«No hay pruebas científicas del código de la ‘Biblia'», dice Robert J. Aumann diez años después

Robert J. Aumann, en un momento de la entrevista. Foto: Fernando Gómez.«El código de la Biblia es un hecho demostrado». Leí esta frase el 21 de junio en varios sitios de Internet. Era lo que pensaba hace diez años el matemático israelí Robert J. Aumann, que recibió el Nobel de Economía en 2005. Los partidarios de la autenticidad del código de la Biblia emplean esta cita habitualmente como un aval a favor de sus ideas. Así que, como iba a hacer una entrevista a Aumann, decidí aprovechar la oportunidad para preguntarle sí seguía creyendo que la Torá -los cinco primeros libros del Antiguo Testamento– contiene codificados hechos futuros a la manera de una sopa de letras y qué pruebas existen de ello. El supuesto fenómeno ha dado lugar a dos libros superventas de Michael Drosnin, documentales e infinidad de artículos publicados en revistas como Año Cero, Enigmas y Más Allá.

Aumann es un judío ortodoxo de 77 años, de hablar pausado y cordial, que fue laureado por sus investigaciones sobre la Teoría de Juegos y la resolución de conflictos, asunto sobre el que se centró nuestra conversación. Después de 40 minutos, le recordé la frase que abre esta anotación y las duras críticas que investigadores como Barry Simon, profesor de Matemáticas y Física Teórica del Instituto Tecnológico de California (Caltech), han hecho sobre el llamado código de la Biblia, que la mayoría de los científicos considera una patraña pseudocientífica. Y le pregunté:

-¿Qué piensa usted del código de la Biblia?

-Ja, ja, ja… Creo que Barry reaccionó ante la posibilidad de que el código de la Biblia fuera real de una manera inusual en un científico porque, simplemente, no le gustaba la idea. De hecho, el código es algo que provoca intensas respuestas emocionales en los científicos. Hay quienes están a favor por razones no científicas y quienes están en contra por razones no científicas. Sólo hay dos personas en el mundo que han estudiado el asunto sobre bases puramente científicas. Sólo dos. Una es el profesor Hillel Furstenberg, de la Universidad Hebrea de Jerusalén y la otra, este humilde servidor. ¿Se lo explico?

-Sí, claro.

-Somos los únicos que hemos buscado pruebas científicas del código de la Biblia y no desde un punto de vista emocional por estar a favor o en contra de la religión.

-Pero rechazar el código de la Biblia no implica, necesariamente, ir contra la religión.

-No, no, no… Pero mucha gente lo ha hecho por eso. Al principio, lo estudié y me pareció que las pruebas de la existencia del código eran muy sólidas. Y lo dije. Después, poco a poco, algunos expertos encontraron agujeros en las pruebas, errores. Entonces, cinco investigadores -dos que estaban a favor y uno en contra por cuestiones emocionales, Furstenberg y yo- formamos un comité para estudiarlo, hicimos un experimento y el resultado fue negativo. Ahora entiendo los errores en que incurrí en mi razonamiento inicial y puedo decir que no hay pruebas científicas de la existencia del código de la Biblia.

-Supongo que estará de acuerdo conmigo en que es muy difícil de creer que un libro, por mucho que sea la Biblia, contenga codificados hechos futuros.

-Sí. Pero a mí no me importa lo que es difícil de creer o no. Yo sólo me fijo en las pruebas. Y las pruebas me indicaron al principio que no se trataba de simple azar y tampoco encontraba ningún error en mi trabajo. Ahora, sí. Ahora, sé lo que estaba mal. Por eso, aunque comparto su opinión de que se trata de algo difícil de creer, y siempre la he compartido, eso no es ciencia. Y yo soy un científico. Puede que algo no me guste, pero que sea lo que indican las pruebas, Mi estudio original data de hace diez años y publicamos el que explicaba que no habíamos encontrado nada hace tres o cuatro. Lo puede leer en mi web. Hay dos páginas en las que explicó cuál es mi opinión: no he encontrado ninguna prueba a favor del código de la Biblia. A diferencia de otros, con la excepción de Furstenberg, mis juicios se han basado sólo en las pruebas.

-Pero ha habido científicos como Brendan Mckay, de la Universidad Nacional Australiana, que han hecho estudios concienzudos.

-Sí; pero McKay estuvo siempre en contra del código de la Biblia. A McKay no le importaba lo que dijeran las pruebas. Si encontraba muchas en apoyo a su idea, las aceptaba; si encontraba una en contra, la descartaba. Nunca iban a creer en ellas, aunque las encontrara. McKay y Maya Bar-Hillel, psicóloga de la Universidad Hebrea de Jerusalén, han escrito un libro sobre el código que no se ha publicado todavía. Una vez que hablé con Bar-Hillel me dijo respecto al código: «Bob, no me importa lo que demuestres, nunca lo creeré». Eso no es ciencia. Un científico decide según las pruebas.

En sus dos folios de reflexiones personales a raíz del informe de 2004, Aumann no deja ciertamente espacio a la duda. Reconoce, por ejemplo, que ha estudiado la posible realidad de los códigos de la Biblia durante cerca de veinte años y que ha invertido en la tarea «una tremenda cantidad de tiempo y energía». Eso, para mí, podría explicar esa obsesión suya por decir que sólo Furstenberg y él han actuado como auténticos científicos y el resto, incluidos los que acertaron desde el principio, no. Destaca que el comité que formó en 1996 con Dror Bar-Natan, Isaak Lapides, Eliyahu Rips y Furstenberg no encontró pruebas que confirmen «la existencia del supuesto código». Y recuerda que sólo se puede demostrar que algo existe y no que algo no existe, pero añade que, «cuando se pregunta si un fenómeno o no existe, un hallazgo negativo tal como el del comité debe ser considerado como una prueba en contra de la existencia del fenómeno». Más claro, agua. Lástima que éstas y otras frases de Aumann no hayan tenido ni una centésima parte del eco que sus declaraciones a favor de los códigos.

Publicado por Luis Alfonso Gámez

Luis Alfonso Gámez es periodista.