El toque terapéutico

Ilustración: Iker Ayestarán.Emily Rosa se convirtió en 1998 en el autor más joven que ha firmado un artículo de investigación en la prestigiosa revista de la Asociación Médica Americana, una publicación científica del más alto nivel. Tenía 11 años y su trabajo ponía contra las cuerdas una práctica de moda entre las enfermeras estadounidenses, el llamado toque terapéutico. Sus partidarios dicen ser capaces de curar enfermedades limpiando un supuesto campo energético humano cuya existencia la ciencia nunca ha constatado, mediante pases de manos a pocos centímetros del cuerpo.

A mediados de la pasada década, habían sido adiestrados en el toque terapéutico en Estados Unidos más de 43.000 sanitarios, la mitad de los cuales lo practicaba. Emily Rosa tenía 9 años cuando vio un vídeo en el que la enfermera Dolores Krieger, inventora de la terapia en los años 70, y otras colegas aseguraban sentir un campo energético humano cuyos desequilibrios causan enfermedades y poder restaurar el orden en él y, por consiguiente, devolver la salud al paciente. Impresionada, la pequeña decidió someter la primera afirmación a examen dentro de un proyecto científico escolar: «Quería ver si realmente podían sentir algo».

La niña diseñó un sencillo experimento para comprobar el principio fundamental del toque terapéutico. Sólo necesitaba un trozo grande de cartón, un cuaderno, un lápiz y una moneda, además de la colaboración de practicantes de la terapia. Krieger se negó; pero otros veintiún tocadores terapéuticos, con entre 1 y 27 años de experiencia, aceptaron participar en la prueba, que era muy simple.

Un experimento escolar

El experimento de Emily Rosa. Dibujo: Pat Linse.La escolar y el sanador se sentaban a una mesa, enfrentados y separados por el cartón a modo de biombo. Dos agujeros en la base de éste permitían que las manos del terapeuta pasaran al otro lado, apoyadas sobre la mesa y con las palmas hacia arriba; pero el cartón impedía que viera nada. La niña echaba entonces una moneda al aire para decidir sobre qué mano del sujeto pondría una de las suyas, preguntaba al sanador cuál de sus manos percibía un campo energético humano y lo apuntaba todo en el cuaderno.

Emily Rosa repitió la prueba diez veces en catorce sujetos y veinte en otros siete. Los resultados fueron concluyentes. Teóricamente, los practicantes del toque terapéutico, que se basa en la captación de un supuesto campo energético humano, tenían que haber acertado la mano sobre la que la escolar ponía la suya en el 100% de los casos. Si no, ¿cómo iban a reequilibrar nada? Los aciertos, sin embargo, se redujeron a 123 (44%) de 280 intentos, lo esperado por azar, lo que puede hacer cualquiera. Una niña de 9 años había desmontado el principio básico de una práctica seguida por miles de sanitarios estadounidenses, al demostrar que son incapaces de detectar el campo energético que dicen alterar para curar enfermedades. En realidad, ese halo mágico existe sólo en su imaginación.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

Publicado por Luis Alfonso Gámez

Luis Alfonso Gámez es periodista. Ha sido el conductor de Escépticos (ETB), la primera producción española de televisión dedicada a la promoción del pensamiento crítico, y llevado la sección El archivo del misterio en Órbita Laika (La 2). Ha colaborado con la Cadena SER, Radio Nacional de España, Radio 3, M80 Radio, Radio Vitoria y Punto Radio Bizkaia -antes Punto Radio Bilbao-, con intervenciones que pueden escucharse en cualquier sitio gracias al podcast Magonia. Da ante todo tipo de público charlas sobre ciencia y pseudociencia, en las que habla de la conspiración lunar, la Atlántida, los ovnis, la guerra psíquica entre Estados Unidos y la Unión Soviética, las conspiraciones, el periodismo gilipollas y, si se da el caso, hace a los asistentes experimentar lo paranormal. Trabaja en el diario El Correo de Bilbao, donde cubre la información de ciencia desde hace años. Mantiene desde junio de 2003 este blog, dedicado al análisis crítico de los presuntos misterios paranormales y al fomento del escepticismo, y firma desde octubre de 2010 una columna en español, ¡Paparruchas!, en la web del Comité para la Investigación Escéptica (CSI), la organización científica más importante dedicada al estudio de lo extraordinario, de la que es consultor. Además, es fundador del Círculo Escéptico, asociación organizadora del Día de Darwin y de los encuentros Enigmas y Birras, entre otros actos de divulgación del pensamiento crítico. Ha escrito los libros El peligro de creer (2015), La cara oculta del misterio (2010) y Crónicas de Magonia (2012), y ha coordinado la obra colectiva Misterios a la luz de la ciencia (2008), publicada por la Universidad del País Vasco y en la cual destacados científicos examinan la posibilidad de vida extraterrestre y la existencia de monstruos, entre otros asuntos. Fue el único español participante en el libro Skeptical odysseys. Personal accounts by the world's leading paranormal inquirers (Odiseas escépticas. Reflexiones personales de los principales investigadores mundiales sobre lo paranormal. 2001), editado por el filósofo Paul Kurtz. Si quiere informarle de algo relacionado con los temas de este blog o entrar en contacto con él para cualquier cosa, puede hacerlo por correo electrónico, Twitter, Facebook o Google +.