El terror de las cabras

La videocámara de un coche patrulla grabó hace tres semanas al chupacabras a la carrera por un camino de tierra de Texas. Ha sido, de momento, la última aparición de un monstruo desconocido para el ser humano hasta marzo de 1995, cuando debutó en Puerto Rico: mató a ocho ovejas, una vaca y un toro en Orocovis, en el centro de la isla. Los cuerpos de los animales presentaban mordeduras en cuello y patas. La Policía y las autoridades sospechaban que los ataques habían sido obra de perros asilvestrados; pero algunos lugareños decían haber visto algo raro. En agosto, la matanza de 150 animales de granja en Canóvanas, al nordeste de la isla, desató la histeria. Los cadáveres no tenían, según los ganaderos, ni gota de sangre: aparentemente, había sido extraída por unos pequeños orificios. Medio país se lanzó entonces a la caza de un animal que, por su inclinación por las cabras y sus tendencias vampíricas, fue bautizado como chupacabras.
El monstruo de origen portorriqueño sigue siendo hoy en día un enigma. Poco se sabe de él, más allá de sus gustos gastronómicos. No está claro si es bípedo o cuadrúpedo; si es un cánido o una mezcla de canguro y gris -el extraterrestre cabezón típico-; si tiene manos palmeadas o garras; si es peludo o de piel de reptil; si mide 60 centímetros o 1,5 metros; si chupa la sangre al estilo de Drácula o usa para ello una lengua aguijón… A pesar de las numerosas batidas organizadas tras los ataques de Canóvanas, nunca se ha capturado un ejemplar ni se ha dado con restos de él. Ni siquiera hay una foto decente del monstruo. Y eso que pronto traspasó los límites de la pequeña isla caribeña y se expuso abiertamente al mundo.
Salto trasatlántico
Jorge Martín era un ufólogo prácticamente desconocido fuera de Puerto Rico hasta que se cruzó en su camino el chupacabras en noviembre de 1995. Fue quien primero habló de él como de una mascota de los tripulantes de los platillos volantes o el producto de experimentos genéticos terrestres o extraterrestres. Gracias a Martín, el monstruo dejó de ser una superstición campesina y se convirtió en un personaje que protagonizaba camisetas, llaveros y portadas de revistas. Menos de dos años después de su primer ataque, Fox Mulder y Dana Scully se enfrentaban al chupacabras en El mundo gira, episodio de Expediente X estrenado en Estados Unidos el 12 de enero de 1997. Para entonces, la bestia ya hacía de las suyas fuera de Puerto Rico.
El monstruo saltó a México, Costa Rica y Estados Unidos (Florida) a principios de 1996. Su primera víctima humana fue Teodora Ayala Reyes, una mujer de 25 años del Estado mexicano de Sinaloa que mostró a todo el país por televisión unas marcas en el rostro y el cuello que parecían quemaduras. Lo había predicho el alcalde de Canóvanas, José Soto, cuando organizó las primeras batidas en octubre de 1995: «Hoy ataca animales, pero mañana podría atacar a la gente». Los dictámenes científicos apuntaban en México a que los causantes de los ataques eran coyotes, felinos o perros asilvestrados; pero el terror se apoderó de las comunidades campesinas cuyo ganado aparecía muerto de la noche a la mañana.
La llegada del indeseado visitante a España no se demoró. Entró en la Península por el País Vasco durante el verano de 1996, según revelaron en las revistas Año Cero y Más Allá los periodistas esotéricos Bruno Cardeñosa y Javier Sierra. La prueba era medio centenar de ovejas muertas en la comarca vizcaína de Las Encartaciones. Año y medio después, su colega Iker Jiménez achacaba a la bestia la muerte de decenas de ovejas en Valle de Tabladillo, Segovia.
Un monstruo hispano
Con la excepción de los ataques registrados en Brasil, el chupacabras actúa sólo en comunidades donde se habla español, incluso en Estados Unidos. Es un monstruo genuinamente hispano, un producto de la superstición campesina portorriqueña. «Parece ser un fenómeno caribeño, especialmente de las islas hispanas. Es parte de nuestro folclore. Es interesante que no se encuentre en las islas angloparlantes, y que sólo migre a lugares donde la población hable español», dice Marvette Pérez, conservadora del Museo Nacional de Historia Americana de la Institución Smithsoniana, y de origen portorriqueño.
No se trata del primer ser misterioso que sale de las selvas de Puerto Rico. Al contrario. El chupacabras es el último de una larga estirpe. Todo comenzó con el vampiro de Moca, que en los años 70 chupaba la sangre a animales de granja y a quien salió un hijo vegetariano, el comecogollos, que devoraba plataneros. El tercer miembro del linaje fue conocido como comepanties, por ser un insaciable consumidor de las medias que las mujeres ponían a secar en los colgadores. Lo del comepanties parece demasiado hasta para quienes creen en los poderes de Rappel, ¿pero a qué se debe el éxito del chupacabras cuando, a fin de cuentas, hace lo mismo que su bisabuelo?
A que en su momento su existencia vino bien en unos países -Puerto Rico y México- a los políticos para desviar la atención sobre asuntos realmente graves. «Desde que apareció la fiebre del chupacabras, los sufridos mexicanos tuvieron otro tema de plática diaria, y luego, cuando se le restó gravedad, lo transformaron en un factor x, un recurso para el albur facilón y el chiste bobo, como representar a Carlos Salinas, que absorbe mucho del descontento popular», apuntaba en 1996 el sociólogo mexicano Roger Bartra. Quienes viven de escribir sobre fantasmas y hombrecillos verdes vieron en vulgares ataques de alimañas acciones de seres misteriosos. En España, por ejemplo, las muertes de ovejas registradas en Vizcaya y Segovia se debieron a perros asilvestrados o a lobos; pero llevaron al monstruo a la portada de las revistas esotéricas. Y en América ha pasado lo mismo. El chupacabras grabado por la Policía en Texas parece ser un ejemplar de un raro tipo de coyote que ya ha sido tomado otras veces por el monstruo de hábitos vampíricos.

La revista

Fortean Times: La más divertida revista sobre lo paranormal. Todo tiene cabida en ella, con el mérito de que acoge en sus páginas trabajos serios que desmontan presuntos misterios, algo a lo que son alérgicas las publicaciones esotéricas españolas.
Publicado originalmente en el diario El Correo.

El misil de Bruno Cardeñosa contra el Pentágono el 11-S tenía tren de aterrizaje

Parte del tren de aterrizaje del 'Vuelo 77' de American Airlines.Ya saben que, según los conspiranoicos, contra el Pentágono no se estrelló ningún avión de pasajeros el 11-S. Si no lo saben es porque son unos ignorantes que no leen las obras de Bruno Cardeñosa, para quien lo que destruyó parcialmente el cuartel general estadounidense fue un misil en un autoatentado. «Creo que hace falta más atrevimiento para que se denuncien ciertas cosas, pero quienes mandan son conscientes de que es imposible que los grandes medios, por poner un ejemplo, vayan a negar que el 11-S se estrellara un avión en el Pentágono. Aquello no sucedió, así me lo confirman informes científicos, aeronáuticos, testigos…», declaraba hace tres años en una de las múltiples entrevistas de promoción de su peculiar -seamos caritativos- visión de la realidad.
Hacía tiempo que no me acordaba de los disparates de Cardeñosa sobre los atentados de septiembre de 2001. Hace unas horas me los ha recordado una anotación de los siempre recomendables Microsiervos en la que Alvy llama la atención sobre una recopilación de diez fotografías que «echan prácticamente por tierra algunas de las teorías conspirativas del 11-S». Resulta que la primera imagen corresponde a parte del tren de aterrizaje del Vuelo 77 de American Airlines entre los restos del edificio. O eso o es que ahora resulta que los misiles tienen trenes de aterrizaje, vayan ustedes a saber por qué capricho de nuestros conspiranoicos.

Cardeñosa es el mismo ufólogo que decía hace siete años que en la película Tres hombres y un bebé (1987) se veía un fantasma. Por si no se acuerdan, esto último lo hizo en Antena 3 TV -perdonen la pésima calidad del vídeo, pero es lo que he encontrado-, donde dio por cierta la presencia de un espectro en una secuencia del filme protagonizado por Tom Selleck, Steve Guttenberg y Ted Danson. «Esta escena de Tres solteros y un biberón (sic) es la clara demostración de que, gracias a una cámara de cine, pueden registrarse presencias y manifestaciones que el ojo humano no está capacitado para detectar», sentenciaba el ufólogo al atragantarse con la vieja leyenda urbana, tal como denunció Zenón Sanz en un artículo titulado «Tres hombres, un biberón y el fantasma de Bruno Cardeñosa», publicado en la revista La Nave de los Locos.

El ‘rarólogo’ y «el autor español más comprometido con la verdad»

Reírse es sano. Mucho. Por eso, quiero compartir con ustedes dos gracias -una voluntaria y otra no- que otros tantos colegas me han hecho llegar y que están protagonizadas -una voluntariamente y otra no- por dos vendedores de misterios españoles.De la primera, tuve noticia el jueves gracias a César Coca, vecino de Divergencias. Me llamó a media tarde y me preguntó: «¿A qué no sabes quién es «el autor español más comprometido con la verdad»?». Le dije que no, que no lo sabía; pero en ese momento me acordé de una conversación que habíamos tenido el día anterior a raíz de la información editorial sobre un nuevo libro conspiranoico firmado por Bruno Cardeñosa. Así que decidí tirarme a la piscina y respondí: «¿Bruno Cardeñosa?». Acerté. En la contraportada de El Gobierno invisible, que acaba de llegar a las librerías, la editorial Espejo de Tinta presenta a este ufólogo gallego como «el autor español más comprometido con la verdad».
No sé a ustedes, pero a mí me parece que el redactor de esas líneas se ha confundido de preposición porque decir que está comprometido con la verdad un individuo que, entre otras cosas, ha convertido ataques de perros asilvestrados a ganado en apariciones del chupacabras; ha vendido como un hecho real la leyenda urbana según la cual en una secuencia de la película Tres hombres y un bebé (1987) aparece un fantasma; afirma que el Yeti y otros homínidos de ficción son eslabones de nuestra evolución que «permanecen aún vivos sobre la faz de la Tierra, esperando el momento en que la ciencia se ocupe de ellos»; y que contra el Pentágono no se estrelló ningún avión el 11-S. Cardeñosa parece comprometido, sí; pero no con la verda, sino más bien contra ella.
Iñaki Juez, colega de El Correo Digital, me dio el miércoles un ejemplar de la propaganda que la marca otegifílica Galdakaoko Abertzale Sozialistak repartió en ese pueblo vizcaíno durante la campaña de las pasadas elecciones municipales. No le habían llamado la atención los lemas políticos, sino el hecho de que apareciera Iker Jiménez, al pie de cuya foto se lee rarólogo. La castiza descripción de la actividad de la estrella paranormal de Cuatro -no me explico que a nadie se le haya ocurrido antes- se completaba con un texto presentado como si fuera dicho por él: «Hablando de misterios: ¿qué se esconde detrás de 25 años de victorias electorales del PNV en Galdakao? No lo sé, se dice que podría ganar hasta con el espectro de Jesús Gil como candidato. Junto con el astronauta fantasma y el PRI de México, son las grandes preguntas del esoterismo actual».

Galdakaoko Abertzale Sozialistak considera un misterio digno de Iker Jiménez las continuas victorias del PNV en su pueblo.

Los buitres desactivan al chupacabras en España

El periodista Luis Gómez destapó anteayer, en El Correo, que un centenar de buitres había atacado y matado una vaca y su ternero recién nacido en el Valle de Mena (Burgos), y que los cuerpos de las reses presentaban mutilaciones en zonas muy concretas. «Juan Antúnez, jefe del Servicio de Guardería Forestal de Espinosa de los Monteros, explicó que los buitres «la comieron primero la región anal» y luego siguieron con los «tejidos blandos: las ubres, la lengua y los ojos. La abrieron en canal y ya no pararon hasta comerla entera», remarcó. Antúnez mostró, en cambio, su extrañeza por cómo dejaron al ternero: «Le quitaron los ojos, pero es curioso que no se comiesen el cordón umbilical»», escribía Gómez. Muchos españoles se enteraron de la noticia a través de Informativos Telecinco, que se hizo eco de la primicia dada por El Correo.
La vaca a la que los buitres mataron y de la que comieron ojos, lengua, región anal y ubres. Foto: El Correo.No es la primera vez que se habla en la prensa de los ataques de buitres en comarcas ganaderas -también se suele hablar de los de lobos, perros asilvestrados y osos-, pero anteayer lo que llamaba la atención de algunos en la redacción del periódico era la similitud de los detalles de la noticia con los sucesos que algunos vendedores de misterios habían atribuido en el pasado a un monstruo de cuyo nombre mis colegas no se acordaban. «Estáis hablando del chupacabras», les dije, y añadí que entre quienes habían explotado el misterio en nuestro país había personajes hoy tan populares como Javier Sierra e Iker Jiménez. Creía haber contado ya la historia del chupacabras aquí, pero anteayer comprobé que no lo había hecho. Por eso, he recuperado y revisado el texto que preparé para una charla que di en noviembre de 1998 en el Instituto de América de Santa Fe (Granada) y lo he publicado hace unas horas para quienes quieran conocer los orígenes del mito.
Iker Jiménez y Lorenzo Fernández, en plan de intrépidos investigadores en Segovia en 1998, entre ovejas muertas.Sierra y Bruno Cardeñosa fueron los primeros en atribuir, en 1996, el hallazgo en Vizcaya de ovejas muertas a la actividad del chupacabras en España -tal como explico en El viaje trasatlántico del chupacabras-, mientras que Jiménez se subió al carro en las páginas de Enigmas, la revista dirigida por Fernando Jiménez del Oso, dos años después. El ahora director de Cuarto Milenio dio primero con el chupacabras, en compañía de su entonces inseparable Lorenzo Fernández Bueno y con la teatralidad marca de la casa en forma de mascarillas, en Segovia a principios de 1998 y volvió a explotar el tema, ya en solitario, en la Ribera Navarra en el verano de 1999. Los ataques de alimañas al ganado vinieron hace unos años como anillo al dedo a los periodistas esotéricos ávidos de historias sensacionales con las que ganarse unos cuartos. Ahora, como los buitres del Valle de Mena han sido grabados en el acto, no hablarán del chupacabras. Si no, seguro que lo harían.

El viaje trasatlántico del chupacabras

El chupacabras no figura todavía en ningún diccionario; pero ya se codea con el monstruo del lago Ness, el Bigfoot y el Yeti. Debutó en Orocovis, en pleno corazón de Puerto Rico, en marzo de 1995. Sus primeras víctimas fueron ocho ovejas, una vaca y un toro. Y, aunque la Policía y las autoridades concluyeron que las bajas en la cabaña local habían sido causadas por perros realengos, ya que así lo demostraban las mordeduras que presentaba el ganado en cuello y patas [Matos, 1995], hubo lugareños que las atribuyeron a seres extraterrestres.
Los reporteros de lo paranormal relacionan todavía hoy el episodio de Orocovis con el monstruo que en agosto del mismo año volvió a las andadas en la localidad portorriqueña de Canovanas, donde murieron 150 animales de granja. Una matanza cuyas peculiaridades y dimensiones traspasaron pronto los límites de la pequeña isla caribeña. No era para menos. Los cuerpos estaban, según sus propietarios, totalmente secos: no tenían ni una gota de sangre. Aparentemente, se había escapado por unos pequeños orificios practicados, a juicio de los campesinos, por un animal desconocido de comportamiento vampírico. Un ser esquivo que eludió el ojo humano hasta septiembre de 1995, cuando los lugareños lo bautizaron como chupacabras, vista su predilección por estos mamíferos, y empezaron a dar las primeras descripciones del predador que supuestamente diezmaba sus rebaños.
Retrato robot del chupacabras.¿Cuál es la apariencia del chupacabras? A pesar de lo mucho que se ha escrito, de decenas de artículos en revistas esotéricas y miles de referencias en Internet, no existe un consenso sobre la fisonomía del monstruo: ha sido descrito como un ser de alrededor de un metro de altura, bípedo, «con la piel como de un dinosaurio», los ojos «del tamaño de huevos de gallina» y crestas espinosas en el cráneo y la espalda; como un monstruo «de apariencia extraterrestre» -ignoro qué apariencia tienen los extraterrestres, si es que existen- y canguroide, con poderosas patas traseras y que despide un «fuerte olor sulfuroso»; como una criatura con «cráneo de mono», grandes ojos rojos, boca sin labios, lengua de serpiente, manos palmeadas y terminadas en tres garras curvas, y con espinas dorsales iridiscentes; como un «murciélago gigante, peludo y de ojos muy brillantes»; como un humanoide de 60 centímetros de altura, sin un solo pelo en el cuerpo y de tacto gelatinoso. En fin, que, si hay algo claro, es que es un monstruo.
Pero la fisonomía del supuesto predadorera algo secundario, y así lo entendió el alcalde de Canovanas, José Soto Rivera, que organizó varias batidas en busca del animal, infructuosas, aunque en algunas llegaron a participar hasta doscientos cazadores. Todo hay que decirlo: al alcalde los ataques del chupacabras y la histeria latente le fueron de perlas para, a pocos meses de las elecciones locales, desviar la atención de la opinión pública de los graves problemas del municipio, con varias zonas sin agua desde semanas antes. Al igual que en Orocovis, los científicos achacaron los ataques de Canovanas a perros asilvestrados o animales exóticos, como panteras, introducidos ilegalmente en la isla. Y es que los exámenes de los cuerpos revelaron que las muertes de ganado no seguían un único patrón, sino que se debían a mordeduras, traumatismos, infecciones… Héctor García, director de la división de Veterinaria del Departamento de Agricultura de Puerto Rico, consideraba que no había nada extraordinario tras las muertes de los animales de granja [Carroll, fecha desconocida]; pero, una vez más, la realidad quedó relegada por la ficción gracias a Jorge Martín, hasta noviembre de 1995 un oscuro ufólogo portorriqueño y desde entonces el principal abanderado del chupacabras, la autoridad mundial sobre el misterioso ser.
Martín fue el primero en hablar del chupacabras como una mascota de los tripulantes de los ovnis o un producto de experimentos genéticos terrestres o extraterrestres. Sus exóticas teorías -mantiene que los alienígenas visitan Puerto Rico atraídos por el radiotelescopio de Arecibo- incluyen, ¡cómo no!, una conspiración gubernamental, la captura de varios ejemplares de chupacabras y las consiguientes autopsias. Unos exámenes post mortem cuyos resultados serían secretos, pero, curiosamente, conoce Martín, que mantiene que los análisis de la sangre del misterioso animal arrojan unos resultados incompatibles con todo lo conocido. ¡Lástima que nadie más tenga constancia de lo que sostiene el ufólogo!
De monstruo a negocio
La entrada en escena de este imaginativo autor marcó un punto de inflexión en la historia del chupacabras: pasó de producto más del pensamiento supersticioso campesino a negocio para fabricantes de misterios, prensa, vendedores de camisetas y llaveros, y organizadores de visitas a los lugares donde la mascota de ET -como la llamaron en Miami- había perpetrado sus más sangrientos ataques. El chupacabras multiplicó su actividad a partir de noviembre de 1995, y sus fechorías ocuparon páginas enteras en los diarios portorriqueños y decenas de horas de radio y televisión. Un camino hacia el estrellato para el que la isla caribeña se quedó pronto pequeña, y así, a principios de 1996, el fenómeno saltó a México, Miami y Costa Rica. Y en agosto de ese año, tras entrar a España por el País Vasco, llegó hasta Yocavén, una pequeña localidad situada a 140 kilómetros al sudoeste de Santiago de Chile.
El alcalde de Canovanas había justificado sus batidas diciendo del chupacabras: «Hoy ataca animales, pero mañana podría atacar a la gente». Una vez en México, la fama del monstruo se disparó tras cumplirse el vaticinio de Soto Rivera. Teodora Ayala Reyes aseguró haber sido víctima de la criatura en el estado de Sinaloa y mostró a todo el país a través de la televisión unas marcas en la piel que parecían, más que mordiscos de un misterioso ser, desgarrones de la piel o quemaduras. Como otros campesinos de la región, la mujer creía que, tras las muertes de ganado que habían comenzado a registrarse, se ocultaba el chupacabras. Y la histeria se adueñó de México hasta tal punto que algunos autores han comparado las escenas vividas en el país con las de las masas enfervorecidas en busca del monstruo de películas como Frankenstein y Drácula. A pesar de que también en México el Departamento de Agricultura achacó los ataques a coyotes o felinos, la psicosis llegó a límites preocupantes y la Universidad Autónoma Metropolitana reunió a veterinarios, biólogos y antropólogos para que estudiaran el asunto. Los científicos, en un extenso informe de 113 páginas, quitaron todo el misterio a los ataques a ganado, al recordar que en las zonas rurales afectadas había muchos perros abandonados.
Portada de 'Año Cero' en la que se da la noticia de la llegada del chupacabras a España.
Veraneo en Euskadi
Pero eso no impidió la expansión del chupacabras, que llegó a España en el verano de 1996, según Bruno Cardeñosa y Javier Sierra, que escribieron sendos artículos sobre ataques del extraño ser registrados en el País Vasco en Año Cero y Más Allá, dos revistas que dan pábulo a todo tipo de disparates. Para que se hagan una idea, la segunda de ellas tuvo durante más de un año como colaborador a un presunto extraterrestre llamado Geenom, que, cual señorita Francis intergaláctica, respondía a las más delirantes consultas de los lectores. Cardeñosa publicó en Año Cero un artículo titulado ‘El chupacabras ataca en el País Vasco’. Tres páginas dedicadas a la odisea vasca de un extraño ser que, según el autor, había acabado con «cien ovejas, desangradas a través de un orificio en el cuello». «Las primeras noticias sobre el caso llegaron a la redacción de Año Cero el 21 de agosto», explicaba el ufólogo antes de preguntarse si estábamos ante «un nuevo ataque» del monstruo surgido en lo más profundo de Puerto Rico a principios de 1995 [Cardeñosa, 1996].
Los periodistas esotéricos basaban sus reportajes en dos pilares: la información facilitada por la Policía autónoma vasca y los, para ellos, mucho más fiables testimonios de los afectados. «La Ertzaintza -escribía Cardeñosa- aseguró que, desde el pasado 13 de junio, se habían formalizado cinco denuncias en sus dependencias, confirmando oficialmente la muerte de 16 ovejas y la desaparición de otras 22. Sin embargo, las cifras reales rondan el centenar de reses». Seguidamente, advertía de que «éste no ha sido el único punto oscuro en las investigaciones orquestadas por el Departamento de Interior del Gobierno vasco. El informe que la Ertzaintza ha facilitado a esta revista está plagado de errores y, en algunos aspectos, falta a la verdad». ¿Qué llevaba a Cardeñosa a hacer tan graves acusaciones?
Reportaje de Bruno Cardeñosa en la revista 'Año cero' en 1996, en el que atribuye las muertes de ovejas en Vizcaya a ataques del chupacabras.El propio autor desvelaba las causas de su despecho. El parte de la Ertzaintza no sólo hablaba de un número de ovejas muertas muy inferior al centenar, sino que apuntaba la presencia de «cánidos asilvestrados o no controlados», y de dos tipos de heridas en las ovejas, «mordeduras de cánidos en cuello y patas, y heridas punzantes en cuello, según las manifestaciones de los propietarios, ya que al presentar las denuncias los animales ya habían sido comidos por los buitres». El informe oficial añadía, asimismo, que un ganadero había visto «un perro grande y oscuro», y que los veterinarios que habían examinado algunos cuerpos no habían podido precisar las causas de las heridas.
Inquieto y desconfiado, Cardeñosa había viajado hasta Las Encartaciones para hablar con Ricardo Bárcena, uno de los ganaderos afectados. «Desde junio -apuntaba- ya ha perdido a una veintena de ovejas y a una yegua. Una mañana encontró a algunas de sus ovejas muertas y a otras heridas. Según las declaraciones del ganadero, las ovejas «tenían un pinchazo en el cuello, limpio y de unos cinco centímetros de profundidad, sin sangre apenas, pero las había destrozado por dentro»». Y, lo que es particularmente grave, «al contrario de lo que asegura la Ertzaintza, en ninguna de estas muertes se han detectado mordeduras de cánidos. Ni las heridas del cuello -siempre un orificio perfecto y profundo- ni las de las piernas -cortes limpios y superficiales- responden a las características de las producidas por ningún animal». Es decir, que de perros, nada.
Por si fuera poco, el misterioso escenario se completaba con la muerte de una yegua, hecho que el reportero esotérico calificaba de «inquietante». «En su vientre -señalaba- se distinguía un corte limpio, meticuloso y profundo, cuya trayectoria de entrada tenía forma triangular». Que la Policía autónoma hubiera considerado la muerte del caballo «un hecho aislado», un posible accidente, poco importaba al colaborador de Año Cero, que dedicaba la parte final de su reportaje a señalar que el análisis veterinario de uno de los cuerpos no había servido para precisar la causa de las heridas. Sin embargo, él había conseguido hablar con el veterinario que había examinado el cuerpo y descartaba el origen animal de la lesión, que, en su opinión, «tampoco tenía las características de un arma blanca».
«Estas declaraciones eliminaban cualquier atisbo de duda: las autoridades policiales habían mentido», concluía Cardeñosa, que anunciaba que el misterio continuaba. «El 5 de septiembre -decía-, una veintena de ovejas era atacada en la aldea portuguesa de Touloes, cerca de la frontera española por la zona de Beira Baja». Y hasta allí fue, ¡cómo no!, Javier Sierra por encargo de Más Allá, que también le costeó unos días en Las Encartaciones para que escribiera el reportaje de rigor.
Portada de 'Más Allá' que da cuenta de la llegada del chupacabras a España.
La conspiración
Sierra habló con las mismas personas que Cardeñosa y llegó a diferentes conclusiones; aunque también misteriosas. «Según pude comprobar durante mi rastreo a lo largo de la sierra de Las Encartaciones -escenario natural entre Burgos y Vizcaya donde se ha concentrado el mayor número de agresiones-, durante estos meses se han mezclado al menos dos clases bien diferentes de agresiones: las ya tradicionales atribuibles a perros asilvestrados y las muertes con agujeros. En estas últimas -reconocía el enviado especial de la revista dirigida entonces por José Antonio Campoy-, y a diferencia de lo que sucede con el chupacabras caribeño, el agresor no desangra totalmente a sus víctimas» [Sierra, 1996]. Es decir, que la variante vasca del chupacabras no chupaba la sangre. Sierra añadía que un portavoz de la Ertzaintza le había informado que la mayoría de los casos se referían a «mordeduras de perros», que sólo uno de los animales había fallecido por un pinchazo en el cuello y que, en ningún caso, había aparecido el cuerpo seco, sin sangre. Lo más curioso no era esto, sino que este autor asumiera como propias las tesis policiales, las mismas que Cardeñosa tildaba de falsas. ¿A qué se debía?
No dudaba Sierra en su reportaje de que cien ovejas hubieran aparecido muertas en Las Encartaciones, pero llegaba a diferente puerto que su colega. «A diferencia del chupacabras americano no hay testigos que describan ningún ser bípedo con características extrañas -concluía-, ni sus víctimas han sido desangradas por completo. El único nexo de unión sólido entre el chupacabras americano y el pretendido espécimen ibérico es el método empleado en sus agresiones… que, más que hacernos sospechar de alguna extraña clase de animal, nos obliga a pensar en actividades humanas que se desarrollan al margen de la ley y de la ciencia». Como siempre, este periodista -para quien el invento del transistor se basa en tecnología alienígena de un ovni estrellado en Roswell en 1947- rechazaba una fantasiosa hipótesis para asirse con sensacionalista desesperación a otra aún más rocambolesca.
Nada más leer ambos artículos, recordé haber visto en agosto una noticia acerca de muertes de ovejas en la zona de la que hablaban Cardeñosa y Sierra, así que llamé al delegado del periódico El Correo en Las Encartaciones para preguntarle por los hechos. «Me parece recordar que se dijo que las muertes podían deberse a rencillas entre ganaderos», me advirtió. Tras pedirle una copia de la información publicada en la edición de la comarca, telefoneé al gabinete de prensa del Departamento de Interior para que me dieran su versión de los hechos. El agente de la Ertzaintza que me atendió me prometió que tendría la información solicitada en unos días; pero mis sospechas se empezaron a hacer realidad en cuanto llegó a mis manos una copia de la noticia publicada en el periódico en el que trabajo el 25 de agosto.
Javier Sierra, persiguiendo al chupacabras en Portugal.El título hablaba de «medio centenar de ataques al ganado», la mitad que los censados por Sierra y Cardeñosa; el subtítulo llamaba la atención sobre un importante detalle: «Los afectados atribuyen las muertes a rencillas con ganaderos de otras provincias» [Domínguez, 1996]. José Antonio Bárcena, hermano del ganadero citado por Cardeñosa en Año Cero, decía haber perdido de mayo a agosto «más de 50 ejemplares», a los que sumaba 30 de su hermano y otras 12 de los demás vecinos. El autor de la información, José Domínguez, no tomaba el testimonio del campesino como palabra de Dios, sino que lo ponía en cuarentena y prefería llevar al titular no las especulaciones numéricas de uno de los afectados, sino los casos denunciados ante la Policía vasca. El afectado, por su parte, estaba convencido de que las muertes de ovejas tenían su origen en «rencillas con los ganaderos de Burgos». «El problema -apuntaba el periodista- radica en la ausencia de límites claros que marquen la frontera entre los pastizales de Burgos, Álava y Vizcaya».
Cosas de perros
Cada vez más seguro de que estaba persiguiendo fantasmas, aproveché un rato libre para rebuscar en la biblioteca, entre los periódicos de la segunda quincena de agosto, la noticia que había alertado a Cardeñosa y Sierra. Cuando di con la información de El Mundo que les había atraído hasta Vizcaya, lo entendí todo: «Cien ovejas aparecen muertas en Vizcaya con un pinchazo en el cuello». Allí estaba la mágica cifra, el número que ambos ufólogos habían dado por bueno, a pesar de que la Ertzaintza tenía constancia de menos de la mitad de casos, entre fallecimientos y desapariciones. «La gran parte de los pinchazos parecen ser de un animal con un solo colmillo, pero lo que está claro es que tiene que estar mandado por alguna persona que actúa por la noche», indicaba Ricardo Bárcena al rotativo madrileño [Zaballa, 1996]. En la información, los afectados achacaban los hechos a un psicópata acompañado de un animal, y se hablaba de que medio centenar de ovejas de José Antonio Bárcena habían «resultado muertas de un pinchazo en el cuello y una de ellas degollada con un cuchillo», y la yegua de su hermano -cuya muerte tanto había inquietado a Cardeñosa- «había aparecido muerta de un hachazo en el vientre».
Lo que parecía evidente, según iba completando el rompecabezas, es que las misteriosas muertes -que no eran cien- estaban causadas tanto por mordeduras de cánidos como por pinchazos en el cuello. ¿En qué proporción? Tuve que esperar al informe policial para saber si los ensacionalistas titulares de Más Allá y Año Cero se correspondían a la realidad. Y ocurrió lo previsible: toda la historia de Cardeñosa y Sierra se fue abajo. No había misterio por ningún lado. Las muertes se debían, en su mayoría, a la acción de perros incontrolados -algunos de los dueños de los canes habían reconocido su responsabilidad-; sólo una había sido causada por un pinchazo en el cuello, y los periodistas esotéricos la habían multiplicado por cien.
Ni Cardeñosa ni Sierra destacaban en sus reportajes el carácter eminentemente rural de la comarca de Las Encartaciones, que linda con Burgos, Cantabria y Alava, y el problema que suponen el lobo y los canes asilvestrados para los ganaderos de la zona. De hecho, a principios de octubre de 1996, el entonces diputado de Agricultura de Vizcaya, Patxi Sierra-Sesumaga anunció un plan especial para acabar con los ataques del lobo a los rebaños en la zona occidental de la provincia y, en el año y medio siguiente, los ataques del lobo en la comarca se cobraron más de una veintena de ovejas, tres carneros y varios potros. De todo esto, obviamente, no se dijo nada ni en Año Cero ni en Más Allá, revistas para las que el único problema de Las Encartaciones era el chupacabras, un ser del que los ganaderos no sabían nada hasta que los expertos de turno llegaron a la zona dispuestos a convertir la muerte de una oveja en un ataque con cien lanudas víctimas y del que nunca después han vuelto a hablar. ¡Pura filfa, vamos!
Sierra iba más allá en su artículo y, basándose en las especulaciones de un tal Ramón Oroz, a quien presenta como investigador -en realidad, se trata de un aficionado a lo paranormal-, extendía los supuestos ataques del chupacabras hasta la localidad navarra de Falces, aunque advertía de que «los casos de muertes por agujero no se han prodigado demasiado en Navarra, donde incluso han surgido testigos que creen haber visto merodear a lobos por sus tierras». Fíjense en la sutileza de la construcción sintáctica: el fenómeno extraordinario en Navarra es el lobo. Una tergiversación más, como puede comprobar cualquiera que esté al corriente de la realidad de la comunidad foral, donde el lobo dista de ser un desconocido. Pero es que, además, en abril de 1997 se constató la existencia de esporádicos ataques de buitres leonados a ganado vivo; un oso diezmó algunos rebaños en el Valle de Roncal durante la primavera de 1998; y los lobos multiplicaron meses después sus ataques a ovejas en la zona de Lerín. Algo que, cuando ocurrió en el Valle de Arán en 1997, se atribuyó a la osa Giva, reintroducida en el Pirineo por la Generalitat de Cataluña.
Un ‘asesino’ hispano
Lo que está claro, tras este somero recorrido por la vida y milagros del chupacabras, es que este ser existe en la imaginación popular y en las revistas pseudocientíficas, pero no en la realidad. «El chupacabras -según el veterinario Ramiro Ramírez, director del estudio realizado por la Universidad Autónoma Metropolitana de México- no es más que otro digno producto del pensamiento populachero [Bazán, 1996]. «Desde que apareció la fiebre del chupacabras -apuntó en 1996 el sociólogo Roger Bartra-, los sufridos mexicanos tuvieron otro tema de plática diaria, y luego, cuando se le restó gravedad, lo transformaron en un factor x, un recurso para el albur facilón y el chiste bobo, como representar a Carlos Salinas, que absorbe mucho del descontento popular». En la actualidad, el mito ha remitido en México hasta tal extremo que la mayor parte de la ciudadanía cree que el vampiro extraterrestre es un invento del Gobierno o de Televisa para desviar la atención de los graves problemas del país. Todo esto, obviamente, ha sido sistemáticamente silenciado por las revistas esotéricas españolas, que, sin embargo, importaron el chupacabras en cuanto tuvieron la mínima oportunidad.
Recreación de un ataque del chupacabras.Que el salto trasatlántico del chupacabras haya sido uno de tantos engaños urdidos por los espabilados de turno, a partir de hechos más o menos ciertos y más o menos tergiversados, es totalmente compatible con la corta historia de este ser indudablemente hispano. Porque el chupacabras es un monstruo muy singular: actúe en Puerto Rico, México, Estados Unidos o España, sólo ataca a animales de ganaderos hispanos. Curioso, ¿no? Marvette Pérez, conservadora del Museo de Historia Americana de la Institución Smithsoniana, y de origen portorriqueño, no duda de que el chupacabras «parece ser un fenómeno caribeño, especialmente de las islas hispanas. Es parte de nuestro folclore. Es interesante que el chupacabras no se encuentre en las islas angloparlantes, y que sólo migre a lugares donde la población hable español» [Friedman, 1996].
Sus preferencias idiomáticas. Ése es el verdadero atractivo de este ser de leyenda nacido en Puerto Rico y cuya expansión hay que atribuir a la superstición campesina, los intereses políticos por desviar la atención de asuntos realmente graves, los lucrativos de los negociantes de lo oculto e Internet. Por primera vez, nos encontramos con un monstruo hispanoparlante, aunque, paradójicamente, no haya entrado todavía en el diccionario de la Real Academia Española.
El chupacabras, no obstante, no es el primer ser que surge en lo más profundo de Puerto Rico, sino que es el último -y el más famoso gracias a Internet- eslabón de una ya larga dinastía, que comenzó con el vampiro de Moca, que en los años 70 hizo de las suyas en el extremo oriental de la isla. Años después, el abuelo del chupacabras -al que el pueblo bautizó como comecogollos– se dedicó a devorar y dejar totalmente agostados los plataneros, mientras que su hijo –comepanties, lo llamaron- fue conocido como un insaciable consumidor de las medias que las mujeres ponían a secar en los colgadores. Con el chupacabras ya en la España de la posmodernidad, sólo nos queda una esperanza, que la especie continúe su evolución hasta el chupacaraduras y se extienda rápidamente por todo el mundo hispano.

Referencias

Bazán, Mercedes G. [1996]: ‘La fiebre del chupacabras’. El Correo (Bilbao), 8 de septiembre.
Cardeñosa, Bruno [1996]: ‘El chupacabras ataca en el País Vasco’. Año Cero (Madrid), Nº 75 (octubre), 40-42.
Carroll, Robert Todd [Fecha desconocida]: ‘Chupacabra’. En Carroll, Robert Todd: The skeptic’s dictionary.
Domínguez, José [1996]: ‘La Ertzaintza investiga medio centenar de ataques al ganado en Las Encartaciones’. El Correo (Bilbao), 25 de agosto.
Friedman, Robert [1996]: ‘The chupacabra becomes a recurring legend’. The San Juan Star (San Juan), 6 de mayo.
Matos, Claudio [1995]: ‘Descartan seres extraños sean autores muerte de ganado’. Efe (Puerto Rico), 31 de marzo.
Sierra, Javier [1996]: ‘¿Ha llegado el chupacabras a la Península Ibérica?’. Más Allá (Madrid), Nº 92 (octubre), 50-56.
Zaballa, Carlos [1996]: ‘Cien ovejas aparecen muertas en Vizcaya con un pinchazo en el cuello’. El Mundo (Madrid), 21 de agosto.
Texto de la charla ofrecida en noviembre de 1998 en el Instituto de América de Santa Fe (Granada), dentro del ciclo La America irracional.