Adivinar el ‘gordo’
Ballesteros es, como Anthony Blake, mentalista. Practica la rama del ilusionismo que consiste en simular poderes paranormales. Es capaz de adivinar el nombre de alguien del público, el titular de mañana del periódico, el número agraciado con el gordo… En 1982, hizo lo mismo que Blake hace dos meses, pero con el resultado del mundial de fútbol de España. Con notario, sobre sellado -«yo estaba a distancia cuando se abrió»- y caja fuerte de por medio, su ‘vaticinio’ se cumplió. «Se puede hacer de muchas maneras», confiesa. «Es un juego de ilusionismo clásico», dice Blass.
El joven no duda de que todo lo que hacen los torcedores de cubiertos y demás brujos «son juegos de magia, aunque algunos los presenten como hazañas mentales». «Un ilusionista es una persona que realiza efectos aparentemente sobrenaturales a través de medios naturales que no son del conocimiento del común de los mortales», explica Ballesteros.

Embaucadores domésticos

Era un desconocido en España hasta que en 1975 dobló cucharas y arregló relojes en Televisión Española junto a José María Íñigo. Nada parecido a lo que ocurrió en Estados Unidos, donde los poderes paranormales de Uri Geller se desvanecieron en The Tonight show de Johnny Carson. El presentador, ilusionista aficionado, controló tan estrechamente al dotado que éste no pudo hacer ningún truco.
Porque Geller tiene sus bestias negras: los magos. Son capaces de duplicar todos y cada uno de sus poderes. Lo demostró el ilusionista y cazador de charlatanes James Randi en 1973 en la sede de la revista Time, cuyo redactor científico, Leon Jaroff, escribió después que estaba claro que, para hacer los prodigios de Geller, «sólo eran necesarias unas manos rápidas y psicología». Dotes que antes habían llevado al psíquico a actuar como mago en Israel.
Hay varios métodos para doblar cucharas milagrosamente. Algunos magos las preparan antes de salir a escena. Cabe pensar que es lo que hace Uri Geller, quien se negó a torcerlas ante las cámaras de la televisión vasca el 12 de noviembre de 1987 -también esta vez invitado por Íñigo- porque se había dejado su juego de cubiertos en el hotel. Un buen ilusionista habría improvisado con una cuchara cualquiera, aunque, si hubiera contado con una cuchara hecha de un metal con memoria, no habría tenido que correr ningún riesgo.
Félix Ares, presidente de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico y director del museo de la ciencia de San Sebastián, lleva desde hace años una cucharilla en un bolsillo. Cuando pide un café y la mete para revolver el azúcar, el cubierto languidece hasta formar una U. Es de nitinol, una aleación de níquel y titanio, con memoria. Su forma original es la doblada y, cuando la temperatura asciende hasta un punto crítico, la cucharilla la recupera. Por eso se tuerce sola con el calor del café.
Doblar una llave es algo que puede hacerse contra algo, aunque también con una sola mano. Pruebe a hacer lo último antes de seguir leyendo. A primera vista, parece complicado y hasta imposible: la llave es muy dura. ¿Demasiado? No. Basta con tener en la mano otra llave con un agujero generoso para ponerla en el llavero. Se mete por él la parte inferior de la llave a torcer, se hace palanca y ya está.

Pare su corazón a voluntad

Atravesarse la lengua con una aguja es cosa de niños, siempre que la aguja tenga, como los cuchillos que se clavan en la cabeza los payasos, una parte con forma de U en la que meter la lengua para que parezca ensartada. Cuénteselo a sus amigos, al tiempo que les advierte de que puede controlar su corazón hasta pararlo. No le creerán. Dígales entonces que elijan a uno de ellos para comprobarlo.
Pida silencio -recuérdeles que en la demostración corre peligro su vida- y extienda el brazo izquierdo para que el elegido le controle el pulso. Tras unos segundos, su pulso desaparecerá. Un minuto después, volverá, momento en el que usted se desplomará teatralmente agotado en el sofá más próximo. ¿Increíble? No.
El prodigio únicamente exige una pelota de goma colocada en la axila y apretarla con la fuerza suficiente para que presione la arteria hasta que se interrumpan las pulsaciones. El resto del efecto es producto de la falsa identificación popular entre el pulso tomado en la muñeca y el latido cardiaco.

El libro

Conviértase en brujo, conviértase en sabio es una obra de Georges Charpak, premio Nobel de Física, y Henri Broch, de la Universidad de Niza-Sophia Antipolis. En Francia se han vendido más de 300.000 ejemplares del libro, el tercero de Broch publicado en España, después de La misteriosa pirámide de Falicón (1976) y Los fenómenos paranormales (1985).
Publicado originalmente en el diario El Correo.