Canales de Marte

Misterios marcianos, en Punto Radio Bizkaia

Rebeca Gimeno y yo hablamos el martes pasado en Bizkaia y Punto, en Punto Radio Bizkaia, de misterios marcianos, en la cuadragésima quinta entrega del curso 2011-2012 de Magonia, mi espacio semanal dedicado al pensamiento crítico en la emisora de Vocento.

Lecturas marcianas: ‘La vida en Marte’, de Giovanni Schiaparelli

'La vida en Marte', de Giovanni Schiaparelli.Marte nos obsesiona desde que, a finales del siglo XIX y principios del XX, Percival Lowell lo llenó de canales artificiales construidos por una civilización agonizante. El astrónomo italiano Giovanni Schiaparelli fue quien primero vio las supuestas vías de agua en el planeta rojo, pero la atribución a extraterrestres se la debemos al estadounidense. La vida en Marte reúne, por primera vez en español, tres artículos sobre el mundo vecino publicados por Schiaparelli en la revista Natura ed Arte en 1893, 1895 y 1909. Los acompaña un estudio del historiador José Carlos Hernanz que sitúa los hallazgos del investigador europeo en su época. En su textos, el astrónomo se muestra cauto a la hora de hablar de los canales como algo más que formaciones naturales, aunque no descarta totalmente su artificialidad.

“La red formada por los mismos probablemente fue determinada en origen por el estado geológico del planeta, y se ha venido lentamente elaborando en el curso de los siglos. No es preciso suponer aquí la obra de seres inteligentes; y, a pesar de la apariencia casi geométrica de todo su sistema, por ahora nos inclinamos a creer que los mismos se han producido por la evolución del planeta, igual que en la Tierra el canal de la Mancha o el de Mozambique”, escribe Schiaparelli en 1893. Dos años más tarde, aunque sigue sin abrazar la artificialidad de los supuestos cursos de agua, dice que “no puede ser considerada como absurda” la idea de que haya de por medio “una raza de seres inteligentes”.

Schiaparelli está en el arranque de la obsesión marciana de la que he hablado aquí en repetidas ocasiones y con diferentes ejemplos. “La prensa, la literatura, luego la radio y el cine, se encargaron de crear un mundo misterioso, fascinante o peligroso, pero siempre más o menos análogo a la Tierra, un mundo del que si Schiaparelli fue el Colón, Lowell sería su Vespucio; Colón y Vespucio de un mundo imaginado y creído como verdadero por muchos, hasta que se desvaneció, de manera total, cuando los satélites artificiales mostraron con detalle la atormentada pero aparentemente yerma y desierta superficie marciana…”, escribe Hernanz en su estudio.

Por eso, este libro me parece el más apropiado para el arranque de una pequeña serie de lecturas recomendadas sobre el planeta rojo en un año en el que un ingenio humano, el Laboratorio Científico Marciano de la NASA, llegará al mundo vecino para seguir desentrañando sus secretos.

Giovanni Schiaparelli: La vida en Marte. Traducido y comentado por José Carlos Hernanz. Prologado por Marcio Ares-Stella. Interfolio Libros (Col. “Leer y Viajar Imaginario”, nº 3) . Madrid 2009. 281 páginas

Arthur C. Clarke, sobre la existencia actual de una civilización marciana

Una carta publicada en The Skeptical Inquirer en 1978 (Vol. III, Nº 2) deja bien claro lo que pensaba Arthur C. Clarke de la posible existencia de una civilización marciana defendida por los oportunistas de turno, como indicaba hace unos días el planetólogo Francisco Anguita:

Tecnología marciana

“Me gustaría señalar que las recientes misiones Mariner y Viking han establecido más allá de toda duda razonable la existencia de una civilización marciana con un alto nivel tecnológico.

La habilidad para camuflar completamente, en unos pocos años, su sistema planetario de canales es un extraordinario logro de la ingeniería. Pero es sobrepasado por la proeza científica de (a) predecir los lugares de aterrizaje de las Viking y (b) descontaminarlos tan a fondo que se eliminó todo rastro de materia orgánica.

Entiendo que destacados expertos como Erich von Däniken y Charles Berlitz están ahora compitiendo entre sí por presentar estas sensacionales conclusiones al mundo.

Arthur C. Clarke.
Colombo, Sri Lanka.”

Años después, a mediados de los 80, el también destacado experto español en lo paranormal Enrique de Vicente me presentó esta carta como prueba de que el padre de HAL 9000 creía en los marcianos. Está claro que es director de Año Cero por méritos propios.

Obsesión marciana

Millones de españoles vieron, el 13 de febrero de 1983, cómo algo se movía bajo las arenas de Marte junto a una nave espacial humana que había aterrizado en el planeta rojo en 1962. Eran los tiempos de la televisión única y, en el segundo canal de Televisión Española (TVE), Fernando Jiménez del Oso emitía aquel domingo un extraño documental dentro de La Puerta del Misterio. Se titulaba Alternativa 3. Con formato de reportaje de investigación, contaba una historia inquietante, salpimentada con declaraciones de científicos y astronautas. Ante una inminente catástrofe medioambiental, Estados Unidos y la Unión Soviética planeaban evacuar a un grupo de elegidos a Marte, mundo que el hombre había pisado en 1962 y en el cual se había encontrado vida. Los miles de personas que desaparecían cada año en la Tierra eran secuestradas para trabajar como esclavas en la cara oculta de la Luna.

Alternativa 3 ha sido uno de los últimos síntomas de una pasión marciana que se desató cuando Percival Lowell creyó ver en el mundo vecino una red de canales. De una acomodada familia de Nueva Inglaterra (EE UU), el astrónomo aficionado levantó en 1894 un observatorio en Flagstaff (Arizona) y dedicó quince años a cartografiar el planeta. Creía que sus habitantes luchaban por la supervivencia en un Marte que agonizaba -como la Tierra de Alternativa 3– y habían construido las acequias para transportar el agua de los polos al resto de su mundo. Lowell popularizó la idea de la moribunda civilización alienígena en tres libros: Mars (1895), Mars and its canals (1906) y Mars as the abode of life (1908).

La civilización

Percival Lowell, en 1900, mirando por su telescopio de 24 pulgadas.“La obsesión por Marte nace con las primeras observaciones telescópicas del siglo XIX, cuando se ven nubes amarillas, casquetes polares y manchas que sufren cambios estacionales”, explica Agustín Sánchez Lavega, planetólogo de la Universidad del País Vasco. Las manchas cambiantes se interpretaron como vegetación -“en realidad, se trataba de movimientos de arena”- y el planeta rojo fue tomando la apariencia de un hermano pequeño de la Tierra, con un periodo rotacional similar -el día tiene 37 minutos más que el terrestre- y una inclinación del eje muy parecida. “Ahí se empezó a cimentar la mitología marciana”, indica el astrofísico vasco.

El público de finales del siglo XIX sabía de las maravillas de la ingeniería. El canal de Suez se había inaugurado en 1869, el de Corinto en 1893 y las obras del de Panamá habían empezado en 1880, y le resultaba verosímil que una cultura más avanzada acometiera un proyecto de dimensiones planetarias. Sin embargo, la mayoría de los astrónomos rechazaba la existencia de los canales marcianos. No los veía. Ahora, sabemos que nacieron de la búsqueda, por parte del cerebro humano, de patrones donde no los hay. En este caso, en las manchas estacionales de Marte.

Lowell estaba convencido de que había gigantescas conducciones de agua a cielo abierto y, por eso, las veía. Como apunta Carl Sagan en Cosmos (1980), las acequias marcianas fueron obra de una inteligencia, pero estaba a este lado del telescopio de 24 pulgadas. “De la historia de los canales -imposibles de fotografiar con el instrumental de entonces-, lo que parece que se llegó a ver es Valles Marineris, una fractura geológica de 4.000 kilómetros de longitud y hasta 7 de profundidad”, puntualiza Sánchez Lavega. Valles Marineris es un accidente geográfico del tamaño de Estados Unidos.

La invasión

Los marcianos llegaron a la Tierra en La guerra de los mundos (1897), de Herbert G. Wells. Los trípodes alienígenas del novelista inglés no tenían nada que ver con los pacíficos ingenieros de Percival Lowell: protagonizaron la primera invasión extraterrestre de la Historia, que Hollywood recientemente ha recreado en Independence day (1996) y Señales (2002). “Wells estaba al día de las noticias sobre Marte y los canales”, señala el crítico y escritor de ciencia ficción Miquel Barceló. Cuarenta años más tarde, millones de norteamericanos sobrevivieron a la invasión cuando Orson Welles y el Mercury Theatre radiaron, el 30 de octubre de 1938, una dramatización de La guerra de los mundos.

Orson Welles, durante la emisión de 'La guerra de los mundos'.Marte era, a principios del siglo pasado, el hogar de una civilización con la que se intentaba establecer contacto. El físico serbio Nikola Tesla anunció en 1901 que su detector de Colorado Springs había captado señales de radio cuyo origen podía estar en Venus o Marte y, en los años 20, el italiano Guglielmo Marconi, inventor de la radio, dijo haber recibido emisiones del planeta rojo. El convencimiento era tal que el Ejército de EE UU montó una operación de escucha durante el verano de 1924 en coincidencia con el momento de mayor proximidad de Marte desde 1804. No se pretendía mandar un mensaje -los emisores de la época no eran lo suficientemente potentes-, sino captarlo. No hubo éxito.

La primera sonda que sobrevoló el planeta, la Mariner 4 de la NASA, descubrió en 1965 un mundo muerto. Las veintiún fotografías que transmitió a la Tierra retrataban un Marte desértico, repleto de cráteres y de lo que parecían cauces secos. No fluía el agua, ni parecía que hubiera canales ni vida inteligente, y los seguidores de los platillos volantes -que habían irrumpido en escena en 1947 y a los que algunos atribuían origen marciano- tuvieron que llevar la base de los visitantes más lejos. “Es la Mariner 9, en 1971, la que manda por fin imágenes que borran los canales de Lowell”, recuerda Sánchez Lavega. La información enviada por las naves robot acaba con unos mitos, pero surgen otros.

Las ruinas

La cara de Marte fotografiada por la 'Viking 1' en 1976 y por la 'Mars Global Surveyor' en 2001. Fotos: NASA.Una fotografía hecha por el orbitador de la Viking 1 ha sido, durante más de un cuarto de siglo, esgrimida como la mejor prueba de la existencia de una antigua civilización marciana. Tomada desde 1.873 kilómetros de altura el 25 de julio de 1976, en la imagen se ve lo que parece un rostro humano en Cydonia. Está en una región en la que parece que también hay pirámides y otras ruinas. La esfinge fue fotografiada el 8 de abril de 2001 por la Mars Global Surveyor’, cuya cámara es más potente que la del Viking 1, y el misterio se esfumó: allí no hay más que una meseta. “Lo de la cara y las pirámides es lo mismo que lo de los canales”, concluye Sánchez Lavega.

Hay quienes hoy en día identifican, en las imágenes tomadas en 1997 por la Mars Pathfinder en Ares Vallis, animales, columnas, grabados, máscaras… La NASA estaría ocultando información. El principal promotor de esta idea es el escritor Richard Hoagland, quien considera la cara de Cydonia parte de un gran complejo arquitectónico. Curiosamente, la agencia espacial estadounidense ha puesto todas esas fotos en Internet -nunca las ha escondido- y únicamente Hoagland y sus seguidores ven en ellas cosas raras.

“Por supuesto, Alternativa 3 -el documental de televisión y el libro- fue una broma, una farsa”, admitió Nick Austin, responsable de Sphere Books que contrató en 1977 la edición del libro, en la revista Fortean Times hace cuatro años. En un extenso reportaje, desvelaba cómo el espacio iba a emitirse el 1 de abril de 1977 -Día de los Inocentes en el mundo anglosajón-, pero tuvo que posponerse, identificaba a los actores y se sorprendía de que haya quien crea que en la historia hay algo cierto, como mantienen algunos ufólogos. “La idea de una conspiración podía haberme atraído a los 15 años, pero no ahora. ¿Cómo se consigue que tanta gente guarde silencio? Las conspiraciones de ese tipo se deben a las visiones de cuatro iluminados y de cuatro aprovechados”, sentencia Barceló.


Ufólogos en el planeta rojo

Kenneth Arnold, un hombre de negocios estadounidense, vio en junio de 1947 nueve objetos que no supo identificar cuando volaba en su avioneta en el estado de Washington. Habían aparecido los platillos volantes y Marte fue pronto señalado como su origen. El primer humano que aseguró haber hablado con un tripulante de esas naves fue George Adamski, un cocinero de un puesto de hamburguesas de monte Palomar. Ocurrió en 1952 y su interlocutor se llamaba Orthon. Las fotos de tapas de aspiradora hechas por Adamski todavía se incluyen en los libros sobre ovnis como correspondientes a naves alienígenas.

El ufólogo gallego Óscar Rey Brea dijo en 1954 que había descubierto una correlación entre las apariciones de platillos volantes y las épocas de mayor proximidad de Marte y la Tierra. Esta teoría fue asumida por el catalán Antonio Ribera y otros aficionados a los ovnis para los cuales los marcianos viajaban a nuestro planeta cuando ambos mundos se encontraban cercanos, una vez cada veintiséis meses. Tras la llegada a Marte de las primeras sondas, los extraterrestres se trasladaron hasta donde nadie ha llegado jamás.

LOS MÁS GAMBERROS. Los marcianos de Tim Burton no dejaron títere con cabeza.


Pequeños hombres verdes

Los violentos invasores de Herbert. G. Wells se transmutaron a mediados del siglo XX en las víctimas de las Crónicas marcianas (1950), de Ray Bradbury, en las cuales los habitantes del planeta rojo sucumben ante la llegada del hombre. “La de Bradbury es una obra poética sobre el trato con el diferente”, indica Miquel Barceló, experto en ciencia ficción y catedrático de Informática de la Universidad Politécnica de Cataluña (UPC).

Edgar Rice Burroughs, el padre de Tarzán, escribió varias novelas ambientadas en el planeta rojo. En Una princesa de Marte (1911), habla de “los hombres verdes de Marte”. Se asume habitualmente que ése es el origen de los pequeños hombres verdes que, en la cultura popular, se identifican con los extraterrestres por excelencia y, en la ciencia ficción, con los más molestos alienígenas.

En Marciano, vete a casa (1955), una novela de Fredric Brown, mil millones de chismosos y gamberros visitantes aparecen de repente en nuestro planeta para hacer judiadas a todo aquél que se cruza en su camino. Son pequeños hombres verdes, como los protagonistas de Mars attacks (1996), película que sirve a Tim Burton para hacer una despiadada crítica de la sociedad estadounidense, ridiculizando como pocas veces a los inquilinos de la Casa Blanca.


Marte humano

El hombre se ha adaptado a Marte con diferentes estrategias: en Homo plus (1977), de Frederik Pohl, transforma su cuerpo para sobrevivir; en la trilogía Marte rojo (1993), Marte verde (1994) y Marte azul (1996), Kim Stanley Robinson cambia el planeta; y, en Marte se mueve (1993), máquinas moleculares ayudan al ser humano a sobrevivir en un entorno hostil. “Mucha gente ha puesto historias en Marte en estos últimos años”, dice Barceló, para quien Misión a Marte (2000), de Brian de Palma, es una película “muy digna”.

El planetólogo Agustín Sánchez Lavega cree que la exploración intensiva de Marte llevará décadas. Sin embargo, algunos de los enigmas científicos puede que empiecen a resolverse pronto gracias a misiones como la europea Mars Express, que llega al mundo vecino mañana. “La ciencia ficción tendrá que llevarse la frontera a otra parte”, advierte Barceló. Habrá otros planetas, pero no serán Marte.

Publicado originalmente en el diario El Correo.