El monje shaolín asesino con superpoderes, la ingenuidad periodística y el silencio de los expertos

El falso monje shaolín Juan Carlos Aguilar. Foto: 'El Correo'.La historia de los asesinatos cometidos por Juan Carlos Aguilar, el experto en artes marciales detenido en Bilbao el domingo por torturar a una mujer que ha muerto hoy, es terrible. Cuando escribo estas líneas, hay al menos dos fallecidas -ambas prostitutas-, una colombiana, parte de cuyos huesos se encontraron en bolsas en el gimnasio del criminal, y la nigeriana a la que atacó salvajemente hace tres días. Más allá del horror del suceso -del cual ya estarán debidamente informados-, me preocupa la confianza acrítica en el personaje que durante años hemos mostrado los periodistas y cómo quienes podían haber denunciado desde el mundo de las artes marciales que Aguilar era un fraude han guardado silencio hasta después de los trágicos hechos.

Ahora resulta que el maestro shaolín no es maestro shaolín, aunque llevara presentándose como tal en los medios desde la segunda mitad de los años 90. Y tampoco es campeón ni nacional ni mundial de kung fu, ni está federado, ni su club está inscrito en la Real Federación Española de Karate (RFEK), ni nada de nada. A día de hoy, sólo podemos decir con seguridad que es un criminal. No creo que comprobar que Aguilar fuera un monje shaolín resultara tan sencillo como, por ejemplo, contrastar la realidad de un título expedido por una universidad estadounidense, pero me sorprende que, en más de quince años y con el gusto por aparecer en los medios de nuestro protagonista, nadie haya hecho hasta estos días una mínima comprobación. Por no hablar de los títulos y sus aptitudes como experto en kung fu, para los que bastaba una llamada telefónica a la federación correspondiente, aunque el desmadre federativo es tal que puede llegar a ser complicado verificar los hechos.

Los periodistas hemos sido demasiado confiados en el caso de Aguilar… A todos nos pueden engañar alguna vez; pero, que yo haya visto, este sujeto consiguió embaucar a todos los profesionales de la información con los que habló durante años. Yo, que no había oído hablar de él antes del suceso del domingo, di por hecho hasta el lunes por la tarde que era un monje shaolín. Era lo que leía en todos los medios que me merecen algún crédito y, según pude comprobar, lo que venía diciendo el protagonista desde los años 90 el supuesto karateka en prensa, radio y televisión, sin que nadie le contradijera. Y esto es algo que tampoco acabo de entender. A pesar de la publicidad que ha recibido durante años Aguilar, quien llegó a ser entrevistado en Redes como primer maestro shaolín occidental, nadie le le desautorizó ni desde la RFEK ni desde el templo shaolín de Henan (China) o sus delegaciones hasta hace dos días. Por cierto, que el club de este asesino no figurara en ningún archivo federativo ni él estuviera facultado para dar clases, tal como han indicado fuentes la RFEK a El Correo, revela un preocupante descontrol sobre los gimnasios de artes marciales.

Mención aparte merece el trabajo de Javier Sierra, quien entrevistó a Aguilar en 2004 y 2007 para El Otro Lado de la Realidad (Telemadrid) y El Arca Secreta (Antena 3), respectivamente. El misteriodista -en acertada calificación de Mauricio-José Schwarz– y novelista se tragó hace seis años que el falso monje tenía poderes paranormales porque le hizo una demostración al estilo de Luke Skywalker en el Halcón Milenario, con los ojos vendados y unos nunchakus. Vean el montaje y no se pregunten si Aguilar, quien también decía levitar y curar el cáncer, tiene bien vendados los ojos. Tampoco se lo preguntó Sierra, claro. ¿Para qué? Periodismo del misterio en estado puro.